¡Me estoy meando, nene! - la voz de mi padre suena angustiada, y no hay para menos. Fuera del auto están tirando el agua a cántaros. Los truenos retumban como tambores de guerra, y las ráfagas de agua azotan el parabrisas sin dejar apenas visibilidad. El aire huracanado ralentiza la marcha del coche hasta que, finalmente, papá aparca en el arcén de la autopista y queda con las manos pegadas al volante y un sudor frío resbalando por la frente.
- ¡No aguanto más, hijo! ¡Me voy a tener que mear encima, porque cualquiera pone un pie fuera de este trasto! ¡Con la que está cayendo!
- ¡Espera, no te mees todavía-digo mientras busco infructuosamente algún utensilio que sirva como recipiente. No lo encuentro, y papá ya está desabotonándose la bragueta de los jeans. Sus dedos ya han cazado la polla morcillona, y ,en su gesto......... desesperado estoy viendo que pronto caerá más agua dentro del coche que fuera de él.
- ¿Qué haces, nene? -su mirada se torna inquisitiva mientras con mi mano izquierda sujeto su verga. Con el pulgar hago tapón en el agujerito del glande, justo en el momento que ya comenzaba a salir la primera gota de orín.
La reacción de la carne es instantánea. La piel suave de la polla paterna tiene un tacto muy agradable dentro de mi palma. A los pocos segundos noto la hinchazón, el endurecimiento que hace que la blandura desaparezca para transformarse en algo pétreo. Papá relaja el resto de su cuerpo, dejando la tensión exclusivamente en los 23 cms.de carne que tengo bajo mi mandato. Echa el asiento hacia atrás, dejándome libertad para que maniobre con su palanca carnal. Me inclino y beso la punta de sabor salado. Sin soltar el cetro, hago una cabriola y quedo sentado sobre el regazo de mi padre. Apenas separa nuestras carnes unos milímetros de tela: la de mis pantaloncitos cortos de deporte.
Papá extiende sus brazos y las palmas de sus manos abarcan mis nalgas. Con una simple presión de sus dedos fortísimos, hace que la costura del short se rasgue de arriba abajo, quedando la raja de mi culo al aire y en contacto directo con su falo.
Tengo el culo sudado, así que ese es el lubricante que usa papá para comenzar a introducirme su cipote. Me inclino hacia su rostro y fundo mi boca con la suya. Subo y bajo ensartado en su espetón. Papá suda la gota gorda, acorralado entre sus inmensas ganas de orinar y el calentón de estar dándome por el culo. Pellizco sus tetillas sobre la fina tela de la camiseta. Noto sus pelotas, calientes y gordas, sirviendo de almohada para mis sentadas. El abre cada vez más mis nalgas, para que toda su polla pueda entrarme hasta la base. Fuera la oscuridad es total. La lluvia sigue cayendo. Un relámpago ilumina nuestras figuras enzarzadas en la batalla carnal. Y con el trueno llega el orgasmo imparable de mi padre. Dos zurriagazos de semen espeso, un gemido casi doloroso de su parte...y luego, como la presa rota de un pantano, su orín entra en mis intestinos arrollándolo todo a su paso. Litros y litros de meado ardiente que van llenando mi interior como un tsunami dorado. Me siento feliz por haberme transmutado en recipiente, en orinal, en objeto preciado para el desahogo paterno. Y quedamos así largo rato, abrazados, él dentro de mí y yo subido encima de él, esperando que acabe la tormenta.
- ¡Vamos, nene, que es para hoy! -el vozarrón de papá me sobresalta. Doy un respingo sobre el asiento y restriego mis ojos llenos de legañas. Quedo desencantado, una vez más, al darme cuenta de que todo ha sido un sueño.
- Saca el equipaje mientras arreglo los papeles con el dueño de este hotelucho.
- Sí papá -mi voz tiembla de congoja, aunque él ni siquiera se percata.
Observo sus andares mientras se aleja hacia la oficina. Me encanta su culito ceñido por los gastados jeans, el pelo cortado a cepillo, cada vez más ralo, y los músculos que parecen querer reventar la camiseta.
Me encanta mi padre. Me pone al cien. Cada vez que cierro los ojos ya estoy dale que te pego, soñando que me folla, o que se la mamo, o que nos hacemos una paja mutuamente. No lo puedo resistir, no lo puedo evitar. Y muero de vergüenza al pensar que él pueda sospechar mis sentimientos incestuosos.
Apenas quedamos instalados, papá-como siempre-le pega al bebercio. Le encanta andar en calzoncillos, con una botella de birra en la mano y tirándose algún que otro pedo.
-¡Píntalo de verde!-me dice cada vez que suelta un cuesco, y su risa cavernosa me excita cada vez más.
Jamás me ha tocado un pelo, pero le gusta exhibirse ante mí, con la polla asomando por la goma del slip, y con los huevos superceñidos por la tela de algodón. No sé que pensar. ¡Deseo y temo tantas cosas! ¿Y si me lanzo y me da una hostia?
Me acuesto en la única cama, esperando que él haga lo propio pero no lo hace. Prefiere quedarse despatarrado en el sillón, pegándole a la botella y despotricando sin cesar mientras se fuma un porro. Yo le miro desde la cama, con la sábana pegada a mi vientre, a mis muslos, a mi carne hambrienta de sexo, hambrienta de carne paternal.
Bajo las sábanas acaricio mi polla. Le miro de refilón, temiendo y a la vez esperando que se de cuenta, que me diga algo, que entre a participar en el rollo que le estoy poniendo en bandeja. Subo y bajo mi mano. El me mira con sonrisa medio boba, con una chispa de deseo brillando en sus ojos emporrados. Se rasca la barriga. Manosea su paquete. El corazón me late a mil por hora. Termina de beberse la cuarta botella de cerveza y hace amago de levantarse. Lo consigue a la segunda. Noto un latido excitante en la embocadura de mi ano. ¿Vendrá a por mí? ¿Querrá follarme de una puñetera vez este culito virgen que le está esperando desde que tengo uso de razón sexual?
Pues no. No tengo suerte...una vez más.
- Salgo un rato a ver la tele con el de la oficina. Creo que hacen un programa que vale la pena.
No contesto. Miro con gesto mohino como se pone los vaqueros, como sube la cremallera después de haber embutido el paquete abundante en su interior.
- No me esperes despierto, nene.
Silencio por mi parte. Estoy cabreado, estoy desesperado, estoy...caliente como un ajo.
Algo me huele mal en Dinamarca. Espero unos minutos y me levanto de la cama. Me visto de cualquier y forma y salgo al pasillo del hotelucho. Al fondo, junto a la oficina de admisión, hay una especie de salita en la que debe reposar el encargado entre cliente y cliente. Por lo que yo sé, nosotros somos los únicos clientes que tiene esta noche. Y no me extraña, porque el lugar está donde Cristo perdió el gorro.
Bajo la puerta hay una raya de luz tenue. Sube y baja de intensidad, por lo que me indica que solamente está puesta la tele. Ando despacio hasta allí. Sigilosamente. Si no tuviese tan mala leche encima casi me reiría de mí mismo, porque debo parecer la Pantera Rosa. La puerta está entornada. Asomo el morro. En una de las paredes hay un gran espejo (¡vaya usted a saber de donde lo habrán sacado!) pero que me viene de perillas para ver sin ser visto. Papá está con su birra número tropecientos en la mano, sentado en un sofá tan cutre como todo lo demás, junto a un maromo de carácterísticas similares a las de él. Un cuarentón cachas que también le pega lo suyo a la botella. La testosterona puede cortarse con un cuchillo. El aire es denso. Los dos no despegan los ojos de la pantalla de TV. Sus miradas brillan de deseo, aunque parece que quieren disimular haciendo de vez en cuando comentarios jocosos sobre lo que están viendo. Lo que están viendo...
Lo que están viendo no es ni más ni menos que a un jovenzuelo, más o menos de mi edad, al que se lo está follando un cuarentón. ¡Están viendo una porno gay! Y por el grosor de sus vergas bajo los ceñidos jeans, no les debe de dar mucho asco ni repelús el espectáculo.
He quedado patidifuso. Sobre todo cuando el encargado comienza a desabrocharse la bragueta, cambia una mirada de inteligencia con mi padre (que hace lo propio) y se saca todo el vergajo al aire. Ambos lanzas sendos escupitajos sobre sus pollas. En la pantalla, el cuarentón está mamando a base de bien el hermoso pollón del mozalbete. Las callosas manos de papá recorren su pene rítmicamente, mirando de refilón el cipote del encargado, mirando la pantalla, regresando a la carne que tiene casi rozando su codo...
Quedo con la boca abierta. ¡Papá se ha inclinado y está lamiendo la punta del ciruelo de su coleguita! Y el otro le agarra la cabeza y se la hunde hasta que papá hace un gorgoteo que indica que se está ahogando. Y pronto caen ambos sobre la raida alfombra, semibajándose los pantalones para acoplarse en un sesenta y nueve que ríase usted de los pececitos de colores.
- ¡Papá...cabrón! -el insulto sale sin que pueda remediarlo. Me siento traicionado. Me siento rabioso porque mi padre haya dado el “sí quiero” a uno cualquiera, a un don nadie, a un desconocido...cuando en su propia casa yo le estaba rogando, le estaba mendigando, le estaba suplicando unas migajas de lo que en estos momentos está derrochando a manos llenas.
Salgo corriendo de allí. A trompicones. Quiero huir. Alejarme de mi padre para siempre.
- ¡Espera...hijo! -su voz me llega entre las brumas de la rabia. No le hago puto caso. Avanzo hacia el coche. Quiero dejarle allí, perdido en el centro de ninguna parte. Que se folle bien follado al encargaducho, porque yo huyo de aquí. Y nunca volverá a verme el pelo.
- ¡Párate, coño! -su mano arde mientras sujeta mi brazo.
- ¡Déjame...maricón! -el insulto surte efecto. Quedo libre...y los sollozos rompen mi garganta. Siento una inmensa soledad. Papá me aplasta contra el coche. No puedo huir. Su mirada es ahora triste, muy triste. Noto su erección contra mi vientre. Su olor a macho me embriaga. La polla comienza a despertarse en mi entrepierna. Finalmente desfallezco y me abrazo a su cuello. La rabia desaparece en cuanto hundo mi nariz en el hueco de su clavícula. Sus pezones duros se aprietan contra mi pecho. Busco su boca...y la encuentro. Cae sobre nosotros un manto de locura. Una locura que solamente he podido disfrutar en mis sueños más eróticos y estrambóticos.
Ahora la rabia se ha cambiado por pasión. Papá gruñe restregándose contra mí. Me levanta con sus brazos, sentándome sobre el capó del coche. En dos manotazos quita la ropa que hay sobre mi cuerpo. Los calzoncillos quedan colgando de uno de mis pies. Hasta los calcetines me quedan a media hasta. El dice cosas por lo bajini. Algo de las ganas que me tiene. Algo de que de hoy no pasa. Algo de que me va a salir la leche hasta por las orejas...
Y yo me dejo llevar. Me dejo querer. Sujeto su cogote, intentando tirar de su corto pelo, mientras noto como su polla arrasa mi virginidad. Me empuja contra el coche y casi me mete por la ventanilla. Mis talones se apoyan en sus mórbidas nalgas. Sus muslos velludos están recorridos por espasmo de placer. Me duele una barbaridad todo lo que me está metiendo. En la puerta del hotel veo aparecen, semivestido, al encargado. Lleva la polla casi asomando por la bragueta desabrochada. El bulto se le nota durísimo. Casi tiemblo al pensar que él puede ser el segundo en follarme hoy...
Pero no. Hoy es nuestro día: el de papá y el mío. Ahora mi interior ya está más relajado. El aroma a cerveza y tabaco de mi padre está ahora en mi boca. Su saliva se mezcla con la mía. Su precum está remojando mi ano. Siento un placer indescriptible, más allá de todo lo esperado en mis sueños más húmedos. Me siento...sucio. Me siento...liberado. Me siento como una perra en celo, como un gato rabioso, como un enorme ano por el que me gustaría deglutir, totalmente entero, a mi padre.
Y lo consigo. Porque todo su ser está concentrado en su verga, en su polla que me viola, que me desgarra, que me penetra hasta más allá de lo humanamente posible. Y muerdo sus labios, y adelanto mis caderas para no perder ni un ápice de contacto con su piel.
Tantos golpes damos contra el coche, que la radio, por si sola, se conecta comenzando a lanzar un chorro de música. Una musica celestial que embellece el momento en que papá, fiel a su palabra, hace que su esperma salga hasta por mis orejas.