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Una relacion especial Parte II


A los dos meses de la última sesión de inolvidable culeo con Olguita, me llamó para decirme que el medico le había confirmado que estaba en “dulce espera”; eso como hombre me hizo sentir.......... orgulloso.

También me enteró Olguita, que había terminado con su pareja lesbica y estaba viviendo en casa de sus padres mientras esperaba el nacimiento de nuestro hijo; en realidad de ella, pues el hijo era para ella y solo ella lo criaría.

No supe nada más de Olguita, hasta que un día me llegó una invitación para asistir al bautizo de mi hijo, pero como padrino del mismo; los padres de Olguita, se habían ocupado de todo y ahora querían conocer al padre de la criatura, su primer nieto y que para llenar las apariencias, lo apadrinaría.

Gustoso acepté el padrinazgo, asistí a la Iglesia, y luego al ágape, que se daba en casa de la familia de Olguita.

Cuando iba a conocer a los abuelos de mi hijo, creí que conocería a un par de viejos montubios, pero cual fue mi sorpresa, cuando conocí a Don Augusto y Doña Eugenia, sobre todo a esta última, era una hermosa mujer blanca, de ojos de miel, de unos cuarenta y cinco años, pero muy bien conservada debido a su aplicación a los ejercicios; la manaba, sabía lo que tenía entre sus piernas y no tenía pudor en mostrarlo; en realidad, Doña Eugenia no era de Bahía, sino de “El Carmen”, pero también en Manabí; era algo más baja que su hija, pero con un cuerpo, ¡súper!; de cabellos lacios color cafés, tenia los senos tan hermosos y redondos como los de su hija, un culo que la acompañaba a voltear la cabeza de todo cristiano que se cruzara en su camino y piernas realmente fabulosas; se le notaba bajo el entallado vestido, la riquísima vagina que guardaba una tanguita que únicamente tapaba, lo que la Doña deseaba y dejaba ver, a quien ella quería, o a quien ella deseaba que viera.

Por otro lado, Don Augusto, era un hombre alto de piel canela, ojos verdes y de fuerte contextura, dedicado a la agricultura, de donde venía su fortuna; se veía de quienes había heredado la hija su naturaleza; También estaba María Eugenia, un hermoso bombón de piel más lavada que la de Olguita, de ojos color miel y hermoso cuerpo, aunque de menor estatura; era la hija mayor de mis compadres, una especie de copia de su madre, y que no vivía en casa, sino que tenía su departamento propio en la ciudad.

En fin, que luego de atender a los invitados y de beber mucho licor, pues no era como para decir que tenían gustos exquisitos, eran gente con dinero, que se venía del campo, y como buen provinciano, Don Augusto, era de trago largo, que llegaba al embrutecimiento y así llegamos a la noche.

Olguita había sido recetada por el médico con ciertos remedios que le hacían tener mucho sueño, y solo el bebé la hacía medio revivir para amamantarlo; Olguita se estaba convirtiendo en toda una mujer; llegamos hasta a eso de la 2:45 AM y solo quedábamos Doña Eugenia y yo, calientes y en pie; demás esta decirles, que la Doña se me venía insinuando toda la noche y con la disculpa de agradecerme por sacar a su hija del lesbianismo, cosa que yo no creía haber hecho, me acercaba sus excitados y deseosos senos al pecho; se sobaba en mi verga, que la tenía lista desde temprano, pues ya me daba cuenta que la Doña, de frente quería guerra, pero no quería fallar en mis cálculos.

Tuve que ayudar a Don Augusto, a pedido de Doña Eugenia, a echarlo en su cama, pero ella me dijo que lo hiciera en el dormitorio de al lado para que durmiera tranquilo “la mogolla”, fue una tarea dura, pues el manaba, realmente pesaba.

Al salir, ya no pude encontrar a Doña Eugenia, por lo que pensé que se me habían hecho agua las ilusiones de clavarme a la vieja y que ésta, solo había estado calentándome; cuando escuché su vos desde su habitación que me decía, - “compadre y yerno, venga a ayudarme un momento por favor”; pasé al dormitorio que tenía la puerta entre abierta y lo que vieron mis ojos, era un regalo para los cristianos. Era, la ahora mí comadre, que de pie, junto a su cama, vestía solo, con un salto de cama gris transparente y una tanguita color negro, que no cubría nada, que no quisiera mostrar mi comadre y “suegra”.

Doña Eugenia enseñaba, más allá de lo que me había imaginado, sus cabellos sueltos sobre los hombros, le hacían tener esa apariencia juvenil de hembra arrecha y dispuesta a ser poseída, la noche de luna de miel.

Era realmente una hembra hermosísima, Olguita, era apenas una muestra de lo que la vieja, tenía que haber sido a la misma edad, sin embargo, Doña Eugenia, tenía las piernas, más hermosas que las de su hija, con la piel más firme, pese a la edad y que me venía mostrando durante el ágape; y ¡Un culo…! Hummmmmmm….., ¡Santo Dios!, realmente ¡espectacular!, su tanguita, no alcanzaba a cubrir tan hermoso y deseable monumento, ni Doña Eugenia lo intentaba; sus senos eran tan o más hermosos, que los de su hija, redondos, firmes y grandes, la Doña les daba un excelente mantenimiento; Doña Eugenia estaba con unos zapatos de tiras de tacón alto, que dejaban ver la exquisitez y cuidado que “la manaba” ponía a sus hermosos y femeninos pies, no se le notaba, nada fuera de lugar.

- Acércate a ayudarme Javier, -mirando en medio de mis piernas me dijo, -veo que ya estas listo para sellar nuestro compadrazgo,.. mi hija me contó mucho de lo que habías hecho con ella cuando la preñaste y quiero agradecerte y saber si es cierto, o solo fueron mentiras de ella, además, mi marido me autorizo darte las gracias, “de la mejor manera”, por sacar a nuestra Olguita, de las manos de esa zorra que la tenía embrujada.

- No es nada Doña Eugenia, -le dije; y de inmediato me corrigió, diciendo,

- Javier, ya somos compadres y familia, llámame Eugenia, por favor.

Me acerqué aún con temor a Eugenia que me insinuó que tenía calor con la bata puesta, por lo que me apresuré a quitársela; me arrimaba su ardiente culo a la verga que ya me explotaba el pantalón, mientras me mostraba, coqueta, en sus delicados hombros, la hermosa piel blanca y pecosa, que cubría su bien cuidado cuerpo:

- Eres muy atento compadre, ayúdame también con mi tanguita, me ajusta y quiero dormir cómoda esta noche,… por cierto Javier, tengo algo de sed y me gusta tomar leche calientita antes de echarme, ¿Crees que me puedas dar un trago?

La vieja era, definitivamente, toda una puta y estaba pidiendo verga a gritos; yo estaba un poco asustado, pues temía que se despertara Don Augusto y no creía poder con tremendo gigantón;

- ¿Que te pasa Javier?, ¿Me ayudas con mi tanga o no?;

- Cla…, claro Eugenia.

Al acercarme y bajar su tanguita, quedó al descubierto una hermosa rajita, carnosa, pequeñita, bien depilada y que me hizo poner el pene como tranca al sentir en mi nariz ese delicioso aroma a chucha manabita.

- Veo que estas un poco incómodo querido, -me dijo delicadamente mirando entre mis piernas; - ¿Te ayudo?

Se acercó a mi pantalón que ya no podía contenerme y desnuda como estaba se puso de rodillas frente a mí, mientras me bajaba el cierre del pantalón; como uso boxers, el pene ya había buscado salida por entre ellos y en cuanto Eugenia abrió, brotó como una serpiente en busca de su victima.

Apenas la vio, Eugenia la tomó delicadamente en la palma de sus manos y me dijo;

- Querido compadre, tiene mojado el pantalón y este lindo muchachote esta mojadito, vamos a tener que ayudarte con tu pantalón y con tu linda verga, permíteme.

Sin dejarme decir o hacer algo, la puta de mi comadre, tomó mi pene con la boca abierta y empezó a lamerlo, mientras me terminaba de quitar el pantalón; era una sensación increíble, sentía sus breves succiones que me aspiraban lo huevos, hasta que…;

- Ya mijito, ya quedó limpito y ahora terminemos de ayudarte, me quitó el boxer y se lo llevó a la nariz, sorbiendo su aroma a verga, como si se tratara del perfume que a diario la bañaba para sentirse hembra; el semen que había sido regado en él boxer, desapareció en su rosada lengua que saboreaba, cada gotita de mi leche.

- En realidad esta sabrosa esta leche, y no hay que desperdiciar, ¿me das más?, te dije que tengo sed.

Ya no podía soportar, estaba cañón, la tome por las caderas y la puse delicadamente sobre la cama.

- Cuidado cariño, - me dijo, que este mueble es ajeno.

Le abrí las patas y como clavadista, metí mi cabeza en su deliciosa vagina, que me esperaba con ganas de culear. Al sentirme entre sus piernas, estas se abrieron de inmediato, apenas me vio las intenciones, me topé con ese autentico aroma de manabita que tanto me agrada y por el que tanto suspiro. Eugenia regaba mis labios con su leche sabrosa, me embriagaba, como sabiendo mis gustos personales; le pasé la lengua repetidas veces, mientras la oía y sentía, venirse en orgasmos, hasta dejarle la vagina sequita; a cada pasada de lengua escuchaba sus gemidos que llegaban a ser gritos de éxtasis; me rogaba que la hiciera mía y yo, con delicadeza, por ser mi comadre, le metí los dedos, cuando me acordé de sus deliciosas tetas, que juveniles y deseosas, saltaban en medio de su pecho, arremetí sobre ellos y me empujé hasta alcanzar esas hermosas montañas, las acaricié, las mamé y mordí, los pezones duros por el deseo de “la manaba” de ser montada y poseída, se mostraban hambrientos de mi verga; ¡Que ricos pezones!; a diferencia de los de Olguita, estos sí, rosaditos y llenos de lujuria.

Eugenia era de aquellas hembras, que no esperan invitaciones, ni se complican la vida a la hora de tirar, me agarró la verga, y no me insinuó que se la metiera, me obligó que lo hiciera:

- Quiero sentir esa hermosa verga salvadora de mi hija, quiero que me culees y me hagas gatear de pasión, culeame macho, y párteme la chucha, que soy tuya, toda esta noche.

Mi verga ya latía próxima a deslecharse, no pudiendo aguantar y no queriendo quedar mal le dije;

- Comadre, quiero primero calmar tu sed, mámame la verga y tómate toda la leche, chupala y déjame los huevos bien exprimidos, mi puta rica.

Eugenia como leona hambrienta se lanzó sobre mi verga, tomándola con sus delicadas manos y comenzó a succionarla, con sed de semen, hasta que en cuestión de segundos y tras un grito de orgasmo feroz de mi parte, Eugenia tenía la boca llena de mi miel de vida, que de un trago, se bebió; se relamía y boqueba por más; era una puta experta felando, de eso no cabía la menor duda, me había dejado seco pero con más ganas de hacerla mía.

Me recosté sobre la cama y la invité a que me montara, pues mi verga estaba, esa noche, dispuesta para cualquier momento; al verme así escuché decir a Eugenia, -“Nos hemos sacado el premio, vos no tomas descansos papito,… ¡Que rico!”; y se trepó encima mío y despacito se fue posesionando de la verga de su “yerno y compadre”, la oí gemir de dolor ante lo ancho de mi verga que iba abriendo sus labios hasta que terminó de meterla, le quedó ajustadita y un poquito afuera, así que me preguntó,

- ¿No te molesta si te la doblo papito?, quiero que me rompas la chucha.

- Te dije que esta noche, esta verga es tuya comadre,

Se montó y presionó tan fuerte, como si quisiera atravesarse el cuello del útero y que mi pene entrara en ese último huequito de su vientre; me dolía la cabeza del pene y sentía todo el jugo de Eugenia derramándose en mi pelvis; nuestra excitación era tan grande, que Eugenia, y yo, gritábamos de placer, dolor y lujuria, en una de esas oleadas de orgasmos, caímos, uno al lado del otro, extenuados, pero deseosos de seguir tirando.

Creo haber descansado solo unos cinco minutos, cuando ya tenía a la insaciable Eugenia mamándome la verga y queriendo ser poseída otra vez, mi delincuente verga, de inmediato se erectó y estaba dispuesta a poseer a la puta de mi comadre, que estaba, definitivamente, mejor que la hija. La tomé por las piernas y me las eché a los hombros, para lamerle la concha; Eugenia que era ducha en estas lides, comenzó a mover el culo para que le entrara toda la lengua, mi nariz y mi cabeza, si cabía. Tenía frente a mis ojos la vagina más hermosa que he visto, lamido, mamado y mordido, y estaba bien depiladita; me bañaba de ese maravilloso liquido aromático de las hembras manabitas; le encajé la verga en la chucha y le daba fierro hasta que Eugenia empezó a pedir perdón; - No más compadre, ya nomás, no puedo, máaaaaassssss,… gemía, gritaba, y cuando sentía que la verga se le iba de la vagina, me rogaba que le diera más fuerte; le quité la verga y le lamí el culo, con tanta saliva, que era difícil no adivinar que le iba a hacer:

- Me vas a reventar el culo, ¿verdad Javier?, me dijo en tono de disgusto; pues eso sí que no lo voy a permitir, mi culo tiene su dueño y lo respeto.

A esas alturas de mi excitación, y con las ganas que le tenía a mi comadre, me valía, si tenía en la puerta del dormitorio, a Don Augusto viéndome romperle el culo a la puta de su mujer, le abrí bien las patas mientras ella desafiante, trataba de safarse, y en medio de un grito de dolor, le atravesé el ano.

- ¿No querías que te hiciera gatear de dolor y placer?, pues ahora eres totalmente mía, rica puta; comadre, ahora queda sellado el compadrazgo; ahora mi verga es tu dueña y ya no podrás dejar de tirar conmigo.

La tenía empalada y pese a que el ano de mi suegra, sí estaba acostumbrado a recibir buena verga, vi a mi suegra, llorar cuando le terminó de entrar todo el pene.

- Ya no quería más, -gritaba de dolor, - ya me duele, -me decía, - la puta de mi comadre, jadeaba mientras rogaba por el dolor que sentía; temiendo alguna mala reacción de ella, en medio de lo arrecho que estaba, empecé a sacarle la verga; en cuanto sintió la maniobra, Eugenia me miró con ojos inyectados de odio, dolor y placer, y sentenciando me dijo:

- ¡Si te atreves a quitarme esa ricura del culo, juro que hago que mi marido te mate!

Y es que acá en Ecuador, a los manabas, hay que tenerles miedo y respeto, no se andan con pendejas leyes, si no que ejecutan a ojos cerrados y con machete en mano, la famosa “vendetta”, por lo que, ante la advertencia de mi comadre, preferí seguir dándole verga.

Le metí el pene hasta el fondo del ano; la hacía saltar de dolor, mientras la escuchaba pedir…

- Más verga papito, más, dame más verga carajo, ¡que hijo é puta… como me duele tu verga papito! Pero me encanta; dame toda tu verga, rómpeme el culo que está deliciosa tu verga; compadre,… más verga y más fuerte; - tenía razón mi hija, “eres un hijo de puta culeando y lo haces tan rico, que no creo que halla puta que se resista a ser poseída por vos”,… dame verga compadre,… así, asíiii,… dame que me vengo, dame, dame, dame vergaaaaaaaaaaá;

Mientras, le masajeaba el clítoris haciéndola reventar de dolor, placer y desesperación, le llené el culo de leche que se le regaba.

Terminamos echados en la cama sin fuerzas para movernos, los de esa noche con mi comadre, habían sido los mejores palos de mi vida,

Desde ese día, visito a mi comadre, cuando Don Augusto esta en su hacienda en Manabí, y si no, Eugenia pasa por mí para irnos a “Las Palmas” a tirar por horas, hasta que caemos desfallecidos. Don Augusto me quiere mucho y es muy agradecido conmigo por devolverle, lo hembra a su hija; tanto que me ha encargado, todas las cuentas por cobrar y asuntos legales de su hacienda y propiedades en Manabí y Guayaquil; pero no sabe nada, de lo puta que es su mujer.

LEXO

Si les gustó mi relato, déjenme sus opiniones y esperen el final, es mejor, se los aseguro; su amigo. Lexo



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