Sin más demora, mi hermano Jacobo plantó sus manos en mis velludos muslos y me separó las piernas para hacerse un hueco allí. Se sentó dándome la espalda. Aquella espalda robusta. Yo continuaba sin reaccionar. Él me cogió del brazo izquierdo y me obligó a pasarlo por su cintura. Mi mano pronto tocó su rabo.
-Ahora cógemela, venga. ¡Qué no muerde! –me dijo.
-Jacobo, no voy a… -comencé a hablar. Pero una extraña presión en mi propio............. nabo me detuvo.
No me esperaba aquello, y es que Raúl me había agarrado la polla sin miramientos y había comenzado a masturbarme. Al notar la mano de mi amigo allí, solté un bufido de placer y tragué saliva, así que me dejé hacer y manipular, con lo que Jacobo consiguió que mi mano se aferrara a su grueso y corto cipote.
Mi hermano tenía la polla bien dura, y cuando fui consciente de ello, una extraña sensación de morbo y excitación comenzó a embriagarme, acompañada del sube-baja que mi colega me daba en la polla. Por su parte, la mano de Jacobo acompañaba a la mía, que poco a poco se fue acostumbrando al ritmo que me marcaba. Mi hermano comenzó a soltar profundos suspiros.
-Muy bien, hermanito –gimoteó muy bajo-. Lo has cogido a la primera.
Jacobo se acomodó un poco más entre mis piernas, acercado su espalda a mi pecho pero dejando suficiente espacio para que Raúl me pajeara. Mis huevos, que reposaban sobre el colchón, entraron en contacto en ese momento con la parte baja de la espalda de mi hermano. Yo también me acomodé y me acerqué más a él. A pesar de que todavía quedaba un espacio entre mi piel y la suya, sentí el calor que desprendía el joven cuerpo de mi hermano. No lo pude evitar. Al contemplar la blanca piel de sus hombros, acerqué mis labios a ellos y le di un beso, que mi hermano recibió con regocijo, girando su cuello e intentando mirarme por el rabillo del ojo.
A continuación miré a Raúl. Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta a causa del placer que le estaba dando la mano del altísimo Cachu, que a su vez estaba siendo masturbado por el compacto Harry. Finalmente, mi hermano estiró su brazo y alcanzó el rabo de éste último, cerrando el círculo de pajas.
-¡Qué guapo! –resopló el bajito Harry.
Yo continuaba mirando fijamente a Raúl, que abrió los ojos y me descubrió con la vista fija en su rostro. Al principio pareció turbado, pero luego esbozo una extraña sonrisa que nunca antes le había visto, mostrándome sus relucientes braquets. Soltó mi cipote y comenzó a pasar su mano por mi pecho. Y en ese instante, Cachu hizo lo mismo en el de él. El amigo alto de mi hermano comenzó a toquetearle el vientre y el torso de Raúl, que comenzó a respirar más y más fuerte.
Con mi mano libre me agarré mi propia polla y la pajeé mientras Raúl me tocaba. Un golpe de calor subió hasta mi rostro, encendiéndolo y haciéndome sudar. Estaba muy cachondo. Respiré hondo y en mi nariz se coló el concentrado olor a macho que ya de por sí tenía la habitación, a causa de que mi padre no la había ventilado en un par de días, de que su ropa sucia yacía tirada por el suelo, de que las sábanas estaban impregnadas de su olor a hombre recio, y ahora, a todo aquello se unía el olor de cinco adolescentes masturbándose y disfrutando de lo que los otros les podían ofrecer en un juego inocente pero a la par poco inocente.
Observé a Cachu, que gemía mientras su amigo Harry le pelaba su buen rabo a una velocidad tremenda.
-¡Dale, tío! ¡Dale fuerte! –le pedía.
Ver en aquel estado de cachondez al chico me puso en órbita. Solté el nabo de mi hermano, me deshice de la mano de Raúl que me estaba acariciando y, sin dudarlo, me incorporé, me hice un hueco en el centro de la cama de matrimonio, me clavé de rodillas muy cerca de Cachu y sin miramiento le agarré con fuerza de la cabeza, tirando de él hacia mí y obligándole a meterse en la boca toda mi polla.
-¡Tate! –me llamó mi hermano, alucinado.
Pero le ignoré. Le di una pequeña ostia a Cachu en la cabeza y le hablé autoritario.
-¡Cómeme el nabo y sin rechistas! –saqué mi faceta más chula.
-¡Tate! –volvió a llamarme Jacobo, que por momentos palidecía.
No le hice ni caso, y quizás aquello fuese lo que le hizo reaccionar, porque se acercó a mí por la espalda y pegó todo su duro pollón a mi culo. Lo noté su húmeda punta en toda mi raja. Me soltó un mordisco en el hombro y pasando sus brazos fibrados alrededor de mi cintura, enganchó la cabeza de su amigo alto y le marcó el ritmo de la mamada.
-¡Así, Cachu! Dale placer en la polla a mi hermano –comentó, haciendo que su voz resonara sibilina en mi oreja.
Cerré los ojos y levanté el cuello, apuntando con mi rostro hacia el techo. En la oscuridad de mis párpados, percibía el vaivén que me marcaba mi hermano con sus empujones en mi espalda, notaba la cabeza de su rabo una y otra vez en los cachetes de mi culo, y la húmeda boca de Cachu me daba un placer indescriptible. No era la primera vez que me la chupaban. Alguna niñata bien zorra del barrio ya lo había hecho, pero aquel chaval, con la cacho de boca que tenía, me estaba haciendo ver las estrellas.
Noté que mi hermano cambiaba de postura. Se acomodaba mejor, clavado de rodillas como yo, con sus gemelos pegados a los míos, su pecho en mi espalda.
-Harry, tú también –le dijo a su otro amigo.
Abrí los ojos y descubrí que Harry, el otro amigo de mi hermano, dejaba de pajear a Cachu, y se arrastraba unos centímetros por el colchón en dirección a mi polla.
El chaval alto, sin rechistar, se sacó mi cipote de su húmeda boca, reluciente mi capullo, y se lo enciscó en la boca al chico bajito, que cerró los párpados y recibió con un gemido amortiguado mi rabo. Sentí que paseaba toda su lengua por mi pene, degustándolo, sorbiendo la saliva que Cachu había dejado en él, así como algunos chorros de pre-cum que me salían fuera sin que pudiera evitarlo. Una vez más, Harry se la sacó y se la pasó a Cachu y así lo hicieron alternativamente mientras Jacobo, agarrándose a mi cintura y clavando sus dedos en ella, había comenzado a restregar su pollón por la raja de mi culo, escupiendo entre los mofletes algo velludos de mi trasero buenas trallas de líquido preseminal.
Raúl, por su parte, continuaba masturbándose, semitumbado sobre la cama, observándome y observando a los chavales jovencitos que se zampaban mi polla.
-Raúl –le llamé.
-¡Cómo te la come, eh! –comentó mi amigo.
-Es genial, tronco –respondí.
-¿Te gusta?
-Mucho –dije sin pensarlo. Me encantaba cómo lo hacían-. Putos maricas, joder –dejé escapar, bajando mis manos y tomando sendas barbillas de los chicos, acariciándoselas con cierto cariño, con suavidad, sabiendo bien que aquellos chavales hacían aquello por gusto, pero también conociendo bien a quien se la chupaban: al hermano mayor de su amigo Jacobo.
-Tate –me llamó mi hermano desde mi espalda.
Sus manos abandonaron mi cintura y me agarró de las tetas, sobándomelas y sobándome el pecho. Sin previo aviso, mi hermano me soltó unos cuantos muerdos en el cuello y en el lóbulo de la oreja que me hicieron suspirar aún más. Después se separó de mí, aunque estaba tan deleitado por lo que hacían las bocas de los dos chicos en mi polla que ni me fijé en lo que hacía.
Me dejé caer de culo en el colchón. Quedé tumbado, pero con los codos clavados de tal forma que mi torso se encontraba levantado, admirando lo que los chicos, acomodándose, continuaban haciendo con bastante fogosidad, tragándose ahora también mis pelotas bien peludas y dejándomelas brillantes de babas.
Mi hermano se dio la vuelta a la cama, quedándose frente a mí, junto a la ventana. Se pajeó un poco viéndonos y, al instante, y sólo fue un instante. Ya no estaba. Yo había cerrado y abierto los ojos, pero Jacobo había desaparecido de mi punto de visión. Entonces, miré a Raúl y con un vuelco al corazón me di cuenta de lo que ocurría.
Imprevisiblemente, mi hermano se había inclinado sobre mi amigo. Las manos de Jacobo sujetaban la cabeza de Raúl, con sus dedos en las sienes, y las caras de ambos estaban pegadas, sujetas por los labios. Mi hermano y mi amigo se estaban besando intensamente y algo dentro de mí se removió de tal forma que sentí que iba a vomitar mi propio estómago.
-¡No! –grité automáticamente.
Me deshice violentamente de Cachu y Harry. Es más, al intentar incorporarme pisé el brazo a uno de los dos, pero todo mi afán era abalanzarme sobre Raúl y Jacobo e impedir que hicieran aquello.
Agarré a mi hermano por la espalda y con fuerza le aparté, echándole lejos de Raúl.
-¿Qué ocurre? –preguntó Jacobo, mirándome confuso, sin entender qué me pasaba.
-Nada de besos –le apunté con mi dedo, con la respiración totalmente revolucionada.
-¿Por qué? –preguntó sin entender.
-No ha sido nada, tío –me habló Raúl.
-Nada de besos –le señalé ahora a él.
-Pero Tate, no entiendo… -Pero mi cara lo decía muy claramente-. Mis amigos pueden chuparte la polla y yo no puedo besar a tu amigo. ¿Es que sois novios o qué? –soltó sin querer decir aquello en serio.
Lo que ocurre es que esa pregunta tuvo un efecto extraño tanto sobre Raúl como sobre mí, porque nos miramos por un instante en silencio, reaccionando después rápidamente.
-No digas, gilipolleces –escupí-. Mira, creo que esto que estamos haciendo no está nada bien, Jacobo. Creo que es…
-Ya sé de qué va todo este rollo –dijo mi hermano enfadado, de pie, junto a la cama, desnudo y con su polla cada vez más fláccida. Sus amigos, Cachu y Harry, observaban la situación alucinados.
-No. No sabes de qué va, Jacobo. Realmente esto…
-Que no me expliques nada –me cortó mi hermano-. Que mira, si te mola tu amigo Raúl es algo que tenéis que solucionar entre vosotros, que yo sólo me hago unas pajas con mis colegas, nos tocamos, algo sano –soltó despreocupado-, pero luego no nos comemos la cabeza con mariconadas. Pero si vosotros os moláis –se encogió de hombros, dando énfasis a las conclusiones que él solito está pasando- ¡A mi plín!
Y con las mismas, empezó a recoger su ropa y le hizo una seña para que sus amigos hicieran lo mismo. Raúl y yo estábamos quietos, sin saber qué hacer o decir. Realmente estaba abrumado por la claridad con la que mi hermano pequeño había sintetizado lo que, tal vez desde hacía unas semanas, me rondaba la cabeza.
-Así que lo dicho. Nosotros nos abrimos y nos llevamos esto –estiró Jacobo la mano para coger la revista porno. Los tres llevaban su ropa y sus playeras hechas un montón entre sus brazos, los tres desnudos-. Vamos a acabar lo que hemos empezado. Vosotros deberíais hacer lo mismo. Si os dejáis los huevos llenos, os dolerán… ¡parejita! –rió como un condenado.
-Cállate, Jacobo –le miré ahora indignado.
-Nos piramos –dijo, y se volvió hacia la puerta- ¡Adiós!
-Adiós –dijo también Harry.
Cachu, que salía el último, mostrándonos primero sus blancas, redondas y portentosas nalgas, se giró a mirarnos antes de desaparecer por el umbral.
-¡Muy ricas pollas, tíos! A mí me mola el tema este, así que… si queréis algún día. Ya veis que a vuestro hermano no le importa. El y yo… a veces… Bueno él sobre todo me pide que…
-¡Cachu! –le llamó mi hermano, que ya desfilaba por el pasillo.
-Venga, hasta luego –se despidió el chaval de metro noventa, dejándonos allí a Raúl y a mí, que nos miramos en silencio, todavía no demasiado incomodados.
Ninguno sabíamos qué decir. La habitación había quedado sumida en una tensión extraña, con aquel ambiente cargado, de olor a ropa usada y sexo. Fui a abrir la boca justo cuando Raúl también iba a hablar. Ambos callamos a la vez.
-Di tú, di tú –me instó.
Respiré hondo antes de soltar las palabras que cruzaban mi cabeza, pero algo que vino desde el fondo del pasillo me impidió seguir. Era una voz ronca y masculina.
-¡¿Pero qué coño estáis haciendo?! –se escuchó tronar-. ¡Y encima con mi revista! ¡Jacobo, vete explicándome esto!
-Papa, yo… -titubeó mi hermano.
-¡No, coño! ¡No os vistáis ahora deprisa y corriendo! ¿Estabais aquí los tres dale que te pego como si nada? ¡No me lo puedo creer!
-Papá…
-¿Y tú hermano? ¿Dónde está?
Miré a Raúl alarmadísimo y en seguida me levanté como un torbellino.
-Corre, tío, Vístete.
Raúl ya estaba en pie y rebuscaba por el suelo su ropa.
-No encuentro mis calzoncillos –murmuró mi amigo al borde del pánico.
-¡Es que es increíble! –se oyó la voz de mi padre mucho más cerca.
Nos va a pilla, pensé. Nos va a pillar, joder, y a ver cómo explico yo esto…
-¡Me cago en la puta! –La exclamación de mi padre llegó desde la puerta. Sus ojos estaban abiertos como platos y miraba alucinado hacia donde Raúl estaba en calzoncillos y yo con una almohada-. ¿Qué coño estabais haciendo?...
No contestamos. Yo quería echarme a llorar.
-¿Y qué coño estás haciendo tú con mis calzoncillo sucios puesto? –preguntó mi padre con la rabia escalándole por el rostro hasta adquirir una fuerte tonalidad rojiza.
Giré mi cuello para mirar a mi colega. En efecto, aquellos no eran sus infantiles slips de algodón con barcos estampados comprados por su mamá en cualquier mercería de barrio, si no que eran unos slips grises arrugados y con aspecto ajado de cenefas que pertenecía a mi padre y que marcaban unos buenos manchurrones resecos de a saber qué fluido corporal.
Raúl sólo consiguió tragar saliva sonoramente.