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Querido Papa


Querido papá...o, ¿mejor decir “amante papá”?

Cumplidos los veinticinco años, totalmente independiente de tí -en todos los sentidos-incluida mi emancipación económica, quiero echar la vista atrás durante el tiempo que tarde en redactar esta carta. Luego la quemaré, y con ella desaparecerá tu recuerdo. Necesito hacerlo para poder llevar, a partir de ahora, una vida medianamente “normal”.

No viene a mi memoria ningún momento especial vivido contigo...hasta los dieciocho años. Quizás guardabas tu tierno cariño de padre para mis otros hermanos, pero no para mí. Nunca supe la razón. Simplemente “pasabas” de mí, casi siempre, excepto cuando tenías que reñirme por la razón que fuese. Otras veces, sin embargo, te notaba un brillo especial en los ojos cuando me mirabas, y, entonces........................... y solamente entonces, te dirigías hacia mí con una voz dulce-empalagosamente dulce-y me llamabas “tu cachorro”. En esos momentos yo sabía que podía trepar sobre tí, que podía brincar sobre tus rodillas, y que tu perfume (a macho, eso lo sé ahora) hacía que mis narices se dilatasen con placer. Me revolvías el pelo, me abrazabas, me besabas el cuello y me hacías reir con tus cosquillas, hasta que de repente, sin previo aviso, me apartabas de tí con un gruñido ininteligible hasta una próxima vez.

Durante mi adolescencia comencé a tener dudas sobre mis inclinaciones sexuales. Me gustaban las chicas, pero...

Una noche, recién cumplidos los dieciocho, volví a casa muy tarde. Nada más entrar en casa se me pasó la euforia que había tenido hasta ese momento. Atusé mi pelo rubio, respiré hondo y miré de refilón mi cuerpo de jugador de fútbol americano. Ahora mido 1,86, así que entonces rondaría el 1,80, más o menos. No tenía miedo de que me causases un castigo físico, pero le temía a tus palabras. Esas palabras que, machaconamente, me tirabas a la cara, una y otra vez, cada vez que querías herirme.

La casa estaba en silencio. Recordé que mamá y mis hermanos habían marchado por la mañana a pasar varios días en casa de los abuelos. En aquellos momentos, estando algo bebido, ni siquiera recordé el motivo por el que yo tuve que quedarme en casa...solo contigo.

Solté una risita por lo bajo.¡Iba a librarme, por una vez, de tus reproches! Subí las escaleras en silencio. Aguanté la respiración al ir a pasar frente a vuestro dormitorio, pero, insólitamente, estaba cerrado. Bajo la puerta, por la rendija, destellaba la tenue luz de la TV. Puse la oreja aplastada contra la madera y agucé el oído: se escuchaban gemidos, ruiditos típicos de una película porno. Te imaginé mirando aquellas escenas, y terminé excitándome yo mismo. A mi mente vino el recuerdo de aquella vez, cuando yo tenía doce años, y que te sorprendí en el baño, totalmente desnudo, mientras te duchabas. Y tuve la misma sensación de entonces.

Me picó la curiosidad. Quise...no sé lo que quise, porque tenía la mente nublada por el alcohol, y la bragueta por el deseo.

Recordé que, desde la terraza, podía verse perfectamente el interior de tu dormitorio. Simplemente debía subirme a una silla o a algo que me hiciese llegar hasta el lugar adecuado. Y lo hice.

Por mi imaginación pasaron gran cantidad de cosas sucias que me excitaron hasta el punto que noté un hueco en el estómago, un gran vacío que casi me hizo dar arcadas. Yo apenas si había experimentado con el sexo hasta entonces. Unos simples tocamientos con una ex-novia, y poco más. Sin embargo, la imagen tuya, papá, desnudo, en el baño, venía una y otra vez a mi mente cada vez que me masturbaba en solitario.

Me hice el ánimo y miré dentro del dormitorio. Tu rostro era un poema. Estabas concentrado mirando la pantalla, con un brillo en los ojos muy similar al que yo conocía. Miré hacia tu mano. Esa mano que sujetaba tu pene. Y quedé admirado. No por su tamaño, sino por el grosor y el color. Un color casi amoratado, que contrastaba vivamente con la blanca lechosidad de la piel de tu vientre. Me calenté hasta límites exagerados. Saqué mi verga, durísima, y comencé a masturbarme mientras te miraba con ojos dilatados por el deseo. Hiciste un movimiento extraño y agaché la cabeza, ocultándome mientras mi mano seguía atenazando mi miembro erecto.

No pasaba nada. Simplemente te habías quitado el pijama, desembarazándote de él en dos bruscos movimientos. Atisbé cuidadosamente y quedé sin respiración: ahora estabas ante mí con todo el esplendor de tus cuarenta y tres años. El corazón galopaba en mi garganta, subía y bajaba por mi pecho hasta relinchar en mi bajo vientre. Podía verte íntegramente: tus grandes pies, tus gruesos muslos, blancos y velludos, tus gordas pelotas balanceándose a un lado y otro mientras te masturbabas...para mí. Porque yo quería pensar, pensaba, que tu exhibición era solo para mis ojos.

De repente, tu mirada vagó por la habitación. Me dí cuenta, demasiado tarde, que mi rostro estaba reflejado en el espejo de vuestro armario. Tu mano quedó suspendida, quieta, durante unos segundos. Yo estaba paralizado por el terror, y tú sonreiste misteriosamente al cruzar nuestras miradas en el reflejo.

Bajé a trompicones, tropezando con mi propia ropa. Quise ir velozmente a mi alcoba, pero el sonido de tu voz me llegó justo cuando pasaba frente a vuestra puerta:

- ¡Cachorro! - y luego con voz melosa -Ven cariño.

- ¿Pppppappá? -mis nudillos sonaron casi imperceptiblemente contra la puerta.

- Pasa, hijo, pasa.

Supongo que por un gesto reflejo, al entrar yo te cubriste los genitales con una frazada de ropa. No sabía donde mirar. Mi erección era brutal y dolorosísima. Estaba seguro que la blanca piel de mi rostro tenía en aquellos momentos el color de las amapolas. Y tú comenzaste a acariciarte el pene por encima de la ropa de cama.

Tu voz retumbó grave, insinuante, cuando me dijiste:

- Hijo, podías darme un masaje en los pies.

¡Pies! La palabra clave que terminó de volverme loco de deseo. Cuando veo unos pies me lanzaría de cabeza a olerlos, a chuparlos, a besarlos...¿Cómo no iba a dar un masaje a los tuyos?

Me arrodillé ante tí, inclinando la cabeza para poder percibir con toda intensidad el aroma tan deseado. Apagaste la luz de la mesilla de noche. En la oscuridad de la recámara, comencé a darte el masaje. Deslizaba los dedos por tu piel, acariciaba cada una de tus durezas, de tus rozaduras, anhelando escuchar el ronroneo de placer que escapaba de tu garganta. Subí con mi masaje hasta tus piernas. Una de mis manos buscó bajo mi ropa, y comencé a masturbarme en silencio. Noté como apartabas la frazada de ropa, y que también te masturbabas a la par que yo. Mi excitación era suprema. Me armé de valor y comencé a lamerte los pies. Como no dijiste nada, me atreví a chuparte los dedos uno a uno. De repente encendiste la luz. Miré deslumbrado hacia arriba. Allí estaba tu verga, bien atenazada por tu mano, mientras te la meneabas rítmicamente. Tu mirada era invitadora. ¿A qué me invitabas, papá? Subí con mis caricias por tus piernas, por tus rodillas, por tus muslos. En la frontera de las ingles tuve que detenerme. Te miré fijamente a los ojos:

- ¿Puedo, papá?

- Haz lo que gustes, mi amor.

Esas fueron tus únicas palabras. Suficientes para mí.

Mi primer movimiento fue para abrirte más los muslos. Quería ver el tesoro de tus testículos. Los acaricié, los lamí, los succioné, los olí. Luego acerqué la nariz a tu verga. Mmmmm, qué rico! Olía a jabón de baño, a limpio. Metí en mi boca la cabeza de tu pene, rosada, ancha...La chupé como si fuese un helado ¿recuerdas?, y luego seguí lamiendo el tronco, mamando todo el falo desde arriba hasta abajo.

- Dame un beso, cachorro- me suplicaste con voz ronca.

¡Diossssss! ¡Aquéllo era la gloria! Comenzamos a besarnos. Yo sentía tu lengua dentro de mi boca. Te la chupaba gozando de su sabor a tabaco. Luego tú succionabas la mía. Enroscábamos las dos como sierpes en su nido.

Empezaste a desnudarme.Te ayudé y pronto quedé desnudo ante tí. Seguí agarrándote de la verga. No quería soltarla por nada del mundo. Nos besábamos y volvía a inclinar la cabeza para mamarte de nuevo. Tus manos acariciaron mi cabeza, mi cuello, mi espalda. Te desprendiste de mí y saltaste de la cama. Quedé desolado. Pero volviste al instante con un bote de crema para el cuerpo. Me ordenaste que me tumbase sobre la cama, boca abajo, y yo obedecí con un extremecimiento que dejó mis vellos como escarpias.

Embadurnaste mi piel. Tus manos se deslizaron rápidamente desde mis pies hasta mis pantorrillas. Se demoraron en mis corvas para seguir otra vez hacia más arriba. Mis muslos ardían con el roce de tus palmas. Llegaste hasta mis nalgas. Pusiste más crema y sobaste cada cachete por separado, hasta terminar abriéndolos para dejar al descubierto mi hoyito. Tus manos dejaron de acariciarme...para que tu lengua tomase posesión de mi hondonada. Besaste, mamaste mi culo hasta que sentí cosquillas. Mordiste mis nalgas y arreciaste después en las lamidas. Las cosquillas fueron transformándose en un gusto exquisito.

Hundiste uno de tus dedos en el bote de crema. Lo sacaste chorreando para meterlo al instante dentro de mi agujero. Inconscientemente levanté el culito. Quería notar dentro de mí la sensación de ser poseido por aquel dedo, áspero, grande, delicioso. Y añadiste otro dedo para las caricias. Solté el primer gemido, y, casi sin darme cuenta, comencé a masturbarme. Hiciste que parara. Un tercer dedo dilató todavía más mi ano. Me incomodó algo, pero seguiste sin detenerte, susurrándome que me relajase y disfrutara. Lo hice.

Dejaste de penetrarme con los dedos y te apartaste dejándome el culo desolado. Me ordenaste que me pusiera panza arriba, embutiendo una almohada bajo mis riñones y dejándome en la postura que deseabas.

- Tienes que aguantarte, mi amor, eres ya un hombrecito- y me besaste suavemente.

Quisiste apagar de nuevo la luz, pero te pedí que la dejases encendida. Quería verte.

Me hiciste caso. Tomaste una gran cantidad de crema para lubricar tu verga. Luego, otro tanto para embarrar mi hoyito. Tenía tantas ganas, que te rogué que me la metieses de golpe, pero no me hiciste caso. Apoyaste la gorda cabeza de tu verga en mi agujero. Empujaste imperceptiblemente hasta que entraron unos centímetro. No sentía dolor, pero sí una sensación extraña. Seguiste empujando y tu polla siguió entrando muy lentamente dentro de mí. Me dijiste que me relajara, y que apretase un poco como si estuviese en el baño. Lo hice y noté enseguida como entró otra porción considerable de tu miembro. En la cabeza de mi pene brillaba ya el precum.

Me noté totalmente lleno de tu verga. Te inclinaste más sobre mí. Tu cabeza junto a la mía. El aroma de tus axilas me ponía a mil. Tu barba raspaba contra mis mejillas. Busqué tu boca y la encontré. Nos fundimos en un largo beso mientras tú comenzabas a moverte lentamente dentro de mí. Noté dolor. Más movimientos por tu parte. El dolor me hizo pedirte que te detuvieses, más no me hiciste caso. En respuesta a mi súplica pegaste tus labios a los míos y me succionaste con un beso apasionado que me dejó sin aire. Ahora ya no te movías dentro de mí, sino que galopabas montado sobre un tierno potrillo que gemía de dolor.

La cama chirriaba y nosotros hacíamos ruidos extraños. Tus bolas chapoteaban al golpear contra mi culo. En un momento indeterminado, el dolor se transformó en placer. Comencé a gozar, a disfrutar in crescendo. Mis manos buscaron tus nalgas, las cubrieron y las apretaron contra mí mismo: ¡quería tenerte más dentro de mí! Acariciaba tus anchas espaldas, tus nalgas musculosas, y te pedía que me cabalgases más fuerte, que me la metieses más honda...

El gusto era sublime. La sacabas toda entera, completamente, dejando mi ano como una boca que grita de hambra. Sale de mi gargante un ronco gemido, una queja que dice a los cuatro vientos que necesita de tu carne.

-¡¡Papaaaaaaá!! -el aullido retumba en la alcoba -¡¡¡Maaaaaaaaás!!!

-¡¡Si hijo!! ¡¡Toma, toma tomaaaaaaa!!

La metiste hasta el fondo en embestidas salvajes, incesantes, maravillosas.

La cama parecía que iba a caer al suelo de un momento a otro. Mi mano se engarfiaba en mi pene, masturbándome salvajemente, siguiendo el ritmo de tus enculadas. Hasta que el semen saltó embarrando nuestros vientres. Y una sensación húmeda me penetró por el intestino, pero tú seguiste metiéndomela durante un rato más, sin que tu dureza cediese lo más mínimo. Y batiste tu propio esperma dentro de mi culo, hasta que una espuma blanca, como nata batida, se deslizó desde mi ardiente agujero.

Finalmente, tras una segunda eyaculación, caiste derrengado sobre mi cuerpo. Me aplastabas con tu cuerpo. Nuestras sudores se mezclaban. Todavía notaba tu miembro dentro de mí. Yo notaba un gran cansancio, una sensación maravillosa de cariño hacia tí.

Acerqué mi boca a la tuya. Quise besarte, y entonces...

- ¡Déjame en paz, maricón!

Te apartaste de mí con un gesto de gran disgusto en la cara. Tu verga, ya arrugada, hizo un pequeño ¡flop! , y salió de dentro de mí. En dos zancadas llegaste hasta el baño, y oí el ruido del cerrojo.

Yo estaba derrengado. Además tu actitud me confundía. No acaba de entenderte. La mirada que me habías lanzado al apartarte de mí, era ...como de odio. Intenté vestirme. Al ponerme los boxers noté como tu esperma corría entre mis muslos. Te esperé media hora sentado en la cama. Finalmente me atreví a llamar a la puerta.

- ¡Lárgate! Tu voz sonó como un trallazo, como un disparo que dió directamente en mi corazón. Salí sollozando: ¡Mi papá ya no me quería! Y yo que pensaba, cuando estábamos haciendo todo aquello, que todo iba a cambiar, que desde entonces podría contar con mi padre para todo...Pero me había equivocado.

Con lágrimas en los ojos llegué a mi alcoba. Cerré la puerta tras de mí y caí sobre la cama. Quería morirme. Sin embargo un cálido dolorcillo se extendía por mi cuerpo procedente de un punto muy concreto: mi hoyito. Y comencé a recordar todo lo que habíamos hecho. Y la calentura me envolvió de nuevo. Hurgué bajo mi ropa, y, siguiendo el sendero húmedo de tu semen, llegué hasta mi agujero. Allí encontré los grumos de tu esperma. Mi culo se abrió como una flor para recibir de nuevo a unos dedos. Esta vez eran los míos, pero no importaba. Masajeé mi pene por encima de la ropa, hasta que no pude aguantar más y me saqué la polla para abarcarla con la mano. Recordaba tu verga, tus besos, tu lengua lamiendo mi culo, tu semen embarrando mi cuerpo...Los dedos se deslizaban suavemente en mi interior, aprovechando la suavidad del ano recién dilatado. Y nuevamente me corrí con grandes espasmos, mientras de mi garganta salían otra vez gemidos de animal en celo.

- ¡Papáaa! ¡¡Papaaaaaá!! ¡¡¡Papaaaaaaaaá!!! - y me dormí con la mano chorreando esperma, mientras mis dedos, ya en sueños, seguían entrando y saliendo de mi culito.

Fin de la primera parte.

Nota del autor: Este relato no procede de mi imaginación. Un lector (y amigo) tuvo la gentileza de contármelo hace muy poco tiempo, como una experiencia auténtica que mantuvo con su padre. No tengo motivos para dudar de su veracidad. Yo simplemente he intentado redactarlo en forma de carta del hijo hacia su padre, adornando algunos párrafos y poco más, puesto que, prácticamente, me he limitado a transcribir la narración original que me hizo a través del chat. Lógicamente tengo su permiso para publicarlo.



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aunque el resultado final es un poco triste no dudo de todo el placer que pudo sentir ese amigo tuyo.
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