Y deleita a los buenos oír los pasados males de aquellos que ya carecen de ellos pero no les deleita por aquello de ser malos, sino porque lo fueron y ahora no lo son.

Confesiones de San Agustín. Libro Décimo. Capítulo tres. Verso Cuarto.

Algunas cosas que debo señalar, no todo es inventado, este es un viaje en mi vida los nombres que aparecen aquí son inventados excepto el mío, y si debí ser preciso................" name=description>
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Porque las confesiones de mis males pretéritos —que tú perdonaste ya y cubriste, para hacerme feliz en ti, cambiando mi alma con tu fe y tu sacramento—, cuando son leídas y oídas, excitan al corazón para que no se duerma en la desesperación y diga: \"No puedo\", sino que le despierte al amor de tu misericordia y a la dulzura de tu gracia, por la que es poderoso todo débil que se da cuenta por ella de su debilidad.

Y deleita a los buenos oír los pasados males de aquellos que ya carecen de ellos pero no les deleita por aquello de ser malos, sino porque lo fueron y ahora no lo son.

Confesiones de San Agustín. Libro Décimo. Capítulo tres. Verso Cuarto.

Algunas cosas que debo señalar, no todo es inventado, este es un viaje en mi vida los nombres que aparecen aquí son inventados excepto el mío, y si debí ser preciso................ en los apellidos fueron buscados aleatoriamente en las guías telefónicas de Chile y Argentina. De modo que las coincidencias son solo eso. No tengo nada contra los argentinos, ni nada particular contra los chilenos, yo lo soy, y amo a mi país.

Esta es una historia inventada, o si quieren una historia real, pero adornada, trata de relaciones sexuales explícitas de corte homosexual, algunas heterosexuales, y si tiene menos de 16 años, no siga adelante más allá de esta frase, si es ilegal que lo lea, tampoco siga adelante.

Hasta ahora mis historias han sido criticadas severamente, pese a que algunos lectores han señalado su admiración, a ellos le agradezco, a los otros, también, me he mantenido alejado de escribir (lo que significa que me han afectado fuerte). Mi deseo es que ustedes puedan leer y entretenerse tanto como yo me he entretenido al escribir esto y, de paso, he descubierto momentos de mi vida que han sido de enorme significación.

Los protagonistas no usan ningún tipo de protección en las descripciones que se hacen acá, usted úselas siempre.

Una última recomendación, este cuento es largo, mejor bájelo, es largo, y puede continuar si tienen la bondad de animarme a seguir.

Capítulo 1. Los momentos de Pablo

El vehículo avanzaba a la velocidad indicada, 100 kilómetros por hora, a la altura de Rancagua, quizás por Graneros. En la curva, una camioneta Toyota doble cabina perdió el control y se vino encima del furgón Suzuki, al tratar de evitar el impacto Pablo, el conductor, hizo un viraje a la izquierda. Demasiado tarde, el impacto fue de frente, justo frente al asiento de su esposa, la que murió instantáneamente. \"Jorgito\", el hijo de la pareja, viajaba profundamente dormido estirado en el asiento trasero salió disparado hacia delante para estrellarse contra los respaldos de los asientos delanteros. La enorme camioneta arrastró al furgón más liviano por cincuenta metro, y fue aplastando al conductor de la Suzuki, demoliendo su pecho, su vientre para dejar lesiones tan graves que sin duda moriría también. El conductor de la camioneta, puso marcha atrás, se desprendió de las chatarra en que había quedado convertido el pequeño furgón, acelerando a fondo desapareció en la carretera, huyendo.

El violento choque lesionó a Pablito gravemente, pero sin \"riesgo vital\". Su padre, Pablo, sacando fuerzas de la proximidad de la muerte, tomó al niño magullado y lleno de heridas en la cara, pecho y brazos, y haciendo un esfuerzo final, lo sacó fuera del destrozado furgón. Pablito, asustado, aterrado en verdad, entendió que su papá estaba \"muy enfermo\". \"Hijo mío, hijo mío…\" la sangre, como salsa de tomates, que cubría a su padre fue lo que se quedó grabado en la mente del niño de 5 años. Pablo, su padre, murió mirando el rostro de su pequeño hijo.

\"Un grave accidente ocurrió hoy a las 17 horas en la carretera 5 sur a la altura de Rancagua. Una persona de sexo femenino falleció instantáneamente y el conductor del vehículo menor, un hombre de 32 años falleció mientras esperaba la llegada de los primeros auxilios. Un niño de iniciales Pe A Erre Erre, de sólo seis años salvó con heridas de mediana gravedad y fue internado en el Hospital de Rancagua. El conductor de la camioneta resulto con lesiones de mediana gravedad. Tenemos el informe de nuestro periodista….\"

—Jorgito, tus papás se han ido al cielo—, dijo su tía Amalia — desde allí ellos te cuidarán, pero no están aquí, entonces el tío Alberto y yo te vamos a cuidar, serás como un hermano de tu primo Julio, ¿si? —. Pablo sólo miraba mientras lloraba con su cara envuelta en espadrapos, al igual que su pecho y sus brazos. Para aceptar la situación afirmaba con su cabeza rapada, ojos moreteados, y boca partida. El médico dijo que tendría las heridas en la cara, el pecho y los brazos por largo tiempo, pero que se irían mejorando de a poco, aunque siempre tendría las cicatrices.

Esa tarde compraron una cama a 10 meses plazos en Falabella, los bienes de la familia de Pablo fueron vendidos en su totalidad por la nueva familia del muchacho, todo el dinero fue usado en la cura de Pablo y lo que sobró se invirtió en un televisor que terminó e la habitación de sus tíos Alberto y Amalia. Se armó cama en la pieza de su primo Julio, en un rincón alejado de la ventana. El menos contento era Julio, un \"nuevo hermano\" era lo que menos deseaba y menos un pendejo cinco años menor que él. Era abiertamente hostil a su primo Pablo y aunque los padres lo conminaban a ser amable con el \"huachito\", habida cuenta que era \"huerfanito\", la conducta de Julio no cambiaba. Sólo era neutro delante de la presencia controladora de los padres, pero aún así los favoritismos eran evidentes en su favor, y más de alguna vez fue rechazado aún por sus tíos que llegaron pedirle que comiera en la cocina dado que Jorgito no quería verlo en la Mesa

Para Pablo ver la película de Harry Potter en que el primo del héroe era tan antipático como su primo fue toda una revelación y el estoicismo del personaje fue algo que imitó con bastante éxito evitando el conflicto en todo lo posible. Soñaba Pablo en tener los poderes del mago jovencito y cobrarse todas las humillaciones que resentía con estudiada paciencia. El refugio de Pablo era su febril imaginación, que era capaz de hacerlo eludir de una realidad que simplemente no aceptaba y que simplemente lo hería: en su orgullo, en su dignidad, y a veces en su físico, Julio lo golpeaba cada vez que podía. El denunciarlo se redujo a un solo intento. Nada más decirlo, tanto su tío Alberto como su tía Amalia, no sólo lo retaron duramente, sino que además los privaron de postre, agregando que se fuera a la pieza a acostarse —por mentiroso—. Y que ni si quiera se le ocurriera salir, sino el tío Alberto le aplicaría su \"correctivo\": unas palmadas a poto pelado…

Con los ojos llorosos, gimoteando por lo que comprendía, a su corta edad, que el mundo era tremendamente injusto, se encerró en la habitación que compartía con su primo Julio. Temeroso de las palmadas de su tío Alberto, no se atrevía a ir al baño, pese a que tenía tremendas ganas de orinar. De rodillas, como acostumbraba ante los hechos que lo presionaban sin poder defenderse, se apretaba entre las piernas para contener la inminente emisión de orina. La presión intermitente que ejercía sobre su pene para evitar orinarse encima, logró efectos totalmente insospechados en Pablo, empezó a sentir que su pequeño miembro se endurecía de manera pasmosa. Y que las presiones que ejercía sobre su miembro era cada vez más placenteras. Que las sensaciones que experimentaba eran capaces no sólo de mitigar las desesperantes ganas de orinar, sino que lo sacaban del doloroso mundo emocional en que estaba sumido. Continuó con la práctica de apretarse intermitentemente la dureza que apenas le cabía en la mano. Lo sacudió una urgente necesidad, una sensación abismante se apoderó de su cuerpo, de su alma, de todas, absolutamente de todas sus sensaciones. Pablo se irguió como electrizado ante la inesperada revolución que hizo presa de su cuerpo…. Y empezó a orinarse…, de manera incontenible en incontrolable… Sintió la humedad cálida en sus calzoncillos, luego sus pantalones y el líquido amarillo y fétido se escurrió por sus piernas como una serpiente, para mojar su zapatilla izquierda, llenarse de líquido caliente y deslizarse por el piso recién encerado ese día para desaparecer debajo de la cama de Julio, como alimaña maligna.

— ¡Tiíto, no por favor, Noooo…aaaayyyyhhh!— El agudo chillido final se rubricó con una violenta palmada ¡plack!, —ayyyy—, ¡plack!, ¡plack!, ¡plack!, ¡plack!, ¡plack! Las nalgas de Pablo estaban coloradas por la violentas y crueles bofetadas que le propinaba su tío —por mentiroso, por cochino, por meón, por llorón…— El castigo fue efectivamente luego de bajar los pantalones y calzoncillos de Pablo, dejando su trasero desnudo, ponerlo en las faldas y golpearlo con saña, sin piedad —¡chiquillo ‘e mierda, limpia ahí tus miados, hueón!!! — Los ruegos de Pablo terminaron en varios ¡Ohhh, ohhh, ohhh! Desesperados sin fuerzas para pedir piedad. Para Pablo el castigo no hubiera sido tan espantoso de no ser que todas estas maniobras fueron ejecutadas teniendo como testigo a su primo Julio y a su tía Amalia. Pablo se quedó tendido en el suelo. —¡Limpia ahí, mierda!— fue la orden de su tío y le arrojó un trapo. Pablo lo tomó y empezó a secar el piso, su propia orina le empapaba las manos, en el cubo que le ubicaron a su lado, lo estrujaba y el líquido amarillento ya frío, escurría por sus pequeñas manos, para volver a enjugar el piso y repetir la desagradable tarea. Una vez culminada la penosa limpieza le ordenaron ir a lavarse las manos y que se acostara. Tía Amalia lo miraba con cara de enojo por la ruina de su trabajo de encerar el piso por casi dos horas. Julio se reía sin emitir sonido y lo miraba con sarcasmo. Pablo se acostó, reteniendo los sollozos para no despertar la ira de su tío Alberto nuevamente. Aun así se sacudía espasmódicamente hasta que el sueño, lleno de incertidumbre y temor, lo fue invadiendo inquieto, lloroso y lleno de imágenes infames de tristeza, odio y dolor, más que físico, del alma.

—¡¡Crashhh!!!—fue el horrísono sonido, se golpeó contra las paredes, su papá estaba lleno de salsa de tomate, en la cara, en la boca… lo tomó, y lo sacó por la ventana de su casa. —Hijo mío, hijo mío…— Sintió que lo sacudían violentamente, al despertarse de manera tan desagradable, abrió los ojos. La luz que se filtraba por la ventana le permitía ver sombras, pero lo suficiente como para distinguir los objetos a su alrededor. Su primo Julio estaba arriba de él remeciéndolo fuertemente. Con las piernas abiertas a cada lado de sus hombros, tenía su pene erecto en su mano izquierda mientras con la derecha todavía lo sacudía por el hombro. —Qué… que…— no alcanzó a terminar la frase. Su primo Julio le puso la mano con que lo sacudía en la boca —mmmpppgghh!!.

— ¡Cállate conchetumadre, cállate o te saco la chucha!!— Aterrado, Pablo sólo abrió los ojos grandemente. — ¿Te vai a quedar callado, culia’o?— lo increpó mientras Julio empuñaba su mano en un gesto de darle un puñetazo. Pablo sólo movió la cabeza rápidamente. —Abre la boca hue’on— Tomando su pene erecto con ambas manos lo puso en la boca del chico y le ordenó — ¡Chupa, chupa…!

Un sabor entre ácido y amargo y luego, evidentemente, a orina le invadió la boca. Dejó la boca abierta mientras su primo se lo metía tanto como podía. El abusado chico no hizo nada para impedir lo que le hacía su primo y violentos espasmos de arcadas lo invadieron conforme el pene se le metía a la garganta, su primo lo agarró del pelo y le levantó la cabeza atrayéndosela contra si al mismo tiempo que empujaba violentamente llegando más allá de las amígdalas para alojarse en la garganta y aún en el esófago, desatando el feroz reflejo de arcada y las ganas de vomitar… el ominoso sonido de la arcada calmó al abusador temiendo que el ruido despertara a los adultos, —Chupa, chúpalo…— demandó. Pablo empezó a succionar el pene duro y rígido de Julio. Sin experiencia alguna aplicó su dientes, provocando que Julio se retorciera, lo agarró del pelo y le dio un violento tirón, —sin dientes, conchetumadre, sin dientes, chúpalo no más—. Pablo empezó a succionar, todo el sabor desagradable se había diluido en su saliva y la tragaba sin poder hacer otra cosa. —Métetelo y sácatelo de la boca…— ordenó Julio. Pablo aterrado, lo hizo, abrió la boca y empezó a meterlo y sacarlo de su boca. —asi no culi’ao, chúpalo mientras te lo metí y te lo sacai—. Pablo entendió. Empezó a mover su boca adelante y atrás, tratando de no llegar hasta su garganta para evitar las desagradables arcadas. ¡ooooh, ooohhh! Empezó a gemir Julio. De pronto se lo arrancó de la boca con un —slurp—. Lo destapó y lo dio vuelta, le agarró los calzoncillos y se los bajó hasta las rodillas. El muchacho de once años, le abrió las piernas, le puso la dureza entre las nalgas, y se las cerró, Julio no quiso penetrarlo por el ano, se empezó a mover, —¡ffffsss…ah, ffffsss…ah, ffffsss…ah, ffffsss…ah, ffffsss…ah,…— era lo único que sentía el violentado muchacho mientras su primo se meneaba sobre él. Sentía la dureza entre sus nalgas que lo recorría desde la parte más baja hasta casi la mitad de su raja y en más de una embestida le pasaba a llevar el agujero el instinto se iba apoderando inexorablemente de él. —¡,Ffffsss…ah, ffffsss…ah, ffffsss…ah, ffffsss…ah, ffffsss…ah…—. Aplastado como estaba, su pene empezó a crecer hasta los siete centímetros, y endurecerse hasta quedar erecto entre su piernas, pero hacia abajo provocándole un fuerte dolor por la antinatural posición en que se le había parado. Debió levantar un poco la pelvis para permitir que su erección llegara a una posición más normal. Este acomodarse levantando su trasero contra el friccionante pene de 15 centímetros y 3 de diámetro que le rozaba entre las nalgas, hizo que Julio se exasperara, y le eyaculó entre los glúteos. Un apagado —¡oooooooooooooohhhh!— se escapó de la garganta del muchacho mayor que pegó su boca a uno de los hombros de Pablo, mordiéndolo con fuerza, pero pudo aguantarse el dolor y permanecer en silencio.

Pablo sintió que el líquido pegajoso y caliente de entre sus nalgas se escurría por su peniné, hasta su escroto y hasta las sábanas. Julio se incorporó rápidamente, se subió su piyama y se fue a su cama, no sin antes decirle — ¡Te quedai calla¡o culia’o, o te saco la chucha.

Pablo no respondió. Por supuesto no diría nada. No por el miedo a la golpiza. Había hecho algo feo, eso no se le debía contar a nadie. Sentía una tremenda y ominosa sensación de culpa, de suciedad, de sentirse asqueroso, mancillado. Boca abajo, con las piernas semiabiertas, estiró su mano y sintió el líquido viscoso que se helaba entre la abertura de su trasero. El resbaloso jugo estaba bañando su ano, su escroto, usando la lubricación que le proveía el mocoso esputo seminal, se hundió ligeramente el dedo en su ano. La sensación fue entre horrible y placentera a la vez, se lo retiró rápidamente y se puso a llorar silenciosamente. Sentía que su primo suspiraba quedamente mientras se dormía. Se sacó sus calzoncillos y lo usó para limpiarse el semen de su primo. Luego, en medio de inquietudes, miedos, angustias, sensación de culpabilidad horrible, se fue durmiendo.

Pablo fue violado sistemáticamente durante los próximos meses por su primo. Debió tragar semen, repartirlo por su pecho, masturbar a Pablo no sólo con su mano, sino también con sus nalgas y aún alojó su pene entre las piernas en una cópula perineal, tanto de frente como desde la espalda aunque varias veces la penetración anal fue intentada, esta nunca tuvo lugar, el pene de Julio era demasiado grueso y provocaba en Pablo gritos que no podía apagar, además la cercanía de la habitación de los padres siempre era un convincente argumento. Pablo aprendió a masturbarse, lo hizo cada vez más seguido hasta que se hizo una práctica diaria con orgasmos secos, a veces seguida de emisión de orina. Cuando Julio invadía su cama se daba vueltas sólo y voluntariamente y aún se bajaba el mismo en pantalón del piyama o ya lo estaba esperando sin nada para someterse a los ya prolongados caprichos de iniciación sexual de su primo.

Pablo se fue retrayendo como una alfombra, cada vez adentrándose más dentro de sí, hasta llegar a transformarse casi en un autista. En la escuela pública a la que asistía no jugaba con los demás niños, los recreos los pasaba apartado comiendo lentamente un pan con mantequilla (uno de los pocos placeres que le reportaba algo de alegría a su vida aparte de la burbujeante Cocacola de la que se había transformado en un vicioso). No era un brillante alumno en casi ninguna materia salvo en tres ramos en que era simplemente brillante: matemática, castellano y ciencias naturales, su registro de notas era mediocre en promedio salvo los recurrentes sietes (la nota máxima) en estos ramos, que le mejoraban el promedio notablemente, pese a los cuatro, a veces tres y hasta dos, historia, geografía, gimnasia, etcétera.

Un día amaneció con frío, pese al día caluroso de noviembre, tiritaba como hoja, en clase de gimnasia estaba brillante de sudor sin haber hecho ningún ejercicio (de hecho esa mañana no se masturbó en el baño como hacía todos los días). Lo notó el Señor Gutiérrez y se acercó al esmirriado muchacho de pelo oscuro como la noche, de ojos inmensamente verdes, tez clara en que notaban dos feas cicatrices en la mejilla derecha y una en el mentón. Estaba lleno de manchitas rojas, sobretodo en el vientre y en el tórax.

—Rubéola— sentenció el médico de FONASA, —deberá estar en cama por una semana, denle mucho agua, que no se destape, pero que sólo esté con una sábana, paracetamol 250 mg cada ocho horas, por no más de tres días, talco mentolado en todo el cuerpo, que no se rasque aunque le pique, comidas livianas…— ¿entendido señora?, ¿este es su hijo?— Amalia dijo que no, aunque no informó la relación con el chico y que entendía las instrucciones.

A bordo de un taxi lo llevaron a la que ahora era su casa. Julio fue trasladado a la pieza de sus padres en un saco de dormir para evitar que —el cabro de mierda le pegue esa weá al Julito— fue la precaución de Alberto.

—Pablo, te vai a tener que quedar solito, tu tío tiene que trabajar y yo también, tenís agüita de arroz, pancito y un poquito de mantequillita, que no ensucís las sábanas, ¿ya mi niño?, la señora del lado sabe que está enfermo, tiene la llave y lo va a venir de vez en cuando— Pablo lloraba, no tenía fuerzas para articular palabras y sólo movió la cabeza afirmativamente.

Efectivamente la Señora Carmen vino varias veces, le secó la frente y le tomaba la temperatura. Dos días después apareció con el tío Alberto. Los niños se recuperan rápidamente y Pablo estaba más animoso, —Ya, señora Carmencita, muchas gracias, yo me encargo de mi sobrinito, no se preocupe— dijo el tío Alberto que sonreía simpáticamente. Doña \"Carmencita\" se fue dándole un beso al aire a Pablo. —Cómo está el niño, ah?— dijo el tío Alberto, mientras se acercaba a la cama en que yacía Pablo, le hizo cariño en la cabeza, le dio unos pellizcos a la cara y se tendió junto a él, abrazándolo mientras le daba repetidos besos por la cara, aún por las orejas que además se las mordisqueó y continuó por el cuello del muchacho de ya siete años. —mi niño, mi niño…— le decía el Tío Alberto.

El esposo de su tía respiraba cada vez más agitado y no escapaba a Pablo la ansiedad que se iba apoderando del hombre. Pablo sonreía y sólo dejaba de hacerlo cuando su tío le agarraba la cara y le daba besos en las orejas y las mejillas y en la comisura de los labios. El aliento a alcohol era evidente y Pablo no lo rechazaba, sólo dejaba hacer. Su tío estaba cada vez más envalentonado por la aceptación que parecía demostrar el muchacho frente a las caricias cada vez más intensas. \"¿Tiene calor mi niño?, a ver saquémosle esta porquería tan calurosa…— Diciendo y haciendo le retiró la sábana maloliente a sudor después de tres días. Pablo ya tenía su pene erecto como un palo evidentemente notorio bajo el calzoncillo. La sonrisa del hombre esta vez le cruzó de oreja a oreja… —¡Vaya, qué tenemos aquí… mi machito…— Pablo sólo lo miró sin demostrar ni temor ni ansiedad, sólo esperó el curso de los acontecimientos. Que sobrevinieron rápidamente. Su Tío Alberto Estiró la mano y la metió directamente debajo de la prenda del chico tomando directamente el falo, — ¡Gaaasspppfffssss…!— fue la reacción del chico, retorciéndose conforme lo agarraban firmemente de su pene erecto. El hombre, ya sin freno, le sacó completamente la prenda. Teniéndolo tomado del rígido miembro lo besó en la boca, le metió la lengua y se la revolvió dentro. Pablo, habiendo tenido la experiencia de contener el pene de su primo en ella no hizo ningún intento por rechazar la carnosidad que se le adentraba en su cavidad bucal. El Tío Alberto le tomó una de las manos y se la arrastró directamente a su entrepierna. Pablo ya había notado el enorme bulto que estaba allí y sin vacilación lo agarró. El Tío Alberto se abrió el cierre, y deshizo la hebilla de su pantalón, lo que se bajó hasta media pierna, quedando en calzoncillos. Pablo pudo ver el enorme bulto alargado que remataba entre las piernas en una gran redondez. En la punta había una gran mancha más oscura que mojaba la prenda del hombre. El Tío Alberto se bajó la prenda y esta vez quedó la verga totalmente expuesta. El hombre tomó al chico de la cabeza y se la tiró hasta el pene. Pablo supo de inmediato que hacer. Su primo lo había entrenado. El olor a orina y almizcle lo golpeó en las narices, pero no lo intimidó. Dio un lengüetazo a la semisalida cabeza del hombre de entremedio del prepucio, para quedarse con las gotas que manaban de ella. El hombre se agarró el pene y retrajo el forro haciendo que la gotas se transformaran en una fuente que escurrió por el grueso glande de unos 4 centímetros de diámetro, el que Pablo engulló dejándolo a la entrada, mezcló los líquidos del hombre con su saliva diluyéndolo y tragó. La viscosa mezcla de moco y saliva le bajó por su garganta provocándole una arcada que contuvo a duras penas, pero la soportó. Lentamente fue adentrándoselo en la boca. Era grueso. Mucho más que el de su primo Julio. Era largo. Mucho, mucho más largo que el de su primo Julio. Era hediondo. Mucho, mucho más hediondo que el de su primo Julio. Pero Pablo, el niño de siete años que era el protegido de este hombre que le violaba la boca, hacía la tarea que le estaba demandando su Tío Alberto, hasta que su nariz se encontró con la pelambrera del hombre que le hizo cosquillas.

El Tío Alberto le alcanzó el trasero, le rebuscó violentamente entre las nalgas y le encontró el ano, con brutalidad lo penetró hasta la mitad del índice, la seca mucosa no permitió ni un solo centímetro más, — ¡ayyyy!!— fue la respuesta de Pablo, el hombre se lo sacó con la misma brutalidad que lo había penetrado, se lo puso a Pablo en la boca. El sabor amargo de sus restos de heces le invadió la boca. Pablo hizo por primera vez un gesto de rechazo que el hombre, curiosamente, respetó. No insistió. Sólo volvió a ponerle el dedo el ano para acariciárselo tan sólo. La poca saliva que quedó en el dedo del Tío Alberto fue suficiente para suavizar el brutal roce que le ejercía el hombre en su agujero.

Pablo se aplicó de nuevo a chupar el rígido miembro del Tío Alberto, quería terminar desesperadamente, no por placer, sino porque requería que esto acabase de una vez. Y lo logró. Una enorme cantidad de viscoso, repulsivo y desagradable líquido le invadió la boca, tragó cuan rápido pudo, pero no pudo con todo ello, se escurrió de su boca, por las comisuras, resbaló por la barbilla y ensució los ásperos pelos del hombre, que le sacó los calzoncillos a Pablo y los usó para limpiarse. Además de la cara de Pablo.

Una sombra apareció en la puerta. La tia Amalia, miraba con la cara seria, impertérrita. — ¡Amalia!— fue la sorprendida voz del hombre. La mujer asintió con la cabeza, se dio media vuelta y salió de la habitación. El hombre se levantó rápidamente. Voces, airadas, en susurro, y silencio. Apareció la tía Amalia, le pidió los calzoncillos, lo tomó con la punta de los dedos.

—Mira, Pablo, quédate callado, no le digai a nadie lo que hiciste non tu tío, ¿de acuerdo?, o te vay cagando a la calle, ¿oíste?— Pablo sólo afirmó con la cabeza. Su tío apareció con una cerveza en la mano, se apoyó en la puerta, le hizo un guiño de complicidad a Pablo. La mujer pasó por el lado del Tío Alberto, lo miró con desprecio y salió de la pieza.

Pablo continuó retrayéndose, sus notas en el colegio se hicieron peores y sus masturbaciones se hacían furiosas, con saña e ira, compulsivas, los secos orgasmos eran sólo un alivio pasajero para empezar de nuevo con mayor ímpetu. Eran masturbaciones sin imágenes en su mente, malsanas, con un fin que sólo remedaban el placer connatural a la masturbación, pero que conllevaban algo de paz en medio del agotamiento. Un placer sumamente efímero. Su tío no lo volvió a tocar, pero lo marcó de manera que no podía borrar. Su primo Julio siguió usándolo como instrumento de su placer, Pablo ya no respondía, ni siquiera se le paraba. Lo dejaba hacer, si se lo ponía entre las nalgas, o en el periné, o aún si se lo chupaba, como era casi siempre, el se dejaba hacer. —Soy fome vos, cabro.— Estas reacciones fueron provocando en Julio una reacción de ir perdiendo el interés hasta que sólo se metía a la cama de su primo una vez a la semana y luego cada vez más alejado, Julio encontró una polola y dejó definitivamente a Pablo, para gran alivio del muchacho.

Pablo empezó a desarrollar algo singular, miraba a los muchachos cada vez con más interés, y con creciente sensación de culpa. La frialdad de su tía era espantosa.

Pablo empezó a tornarse furioso. A lo largo de los tres años siguientes con casi 10, empezó a vivir furioso. A gozar la ira. Todos los sentimientos y sensaciones se empezaron a convertir en una furia que contenía y se acumulaba como en una represa. Pablo se hizo peligroso. Si miraba a un chico como se había hecho su costumbre en el recreo, corría al baño y se masturbaba frenéticamente, para rematar en un sentimiento de culpabilidad abismante, y de ahí tornar a una furia quieta, que se desenvolvía dentro de su alma.

El único beso con lengua que había dado en su vida fue a su Tío Alberto, forzado, hediondo a trago.

Andrea lo besó, repetidas veces, hasta que llegó a la boca de Pablo, la sensación de violación se evocó en el muchacho como herida nunca cicatrizada. La rechazó violentamente. Ese el fue el último beso que dio como adolescente.

A los 17 años egresó de la enseñanza media. Su registro de la PSU fue extraordinario. La universidad se abrió ante él como una caja sin broches. Sus tíos no manifestaron nada parecido a felicitaciones o contento. Reclamaban por el préstamo universitario, pero Pablo consiguió beca ya en el segundo año como brillante estudiante en Ingeniería, luego de aprobar todos los ramos. Uno de los mejores de la promoción de ese año de la Universidad de la Estación Central.

La furia no lo abandonó nunca. Su gravedad era sólo una máscara para la ira incontenible que el joven Pablo, de cara marcada por cicatrices y un acné galopante. Lentes baratos, de cuerpo era de complexión normal y ropas holgadas. Había suprimido el sexo manual y de cualquier estilo hacía ya dos años. Pese a ello la febril imaginación del muchacho lo mantenía rígido gran parte del día.

Sus tíos se habían cambiado de casa, ahora tenía una habitación muy pequeña, pero estaba sólo y fuera del acoso de su primo. Quien ya no lo perseguía, Pablo había alcanzado el metro sesenta y ocho centímetros y pesaba 63 kilos, cuerpo musculoso, firme, su pelo se oscureció un poco, su aguzó un poco su nariz ligeramente respingada, su mentón se puso cuadrado, y sólo una pelusilla era la barba que tenía en el mentón que él se cuidaba de mantener perfectamente limpia, el acné era una tortura, pero lograba superarlo.

Odiaba el recuerdo de sus padres y los acusaba de abandono, su desbordante y delirante imaginación eran un refugio al que acudía cada vez más frecuentemente hasta que se quedó allá.

Los momentos de Pablo aún gravitaban en su alma, en su cuerpo, en su dignidad, en su identidad, en su esencia. La única forma de mitigar su odio era matar al ser humano que lo había despojado de sus padres... el muy hijo de puta!!! Repetía amargamente.

Capítulo 2. Los jardines de Pablo

Las clases de matemática y geometría le encantaban. Por varias razones, su capacidad intrínseca para la lógica de las matemáticas (nunca tuvo problemas en entender que X no era una letra sino un número disfrazado, ni aún en la enseñanza media), le permitían un holgado lugar entre los mejores alumnos del curso. Otra razón era la extraordinaria capacidad didáctica del profesor Antonio (de un apellido impronunciable: Krzthjiovic, ¡seis consonantes juntas!) El sujeto era apenas medía un metro sesenta, delgado como caña, pelo con canas abundantes, lentes (¡por supuesto!), de un tremendo humor en las clases lo que las hacía muy divertidas pese a lo denso de las materias. De una capacidad intelectual asombrosa, se movía como pescado en el agua moviendo a los jóvenes estudiantes desde las matemáticas más abstractas a la literatura, la ciencia, las artes, la música. Los alumnos le decían Prof, a veces alargaban la f y entonces era \"Proff\".

Un solo problemilla: \"tenía la mecha corta\". A poco andar explotaba como una bomba, se tornaba rojo de ira, se le hinchaban las venas del cuello, y aunque nunca gritaba, producía temor dado que todos creían que le daría un colapso cardíaco. Estas oportunidades eran las menos y eran debidas más bien a que los estudiantes se desordenaban un poco. A Pablo le parecía un poco melodramático y aún algo de teatro le parecía que hacía el bueno del profesor. Pero lo usual es que el Prof Antonio fuera un hombre cordial, muy jovial que sin importar el tamaño del alumno, lo llamaba \"chico\" o \"chica\". Nervioso como rata se desplazaba a una velocidad asombrosa, caminando de una manera que no había nadie que no le reclamara. Siempre parecía ansioso, y mantenía una eterna e infructuosa lucha contra el hábito de fumar. Todas las semanas \"dejaba de fumar\" para recaer miserablemente en el vicio. Al despertar en la mañana, prendía un cigarrillo, al dormirse también.

Pablo ese día estaba embelesado escuchando al proff. —... Entonces esta ‘curva’ (apuntando a una recta...) explica de la mejor forma posible la relación entre el comportamiento de la variable Y conforme se modifica la conducta de la variable X. Un equilibrio chicos, la exacta relación equilibrada que mana del supuesto caos que son las columnas de números..., pero esto es una recta dirán ustedes, si, pero la recta es una forma especial de curva,¿ok, chicos? —Proff—, levantó la mano Pablo, —entonces hay otro tipo de relaciones que no sean lineales—. El prof lo miró con ojos entornados, —¡Yeap!!, se llaman logarítmicas, o exponenciales, hay otras, pero esas definen la mayoría de los fenómenos naturales— dijo Antonio entusiasmado. —Podría darme un ejemplo, prof.?—. —El crecimiento de la cabeza respecto del cuerpo,— respondió el académico —los niños son cabezones todos, los adultos tienen la cabeza de tamaño normal, la inflexión es de modo que los valores pequeños están relacionados a valores proporcionalmente mayores que la misma relación pero en valores acrecentados de X, es decir el tamaño corporal...—, —pero sigamos...—. Pablo escuchaba al profesor y poco a poco se iba envolviendo con este sujeto nervioso y vivaz, que saltaba de un tema a otro provocando tremendos enredos en quienes no estaban atentos o al contrario dejaba la más clara idea de los conceptos más abstrusos.

Además, pronunciaba las \"des\", \"erres\", \"eres\" y \"eses\" diferenciándolas de las \"ces\", al extremo que Pablo estaba totalmente cautivado y seducido por esta personalidad y aún se pilló imitándolo, hecho que notaron sus compañeros y promovió risa entre ellas para su gran bochorno. Su digna respuesta fue \"sólo se respeta lo bueno\" lo que causó más de un aullido, Pablo era serio. No se rió pero pro dentro le parecía divertido.

En sus estudios Pablo avanzaba más que los demás estudiantes debido a que estudiaba por anticipado la materia, en especial las relaciones y más de una vez fue a ver al Profesor a la oficina, le preguntaba cosas relacionadas a alguna materia y el académico se encendía de entusiasmo. Le explicaba, le daba ejemplos y aún pontificaba que la matemática (recalcaba que era \"la matemática\" y no \"las matemáticas\") no era del gusto de los chicos por que no se le daba cabida a la imaginación de dónde era posible encontrar en la naturaleza la tal relación que encajaba en las exactas relaciones entre las variables, en consecuencia \"el caos, mi querido Pablo, NO EXISTE, sólo ignoramos cual es la relación que explica los fenómenos\"... Pablo, caía embobado, embrujado por las seductoras ideas acerca de la formación de las nubes, los desarrollos de las olas, la caída de granos de arena y aún los terremotos...

La imagen de su profesor, del que se grababa hasta la forma en que movía las manos, la boca y aún el odioso vicio del cigarrillo, se le quedaba en la retina, luego se le implantaba en las neuronas y se iba a la casa con su profesor. Tal como el fan de un ídolo al que se idolatra. Ya en cama la obsesión por Antonio persistía y cuando su fértil imaginación vagabundeaba por senderos cálidos, secretos y excitantes, Antonio se le aparecía, lo abrazaba y aún lo besaba tiernamente para pasar a la pasión. Pablo se incorporaba violentamente para espantar la ominosa imagen. Se levantaba de la cama y caminaba para calmar la ansiedad, la sensación de traición que lo embargaba al respeto que se debía al académico, que no se le debía manchar con la más ¡mínima sombra! del deseo.

La lucha a la que se enfrentaba la ganaba siempre que estaba despierto. Pero al sobrevenir el sueño, la batalla se hacía feroz y Pablo perdía paulatinamente terreno frente a los deseos que lo embargaban, el onirismo pecaminoso ya no lo podía controlar ni reprimir: el profesor, su profesor, lo besaba interminablemente, con una ternura que en la realidad Pablo no había experimentado jamás, y que para él era sólo una realidad literaria. Aún, Antonio lo abrazaba, lo desnudaba, y Pablo, espontáneamente le practicaba sexo oral hasta que su profesor le eyaculaba en su boca. Al mismo tiempo que él eyaculaba en su húmedo sueño. La recurrente y aborrecida sensación de culpa y arrepentimiento lo invadía fieramente y la vergüenza lo doblaba como una hoja. Al cabo de un tiempo, Pablo ya no trató de controlar los sueños, los dejaba aparecer, desarrollarse y paulatinamente los empezó a aceptar y su jardín de imaginaciones se pobló de Antonio y sus partes, sus manos, su boca pronunciando todas las des de una palabra, su aliento, su rostro y su sonrisa, el cálido apretón de manos y las tazas de café. De aprobar el ramo con nota seis mínimo, lo pediría de asistente de cátedra. Para Pablo esto fue la meta de su joven vida, nada ansiaba más, y la promesa era el centro de su jardín.

Este aceptar los sueños sin reprimirlos ni despertar asustado y lleno de temor, fue haciendo que ellos se hicieran más atrevidos y osados. Antonio no sólo lo besaba, aún lo tocaba en sus parte más íntimas y dios, ¡un día Antonio se lo chupó hasta que acabó en la boca del profesor!... Pablo despertó inundado de sudor con el corazón latiéndole en una loca carrera e inundado el entrepierna y calzoncillos de su cálido semen (liquido por el que sentía la más viva repulsión aunque fuera el propio). Antonio lo sedujo en la oficina, le dio un beso en el ano, y lo penetró. Antonio lo besó en la boca y lo masturbó en su habitación. Antonio le sacó el pene de la boca y acabó en su pecho desnudo. Antonio le chupó su pene y le dejó líquido viscoso en la lengua.

Pablo sentía arrepentimiento luego de estos sueños, pero era cada vez menos intenso, el temor y la vergüenza sólo recuperaban terreno perdido cuando cada nueva fantasía alcanzaba innovadores niveles. Antonio estaba cruzando toda la vida de Pablo, sin dejar un solo rincón que no estuviera bajo la influencia del Catedrático.

Capítulo 3. Los espejos de Pablo

—Oye Pablo, tenemos que hablar— le dijo su tío agriamente una vez que llegó a la casa. Lo miró sorprendido, en general no le hablaban mucho, a veces ni el saludo. —Sabís cabrito, parece que la universidad se te va funar, el Julito entró a estudiar fotografía a la UNIACC y ahí no le dan beca pa estudiar, y vo’h sabís poh, la caridad empieza por casa, así que no te podimos seguir pagando la universidad por más barata que sea. Te vay a tener que salir o dedicarte a trabajar por que yo no te la puedo seguir pagando, y tu tía tampoco. Podís vivir aquí si querís, pero si encontrai pega te vay a tener que arrendar algo pa irte por que necesitamos arrendar la pieza, poh... ¡voh, cachai!

Pablo quedó sin expresión. Sólo lo miró sin un dejo de asombro, o de miedo, o de irritación, o de protesta. Su Tío Alberto le palmoteó el hombro, se dio media vuelta y lo dejó sólo en la pequeña habitación.

Se sentó en la cama. La aparente neutralidad que demostraba Pablo no era más que el efecto del shock que lo impactó tan violentamente que el aturdimiento no era más que la endorfina que se abalanza sobre una gravísima herida y que precave el dolor de la persona tan brutalmente dañada. ¡LA UNIVERSIDAD, LA UNIVERSIDAD! Se repetía, no le importaba (aún) dormir en la calle, pero... ¡LA UNIVERSIDAD!, ¡¡NO, NO, POR FAVOR, NO!!... ¡¡LA UNIVERSIDAD!!

Se tendió en la estrecha cama pero prácticamente no durmió en toda la noche, pensaba y pensaba. Primero con racionalidad (o lo que él creía que era racionalidad) y prontamente su mente lo llevaba por insólitos senderos en que se veía vagando por las calles inspirando la más infinita de las lástimas en que el emblema y figura de la derrota humana era él, que lo acogían, le daban lo mínimo para pasar el día con en el hogar de cristo de los desamparados. A esta imagen la reemplazaba una dignidad que se levantaba de esas cenizas de lástima y humillación, como un guerrero lleno de energía y valor, dispuesto a rebelarse contra la adversidad desde una condición de héroe invencible que trabajaba de noche en la construcción levantando sacos de cemento y al día siguiente iba a la universidad a ser el mejor estudiante que se recibía con los más altos honores en que su tesis lo ponía de inmediato en la plantilla de catedráticos titulares a los 22 años de edad!... (todo de corrido)... todos estos castillos se derrumbaban estrepitosamente al enfrentarse de nuevo a la realidad, y la desesperación lo atacaba de nuevo como una enfermedad terminal o mejor como un perro rabioso que se ensañaba no sólo con su cuerpo destrozándolo sino también con su alma y su espíritu para dejarlo inerme frente a una realidad que se volvía a hacer presente de manera espantosa e inasible. El sueño lo venció, despertó a las cinco de la mañana. Con la garganta apretada, esta vez no sólo por el terror que lo aprisionaba, sino por que al dormir destapado y un esputo clarucho se le escapó debiendo escupirlo.

Salió silenciosamente de la casa de sus tíos, sin tomar desayuno. Se fue caminando desde la calle Manuel Montt con Irarrázaval hasta la universidad para mantener alejada su mente de la torturante idea de dejar la universidad, leyó todos los carteles que pudo, calculó las ventanas de los edificios multiplicando cuántas había en sentido vertical y las que había en vertical. Contó sus pasos y se acordó de Forrest Gun, corrió, caminó lento, incluso se columpió en unos juegos infantiles. Sacudía la cabeza para espantar malas ideas de suicidio, cartas dejadas al juez, recriminaciones al mundo y sensaciones de pena infinita que le llenaban los ojos de lágrimas. A las siete estaba en las puertas de Alameda con estación Central, el norme cartel de SU universidad invitando a los \"chicos\" (¡mi profesor, oh dios, mi profesor!) a ingresar a sus hermosas, viejas y adoradas aulas. El guardia somnoliento lo dejó pasar.

¡Si, esa era la solución, pediría que lo hicieran guardia de la universidad, guardia nocturno, así tendría donde quedarse en las noches y al día siguiente podría ir a las clases de su profesor, de sus profesores, y sería el futuro premio nacional de ... qué?... bueno... de algo, algo que harían especialmente para él, especialmente para su esfuerzo y especialmente para nobleza.

Fue a clases a las 8:00, a las 11:20 tenía otra y las tripas le sonaban como moledora de maíz. Tenía 500 pesos, se compró un café. Macheteó 300 más y se compró un Berlín en la panadería San Camilo. La atención a las clases era un fantástico bálsamo que le mitigaba los dolores del alma. El dolor de la garganta se acrecentaba y claramente se le había declarado una infección a las amígdalas que le tenía irritada la garganta, afiebrado y congestionado. A las 15:20 terminó su último ramo y debía ir a la oficina-laboratorio-cocina del Profesor Antonio Krzthjiovic, de quien era su ayudante de Cátedra, que lo recibió con un cálido apretón de manos desde detrás de un cerro de pruebas de 25 cm de alto.

—Ya, chico, pon la tetera, prepara un té y yo ordeno aquí, tengo hambre no he almorzado nada, ¿tú comiste, supongo?

—No, sólo un berlín y un café. En la mañana.

— ¡P’tas qu’eres loco!—, dijo. —Vamos a comer un sándwich o algo así, debe estar abierto todavía—. El ánimo de Pablo era evidentemente malo, no sólo por la enfermedad que le apretaba cada vez más la garganta, sino porque conforme el día se acababa, se acercaba la hora de llegar a la \"casa de ellos\" lo que le producía inquietud y temor y lo acercaba a una situación que deseaba eludir con alma y vida.

Comieron sendos emparedados, luego otro y dos tazas de café, de comida no les quedaba nada a la gente del casino que además los conminaron a que fuera \"rapidito, por favor, que ya nos vamos Doc\". Tomaron sus comidas, sus tazas de humeante té y se fueron al laboratorio. A Antonio no le cabía duda que detrás de la enfermedad había algo más que apretaba al muchacho, suspiraba, se quedaba mirando al infinito y respondía con monosílabos cortos y casi inaudibles a veces. Especulaba en torno a desilusiones amorosas. Llegaron al laboratorio, se sentaron a ordenar las pruebas por notas. Y Antonio detuvo la tarea.

— ¡Pablo, hijo... qué ocurre!, algo anda mal ¿verdad? ¿Te importa que lo conversemos?

Pablo se recogió como las anémonas al ser tocada súbitamente. ¡LE HABÍA DICHO HIJO!!!.... abrió los ojos como platos lo que a Antonio le pareció cómico, pero no dejó traslucir la más mínima idea al respecto. Se puso de pie para salir huyendo de la palabra que había escuchado de labios de su padre hacía 11 años atrás y que nadie se la había dirigido desde entonces. Empezó a retroceder con la vista fija en los ojos de su profesor, dirigiéndose a la puerta para salir corriendo, huyendo de la palabra antes que del académico. El hombre adelantó un paso haciendo brillar sus canas.

— ¡HIJO!, que pasa, ¿quieres decirme o deseas irte?— [En qué rollo está este cabro weón!!].

Pablo se paralizó como agua congelada. Lo miró a los ojos. Su labio inferior empezó a tiritar irreprimiblemente, sus ojos parpadeando rápido para contener las lágrimas que afloraban inconteniblemente mojándole las mejillas. Violentas sacudidas lo recorrieron el cuerpo adolescente y Pablo rompió a llorar desesperadamente, inconsolable. Todo el niño que aún residía en el él se apoderó de toda su personalidad. Antonio lo observó y lo dejó que llorara todo lo que quisiera. Pablo se sintió autorizado. Cada sacudida, sollozo y lamento era un fragmento de la fortaleza que se iba derrumbando para dejarlo desnudo de defensas, inerme... para terminar de rodillas ante Antonio, que se agachó, lo tomó entre sus brazos y lo arrastró hasta un sillón, donde Pablo continuó llorando por mucho rato. Antonio necesitaba calmarse, en todos sus 54 años no había visto nunca tanta angustia y dolor juntos en un ser humano. Y si lo había visto se había refugiado en la distancia.

Pablo se fue calmando hasta terminar sólo suspirando fuertemente y trataba de contener los estertores que le sacudían el cuerpo.

— ¿Quieres hablar ahora, Pablo?

Y Pablo habló todo. Todo. Absolutamente todo. No se dejó nada desde el accidente que le costó la vida a sus padres y sus cicatrices. Hasta vivir con sus tíos, los abusos reiterados y por años de Julio y finalmente el abuso de que había sido víctima por parte de su tío, agregando el silencio cómplice de su tía y la amenaza que le profiriera si hablaba.

Durante las tres horas que Pablo habló y habló tomándose tres cocacolas de 1,5 litros cada uno, Antonio Krzthjiovic no dijo absolutamente nada. Sólo lo escuchó, sin decir ni siquiera un si, un no, un mmmh, o un oh. Sólo tenía apoyada la cara en el mentón y lo miraba con cara neutra, lo que acobardaba un poco a Pablo, pero una ligera señal de asentimiento de Antonio, lo animaba a seguir narrando su dolorosa situación de orfandad, mal acogimiento, rechazo, abuso sexual, descalificación y finalmente abandono.

Conforme avanzaba en su narración se fue alejando emocionalmente de su propia historia y pudo contarla con serenidad, aún los pasajes más escabrosos. A las once y media de la noche terminó Pablo con un largo suspiro. Antonio sólo afirmó finalmente con la cabeza, bajó las manos de su mentón.

Antonio sólo omitió dos algos. Todo lo que le estaba pasando con el profesor Krzthjiovic. La profunda admiración rayana en el enamoramiento. No, no rayana, derechamente... un enamoramiento que lo consumía. También se guardó los sueños húmedos, obviamente. Y no le contó que lo que más deseaba en el mundo era besarlo. También el otro algo, la emoción que sintió al escucharlo decirle HIJO.

— ¡Profesor, debo irme, es tarde... gracias por escucharme... yo no le había contado jamás nunca a nadie...— Antonio hizo un gesto de impaciencia que fue lo que silenció a Pablo... luego de un rato, habiendo tomado una decisión dijo:

—No, no te irás ahora, si deseas, te irás a mi casa hoy, vivo solo, tengo donde te quedes a dormir, ahora es muy tarde y no hay casi locomoción, emocionalmente estás devastado y las emociones te pueden llevar a hacer tonterías absurdas y peligrosas, además estás con amigdalitis, ya casi no hablas, pero si decides irte no te retendré... ¿qué decides?

Hubo que ubicar al guardia que tenía la llave y salieron del campus para dirigirse por la Alameda, vereda sur, diagonal Paraguay, Portugal, Avenida Matta, Grecia, detención en el supermercado de Grecia con José Pedro Alesssandri (Mac Cool) para comprar 10 latas de cerveza Grölsch, Comunidad Ecológica de Peñalolén. Una casa sin ningún ángulo de madera completa.

— ¡Su casa es preciosa!— afirmó Pablo.

— ¿Sabías que soy arquitecto?— preguntó Antonio.

Pablo abrió la boca asombrado (...y decidió en ese mismo momento que su vocación de ingeniero industrial se diluía y la de arquitecto se abría \"como anchas Alamedas por las que camine el arquitecto\").

— ¿Y algo más es usted, Proff?

—Mis títulos no me hacen más alto como quisiera, no me quitan años que es lo que más anhelo, de modo que no valen nada—. Puedes ver allí, esos tres papeles que cuelgan de la muralla. Pablo se acercó y leyó en voz alta.

—Arquitecto..., graduado con Distinción Unánime (7) Universidad de Chile 1979..

—Magíster en ciencias con mención en Bioestadística... Distinción unánime (7) Universidad de Chile 1984.

—Philosophical Doctor, Thesis Applied Mathematics in Biological models. Harvard University— ¿Harvard? ¿usted es doctorado en Harvard?

—Si, ¿no se me nota lo Járvar de mi perfil griego y mi porte alemán?

Todos los demás papeles enmarcados eran distinciones parecidas, incluso una de lenguaje de Berkeley en que se le otorgaba el grado de Master of Arts en lenguaje cuya tesis era \"Language and the world conception\". Entendía ahora Pablo porqué Antonio hablaba de la manera que hablaba y que a veces le dijeran \"Doc\".

—Pablo, todo lo que me has contado es terrible, espantoso, no es imaginable por nadie más que por una horrible realidad. Si me disculpas la franqueza, esos seres son despreciables — dijo abriendo una lata de cerveza, le pasó luego una al muchacho que la aceptó agradeciendo. —Aún así, debes llamarlos y decirles que estás en casa de un amigo o quizás te manden buscar, cosa que no creo honestamente, sin embargo ese es un escenario que se puede dar. Llámalos e infórmales, simplemente no pidas permiso, ¿vale?

Pablo digitó el número telefónico de \"la casa de ellos\", les dijo que estaba estudiando en la casa de un amigo. Cortó.

— Doc, eehh, Proff. ¿Qué hay de usted? es decir, si me disculpa la impertinencia.

Antonio prendió un cigarrillo y abrió otra lata de cerveza, era viernes (y mañana sábado), libre. Pablo pidió autorización para abrir otra cerveza. Antonio sólo lo miró y no dijo nada autorizando otra cerveza (o eso interpretó Pablo con el silencio que se apoderó de Antonio...) Lo invitó a la cocina, cocinaron unos huevos con jamón, hicieron un té aromatizado. Comieron hablando cosas triviales en tanto la tensión parecía crecer en Antonio.

— Pablo, tú me haz narrado tu historia sin presión alguna, estás más indefenso que yo, dada tu edad y esa es la única razón que pudo invocar para que abrieras tu alma de la manera que lo haz hecho y no puedo menos que agradecerte la confianza que has depositado en mí Yo tengo más capacidades que tú sólo porque soy \"algo\" más viejo… volvamos al living.

— Siéntate por favor, Pablo— el muchacho se sentó en un cómodo sillón con grandes orejeras. — Si levantas el brazo izquierda verás controles digitales, presionando el sofá responderá echándose hacia atrás, prenderá una calefacción y se levantarán las piernas y etcétera, ya lo verás, yo me sentaré en éste que es igual. Tú has confiado en mí, y yo confiaré en ti,… toda mi historia que es más larga que la tuya. Pablo —le llamó la atención— ¿sabes qué es un espejo? — Pablo estuvo tentado de contestar alguna cosa académica del ámbito de la física, pero afortunadamente guardó silencio, intuyó que la pregunta involucraba algo más que un trivial vidrio. Hizo un gesto ambiguo como los que había aprendido de su ídolo. Sea como sea, fue el gesto correcto.

— Según algunos, las palabras \"reflexionar\" y \"especular\" se originan en espejos. Sin embargo, Especular no proviene de speculum sino de speculari, \"mirar desde arriba\". Para Santo Tomás, la especulación (la acción de ver algo usando un espejo, o speculum) conduce a la meditación ya que, al ver la similitud reflejada, se observa la causa en su efecto. No espero que lo entiendas ahora. Un espejo refleja una imagen que te hace \"reflexionar\" y ese es el camino directo a la especulación en el sentido de mirar desde arriba Pablo, y la especulación es crear, pero esa creación por más alejada y desbocada que esté de la realidad siempre será su más legítima hija.

Antonio empezó su historia.

La narración de Antonio

—Nací en California, cerca del mar, es un lugar parecido a este Chile hasta en la vegetación. Mi padre era un diplomático y mi madre una profesional sin mayores expectativas salvo ser la esposa de un diplomático, el único hijo que tuvieron soy yo... Me llevaron a buenos colegios, era pequeño y esmirriado, como lo soy ahora.

Pese a que tenía todas las opciones de ser un chico feliz, el infeliz matrimonio de mis padres era una constante pelea y mi padre se involucró repetidas veces en relaciones clandestinas con otras mujeres, haciendo que el matrimonio se deteriorase cada vez más. Pese a que me adoraban, yo podía captar a mis cuatro años toda la terrible angustia que se cruzaba en las vidas de estos tres seres humanos que éramos en esta familia. Yo tragaba toda esta anómala situación sin vomitarla.

Mi delgadez casi enfermiza hacía que todas las personas se condolieran de esta condición de casi raquitismo extremo y empecé a odiarme a mí mismo. Mi propia imagen me era odiosa, al contemplarme en el espejo me empezaba a odiar. Terminaba dándome cabezadas contra el espejo hasta que lo rompía, al igual que los vidrios que reflejaban mi imagen. De esta manera no había espejos en mi casa, y tampoco los hay aquí, salvo los indispensables.

Mi padre era un hombre caritativo aunque un poco farisaico, casado con una mujer católica y necesitaban dedicar sus esfuerzos a alguien que los motivara a servir. Yo era obviamente el beneficiario de sus atenciones. No era suficiente una hermana de mi padre, casada pero estéril como mula, se hizo cargo de un niño de unos tres años mayor que yo. Hijo a su vez de una prima de ella. Así eran las solidaridades, cuidando la prole ajena. ‘Lelo’, que allá pronunciaban \"li-lou\", así le decían y, honestamente, no me recuerdo ni de su nombre. Pasó por mi vida de manera vertiginosa, al extremo de que no me acuerdo de su nombre, pero no sin dejar huellas. Yo no tenía más de cinco años y nuestros juegos eran los típicos de los chicos, a los bandidos, a la escondida, a la lucha. En estas luchas este Lelo me subyugaba rápidamente siendo tres años mayor que yo, claramente superdesarrollado y yo claramente subdesarrollado. Me tomaba como quería. No supe cómo, (ni ahora tampoco), me dijo \"vamos a echar una cachita\". Me recuerdo de un cerco vivo de Pitosporos. Al borde de este cerco, en plena calle, me bajó los pantalones cortos que afirmaba con tirantes elásticos (que llamábamos suspensores) me puso acuclillado, y empezó a rozar su pene erecto contra mi trasero desnudo, ¡Te juro que no sentía nada excitante, sólo lo dejaba hacer, para mi era parte de un juego solamente! De pronto, don Rafael, el vecino dueño de un gallinero apareció por la calle y nos vio. Lelo, asustado salió corriendo y yo lo seguí sin saber por qué corríamos. Llegamos a un bosque, Lelo estaba tremendamente asustado. Cayó de rodillas y empezó a rezar ‘por la señal de la santa cruz, ruega por nosotros los pecadores’ golpeándose el pecho me pedía que lo acompañara en su rezo arrepentido. Me habían enseñado que el nombre de dios sólo se invocaba cuando era estrictamente necesario y entendí que algo muy malo había ocurrido. No lograba entender qué.

Recé con él, sin entender por qué era había que rezar ni de qué había que arrepentirse, hasta que sentí la voz aguda e histérica de mi tía gritando \"¡¡Lelo!!\" y también la de mi madre que me llamaba…

La siguiente que recuerdo era que mi madre me abrazaba. Nada más. Que me abrazaba. Mi atención era toda a los gritos histéricos y desesperados de mi tía, además de fuertes golpes que yo sabía eran correazos y los gritos de Lelo, —¡¡¡Perdón, perdón, perdón, por favor, mamita, mamita… perdóooonnn!! — Me aterré de esta situación, lo que habíamos hecho era TAN malo que merecía ser castigado a correazos, pensé que eso mismo me ocurriría.

Mi madre me dejó para ir a parar la golpiza que le daban a Lelo. Lo último que dijo fue ‘Nunca más hijo, no hagas eso nunca más’. Esa fue la primera vez que vinculé el pecado y el sexo. Aunque no entendía qué era el sexo.

—Nada más recuerdo de eso Pablo— quien afirmó con la cabeza.

Lelo desapareció a la semana de la casa y nunca pude captar la verdadera dimensión de lo que había pasado, sólo que había sido capaz de que la familia de mi tía se fuera en medio de la vergüenza para no retornar nunca más.

Allí, en medio de mis piernas, reinaba el pecado, fue el corolario de la situación.

Años después me enteraría que el denunciante era un soterrado homosexual que mantenía relaciones vergonzosas con el empleado que le sacaba la mierda a las gallinas.

Yo era un niño inquieto y ni durmiendo se me quitaba esa situación, mi imaginación era desbordante y lo que pasaba por mi mente era una realidad inexorable y absolutamente indiscutible. Nunca supe cuando se empezó a producir en mí un miedo sin explicaciones, el que se empezó a manifestar en pesadillas tan vívidas que el terror me invadía hasta el paroxismo. Consecuentemente mi madre debía abandonar el lecho matrimonial para ir a dormir conmigo y así evitarme las aterrantes pesadillas y que finalizaban en vómitos, con un miedo tan grande a algo tan desconocido e irracional que no puedo explicar, la imagen horrísona de caer en cámara lenta a un abismo infinito la otra imagen que me aterraba eran una manos desconocidas que se me aparecían tratando de agarrarme, la espantosa visión me arrastraban a un miedo incontrolable, haciéndome chillar de espanto.

Un día me desperté, mi madre me tenía cogido un pie y se lo metía en su vagina rítmicamente, me desperté, mi madre dejó de masturbarse conmigo. Haciendo ¡shh, shh!, para dormirme nuevamente. Pasaron más del doble de los años que tienes tú para darme cuenta qué había pasado esa noche. Eso se borró de mi mente y reapareció sólo cuando murió mi madre ahogada por el cáncer.

Burt Thompson era un vecino al que le llamaban Bete. Participaba de nuestros juegos de niños de pelota, a los bandidos, hacer rodar ruedas viejas de bicicletas empujadas por un alambre. Bete era un chico sucio en el lenguaje y en el actuar, ahora, desde la distancia creo que era un ser perverso. Torturador de animales y abusador con los muchachos más débiles, traicionero e intrigante.

En los años 60 y aún hasta los 70 se hacían onomásticos para los días de los santos, así julio es el \"mes de los santos\". Para las celebraciones de los santos se hacían reuniones sociales a las que no asistía papá por que estaba en el \"trabajo\", además era agnóstico. Los chicos nos íbamos a acostar temprano, para que los adultos pudieran divertirse dada la cantidad de críos que éramos se metían varios juntos en una cama e indefectiblemente Bete quería dormir conmigo. Bastaba que apagaran la luz para que me metiera la mano en el calzoncillo, y me empezara a tocar entre las piernas haciendo que se me parara. Me pedía que se lo tocara, allí sentí por primera vez un pene erecto entre mis manos. La sensación de pecado mortal, de que te freirías en el mismo infierno, se rendía al instinto. Era rico tocar esa cosa dura y rígida. Además de que me tocara y me preguntaran ansiosamente si ya había sentido \"el gustito\". No tenía ni la más mínima idea de qué hablaba, yo sólo tenía cinco o seis años. Aunque la sensación de culpabilidad desparecía prontamente esta era capaz de hacerse presente.

—Te preguntarás como es que no hay eventos entre ellos, en que sólo se involucra sexo. Es que en verdad no me acuerdo, y sólo puedo decir cosas convencionales acerca de otros eventos como el primer pescado que saqué del mar con una mini caña de pescar. O el sentir el viento fuerte en la cara. Todos esos son recuerdos vagos e imprecisos. Pero esos que involucraban a las sensaciones de mis genitales se me han quedado grabadas, y aunque no estoy obsesivamente pensando en ellas siempre, puedo evocarlas y se me aparecen con los más vívidos detalles.

Nos vinimos a Chile, lo mismo la familia de Beto que se fue a vivir a Rancagua. Mi padre era el agregado cultural y nos quedamos en Santiago. Fui matriculado en un colegio católico, obviamente. Beto debía estudiar, yo ya tenía unos ocho años y las cosas se me estaban aclarando mucho. Beto llegó a mi casa como el lugar base para vivir, y desde mi casa iba a su colegio, lo convencional en este tipo de arreglos entre personas conocidas y que solidarizan con los eventos de cada una.

No pasó mucho tiempo antes que Beto, durmiendo en la misma pieza (un agregado cultural no es un embajador y todos sus privilegios) empezara a acosarme. Una vez, estando solos, me abrazó, me manoseó, tenía claro que yo estaba caliente, es decir estaba erecto. Lo dejaba que me tocara, me gustaba que me metiera las manos debajo del pantalón sujeto sólo con suspensores, y llegara hasta mi ano y me lo manoseara. Me pedía que me bajara el pantalón. Yo no lo hacía y le dije que fuéramos al baño. Parece que le dio susto. Dejó de acosarme por esa tarde.

No tenía cómo defenderme ni de su fuerza muchacho mayor ni menos con argumentos, y mis protestas eran más bien para evitar que \"nos pillaran\" antes que desear evitar que me siguiera tocando. Cuando le dije que fuéramos al baño estaba aceptando, y autorizando, explícitamente que podíamos seguir allá. Sea como sea renunció a seguir. Por el momento había renunciado

En la noche de deslizó desde la cama que ocupaba hasta la mía. Me abrazó, empezó a besarme, en la cara, en la boca, con besos a boca cerrada, manoseándome, encantándome, pero llenándome de miedo, mi corazón latía tanto por la excitación como por el temor a la violación de la intimidad. Me sacó mi calzoncillo me puso boca abajo puso su pene entre mi nalgas. Y empezó a moverse...

—Pablo, arréglate su pene que se te ha parado debes estar incómodo con tu pene erecto aprisionado por la ropa, acomódalo para que puedas ponerme atención sin distracciones por incomodidad, sobretodo proviniendo de tu punto más importante en este momento— Pablo se puso colorado como grana, efectivamente metiendo la mano bajo su pantalón, sin pudor alguno, se agarró el pene y se echó hacia arriba donde pudo estar más cómodo. Dejó su mano allí.

El prof usó la pausa para destapar otro tarro de cerveza, su visión se hacía un poco borrosa y algo se le trababa la lengua, la emoción que iba sintiendo no la dejaba escurrirse en su narración, que parecía neutra. Tenía toda atención de Pablo. Le pasó otro tarro destapado de cerveza al muchacho.

—La cama crujía con cada empujón que me daba en mi trasero, me garró de las caderas y me llevó a una alfombra en el piso. Puso de nuevo su pene entre mis nalgas y empezó a moverse como antes. Luego de un rato de sentirme aplastado por su pesado cuerpo y su agitada respiración, lo dejé hacer sin ninguna oposición, dejé que me usara. Lo sentí suspirar y agitarse su pene, eyaculó sobre mí, dejando mi trasero mojado con su semen. Se podría decir que fui violado, quizás si, pero como yo entiendo la violación es cuando el violado en tomado violentamente, contra toda su voluntad y no era eso lo que había ocurrido, yo había consentido, pero no fui seducido tampoco, de haber tenido yo una elección no habría esa de tener el sexo que estábamos teniendo. Simplemente yo no estaba.



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