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Putica desde muy jovencita


Transcripción fiel del correo electrónico sobre la experiencia que tuvo Liz Antonelli, y que envió al Nuevo Marqués el día 01/11/07. Los acontecimientos narrados a continuación tuvieron lugar en la ciudad de Caracas, Venezuela.

12/12/06. 4:00 p.m. (Casa de Sofía Andrade. Caracas, Venezuela)

No acostumbro participar en mis escritos, debido a que están basados en narraciones que no me pertenecen. Pero debo agregar que Liz, inspirada en la narración que Andrea Bonzo hiciera de su intercambio sexual, ha decidido contarme su historia con lujo de detalles, y me ha solicitado que la transcriba y la publique. Tengo.......... su permiso y, como la narración está plagada de momentos altamente eróticos, advertimos a los que se sumergen en estas páginas, que se prepararen para pasar de la calma a la excitación en cuestión de minutos. Y que al terminar la lectura, cosa que siempre sugiero, revisen su ropa interior a ver hasta donde alcanza la humedad (risas).

Sin más preámbulos, les dejo con una historia erótica excelente:

—No sé hasta que edad consideran los adultos que los jóvenes somos idiotas. No lo sé. Es cierto que recientemente cumplí los diecinueve años de edad, y que no me puedo considerar la más adulta de las personas, ni la más sabia. Pero hay algunos asuntos en que los mayores suelen tener menos conocimientos que nosotros, y en la mayoría de los casos manejan los conceptos más obsoletos sin siquiera notarlo.

Por eso Marqués, es posible que mi lenguaje osado, o el tono de mi retórica, te lleven a considerarme una arrogante en potencia. Pero te advierto, que los asuntos que relacionan la madurez con la temprana edad son mi caso en particular. No en todas las materias, lo sé, pero si en una en específico: el sexo, y todo lo que éste implica.

Ha sido así desde que cumplí los dieciséis años, o algo más. A esa edad se encendió alguna especie de interruptor, que desató mi deseo sexual y me llevó a realizarme un sinnúmero de preguntas relacionadas con el tema. Debo agregar, que la forma en que se desarrolló mi cuerpo tiene mucho que ver con esto. Porque si bien nunca fui grotesca ni deslucida, desde ese momento se desplegaron en mí, todos los rasgos femeninos que suelen apetecer los hombres a cualquier edad. Las primeras señales se presentaron, cuando los adultos de mi residencia comenzaron a verme de forma muy distinta de cómo solían hacerlo en el pasado. Los pantaloncitos cortos, que meses atrás no llamaban la atención de nadie, se empezaron a llenar de forma considerable, y a ganar nuevos admiradores a diario. Glúteos redondos y firmes se apreciaban por sobre mis ropas piernas torneadas, hermosas manos y pies, cintura pequeña, y unos senos que sin resultar inmensos hacían juego con mi cuerpo menudo y proporcionado, eran exhibidos sin reserva ni tabúes. Tenía una estatura que se podría considerar promedio, y en cuanto a mi rostro era dulce y juvenil con la lozanía que da la adolescencia, y la belleza que sólo la ingenuidad suele otorgar.

Visto en retrospectiva, creo que la primera experiencia con mi sexualidad la tuve en casa de Sofía. Ambas acabábamos de cumplir los dieciséis años, vivíamos una al lado de la otra, y se nos iba el tiempo entre su habitación y la mía. Ella vivía con su mamá y un hermano dos años mayor. La mamá era enfermera, y como tal, hacía guardias nocturnas el hermano, por su parte, era un vago que rara vez estaba en el domicilio. Por eso, la mayor parte del tiempo nos encontrábamos solas, y con la casa a nuestra entera disposición. Y como la aprovechábamos (risas).

Esa noche, la mamá de Sofía tenía guardia y, como siempre, me invitó a que acompañara a su hija en su ausencia. Yo, apenas llegué, pude ver que algo escondía la muy condenada Marqués, lo sabía que sí, y sin lugar a dudas era algo bueno. Sus ojos vivos y juguetones me lo confirmaban.

—Que guardas, loquita— la interrogué. Y me confesó de inmediato.

—Es algo muy interesante, dijo. Ayer, apenas mi mamá salió para la guardia, mi hermano huyó con sus amigos, como siempre. Bueno, me quedé más sola que la una, y como tú sabrás estaba de lo más aburrida. Probé el internet, y nada probé el teléfono, y nada probé el televisor, y lo mismo, nada. Pero justo en el momento en que me disponía a apagar el televisor, noté que en el reproductor de DVD estaba encendido un ícono amarillo en forma de disco. Como tú sabes Liz, el cine y las películas no son lo mío, las detesto. Pero en ese momento de soledad, fastidio y tedio inclemente, decidí probar que habían dejado en el reproductor, sólo por curiosidad. Pero, cual será mi sorpresa (risas descontroladas, y de tonta), que al accionar el botón de inicio, casi de inmediato aparece en la pantalla una pareja completamente desnuda y… ¿A que no sabes que?, haciéndolo, si haciéndolo… (De nuevo risa de tonta, pero ahora totalmente descontroladas).

Yo, que había navegado en internet desde los doce años, y que Andrea, Luisa, María, Alejandra, y pare usted de contar cuantas mujeres en diversas publicidades me habían invitado a que las conociera, y me aseguraban que cada una era la más caliente de la red, sabía lo que era la pornografía, sabía que existía, pero nunca había visto una película, ni por asomo. A diferencia de Sofía, yo era hija única, y por tanto no tenía hermanos jóvenes y calenturientos que vieran ese tipo de películas.

Pero volviendo al tema, terminar Sofía de narrar su historia y nosotras sentarnos a ver la cinta, fue una sola cosa. Al principio, tengo que admitir que no salió mucho que se diga. Es más, en ese momento, advertí que a Sofía no le había saltado a la cara la pareja desnuda como me había confesado, tuvo que ver un buen trecho para poder llegar hasta el acto en sí.

Pero bueno, la primera escena que se veía, era una pareja de entre veintiocho a treinta y dos años, con muy buena figura, y ropas comunes y nada llamativas. Miraban de frente a la cámara, en lo que luego supimos era una especie de casting, y esperaban órdenes para comenzar. La voz del camarógrafo fue lo primero en escucharse.

—Hola chicos, bienvenidos a los estudios de \"Por favor hágalo con mi esposa\". ¿Les gustaría presentarse a la cámara?

—Hola, yo soy Joe, y ella es mi esposa, Ginger Lea.

—Perfecto, cuéntenme, ¿Cuántos años llevan casados?

—Año y medio.

—Y díganme como es que se les ocurrió venir a este casting. ¿Por qué Joe, te gustaría que otro hombre tomara a tu esposa en tu presencia?

En ese momento no respondió él, sino que su mujer tomó la palabra:

—Bueno, siempre hemos sido fanáticos de la pornografía, y más de ésta serie, y de tanto fantasear hemos llegado al acuerdo que ambos queremos hacerlo, y llevarlo del sueño a la realidad.

—Perfecto. Veo que están claros y definidos con lo quieren. Pero, como última pregunta, y esta vez si quiero que me responda el esposo, ¿Dime Joe, has visto con anterioridad a tu mujer con otro hombre? ¿Ah? ¿Has visto que la cojan mientras tú disfrutas el espectáculo? Hoy tenemos un semental listo para hacer su trabajo, y disfrutarse a esta perrita hasta que no pueda más. ¿Te gustaría verlos en acción? ¿Si? Bueno, necesito que para que empecemos, digas a la cámara las palabras mágicas que harán que todo comience:

—Nunca he visto a mi mujer con otro hombre, y aunque me excita la idea, también me da cierto miedo. Pero nos hemos decidido, y ya llegamos hasta aquí. Por eso le pido a el que espera para montar a mi esposa:

— \"Por favor hágalo con mi esposa\"…

Y así comenzó todo. Tanto para Ginger Lea, como para nosotras. Marqués, en ese momento, Sofía y yo sentimos que Joe no entregaba a su esposa, sino que nos entregaba a nosotras también. Nos encontrábamos sentadas en la cama de Sofía de frente al televisor. Nos habíamos quitado los zapatos y las medias. Yo iba en sostén y pantaletas, y ella se había puesto la parte inferior del pijama solamente. Nuestra cara denotaba que nunca habíamos experimentado algo así, era de pena, perplejidad, y excitación.

Lo que siguió no podía defraudar a nadie. Era más que directo. Un hombre de algo más de treinta años, fuerte como la roca, de piel morena, y rasgos duros y penetrantes irrumpió en la escena como Dios lo trajo al mundo, en pelotas. Tenía un miembro grande y grueso. Y ya estaba medio erecto. La respuesta de Ginger fue de una naturalidad increíble. Lo tomó entre sus manos, antes siquiera de presentarse mutuamente y, mostrándoselo a su esposo le dijo lo grande y \"jugoso\" que se veía. Eso trajo risas entre los presentes, incluido el esposo que celebró la broma, y acto seguido ella comenzó a chuparlo con calma, comenzado por la punta y extendiéndose al resto del miembro sin prisa alguna.

Algo que todavía hoy me llama la atención, y que demuestra la predisposición que tanto Sofía como yo teníamos para el sexo, es que a ninguna de las dos nos dio asco o repugnancia el que Ginger se lo chupara a Jorge, como supimos luego que se llamaba el tercer participante. También, es posible que no solo se debiera a nuestro elevado deseo sexual, sino a la forma casi religiosa como ella se lo mamaba a su pareja. Si no hubiese sido un montaje pornográfico, habríamos podido jurar que lo hacía inclusive con amor (risas).

Bueno, luego de que Ginger le aplicó durante más de diez minutos un sinfín de amapuches y caricias al miembro Jorge, éste se hallaba más que listo para la acción. Duro como un palo, y seguro de mantenerse así durante mucho tiempo, se dispuso a desvestir a su cómplice con calma y si se quiere con ternura también. Ella era sencillamente bella, sólo eso, bella. Comenzó por la franelilla, y de inmediato se expusieron un par de pechos hermosos como nunca habíamos visto mi compañera y yo. Redonditos con una caída natural, de pezones pequeños y marrones, y de tamaño mediano tirando a grande.

Como si le devolviese el favor, Jorge también comenzó por las partes íntimas de su compañera. Carente de vellos, el sexo de Ginger era chiquito y completamente aséptico. Empezó con besitos cortos por toda la zona: piernas, pubis, labios, clítoris, y ano tuvieron su buena parte. Luego, se concentró sólo en el sexo en sí, provocando en su pareja espasmos y pequeños gemidos de placer.

En el momento en que Jorge consideró que el terreno estaba apto para el trabajo, sembró su polla. Sin mayores explicaciones que las que estoy dando embistió dentro de la cuquita de Ginger, que gozosa abrió sus piernas y arqueo la espalda para que entrara toda. Así estuvieron un buen rato. El esposo de Ginger los observaba con atención, mientras masajeaba su pene, que a esas alturas mostraba una gran erección. En posición de perrito, acostada sobre su espalda, sobre su pecho, arrodillada en la cama, como misionero, el pollo asado, y pare usted de contar cuantas posturas adoptaron ese par en los siguientes cuarenta minutos.

Cuando terminó la película Jorge eyaculó en el rostro de Ginger, y casi de inmediato el esposo dijo a la cámara: \"Jorge, gracias por tomar a mi esposa\". Su sonrisa denotaba que el acto le había caído en gracia, y ella no se veía molesta en absoluto. Entre tanto, Sofía y yo estábamos alegres por dentro, pero si se quiere un poco apenada una con la otra en nuestro exterior. Ahora que lo analizó, debió ser vergüenza por no haber demostrado un asco que no sentíamos, o tal vez por disfrutar tanto y sin tapujos. Lo cierto es que el mal rato no duro mucho, los comentarios a la película fueron rápidos e increíblemente placenteros. Yo tenía las pantaletas mojaditas por completo, y Sofía me confesó en ese momento que ella también. Hablamos de las sensaciones que estábamos experimentando, y de lo mucho que nos gustaban. Las cosquillas en la zona púbica, los latigazos de corriente en el clítoris, la emoción de lo prohibido, y todo lo que nos embargaba.

Ella, ante mi asombro, me mostró cuan húmeda se encontraba su conchita. Yo tengo que admitir que la tenía bella, de verdad que sí. Le salía una pelusita castaña que ella se dejaba larguita arriba, y se depilaba todos los vellitos en la zona inferior. Los pelitos estaban todos empelotados por el flujo, y el olor que expelía era una mezcla entre dulzona y con residuos de orines. Se tocó por encima del clítoris, y ese acto me electrizó todos los pelos del cuerpo, es hoy cuando veo que estuve a punto de tocársela.

Pero para alejar los malos (o buenos pensamientos), decidí quitarme la ropa interior y quedar en cueros, sólo para Sofía. Tenía que pagarle la osadía de su desnudez con la mía propia. A diferencia de ella yo me mantenía peloncita por completo, y de mi chochito no se desprendía ningún otro olor que el de la excitación pura y simple. Estaba mojada hasta las piernas, y mi amiga pegó la cara a mi sexo para apreciarlo, lo suficiente como para hacerme creer que me lo iba a besar también. Nos reímos un buen rato, comentamos la película, y nos preguntamos todas las dudas que hasta ese momento nos habíamos callado por pena de parecer depravadas. Desde ese día comenzamos una búsqueda por todo lo relacionado a la materia, y nos convertimos en expertas en sexo teórico.

Explico todo esto, para que el Marqués y todos tus lectores vean cuáles fueron los precedentes de la historia que a continuación voy a narrar. Esta íntimamente relacionada con Sofía y se desarrolló en su casa. Aunque mi amiga no participó de la misma, su mamá jugó un papel determinante en el desarrollo de lo hechos.

Rondábamos los dieciocho años Sofía y yo, cuando tuvieron lugar los hechos. Las enfermeras en general se han sabido ganar una fama de mujeres calientes, que hasta fetiche han logrado ser para algunos hombres. La mamá de Sofía no escapaba a éste cliché. Era la típica latina sabrosona, de caderas anchas, senos generosos, y rasgos no muy delicados pero llamativos. Tenía de todo, y en cantidad más que suficiente. Desde que comencé a andar con su hija a los quince años, le he conocido como mínimo cuatro parejas. Sofía las ha odiado a todas por igual, y aborrece la actitud ardiente de su madre. A mí, por el contrario, siempre me llamó la atención el manejo que de su sexualidad hace la Sra. Sofía. Grande y sexualmente activa, es todo lo que destilaba segura de ser mujer, y cómoda con su condición de hembra, nada más. Así la veía cada día. Salía para el trabajo impecablemente vestida, algo chabacana para mi gusto, pero muy arreglada y olorosa a una colonia exquisita que dejaba la estela por donde iba. A su paso no había hombre que no volteara. Sin importar la edad. Incluso algunas féminas echaban una ojeadita con el rabo del ojo, para apreciar a la competencia.

—Esto no es eterno Liz— me decía cuando la acompañaba hasta la esquina y la silbaban al pasar. Disfrútalo mientras dure nenita, disfrútalo.

Pero de entre todos los hombres que pasaron por la vida de la Sra. Sofía, hubo uno que marcó la diferencia. En todos los aspectos Manuel fue diferente para ella. Duró mucho más que el promedio, se portó de forma distinta tanto con ella como con su hija, y al parecer tenía intenciones de establecer una familia a su lado. Mi amiga Sofía se portaba con él como con ningún otro, y disfrutaba mucho su compañía y sus atenciones. La mamá celebraba estos buenos augurios, y basada en eso mantenía alegre a su pareja. ¿Y como la mantenía alegre? En éste preciso instante les voy a contar como lo hacía, y la forma en que yo me enteré.

Los años no habían echo mella en la relación que yo mantenía con Sofía. Por el contrario, mi mamá a veces me reprendía por permanecer más tiempo en casa de mi amiga, que en mi propia morada. Apenas llegaba de la universidad partía para su casa, y ahí me quedaba en muchos casos hasta el día siguiente. Fue así como uno de esos tantos días, a eso de las dos de la mañana, un eco repetido, me sacó de mis ensoñaciones. Era un golpe seco y acompasado, que acompañaba a un murmullo que las puertas lograban mitigar.

Me levanté con mucha curiosidad a ver que ocurría, y aprovechar para vaciar la vejiga. Tenía miedo, y mis pequeños temblores me lo confirmaban. Apenas me detuve en el lobby, supe que el eco provenía de la habitación de la mamá de Sofía.

Llegué al cuarto y el sonido se hizo más fuerte. La puerta estaba entreabierta y por la rendija se veía el copete de la cama que se mecía con un vaivén, pero para mi sorpresa en el colchón no había nadie hasta donde alcanzaba a ver. Ahí tomé una decisión, empujé con mucho cuidado la puerta hasta que la abertura me mostró la cama por completo. Y ahí estaban. La Sra. Sofía estaba desnuda, con el torso apoyado en la orilla de la cama y las rodillas en el piso y Manuel estaba sin ropa también, arrodillado a su espalda y con su miembro encajado por completo en el sexo de la hembra. Que hermoso. Él la embestía con rudeza mientras le sujetaba los senos. Una y otra vez. Con un movimiento único y repetido, ambos cuerpos se balanceaban hacia adelante y hacía atrás, en perfecta sincronía.

Ella daba pequeños gemidos de placer, me imagino que se reprimía para no gritar y despertar a todos en la casa. Manuel, por su parte, resoplaba con fuerza, y con los ojos cerrados se concentraba en el bombeo. Y se veía que ya tenían un buen rato en eso, porque sudaban copiosamente. Los cuerpos estaban brillantes por la transpiración y los músculos se tensaban como guayas por el esfuerzo.

La mamá de Sofía tenía un cuerpo macizo, y donde todo era al mayor. Unas tetas colosales y jugosas, un culo espectacularmente grande y parado, y en contraste con sus rasgos, una cuquita pequeñita que se ocultaba entre los muslos. Manuel se veía que se la gozaba de lo lindo, duro y sin contemplaciones. La penetraba, como a una putica a la que se le paga para que sólo uno disfrute, y se comporte como un objeto de recreación y más nada. A la Sra. Sofía parecía que eso le encantaba, y le daba gusto a su hombre. En determinado momento, como algo que ya habían ensayado, él se detuvo por completo, mientras ella se comenzó a batir de adelante hacia atrás contra la base del güevo de Manuel, chocando con fuerza. Les digo que dudé que el resto de los ocupantes de la casa no sintieran el ruido que el copete de la cama hacía contra la pared.

Mientras tanto, yo me di cuenta que sin notarlo, me masturbaba desde hacía un buen rato. Ya estaba a punto de correrme, cuando vi que no era la única. En el cuarto, tanto Sofía como Manuel se hallaban al borde del clímax. Ella dio un último envío de cadera hacia atrás, y casi de inmediato, él extrajo su pene que ya chorreaba la leche. Lo hundió en el ano de Sofía y generosamente lo regó con su semen. Yo me corrí con pequeños espasmos, y sentí como el flujo me bajaba a borbotones por las piernas, cerré los ojos y me concentré en la corriente y el cúmulo de sensaciones placenteras que recorrían mi cuerpo. Cuando sentí la última sacudida, abrí los ojos, y para mi total sorpresa (todavía lo cuento y no lo alcanzo a creer), Sofía estaba acostada boca abajo, y Manuel me observaba por el espejo que se hallaba a un lado de la cama. Mi reflejo inmediato fue refugiarme en el cuarto de mi amiga, y justo cuando arrancaba di una última ojeada de morbosa, no hay otra forma de expresarlo, y vi como Manuel masajeaba su pene ya flácido, mientras me guiñaba un ojo.

Tengo que admitirlo, fue una perfecta despedida. Yo corrí intentando hacer el mínimo de ruido, me acosté en mi cama, y temblé de miedo por lo que quedaba de noche, o por lo menos así lo recuerdo. En la mañana me levanté increíblemente temprano, creo que todavía estaba oscuro, y partí para mi casa sin mayores despedidas. Viéndolo bien, tanto para Sofía como para su mamá, no debió resultar sumamente extraño, porque en algunas ocasiones ya lo había hecho así. Pero para Manuel no pasó desapercibido, lo sé ahora, y ya en ese momento lo supe.

Se me fue toda esa semana bastante alejada de la casa de mi amiga. Pero el mismo miedo que me separaba de ver a Manuel, me acercaba a él hasta lo indecible. Había fantaseado con su cuerpo durante toda esa semana. Partiendo de la noche en que lo había visto con la Sra. Sofía, imaginariamente la suplantaba y gozaba con su novio hasta que quedábamos exhaustos los dos. Luego me reía con la ocurrencia, y en algunas ocasiones me apenaba un poco.

Así se me fueron los días, hasta que una tarde cuando me disponía a salir mi casa, escuché por la ventana del cuarto de mis padres que colindaba con el de la Sra. Sofía, que tanto ella como su hija iban a salir al centro de la ciudad, y que Manuela se quedaría sólo hasta que ellas regresaran de realizar las compras. Eso me dejó en una situación en la que sólo una loca como yo podía dar paso a las dudas. Sabía que estaba increíblemente mal hecho que yo fuera para casa de Sofía cuando Manuel se hallaba sólo, pero mi mente y mi cerebro saben cuanto deseaba meterme allá ese día en específico.

Fue así como, ya ustedes deben adivinar, me duché y me afeité las parte íntimas con rapidez (no quería desperdiciar los minutos), me puse mis mejores bikinis, unos sostenes nuevos, y un poco de colonia groseramente rociada por todo el cuerpo. Y así, como una putica dispuesta a regalarse, partí para que el vecino que, según mis planes me tomaría tal cual a su novia. Y, sin muchos cambios, y sino no estuviésemos conversando (risas), eso fue lo que pasó.

Fue así como llegué a casa de Sofía. Toqué el timbre, hice un chequeo de último momento, y esperé que abrieran la puerta. No pasaron más de treinta segundos cuando se escucharon los pasos. Una persona, que yo sabía exactamente quién era, se asomó por el ojo mágico y con voz cansada preguntó:

— ¿Quién toca?—

—Soy yo Sr. Manuel— contesté. Él abrió la puerta, y me recibió con la misma sonrisa cálida de siempre. Hasta el momento no pasaba nada.

—No te reconocí Liz, estas más grande cada día. Y si debo hacer honor a la verdad, más bella también. Pero cuéntame, que te trae por aquí, Sofía salió con su mamá hace cerca de media hora y no regresan hasta el final de la tarde. ¿Venías por ella? ¿O te atraía algo más?

El cumplido, y la pregunta encerraban todo lo que yo estaba buscando. Manuel nunca me había tratado de esa forma, ni abría preguntado algo así si no esperara un extra de mí parte.

Así estuvimos unos segundos, hasta que él me invitó a pasar, después de preguntarme en par de ocasiones si \"de verdad\" quería pasar. Yo acepté con miedo. No sabía lo que me esperaba ahí dentro, pero no veía el momento de averiguarlo.

—Pasa— dijo.

Yo tomé asiento en uno de los bancos de la cocina, y Manuel se puso de frente a mí, en una barra que generalmente se utilizaba para preparar los alimentos. Sacó un par de cervezas de la nevera, y me extendió una a modo de invitación. Yo la recibí y sin dar tiempo al análisis le di un trago largo, como nunca antes. Él se limitó a probar la suya de a sorbos cortos mientras me observaba sin disimulo alguno.

—Andas muy linda. ¿Ya te lo dije, no? ¿Y eso? Seguro tienes algún noviecito por ahí, y vas a visitarlo y darle algunos besitos, no. ¿Te gustan los besitos Liz? ¿Te los has dado ya?

Yo, aunque ya le había dado un segundo trago largo a la cerveza, no me atrevía a hablar. Le di un tercer sorbo, y me decidí a comenzar el juego.

—No Sr. Manuel, no tengo novio. Y si, si me he dado algunos besitos. Y me gustan mucho.

— ¿Sr. Manuel?, no Liz no me digas así que sueno a viejo. Dime Manuel a seca. Mira Liz, ¿Y de lo otro, de eso también has probado? ¿Y qué tal? ¿Te gusta? ¿Te gusta hacer cositas nenita?

El corazón me latía a mil por hora, y me imagino que el sexo también (muchas risas) Sabía lo que iba a pasar, y lo que venía a continuación.

—La verdad, que no se a que se refiere Sr… perdón Manuel.

— ¿No? ¿No sabes? Bueno déjeme refrescarle la memoria señorita. ¿La puedo llamar así, señorita? ¿O ya no? (risas). Bueno, te acuerdas el día en que nos viste a Sofía y a mí haciéndolo. ¿Te gustó lo que viste, verdad que sí? Te encantó. Lo sé, porque te lo vi en la cara. Seguro tenías ese chochito caliente y húmedo. Yo encantado hubiese ido a bajarte un poco la temperatura, pero sé que a Sofía no le habría caído en gracia.

—Sin embargo, y si la intuición no me falla, veo que hoy has venido a terminar lo que no comenzaste ese día. Esa faldita apretadita, y esos bikini chiquititos me lo confirman. Seguro te afeitaste la cuquita para mí y todo. Lo sé que sí. Pero antes quiero que sepas que no es tan fácil como se veía ese día. Vamos a estar claros, mi Sofía es una hembra. De eso no hay dudas. Una mujer como esa se goza el palo de su hombre hasta que le exprime la lechita entera. ¿Estas dispuesta a probarte Liz? ¿Quieres demostrarme que tú también eres una hembra ricota? ¿Qué me dices nenita?

Yo no podía hablar. Mi mente se movía con mucha velocidad, pero parece que la misma no lograba trasmitir los mandatos a mi cuerpo.

—Sí, Sr. Los vi ese día— eso fue todo lo que alcancé a balbucear.

—Ok, veo que te cuesta expresarte un poco nena. Vamos a hacer lo siguiente, yo te voy a preguntar y tú vas a responder con un \"sí\" o con un \"no\". ¿Estamos de acuerdo?

— ¿Ese día te gustó mucho lo que viste?

Un sí pequeñito brotó de mis labios.

¿Y has soñado con hacerlo tú también?

La misma respuesta. Sí.

— ¿Y quieres que sea yo el que te inicie?

Silencio.

— ¿Si, o no?

Silencio.

— ¿Si?

Nada. No estaba en capacidad de responder.

— Bueno hagamos lo siguiente, porque el tiempo está pasando y así se nos va a ir la tarde. Quiero que te acerques a mí, y dejes que te toque por debajo de la falda. Si cuando pase mis dedos por tus pantaletas éstas están mojadas vas a dejar que yo te inicie como te lo mereces. Y, si por el contrario, ese bollito está seco, nos terminamos la cerveza, y seguimos siendo amigos. ¿Te parece?

Esta vez tampoco pude responder, pero como una autómata me levanté del banco, me acerqué hasta donde estaba Manuel, y sin mayores movimientos dejé que me hiciera a su gusto.

Él se acercó a mí lo más que pudo. Todavía recuerdo su aliento caliente y su respiración acelerada cerca de mi cara. Con calma me acarició las piernas, sin levantarme la falda, o hurgar en mis genitales.

— Eres muy bella Liz. Haces días que te vengo observando, sabías. Vi como te crecían los pechitos, y como las piernas se te ponían gruesas y redonditas. Me encanta tu cintura chiquitica, y lo sabroso que hueles. No me quiero imaginar ese bollito chiquitito y sabroso que debes guardar ahí abajo. Debe estar oloroso a perfume y un poco a orine (risas). No te apenes, eso es normal. Yo no sé porque, pero las mujeres no aprenden a lavarse ese huequito hasta que son grandes, y hay algunas nunca lo logran (de nuevo risas)

Pero bueno, a lo que vinimos— dijo.

Con cuidado pasó sus manos por mis piernas y, antes de que me diera cuenta, tenía un dedo mi clítoris. Eso estaba empapado hasta las piernas. La sonrisa burlona Manuel lo confirmaba. Estaba gozando de lo lindo con la situación.

—Como que te gané perrita. O ganaste tú me imagino. ¿Porque eso era lo que querías? Que te cogiera duro como a Sofía, y que te trate como a todas ustedes les gusta que las traten: como a unas puticas. Quieres llegar a tu casa con el bollo rojito, y lleno de leche. Lo sé, eso quieren todas las coñitas ahora. Lechita en el huequito, eso.

Mientras Manuel me hablaba duro y sucio, yo gozaba como loca. No había dejado de masturbarme, y poco a poco, me había quitado la franelilla. Las tetas las tenía paraditas y los pezones duros por la excitación. Él me los chupó con fuerza, mientras me los estrujaba. Se veía que también estaba excitado y caliente. Una erección como de animal se veía por sobre su pantalón, y en ese momento yo supe que era toda para mí.

Sin mayores preámbulos me tomó por las caderas y apoyándome en la barra de la cocina levantó la falda y extrajo las pantaletas, que cayeron al piso. Pasaba la mano por el sexo con fuerza, desde el hueco hasta el ano. Al mismo tiempo, y sin que yo lo notara, se bajó el cierre de los pantalones y se sacó el miembro, que para esa hora parecía un plátano. Suplantó la mano por su pene, y eso me encantó.

— Quiero que me pidas que te coja zorra de mierda— me dijo. Y casi de inmediato, repitió la pregunta a voz en grito.

— ¿Ya sabes lo que quiero no? Quiero que lo digas fuerte. Que tú misma te lo creas. Vine a buscar güevo, y que me cogieran como a una puta y aquí estoy en eso. Dilo pues.

Y lo dije. Fuerte y completamente entregada a lo que quería:

— Quiero me cojas papi. Quiero que lo hagas duro y sin contemplaciones. Esto lo tomó por sorpresa completamente. Pero intentó salirse de la situación, y que mejor manera que entrando en acción. Uno a uno, todos los centímetros del palo de Manuel me entraron en la cuca de un solo envión. Él güevo paso apretadito por mi hueco, que gustoso lo arropó. Pequeños espasmos me recorrieron en ese momento, y en los segundos que siguieron a la penetración. El movimiento que había visto en la habitación lo repetimos pero con más fuerza. Las bolas de Manuel chocaban contra mi clítoris con fuerza, y mis senos bailoteaban al son del vaivén sexual. Como gozaba yo, y como lo hacía mi huequito Marqués.

En esa posición me corrí, y por poco me caigo cuando mis piernitas flaquearon. Manuel se sonrió por el episodio, y con bastante veteranía me llevó hasta el sofá más cercano y me apoyó sobre la espalda. Observó que el reloj marcaba casi las cuatro, y faltaba poco para que Sofía llegara. Pero no podíamos dejar el acto a medias. Así que sin mediar palabras me metió el plátano de nuevo, y volviendo al paso perdido, comenzó a bombearme con bastante intensidad. Yo quería que eso durara toda la tarde y parte de la noche, pero ya llegaba el momento de poner fin a esta aventura, y él lo sabía, su ritmo lo ratificaba. Adentro y afuera, adentro y afuera, así se movía el miembro de Manuel. Hasta que, al igual que pasara con Sofía, en un envío de sus caderas hacía atrás, sacó el miembro que ya borbotaba el semen y empujándome contra la punta del mismo me obligó a que probara la leche que brotaba de la cabeza.

Yo abrí la boca y lo recibí lo más adentro que pude. Sentí como el semen caliente entraba a mi garganta, su sabor dulzón y su olor alcalino. Él también tuvo unos cuantos espasmos hasta que se detuvo. Y cayendo en cuenta del peligro que se nos avecinaba me invitó a que me vistiera, y así lo hizo él también.

—Vístete Liz, esto es lo más rico que haya probado en mi vida, créeme que sí.

— Pero si nos consiguen así nos vamos a meter en problemas. Ponte la ropa y llámame. Que quiero enseñarte todo lo que sé, y más. Te quiero nenita, y me encanta ese bollito de hembra que tienes.

Esas fueron sus palabras, que hasta hoy me reconfortan. Me vestí con rapidez, y pasé para mi casa por un hueco que hay en la cerca que las une. No lo podía creer todavía. El bollo lo tenía caliente todavía de la emoción. Pero ustedes querrán saber si nos descubrieron. No, nadie lo supo hasta hoy. ¿Qué si nos volvimos ver? Eso es algo que si lo logro recordar, les haré saber a todos los que leen estas páginas (muchas risas).

Esa es mi historia, y espero que les haya gustado. Hoy me sigue gustando el sexo duro, y la cuca se me calienta cuando hablo de estas cosas. Los adoro, y anímense a contar su historia también, que verán que vale la pena.

Liz Antonelli

PD: espero que la historia les haya gustado. Si desean contar la suya, y que al igual que ésta salga publicada, escríbanme a elnuevomarquezdesade@hotmail.com Y como siempre, si esto no les excita, no sé que podría hacerlo.

El Nuevo Marqués



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