En un largo viaje nocturno en autocar puede pasar de todo. Hasta que una recaliente casada sea aliviada por un desconocido....................... En vísperas de Navidad, mi madre, mi hermana y yo nos dirigíamos en autocar hasta la ciudad en que nos esperaba mi padre, donde residía desde hacía tres meses por motivo de trabajo. Mi madre estaba ansiosa por el reencuentro, ya que era una mujer hermosa y ardiente a la que la obligada abstinencia sexual la tenía muy nerviosa en las últimas semanas. Constituíamos una familia tradicional: papá y mamá de 36 años ambos, mi hermana Maite de quince y yo, Marcos, de trece.
Viajábamos justo en la última fila del autocar, pues apenas quedaban billetes y tuvimos que conformarnos con lo que había. Allí en el fondo había cinco asientos, de los que nosotros ocupábamos tres. El trayecto era largo, tendríamos que viajar durante la noche, y el vehículo iba parándose cada cien kilómetros para dejar o para subir nuevos viajeros. Ya anocheciendo, subió en una de aquellas paradas un joven montañero, equipado con su mochila y vistiendo el atuendo propio del deporte que practicaba. Era un muchacho e unos 25 años, alto, de complexión fuerte, arrubiado y bien parecido. Vino a ocupar uno de los asientos libres junto a nosotros, el que coincidía con la ventanilla, al lado de mi hermana. Mi madre, entre Maite y yo, miraba de reojo al muchacho y los ojos se le iban inconscientemente al bulto de su entrepierna, ¡tan necesitada estaba de poronga!. Al poco, entre Maite y él se entablo una animada charla sobre asuntos intrascendentes. No debió agradar aquello a mamá porque al rato le espetó a mi hermana:
- No me gusta que hables con extraños. Pasa a ocupar el otro asiento del extremo.
El comentario lo hizo en voz baja pero el montañero se percató de todo y observó desconcertado como Maite lo dejaba con la palabra en la boca, obedecía de inmediato y se situaba a mi lado.
Se hizo el silencio en el autocar, las luces se atenuaron y la gente se echó a dormir. El joven alpinista cogió una pequeña manta de su mochila y se la echó sobre el cuerpo. Mamá echó su abrigo sobre sus rodillas y con el paso del tiempo pude observar como cada minuto que pasaba ella y el muchacho estaban más juntos. Desde mi posición, medio adormilado pero movido por una morbosa curiosidad, pude notar ciertas maniobras en la oscuridad ...
Efectivamente, el montañero empezó a deslizar su mano por debajo de su manta y del abrigo de mamá hasta alcanzar su rodilla. Curiosamente, ella parecía no darse cuenta pero al poco noté como ella abría ligeramente las piernas para facilitar el acceso de la ágil mano del deportista muslo arriba. El montañero ya había subido la falda de mamá y alcanzado las bragas. Mi madre se dejó llevar. Empezó a frotarle la concha por encima de la pantaleta para recalentarla más si cabe, hasta que logró separársela a un lado y no tuvo dificultad de llegar directamente a la vulva carnosa y mojada. Empezó a imprimirle un ritmo que yo percibía perfectamente en la oscuridad. De vez en cuando el joven sacaba la mano y ensalivaba los dedos, sin duda para lubricar el clítoris y así hacer gozar mejor a mi madre. Ésta se había espatarrado aún más y se había llevado a la boca la preciosa pañoleta de seda que le había regalado papá el día de su onomástica para amortiguar los jadeos que podían delatarla ante mí. Yo notaba como se convulsionaba y arqueaba ligeramente el cuerpo para facilitar la embestida de los hábiles dedos del montañero y notarlos bien adentro. Debió correrse varias veces pues yo de soslayo veía su rostro congestionado y la oía gimotear como si le doliesen las muelas. Llegó un momento de clímax máximo que llevó sus manos a las del muchacho para que se detuviese en la paja porque ya no era capaz de controlar tamaño orgasmo. Tuvo un último espasmo y cayó exhausta con la cabeza sobre el respaldo del asiento. Así estuvo unos minutos hasta que el montañero en un movimiento certero le cubrió la mano con su manta. Entonces, ya por debajo del cobertor, se la llevó hasta su abultado paquete. Mamá no tardó en desabrocharle el pantalón y sacarle la polla. Debía tener el muchacho una buena verga por lo que pude observar que abultaba debajo de la manta. Mamá empezó a pajearlo suavemente, luego con más ímpetu, suponiendo que todos los que estábamos alrededor dormíamos como angelitos. El montañero estiró las piernas al máximo, se reclinó totalmente sobre el respaldo del asiento, cerró los ojos y se dejó transportar a la gloria de la mano de mi madre. Viendo que estaba a punto de correrse, mamá introdujo debajo de la manta su precioso pañuelo de seda. El chico empezó a gemir pero con el ruido del vehículo nadie, salvo yo, se percató. En cinco o seis embestidas el muchacho vació sus huevos con una impresionante corrida ante la mirada complacida de mi madre. Al poco, se recompusieron y ambos se echaron a dormir, cada uno por su lado.
Mamá seguía durmiendo como un tronco cuando el autocar se detuvo para que bajase parte del pasaje. En aquella parada también se quedaba el joven montañero. Metió su manta en la mochila, se levantó de su asiento y, al ver a mamá durmiendo como una marmota, cogió la pañoleta que tenía en el bolsillo del pantalón y me dijo:
- Dale las gracias a la puta de tu madre y devuélvele este pañuelo.
Y mientras el alpinista atravesaba el pasillo para bajar del autocar pude ver como aquella preciosa pañoleta regalo de mi padre estaba toda pringada de abundante y espesa lefada.