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Prueba de admision


Mi nombre es Andrea y tenía veinticuatro años de edad cuando ocurrió esta historia. Estudié teatro y cine en un exclusiva y selectiva escuela de artes escénicas de España.

La prueba de admisión para quienes, como yo, no somos unas prodigiosas andantes de las artes escénicas y para quienes sí lo son, pero se muestran como mojigatas, es difícil de pasar con éxito.

A mí me gusta mucho el teatro y el cine y siempre estuve muy empeñada en estudiar y trabajar en esa industria. El primer escollo que debí sortear fue el de la temida "Prueba de Admisión". Este examen consistía en dos partes: una teórica y otra............  práctica. A mí me amedrentaba mucho más el ejercicio práctico que el teórico, pues, pensaba con inocencia de niñita, que era arriba de las tablas donde se demuestra el talento y no contestando en un papel una serie de preguntas. Sin embargo aquello era cierto sólo a medias, pues la aptitud había que demostrarla en dos ámbitos muy diversos. Les narraré mi experiencia al respecto.

Como antes mencioné, desde pequeña me fascinaba el cine y el teatro y cada vez que podía le consultaba a alguien vinculado a esta industria qué atributo era el fundamental para lograr el éxito en el teatro y en el cine de primer nivel, en el mundo de egos exuberantes, las luces y la parafernalia por doquier.

Sin excepción siempre me dijeron algo que nunca llegué a entender cabalmente hasta que di mi examen práctico de admisión.

Es preciso tener talento no únicamente en el escenario sino que también detrás de él.

La mera inscripción ya era muy peculiar: exigían, aparte del dinero y los papeles de rigor, fotografías y grabaciones en vídeo vestidas en malla sin ropa interior, en biquinis diminutos y en topless. Yo lo encontraba muy extraño, pero como las otras chicas postulantes lo hacían sin chistar nada, pensé que, quizás, la extraterrestre desinformada era yo. Así es que hice todo lo que me pidieron con mucho ánimo y sin protestar por nada.

A la semana se estilaba comunicar por correo electrónico si la inscripción había sido "exitosa" o no. En otras palabras, si se cumplía o no con los cánones de belleza que el instituto establecía como uno de los requisitos de ingreso. Esto último se ocultaba a causa de su ilegalidad; la postulante lo averiguaba después, si es que su registro había sido exitoso. En resumen, solamente inscribían "chicas lindas", esto es, de rostro y cuerpo agraciado y, en general, de tetas prominentes y con culos respingones y más bien grandes que chicos. Aquel era, más o menos, el estereotipo de belleza de la escuela.

Mi inscripción fue exitosa porque tengo una bonita figura: cabellos rubios, largos y ondulados; una cara atractiva con ojos grandes y de color verde esmeralda, una nariz fina e inclinada hacia arriba; unas tetas exuberantes y paraditas; una cintura pequeñita; un culo generoso en carne y respingón; y brazos y piernas armónicas y esbeltas. Mi personalidad es extrovertida y liberal, a la hora de mostrar carne fresca y apetitosa: buenos muslos y pechugas, culito parado y dispuesto a dejarse ver y tocar, pero con sutileza.

La prueba práctica la tomaban quince examinadores distintos. A cada uno de ellos le asignaban un promedio de diez chicas aspirantes (no existía prueba para varones, pues la escuela se orientaba a formar únicamente actrices).

A mi me tocó como examinador a un tipo alto y delgado, de apariencia afeminada y vestido con una malla muy ajustada al cuerpo, que permitía entrever, claramente, que su entrepierna estaba muy bien "equipada".

Tal examen se daba en salitas de ensayos chicas y sin más gente que el examinador y la chica, ataviada también con una malla de teatro sin ropa íntima debajo.

Cuando me tocó el turno, ingresé nerviosa, riéndome como tonta. Me hizo improvisar un monólogo sobre el debut sexual. Me remití a relatar mi experiencia personal (sin decírselo), procurando modular y gesticular bien. Finalizado mi monólogo, y sin previo aviso, mi examinador se sacó la polla y, con ademanes, me indicó que me arrodillase a sus pies y se la mamara.

Recién entonces empecé a entender a qué se referían todos con "el talento detrás del escenario" o tras bambalinas. Si uno deseaba ascender o pasar barreras, había que chupar vergas.

Indignada, me di media vuelta y me dirigí hacia la puerta para retirarme. Justo antes de abrir la puerta escuché la voz del osado examinador:

Si cruzas esa puerta, nunca llegarás a ser actriz. Piénsalo bien antes de tomar decisiones apresuradas que puedes lamentar más tarde. Tienes madera de buena actriz, pero debes tener más humildad y comprender que hay requisitos extra curriculares, pero que constituyen una realidad en esta industria.

He hecho tantos esfuerzos por estar acá, pensé, que mamar una gruesa polla no es nada tan terrible. —reflexioné para mis adentros.

Retorné al lado de mi examinador, me arrodillé entre sus piernas abiertas y me puse a mamar fervientemente, expresando agrado y vivo goce (de una manera u otra, estaba teatralizando). Mi primer objetivo fue atacar el capullo y el frenillo. Al glande le di unos candentes lengüetazos, lamidos y libaciones a repetición. Al frenillo lo froté sin piedad e intensamente. Mi examinador, a juzgar por sus hondos jadeos, resoplidos y gemidos, disfrutó mucho. Poco antes de correrse, sacó su enorme pene de mi boca y comenzó a masturbarse frente a mi rostro para terminar corriéndose en mi cara. Acto seguido me encajó su aparato en mi boca y me ordenó limpiarlo de restos de semen. Tras aquello me pidió que me lavase la cara y sacase la malla manchada con semen y pusiese ropa interior y mi ropa de calle, consistente en una blusa escotada y una mini falda. Al salir del cuarto de baño me indicó que aguardara en la sala de espera para conocer los "resultados" de mi examen.

Después me fijé que todas las chicas que salieron luego de mí, lo hacían con ropa muy sugerente, con el rostro lleno de gotitas de agua, relamiéndose los labios y sin atisbo de conturbación alguna. Parece que fui la única tonta que no sabía lo del agregado o bonus track de la mamada.

El asunto fue que media hora después que la última chica diese su examen, el profesor nos llamó a todas y nos hizo pasar de nuevo a la sala de ensayos. Una vez allí señaló:

Francisca, Antonia y Andrea han sido preseleccionadas. A las demás, muchas gracias y se pueden retirar.

Tras abandonar el recinto de ensayos las siete chicas reprobadas en segunda instancia, el profesor alzó otra vez la voz y dijo:

Pasado mañana a las 21:00 hrs. deberán concurrir las tres a la dirección señalada en la tarjeta que les entregaré para rendir la última prueba. ¡Hasta entonces señoritas!

Antes de regresar a casa, me enteré que las preseleccionadas éramos 45 chicas. Como la matrícula era para quince, entonces en aquella prueba final se eliminaría a dos tercios de las cuarenta y cinco preelegidas.

Camino a casa me percaté que la dirección correspondía a un sector residencial de gentes adineradas. Deduje que había que asistir vestida en tenida de noche. Para ir a la segura, escogí una blusa muy fina, semitransparente y escotada por delante y por detrás, una falda de lino con una muy insinuante abertura a un costado, zapatos de tacón elegantes, un reloj, una gargantilla y perfume refinado.

Llegué puntualmente a la hora señalada. El recinto era una lujosa mansión. Dejé mi modesto coche en un aparcamiento cercano y me dirigí rauda a la suntuosa casa. Me recibió un mozo, elegantemente vestido, quien me hizo esperar en un salón, más o menos, pequeño en el que ya aguardaba Francisca.

¡Hola! Estamos sobre la hora y sólo nosotras hemos llegado. —espeté con extrañeza.

Nada más falta Antonia. —me contestó Francisca escuetamente.

Instantes después arribó Antonia (luciendo un vestido sumamente sensual y osado, casi descarado ya que era translúcido y no llevaba bragas ni sujetador, sólo un sobretodo delgado que la cubría de las miradas lascivas en ambientes abiertos y públicos) y nos condujeron a un enorme y fastuoso salón en el que había muchos hombres, entre quienes distinguí a mi examinador.

Buenas noches señoritas —dijo quien después sabría que era el Director de la Escuela—, bienvenidas al bukkake de selección final. Somos dieciocho varones. Deberán competir mamándonos nuestras pollas y haciéndonos eyacular en sus bocas. Luego verterán nuestros espermas en las botellas que ven en aquella mesa. La seleccionada será quien junte más semen en su botella al cabo de una hora.

Si es que de verdad desean ser actrices —prosiguió el Director—, deberán chupar muchas pollas durante su proceso de enseñanza y a lo largo de sus carreras. Les sugiero que se quiten las ropas para que estén más cómodas y consigan excitarnos más para que eyaculemos más leche. ¡Manos a la obra! —agregó.

Francisca y Antonia se desnudaron a toda velocidad mientras que yo, compungida y descolocada, no atinaba a nada. Pero cuando vi que las dos ya mamaba cada quien un cipote y masturbaba con cada mano otros dos, tomé valor, me desnudé y cogí las vergas de tres machos que se acercaron a mí.

Con todo, únicamente alcanzábamos a atender a nueve varones. Los otros nueve, ya desnudos bebían y conversaban animadamente entre ellos.

La primera polla que mamé era gorda, dura como la piedra, no muy larga, pero sí muy sabrosa e impetuosa. La verdad de las cosas es que más que mamársela, el chico me folló la boca con frenesí y sin miramientos. Mientras lo hacía, los otros dos chicos refregaban sus penes goteantes en mi cara y tetas.

No obstante mi titubeo inicial, las tres pollas que mamé resultaron muy lecheras y junté una buena cantidad de semen en mi botella. Los chicos lo disfrutaron mucho y, a ratos, cuando me cansaba de tanto succionar y lamer, me follaban la boca.

Cuando estaba en mi sexta felación me percaté que íbamos muy parejas, pues Francisca y Antonia eran avezadas mamadoras de pollas. Quienes recibían tales libaciones expertas, terminaban gimiendo fuertemente, las alentaban con guarrerías, groserías y muchos «¡mama más, puta!» Y, al final, se corrían en grande y se iban a sentar muy contentos.

Ya todos habían eyaculado o estaban camino a aquello. ¡No quedaban pollas! Para mi fortuna, mi examinador se acercó con su enorme polla parada y me dijo:

Creo que mis huevos aún pueden dar más leche. Si te esmeras podrás sacar gran parte del resto.

No contesté nada y me metí aquel pollón entero en mi boquita. Además de chuparlo prolijamente, lamer el glande y dar golpecitos con la lengua al frenillo, una mano acarició la zona perineal y la otra la deslicé directo al culo de mi futuro profesor; le introduje un dedo en el ano a fin de estimular su glándula prostática. Aquella triple excitación dio copiosos y rápidos frutos, justo antes de cumplirse el tiempo y sonar la alarma que así lo indicaba.

Revisaron las botellas y la de Francisca tenía 50 ml. de esperma. En la botella de Antonia habían 60 ml. y en la mía…65 ml. ¡Era la ganadora! Y con una cantidad promedio por polla mamada de casi 9.3 ml. Todo un récord si se considera que la media está entre 3 y 5 ml. por corrida y el máximo estimado por eyaculación no sobrepasa los 15 ml.

Varios de los hombres presentes se arrimaron para felicitarme y, de paso, sobar mis tetas y mi culo. Incluso hubo uno que tenía intenciones de follarme.

El Director intervino y señaló con firmeza:

¡Señores! Les recuerdo que esto es un bukkake y no una orgía. Si alguna señorita desea follar con ustedes, tendrá que ser fuera de esta casa. Esta es una etapa de una prueba de selección y no una fiesta.

Y así fue como logré ingresar a aquella prestigiosa escuela de artes escénicas. Durante mi estadía allí, al igual que mis compañeras, asistí a muchos bukkakes más, pero varios no eran de competición sino del tipo clásico: los varones se corrían en la cara y no en la boca. Nuestros cuerpos desnudos finalizaban embadurnados, impregnados de esperma. Dicen que es bueno para la piel. No me atrevería a asegurarlo. Lo que sí es cierto, y mis novios siempre me lo hacían ver, es que una coge gran destreza en el arte de mamar, cosa que los hombres siempre agradecen y celebran mucho.



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