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Sofia, mi amante vampira 3 y final


La música estaba muy alta. El bar, lleno de gente. Las mismas caras, siempre fin de semana sí, fin de semana también. El ruido enturbiaba mis sentidos. Miré a un lado y a otro. No había nada que llamase mi atención. A mi lado, había un tío que intentaba tirarme los tejos de manera descarada. Pasé de él, pero él seguía y seguía .¡Qué pesado era! ¿Por qué no se iba y me dejaba tranquila? Decía algo así como que me invitaba a una copa. De repente, vi a un viejo amigo. ¡Qué alivio sentí! Por fin un poco de normalidad ... Me tomé un par de chupitos con él y me presentó a su novia. Era majilla, por así decirlo. A su vez, ella me presentó a una amiga suya ... ¡y vaya amiga!

Tenía unos ojos de color azul eléctrico que podían helar la sangre de cualquiera. El volumen brutal hizo que comenzase a dolerme la cabeza y salí del bar. Previamente, busqué..................  con la mirada aquellos ojos que me habían fascinado por completo, pero no la encontré. Algo desanimada, me senté en un portal que había enfrente del bar. Pensé que nadie se percataría de mi ausencia ... pero estaba equivocada. Me encontraba sentada en los escalones cuando oí unos pasos que iban hacia mí. Levanté la cabeza y la vi.

Allí estaba ella, esa diosa de ojos azules eléctricos que me habían hechizado. Una larga melena de bucles negruzcos y mechones rojizos completaba ese rostro angelical. Su piel era sumamente blanca y llevaba un corsé negro, una corbata y unos pantalones del mismo color que el resto de la ropa. Se llamaba Sofía y tenía unos espléndidos 26 años. Me sonrío y me propuso ir a su casa, a conversar y tomar una copa. Acepté, guiada por una especie de voz interior.

Una cosa llevó a la otra. Comenzamos a beber. Una copa por aquí, una copa por allá. Se quitó sus botas y dejó al descubierto una maravilla de pies de la talla 37 que estaban cuidados a la perfección, y llevaba las uñas pintadas del mismo rojo intenso con el que pintaba sus labios. Se acomodó en el sofá junto a mí. No sé cómo fue, pero comencé a acariciar sus cabellos, y una risa nerviosa brotó de mi boca, pero ella me acalló con un beso corto. Después, se separó de mí:

-¿Te ha molestado? -preguntó.

-Para nada, ¿y a ti?

- A mí tampoco.

Nuestras lenguas comenzaron a explorarse nuevamente, esta vez con más avidez y deseo. Ella desató mi top anudado al cuello con una gran habilidad y clavó sus largas uñas en las palmas de mis manos. Es curioso: al mismo tiempo que sentí algo de placer, ... me gustó. Comenzó a mordisquear mi labio inferior y yo me dejé llevar, colocándome encima de ella, con mis senos al descubierto. Ella me retorció los pezones. Me dolió, pero volvió a gustarme. Jadeé su nombre. Me dejé llevar por el deseo ... Y de repente me mandó callar. Puso su dedo índice en mis labios y me condujo a su habitación.

Allí, extasiada de tener para mí a una diosa del sexo, y algo ebria por el alcohol, me dejé llevar, presa del deseo y la pasión locos que estaban naciendo en mi interior. Ella ató mis manos al cabecero de su cama de matrimonio y comenzó a devorar mi cuerpo, por encima de la ropa, y después me la quitó, dejando al descubierto mis pechos, de tamaño mediano, mis muslos y mi monte de Venus, ligeramente poblado por una pequeña capa de pelitos. Parecía que Sofía quería llevar la iniciativa y no sería yo quien la contriase.

En un rápido movimiento, ella se colocó sobre mí, abalanzándose sobre mi cuello y comenzó a mordisquearlo, hasta que sentí un agudo dolor, que, en contra de lo que imaginé, me arrancó un fuerte orgasmo, ya que de mi entrepierna empezaron a brotar un sinfín de jugos. Ella parecía deleitarse en morder mi cuello y succionar mi herida, de la cual pareciese que fuese a brotar sangre, pero poco o nada parecía importar ésto a Sofía, mi querida vampiresa. Me dejé hacer por ella, mi ama y señora por esa noche loca. Acto seguido, descendió a mis pechos desnudos y los acarició, mordió y arañó y cuando creí que iba a morir de placer me besó nuevamente en los labios. ¡Qué delicia! ¡Qué gusto! ¡Creí morirme de placer!

Aquella noche descubrí no sólo mi lado lésbico, sino también mi lado más salvaje ... y sumiso. Al amanecer, estaba de nuevo en mi cama, en mi casa, con las ventanas semiabiertas y cubierta de arañazos, mordiscos y marcas ... y con una duda: ¿fue todo un sueño? ... ¿O había sido real?

¿Todo habría sido un sueño? ¿O habría sido real? ... Podría haber jurado que todo era real. El aroma de otra mujer que no era yo estaba allí, impregnándolo todo, la almohada, las sábanas, mi pelo, mi cuerpo ... Acaricié de nuevo las sábanas y llevé la mano a mi sexo. Necesitaba acariciarlo, sentir el calor de mi entrepierna. Hice unos círculos en los diminutos pelitos que cubrían mi intimidad, recordando cada caricia de la noche anterior, cada gesto, cada beso, cada mordisco ... Mmmmmmm. Me excité de nuevo y mordisqueé mi labio inferior, hasta que sangró un poco, pero eso aún me excitó más y más. Comencé a frotar con furia mi clítoris. Estaba segura de que iba a venirme en un tremendo orgasmo ... Exploté en un impresionante orgasmo que me hizo caer rendida, entre mis sábanas. El olor a sexo inundaba por completo la habitación.

De repente, un mensaje me sacó de mi hipnotismo. Era del amigo que me presentó a su novia, y que ésta, a su vez, me había presentado a la amiga que se había convertido en mi amante. Decía lo siguiente: \"¿Tienes planes para esta noche? Me han dicho que querían verte ...\". Todavía empapada por gotitas del sudor que se escurría por mi frente y las manos temblorosas por la actividad que acababa de realizar, leí una y otra vez el mensaje. No daba crédito a lo que leían mis ojos. Suspiré. Sabía el bar donde estarían, y la habitual hora a la que solían quedar. Claro que me moría de ganas de volver a ver a Sofía ... Claro está, si eso significaba que todo había sido un sueño mío.

Me dirigí a la ducha, dispuesta a refrescarme un poco. Obviamente, no me refería sólo a mi cuerpo, que casi ebullía por el calor que manaba de cada centímetro de mi anatomía, sino también al de mi mente. Mis sentidos se obnubilaban ante cada recuerdo de la noche vivida el día anterior. Al enjabonar mi cuerpo, me imaginaba que mis manos eran las suyas, las que abarcaban mis pechos y retorcían mis pezones eran sus dedos, los mismos que se introducían en mi intimidad y me arrancaban suspiros de indescriptible placer ... y volví a excitarme. Lejos de conseguir el efecto contrario, sentir cómo el agua caía de la alcachofa de la ducha sobre mi piel me excitaba sobremanera, y no pude resistir volver a llevar mis dedos a mi cueva. Lo que comenzó como una tímida caricia acabó conduciéndome a un orgasmo indescriptible. Imaginar a Sofía clavando sus colmillos en mi cuello mientras me hacía suya me producía múltiples escalofríos y el placer inundó la bañera.

Afuera, mi móvil vibraba y sonaba, entonando la melodía que tenía puesta cada vez que recibía una llamada. Después, el silencio, que, por cierto, duró poco. Bipp bipp. Mensaje recibido. Al poco rato otra vez, otro mensaje.

Me di prisa en acabar la ducha, en cuanto acabé previamente mi orgasmo. Después, me quité el jabón del cuerpo y me sequé. Salí con una toalla enroscada en mi cabeza, y otra a la altura de mis senos. Cogí el teléfono y vi las llamadas y los mensajes. El número no lo tenía guardado y no sabía quién era, pero de todos modos decidí abrirlos y leerlos. Uno decía lo siguiente: \"Creo que lo de ayer no estuvo mal ... No sé si me recordarás ...\". Mi corazón dio un vuelco, ¡no era un sueño! ¡Era real! ... Estaba segura ... Abrí, con las manos temblorosas, el otro mensaje: \"Tus besos, tu piel, tus ojos ... ¿A qué sabe un sueño? ... A ti ...\".

Un cosquilleo invadió todo mi cuerpo ... ¿Significaba eso que se acordaba de mí y que quería volver a verme?

Marqué con nerviosismo el número de mi amigo, que también me había llamado. Me contestó con voz somnolienta. Yo, por mi parte, estaba que no cabía en mi gozo. Se rió con ganas al oír mi voz. Yo estaba como transportada a otro mundo: al de los sentidos, al del placer sin límites. Me había despertado como en una ensoñación donde yo era una ninfa, quizás ninfómana, no lo niego, pero es que la noche que había pertenecido a Sofía me había hecho cambiar de manera radical.

Él: -Vaya, parece que alguien se ha despertado especialmente ... rara, ¿no? –y soltó una de sus características risitas.

Yo: -Bueno, vi tus perdidas. Disculpa que no te cogiera antes el teléfono. Estaba en la ducha.

Volvió a reírse. Me puso nerviosa tanta risa, pero no pude evitar sonreír yo también, envuelta en mi toalla y con el agua todavía escurriéndose por mi cuello.

Yo: -Si me disculpas, tengo que secarme el pelo.

Él: -Vamos, vamos, sólo quería bromear contigo. ¿Tiene algo de malo?

Ahí me pilló fuera de combate. No supe qué decir, así que él prosiguió hablando.

Él: -Vi que ayer salías del bar sola. ¿Te fuiste pronto a casa?

Yo: -Sólo necesitaba tomar aire fresco. Ya sabes tú que me agobian los sitios llenos de gente.

Él: -Ya, pero casualidades de la vida, tampoco estaba la amiga de mi novia ... Sofía se llama, ¿no?

Yo: -¿A qué estás jugando?

Él: -¿Yo? Parece mentira que no me conozcas ...

Soltó una risotada al otro lado del teléfono.

Yo: -Bueno, ¿qué quieres? Acabo de salir de la ducha y voy a coger frío.

Él: -Si quieres voy allí y te caliento, ja ja ja.

Otra vez su risa. Comenzaba a ponerme histérica. Me dieron ganas de colgar el teléfono, pero me contuve, aún tenía que formularle otra pregunta.

Yo: -Oye, ¿has sido tú quien le ha dado mi número a Sofía?

Él: -¿Por qué lo dices? ¿Cambiaría algo las cosas?

Mucho –pensé, pero no dije nada. Sólo suspiré.

Él: -¿Estás ahí? ¿Luna?

Asentí. Tomé aire y continué con la conversación.

Yo: -Sí, sí. Me estaba secando.

En ese momento mi móvil parpadeó. Mensaje recibido.

Yo: -Escucha, te llamo cuando vaya a salir de casa esta noche. Ahora tengo que dejarte.

Él: -¿Ya te vas? ¿Me dejas aquí?

Yo: -Tú tienes novia ... Y tengo cosas que hacer. Hasta luego.

Él: -Pero ... Bueno ... Está bien. Hasta luego.

Miré el mensaje. Era de Sofía. Enmudecí. Lo que leí me había dejado atónita. Sus palabras causaron mi estremecimiento: \"No hagas preguntas. Sólo obedéceme. Eres mía, me perteneces. Mira las marcas en tu blanca piel. Te las he hecho yo. No soy un sueño, soy real. A medianoche, en El lago azul\".

Me costó concentrarme el resto del día. Tenía que organizar unos papeles que me habían mandado para el lunes y acabar de limpiar la casa, pero me costaba retener mi atención hacia algo que no fuesen esos mensajes y cada una de las marcas de mi piel. Tampoco tenía ganas de comer, al menos comida. Sólo me apetecía volver a saborear esos labios que me habían hechizado, sin remedio. Igual que sus ojos, de azul eléctrico. Igual que sus manos, de delicadeza exquisita cuando tocaron mi piel, igual que sus uñas, cuando desgarraron una parte de mí.

Por fin, el reloj marqué las once y me arreglé con unos pantalones negros, unos botines del mismo color y una camisa de gasa semitransparente con un top debajo, toda de negro. Salí de mi casa, dispuesta a encontrarme con mi amigo, pero con una ansia loca por que fuese medianoche, y ver a Sofía. En el bar estaba él, dándose el lote con su novia. Tuve que carraspear un poco para hacerme notar. Pedí un cubata y me senté en la mesa junto a ellos. Hablamos distraídamente y me debieron notar nerviosa, porque cada dos por tres miraba mi reloj. A las doce menos cinco fui a pagar mi consumición, pero en la barra el camarero me dijo que alguien ya había pagado por mí. A cambio, me tendió un pequeño papel doblado de color claro, sin llegar a blanco, de un aspecto similar al papel reciclado. Lo llevé a mi nariz y aspiré el aroma. Estaba claro que olía a Sofía, a su feminidad.

Me despedí de mi amigo y su novia, y me encerré en el baño, dispuesta a llamarla. Necesitaba oír su voz, y de pronto alguien se puso tras de mí. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, fruto de sentir cómo unas uñas recorrían mi columna vertebral. Intenté zafarme de esa persona, pero el olor le delató. Me habló al oído: \"¿Es ésa la forma de tratar a tu ama?\". Me di la vuelta y allí estaba ella, la dueña de mis marcas. Apenas la había mirado cuando se abalanzó sobre mi boca, devorándome y haciéndome suya. Creí morir de placer, nuevamente.

Su lengua y la mía se unieron, se batieron en una frenética lucha, igual que dos serpientes. El deseo invadió nuestros cuerpos nuestras manos se entrelazaron. Ahora yo la pertenecía, era su sumisa, su esclava ... Era suya. Mi cuerpo, mi mente ... mi todo era de ella, de mi Ama y Señora de mirada intensa. Hacía apenas 24 horas escasas que la conocía, y en mi mente era como si la conociera de toda la vida. Me había fascinado por completo.

Poco a poco, me separé lentamente de ella, y la miré a los ojos. Otra vez me crucé con sus ojos de color azul eléctrico, otra vez me topé con su mirada penetrante y sentí cómo mis mejillas se habían ruborizado. Pasó el dedo índice de su mano derecha por mi escote, rozando su uña con mi piel. Las llevaba pintadas de negro, igual que su cabellera, larga y sedosa. Eran largas y estaban sumamente bien cuidadas y limadas, y ese detalle me gustó. Después, lamí ese dedo cuando lo pasó por mis labios. Asintió, complacida por mi gesto y sonrió. Acto seguido, me cogió de la mano y me sacó del baño. Mi amigo y su novia me miraron, ligeramente sorprendidos por lo que habían visto.

Ya fuera del bar, Sofía me acarició por encima de la camisa de gasa y me mordió el labio inferior, y el placer y el dolor se entremezclaron, pero esa combinación de sensaciones he de reconocer que no me disgustó. Luego, caminamos de camino a su casa cogidas de la mano, como un par de enamoradas. Quizá fuera cierto, y estaba cayendo en las redes del Amor, pero no me importaba ... Sólo me importaba estar con ella, sentir su piel, su aroma, sus besos ... Mmmmmm, ¡la divina textura de sus labios, tiernos, jugosos y sensuales! ¡Cómo los anhelaba! ¡Quería que fuesen míos: besarlos, ensalivarlos, mordisquearlos, ... pero estaba claro que ella no iba a dejarme que los mordisqueara. En eso, como en muchas otras cosas, a Sofía le gustaba llevar la iniciativa, pero eso me gustaba a mí: sentirme su esclava, sentir que era suya ... y que yo la pertenecía ... Al fin y al cabo, ella me había elegido a mí, y debía sentirme orgullosa de ello.

Una vez en su casa, me arrojó contra su cama. ¡Mmmmmmm! ¡Sábanas de raso, ... y de color negro! Aquello me gustó y despertó mis instintos salvajes más aún. Ella se colocó encima de mí y fue desabotonando mi camisa. Intenté ayudarla, pero me soltó una bofetada, no muy sonora, pero sí inesperada.

Sofía:- ¿Sabes quién soy? ¡Soy Sofía, tu Ama! ¡Y tú eres mi esclava!

Continuó desabrochándome. Yo me dejé hacer. Me había sorprendido sintiendo un ligero cosquilleo cuando me abofeteó, aunque sólo hubiera sido un picor instantáneo, una cuestión de segundos. Después, me vendó los ojos con un pañuelo de seda. Me pregunté qué más sorpresas me depararía aquella nueva cita con ella, con mi amante vampírica. Sin embargo, algo me decía que mejor debía considerarla como una vampiresa. Besó mis labios después y me preguntó si veía algo a través de aquel trocito de tela. Nada. No veía nada, pero hubiera querido ver cómo se contoneaba mi bella Sofía.

De pronto, noté unos colmillos en mi cuello. Quise abrazarla, pero obtuve por respuesta otra bofetada, de nuevo inesperada.

Sofía:- Las esclavas no tocan sin permiso de su Ama, ¡y tú no me has pedido permiso!

Yo:- Per ... perdón, mi Ama -me sorprendí balbuceando esa frase que a ella pareció darle vía libre sobre mi cuerpo ... y sobre mi voluntad.

Acto seguido, ella tomó otros dos pañuelos, también de seda, y me ató al cabecero de su cama, amplia, de matrimonio. Sin embargo, no pude percatarme del color del que eran porque previamente había vendado mis ojos, ... pero sí que pude esperar ... y así lo hice. Esperé, nerviosa, ansiosa por sentir un beso suyo, una caricia suya, o, incluso, de nuevo una bofetada. Cualquier cosa proveniente de ella, de sus manos, de sus uñas ... o una palabra suya. Necesitaba oír el sonido de su voz, ese timbre dulce ... Pero nada. Sólo el silencio, el pesado silencio que ahora me dolía y me angustiaba.

De pronto, de nuevo sentí otra vez sus colmillos en mi cuello. Mmmmmm. Era una sensación indescriptible. Aparentemente, debía dolerme, pero me gustaba se puede decir que me había acostumbrado a tener alojados sus colmillos en mi cuello. Después, volvió a lamer la herida y succionar ligeramente. Poco a poco, descendió sus manos con lascivia hacia mis pechos y me bajó los tirantes de mi top negro, mordisqueando mis hombros, besándolos con ternura, arañándolos ligeramente. Quería mirarlo, pero el pañuelo de seda que cubría mis ojos me lo impedía. Acercó sus labios a los míos y me besó, lentamente, despacio, sin prisa. Me deleité saboreando esa dulce miel, sintiendo cómo nuestras lenguas jugueteaban a un mismo compás, igual que si estuvieran bailando un tango, sensual, atrevido. Me pasó los dedos por mi cara, recorriendo mis mejillas, mi frente, mi nariz, mis labios ... No podía verlo por la presencia del pañuelo, pero aquello hacía que la situación fuese todavía más excitante. Me gustaba, me estaba excitando muchísimo. Luego, me acarició por las muñecas, pasando sus uñas por cada pliegue de mi piel. Besó mis brazos, mis hombros, mis senos ... Levantó mi camiseta y pasó su lengua por mi ombligo y mis caderas. Desabrochó mi pantalón y bajó el cierre de mi cremallera. Oír el ruido que ya era conocido para mí hizo que mi imaginación volase, pero no tuve que esperar demasiado. Como si se hubiera adentrado en lo más profundo de mis pensamientos eróticos, me ayudó a zafarme de mis pantalones y bajó mis braguitas. Me acarició, me lamió y me mordió ligeramente el clítoris, arrancándome un espléndido orgasmo. Miles de sacudidas enérgicas me agitaron por completo, y ella sonrió al verme disfrutar de semejante manera. Jamás había sentido tanto placer con nadie como con ella, como con mi Ama, con mi amante vampira, con mi Sofía.

Después, me trajo de vuelta mi libertad. Desató mis muñecas, que estaban atadas por dos pañuelos de seda, y me quitó la venda de los ojos. Me miró con deseo irrefrenable y se mordió el labio inferior. Una sonrisa lasciva se dibujó en su cara.

Sofía: -¿Has disfrutado, mi niña?

Sonreí. Me había llamado su niña. Llevó sus labios hacia los míos y, cuando creí que me iba a besar con ternura, me los mordisqueó. Primero con dulzura, y poco a poco fue subiendo la intensidad. Me dolió un poco, pero no me importó demasiado. Ahora yo le pertenecía, y así me lo hizo saber. Me coloqué sobre ella y la besé. Despojé sus ropas. Ella asintió con ojos lujuriosos y me devolvió el beso, esta vez con mayor gratitud. Acaricié sus cabellos y aspiré su aroma. Olía a una fragancia exquisita de rosas. Después, quité su vestido de cuero negro. Iba vestida en plan dominatrix, para asombro y deleite mío. Me fijé en su lencería y me excité más aún. Se la quité despacio, para degustarla más. Saqué primero un pecho de su sujetador y lo besé, también despacito y con calma. Mordisqueé su pezón derecho y se lo pellizqué. Vi cómo disfrutaba y gemía de gusto. Repetí la operación con el otro seno. Luego, besé su ombligo y lo lamí, con gusto, igual que quien se come un caramelo. Observé cómo se relamía los labios inferiores con gusto. Sentí que su orgasmo estaba próximo y quería hacerla disfrutar más aún. Acaricié su clítoris de la misma manera de cómo me masturbaba yo, haciendo círculos y al final, ocurrió, estalló en un estruendoroso orgasmo. Se aferró fuertemente a mí y clavó sus uñas en mi espalda. Sentí dolor, placer y deseo. Hicimos el amor varias veces más ... a lo largo de toda la noche ... y, desde ese día, hicimos oficial nuestra relación, aunque no contamos los detalles de nuestra intimidad que sólo a nosotras nos atañe. A veces soy yo su sumisa y esclava, y a veces ella se me entrega así, devota y fiel como una novicia novata.



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