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Todos tienes un precio (6)


Al asomarme al porche me quedé paralizado, pues lo que vi me dejó alucinado. Ramón venía detrás de mí y se tragó una exclamación que había comenzado a emitir al ver la estampa.

Frente a nosotros, nuestros compañeros y jefe seguían con sus jueguecitos y parecían aumentar en cachondez, pues Marcos, el alto, delgado y moreno de gafas, se encontraba con la espalda sobre la mesa y sus piernas y nalgas se elevaban hacia arriba. Es decir, que su ojete apuntaba directamente al techo mientras los demás le sostenían...........  las piernas y las caderas. Carlos, el gordito de 28 años, le sujetaba de un tobillo con una de sus manos Paco, el joven hombre-lobo, hacia lo mismo pero con el otro tobillo Alberto, el niñato chulo de 19 años le sujetaba por la cintura para que mantuviera las caderas en alto y finalmente Agustín, el grueso y sudoroso jefe, era el que llevaba la batuta de aquella orquesta.

-¡Vamos! Más saliva –les pedía el jefe.

Nuevos chillidos guturales salieron de la garganta de Marcos. Podíamos ver su cara de perfil, roja, congestionada por el esfuerzo y el dolor de soportar la cantidad de dedos que en esos momentos se colaban en su culo para violarle y hacer que su esfínter virgen y hetero hasta el momento cediera. Los demás dejaban que buenos escupitajos de saliva chorrearan de entre sus labios y lubricaran aquel agujero en el que dedos de todos intentaban entrar.

Marcos, la víctima de aquella violación táctil, no sabía qué hacer con sus manos, y las paseaba por sus muslos, sujetándoselos, por los mofletes de su delgado culo, separándolos, y después se agarraba de los gemelos para sostenerse las piernas. Elevaba el cuello para mirar y ser consciente de lo que aquellos tíos le estaban haciendo, se mordía el labio para soportar la tortura que cada vez se le volvía más extraña y placentera, pues su ojete parecía anestesiarse y ceder al dolor. Cuando tres dedos se encontraban dentro de su agujero y uno más pujaba por entrar, se contorcía y removía, pero Carlos y Paco le sujetaban con más fuerza de los tobillos, tirando de él hacia arriba un poco para que no tuviera una base de apoyo con la que poder resistirse.

-¡Hijos de puta! ¡Qué dedos! –exclamaba Marcos. -¡Qué dedazos más gordos! Me estoy muriendo… ¡Mi ojete, joder! –murmuraba medio ido.

Sentí que Ramón, observando la escena tan detenidamente como yo, se arrimó más a mí y una de sus robustas manos buscó entre mis nalgas y encontró mi culo, aquel que me acababa de romper con dos sacudidas.

-¿Te gusta lo que ves? –me susurró al oído.

-¡Es muy fuerte, tío! –mascullé.

-Y por lo que parece no ha hecho más que empezar.

Y sin dilación, el dedo índice de Ramón se me metió por el culo como si nada, provocando que mis rodillas se flexionaran solas y yo gimiera. Esto atrajo las miradas de los demás, que levantaron el cuello para mirarnos.

-¡Mirad esos cabrones! –soltó Carlos, desinhibido totalmente según parecía.

-Os estáis perdiendo el espectáculo que está montando Marcos por unos míseros euros más –comentó Agustín con malicia.

Al mirarle, al centrar mi atención sobre el jefe, que en ese momento me daba la espala, mi visión se sentía terriblemente atraía por su gordo culazo blanco y sin apenas vello. Tenía un culo que podría dar de comernos a todos. ¡Delicioso! Bien redondo y grandote, con unas nalgas carnosas grajeadas a base de tremendas comilonas de empresa, lo mismo que su considerable tripa.

-Ven –dije a Ramón, para que avanzara conmigo hacia la mesa sin que su grueso dedo abandonara mi culo-. Pero no me saques el dedo –le pedí- Es más. Quiero otro.

Y antes de echar a andar, giré mi cuello para mirarle aquella cara de macho ibérico que tenía. Aquel rostro canalla que se cogió el labio superior con los dientes mientras su dedo corazón pasaba a hacer compañía a su índice en mi ano.

-¿Así te gusta? –preguntó.

Yo asentí con la cabeza y, espontáneamente, con la mano que Ramón tenía libre, me tomó de la nuca y me morreó apasionadamente. Al despegarnos, andamos hacia la mesa.

Marcos nos miró cuando entramos en su campo de visión. Parecía estar moribundo y tremendamente sudoroso.

-¡Tíos…! –fue todo lo que dijo, cerrando instantáneamente los ojos y soltando otra fuerte retahíla de gemidos y chillidos de dolor que cada vez parecía convertirse más en placer.

Admiré asombrado la facilidad con la que ya le entraban varios dedos hasta lo más hondo, en un agujero enrojecido y coronado por una circunferencia de vello. La verdad es que era una tortura, pues tanto Agustín como Carlos tenían unos dedos gordos como morcillas, muy acordes con sus volúmenes corporales. Aquel esfínter refulgía a causa de la saliva. Era como un hormiguero que por momentos aumentaba su tamaño para acoger a unos importantes huéspedes carnosos como eran aquellos dedos en forma de gusanos gigantescos.

-¡Mirad como dilata el cabrón! –soltó Agustín-. Espero que vosotros lo hagáis igual –dejó caer- porque alguno tendrá que alojar mi cipote en su culo. Para quien lo haga hay premio monetario –rió.

-Esa polla no va a entrar aquí –masculló Marcos.

-Eso está por ver –porfió el jefe-. Vamos, metedle vuestros dedos también –nos animó.

Paco dejó de ayudar con los suyos y Alberto hizo lo mismo, puesto que el ojete de Marcos, cada vez más abierto y enrojecido, tenía overbooking de dedos. Pero Ramón, con su mano libre, y yo, acabamos introduciendo los nuestros en aquel orificio ardiente e inundado de la copiosa y densa saliva que aportaba sobre todo Carlos desde su boca.

-¡Tú, gordo! –le llamó la atención Agustín, que estiró su mano libre y acarició los mofletes carnosos de Carlos-. Quiero muchas más saliva en este agujero. Me da igual que te quedes seco, ¿me entiendes?

-Tranquilo –sonrió Carlos-. Tengo toda la saliva que quieras tener.

-Así me gusta –respondió el jefe, déspota como era.

Éste bajó la mano desde el rostro de Carlos hasta su pecho. Agustín cerró sus dedos alrededor de la carnosa y fofa teta del gordito.

-¿Tienes unas tetas gordísimas, cabrón? Preparadas para que te las ordeñemos.

-Pues no creo que salga leche de ella. La leche me sale de otro sitio –añadió bromista Carlos.

-Bueno. Déjame ver a mí lo que te sale de estas tetas –dijo Agustín.

En ese momento no pude reprimir un gemido a causa del movimiento que Roberto estaba haciendo con sus dedos en mi culo. Todos me miraron sorprendidos, descubriendo lo que estábamos haciendo.

-¿Te ha dado envidia el Marcos o qué? –preguntó Agustín- Vamos –ordenó rápidamente-. Ponte tú también encima de la mesa, que también te vamos a dar lo tuyo.

No opuse ninguna resistencia. Es más. Obedecí tan contento. Y sin darme cuenta ya tenía mis peludas piernas en alto, sujetas por las manos de Carlos y Paco, y con las caderas sujetas por Ramón. Me puse a la izquierda de Marcos, así que giré mi cuello para mirarle. Él hizo lo mismo. Estiró su mano y la puso en mi pelo, en mi nuca, en el mismo momento en que notaba un salivazo en mi ojete que vino desde la boca de Ramón y dos gruesos dedos de Agustín trepanándome sin piedad. Gemí como un cabrón. Y al momento tuve que cerrar los ojos porque los dedos llovían en mi ano.

Notaba un fuerte escozor y una dura quemazón en todo el culo, pero poco a poco parecía calmarse, sobre todo cuando Carlos soltaba una abundante cantidad de saliva, lo que aliviaba aquella incómoda y extasiante sensación.

-¡Cómo dilata el hijo de puta! –comentó el siempre tímido y comedido Paco. Cosa que me asombró.

Pero tenía razón. Mi culo se abría ante aquella invasión. Mi culo se dilataba más y más porque me gustaba mucho lo que me estaban haciendo. Me giré hacia Marcos y le pregunté sobre aquello.

-¿Te gusta? –murmuré, medio borracho de placer.

La respuesta me sorprendió sólo en parte.

-Cada vez más –me contestó el delgado y altísimo chico, con la cara rojísima, sudada, las gafas empañadas y salpicadas de gotas de saliva. Me llamó la atención ver que su polla estaba casi tiesa, lo mismo que la mía.

-Creo que ya estáis lo suficientemente abiertos –comentó Agustín satisfecho-. Aunque podríamos seguir y seguir durante horas y creo que seguiríais dilatando, cabrones.

-No lo dudes –le dio la razón el jovencito de 19 años-. Menudos agujeros.

-Soltadles.

Al dejarnos caer las piernas, nuestras resentidas espaldas dolieron como si nos hubieran clavado espadas. Sobre todo a Marcos, que llevaba en aquella postura más de diez minutos. Instintivamente nos llevamos las manos a nuestros ojetes enrojecidos y nos los tocamos. Palpitaban. En seguida me incorporé y me quedé sentado en la mesa.

Agustín me miró y yo le miré a él. Estábamos frente a frente. Estiré mi mano y le acaricié su abultado vientre y luego le agarré su morcillona polla de caballo, con aquellos 23 gruesos cm. Se la meneé y esta se balanceó rudamente a causa del enorme peso que tenía, lo mismo que aquellos cojonazos de toro.

Paco y Carlos se bajaron de la mesa y se pusieron también alrededor de Marcos y mío.

-¿Y ahora qué? –preguntó Alberto.

-Ven aquí –llamó Agustín a Carlos, que se puso también frente a mí-. Siéntate en la mesa. Vosotros –se refirió a Marcos y a mí-, levantaos.

Carlos se sentó en la mesa, inseguro.

-¿Qué me vais a hacer? –preguntó temeroso.

-Nada que no te guste, gordo de mierda –sonrió malicioso Agustín-. Quiero que dos os enganchéis en cada una de esas gordas tetas que tiene y se las ordeñéis con la boca. El gordo nos va a amamantar.

-Pero… -intentó Carlos interrumpir, sólo que Agustín continuó.

-Yo me encargo de trabajarte bien la polla y esas bolas peludas que tienes entre las piernas, y Ramón me va a ayudar. Seis bocas para ti, ¿te parece mal?

Carlos no tuvo tiempo de rechistar, porque incluso Ramón colaboró. Al instante, yo y Alberto nos peleábamos por capturar el pezón de una de las gordísimas tetas de Carlos, mientras que Marcos y Paco hacían lo propio en la otra. Agustín, por su parte le masturbaba, y casi me da un vuelco el corazón cuando vi a Ramón de cuclillas frente a las redondas y gigantescas pelotas peludas de Carlos. Las sostuvo entre sus manos y comenzó a sobarlas.

Mis gemidos de dolor y gusto y los de Marcos no eran nada comparado con lo que soltaba Carlos, que nos agarraba la cabeza con sus manos mientras le mamábamos y le dábamos mordiscos en las tetas. Es más, nos daba igual y paseábamos nuestras bocas por toda su tripa, por su cuello, nos colábamos en su boca para morrearle intensamente llevados por una lujuria inconsciente. Pronto estuvo cubierto de nuestra saliva, con las tetas enrojecidas, los pezones muy erectos y casi amoratados, su gorda salchicha enhiesta y sus pelotas peludas, milagrosamente, cubiertas de espumosas babas que soltaba Ramón cada vez que se las sacaba de su boca. ¡Ramón se había zampado los cojones de su colega Carlos!

Esto me dio mucho morbo, porque Carlos, después de Sergio, que estaba de vacaciones, era el mejor amigo de Ramón. Tal vez por eso Ramón había accedido sin rechistar a lamerle los huevos sudados a Carlos. Y tal vez por eso, cuando Ramón se incorporó, se vino sobre Carlos, apoyó su musculoso torso sobre el del gordito y se reclinó sobre él para comerle la boca sin miramientos. Al retirarse Ramón, miró a Agustín y le habló.

-Ahora quiero que el gordo me coma los cojones a mí –pidió.

Agustín respondió con una sonrisa y Carlos, sin decir nada más, se bajó al suelo se arrodilló y le pidió a Ramón que le diera sus imponentes y morenas bolsas escrotales. Cosa que el macho ibérico hizo al instante, regalándole a Carlos sus ricos y morenos cojonazos.



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