Habíamos ido como todos los años a veranear al Hotel Hilton de Sausalito. Nos encontramos como cada año con las mismas familias con las que coincidíamos año tras año durante nuestras vacaciones de verano en la playa. Eran todas familias de clase alta, adineradas, ricas, tanto que se traían su propio servicio. Mi hermana y yo teníamos una doncella para las dos, cosa que a mí me molestaba un poco porque algunas de nuestras amigas tenían cada una su propia doncella.
Nunca en la vida me había preocupado por la existencia de Norita. Ella era nuestra doncella, una muchacha extranjera muy sumisa, que siempre pedía permiso para todo, incluso para ir a hacer sus necesidades. Era un ser anodino, del que nunca en la vida............. me había preocupado. Sabía que vivía con nosotras porque estaba allí para servirnos en todo lo que le ordenábamos pero jamás me interesó nada de ella. Si la necesitaba lo único que tenía que hacer era tocar el timbre o acaso chasquear los dedos y ella se presentaba de inmediato, le daba las órdenes que me apetecía darle y ella obedecía sin rechistar.
Siempre tenía todo a punto. Nuestra ropa planchada y ordenada en el armario, nuestros zapatos siempre brillantes perfectamente alineados en el zapatero, los bolsos, sombreros, foulards... en fin, todo estaba siempre en su sitio. Las camas estaban impecablemente hechas. El baño siempre reluciente, limpio y a punto cuando lo necesitaba. Nos peinaba, nos hacía las uñas, nos daba masajes... todo, hacía todo cuanto le ordenábamos sin jamás rechistar y siempre diciendo «sí señorita» y bajando la cabeza humilde y respetuosamente para no mirarnos a la cara.
Mi hermana y yo no hablábamos nunca con ella salvo para darle órdenes. Para nosotras Norita formaba parte del mobiliario de casa y el hecho de llevarla con nosotras de vacaciones la convertía en mobiliario del hotel en el que mi hermana y yo compartíamos una habitación muy grande, una suite, y Norita, al igual que hacía en casa, dormía en el suelo, cerca de nosotras por si la necesitábamos por la noche.
Nos venía muy bien que nuestra doncella durmiera en nuestra habitación, de esta manera si nos despertábamos en plena noche, como dormía en el suelo a los pies de nuestra cama, si teníamos la menor necesidad sólo teníamos que llamarla y al instante estaba dispuesta para atendernos.
Nunca me había preocupado por sus necesidades, ni siquiera por lo que comía. Yo acababa de cumplir diecisiete años y desde hacía siete que Norita era nuestra doncella. En esos siete años ni mi hermana ni yo le habíamos dirigido la palabra si no era para darle órdenes y mucho menos nos habíamos preocupado de si comía o dejaba de comer. Sólo sabíamos que después de servirnos en la mesa, cuando nosotras terminábamos, ella, junto a las otras criadas de la casa, desaparecía discretamente durante unos minutos... y no sabíamos nada más, ni nos habíamos preocupado de saber nada más. De esos temas de orden doméstico se ocupaba mamá.
Durante esas vacaciones, como siempre en el lujoso Hotel Hilton de Sausalito, me di cuenta, por primera vez en mi vida, que Norita también tenía sus necesidades básicas como por ejemplo comer. Habíamos terminado de comer nosotras y todas las criadas de las varias familias que coincidíamos cada año en el hotel, un montón de muchachas como Norita, desaparecieron del comedor. No sé porqué pero me fijé en aquel silencioso desfile.
Yo necesitaba a Norita para que limpiara mis botas pues quería salir a cabalgar con una de mis amigas. La llamé al ver que se retiraba.
― ¡Norita! – dije en un tono de voz lo suficientemente alto como para que me oyera a pesar de que ya estaba lejos.
La muchacha abandonó el grupito de criadas y vino a mi llamada. Como siempre se quedó de pie, con los pies juntos, las manos delante de su falda y la cabeza inclinada.
― Señorita Mónica?
― A dónde vas? – le pregunté impaciente.
No podía concebir que se marchara. ¿A dónde iban todas las criadas?
― Iba con las demás chicas del servicio, señorita, nos llevan a las cocinas y allí nos dan un poco de comer.
― Comer? – pregunté como si la pobre hubiera cometido un crimen.
Norita asintió sin atreverse a contestarme.
Me quedé como desconcertada. Comer? Comían las criadas? Menuda impertinencia, yo necesitaba de ella en aquel momento.
Estuve a punto de preguntarle si ella también comía pero me callé, menuda estupidez, cómo no se me había ocurrido antes? Ellas, las criadas, también debían comer. Parecía lógico, no?
Cuando mi hermana o yo queríamos algo lo queríamos al instante y en aquel momento quería que subiera a nuestra habitación y se pusiera a limpiar mis botas. Finalmente acepté muy a mi pesar que fuese a comer.
― Está bien – concedí un poco molesta porque la constatación de que ella también comía interfería en mis planes – pero no tardes, tienes que limpiarme las botas porque voy a salir a montar esta tarde, te doy cinco minutos... ¡espabila! ¡vete antes de que cambie de idea!
― Sí señorita, muchas gracias señorita, iré muy deprisa señorita, le agradezco que me permita ir con las demás a comer... si no estamos a la hora perdemos el turno – me contestó quedándose donde estaba, temblorosa, esperando por si se me ocurría cambiar de idea.
Hice un ademán con la mano, un gesto imperioso, para que se fuera. Ella marchó sigilosa hacia la cocina y yo salí a la terraza del hotel. Fui a sentarme con mi madre que estaba con las demás madres de mis amigas. Una docena de pomposas señoras que tomaban el café después de haber comido opíparamente, y que se regalaban una copita de anís para el corazón, según decía una de las mamás. Mi hermana no estaba, ni muchas de las muchachas, pero sí estaban algunas de mis amigas. Nos sentamos con nuestras mamás.
Me dejaron tomar un café. No me gustaba pero me lo tomé porque me hacía sentir importante.
Una sirvienta del hotel trajo una bandeja cargada con los cafés y las copitas de digestivos. Me fijé en ella. Era morenita y bajita, poca cosa y parecía cohibida. Me recordó a nuestra Norita. Eso me hizo pensar en que le había dado cinco minutos para comer. Miré el reloj. Ya habían pasado.
Me giré inquieta para mirar hacia el salón comedor y en ese momento vi a Norita que regresaba de la cocina y se dirigía a las escaleras – las doncellas no tenían permiso para subir en ascensor salvo si iban acompañando a sus señoras o señoritas – en dirección a nuestra suite que estaba situada en el piso veintiuno.
Me quedé más tranquila y decidí quedarme un rato en la agradable compañía en la que me hallaba... total, pensé, tiene que subir andando veintiuna plantas... me da tiempo de sobras a tomarme el café y charlar un poco.
La joven sirvienta del hotel, mientras nos servía, derramó un poco de café de una taza y salpicó la mano de una de mis amigas que le echó una bronca monumental.
― ¡Estúpida! ¡Ándate con cuidado si no quieres que me queje a la dirección del hotel y haga que te despidan! – le gritó fuera de sí.
― Discúlpeme señorita, le ruego que me perdone señorita – dijo la niña a punto de llorar mientras intentaba limpiar con un paño las dos miserables gotas de café que habían salpicado la fina mano de mi amiga.
La joven sirvienta se marchó llorosa y el pequeño incidente desató el tema de conversación preferido por nuestras madres: la permanente ineptitud del servicio, ya fuera del hotel haciendo referencia a lo mucho que nos cobraban y el pésimo servicio que recibíamos, ya fuera del servicio doméstico propio..., que si son unas holgazanas... que no les gusta trabajar..., que si tendrían que besar el suelo que pisamos para agradecernos que las dejáramos trabajar para nosotras..., que si son unas desagradecidas..., que ya no es como antes cuando el servicio era fiel, no se quejaba y no daba problemas... en fin, aquellos tópicos que había oído cientos de veces en boca de mamá y que yo, al igual que mis amigas, compartía plenamente a nivel general, aunque si analizaba el comportamiento de Norita, nuestra doncella, había de admitir que no se ajustaban a la realidad. Pero eso no tenía la menor importancia.
Desde luego que Norita no era perezosa porque mi hermana y yo nos pasábamos el día dándole órdenes y no la dejábamos respirar. Además nos lo hacía todo, absolutamente todo y no se quejaba nunca, y menos aún daba problemas. Problemas? Bueno, sí. Acababa de contrariarme con eso de que tenía que ir a comer cuando la necesitaba pero también tenía que reconocer que me había gustado que la muchacha me hubiese agradecido que le diera permiso... bien podía habérselo negado, no?
Dejé de comparar los tópicos sobre los defectos del servicio con las prestaciones que obteníamos mi hermana y yo de nuestra criada. Probablemente nuestras madres, que sabían más que nosotras, tenían razón, a nivel general, en sus quejas sobre el personal de servicio.
La conversación siguió girando sobre la problemática del servicio doméstico hasta que se llegó a la última novedad en ahorro de costes promovido por un grupo de nuestras mamás y llevado a la práctica este año.
― Bien, entonces estamos todas de acuerdo, verdad? Los precios del hotel se han incrementado mucho y permitir que las criadas coman un menú completo como nosotras, aunque el de ellas sea de ínfima calidad, es un exceso que debemos evitar – hablaba una de las madres de mis amigas y muy amiga de mamá – por eso hemos acordado con la dirección del hotel que a las criadas se les servirá un solo plato en la comida y un solo plato en la cena. También hemos acordado que el plato sea de sopa o de caldo... y en todo caso, como algo excepcional, aderezado con algún pienso de gachas..., algo nutritivo pero barato. Nos harán un buen descuento – dijo aquella señora jactándose del precio conseguido – alguna de nosotras... no diré nombres... – dijo tapándose la boca para disimular una risita – había propuesto, para evitarnos más dispendio, que a las criadas se les diera únicamente nuestras sobras... pero consideramos que los tiempos de la esclavitud habían quedado atrás, ja, ja, ja... – se rió ahora abiertamente la buena señora y fue secundada por los rumores que profirieron sus contertulias y que habían ocasionado sus palabras... ¡Ellas no trataban a sus criadas como si fueran esclavas...! querían decir aquellos murmullos, aunque bien sabían ellas que sí, que las teníamos en la práctica esclavizadas.
Por primera vez, poco antes, me había dado cuenta de que nuestra Norita también comía, como cualquier ser humano, y ahora, a consecuencia de aquella charla, me enteraba qué era lo que comía. Estuve escuchando las conversaciones de aquellas atribuladas madres hasta que me cansé.
Subí a nuestra suite. Cuando entré vi que mi hermana estaba durmiendo la siesta, medio desnuda, tirada sobre la cama. Miré a un lado y vi la figura silenciosa de Norita que ya estaba dando lustre a mis botas. Me sonreí. Debía estar agotada de subir a pie los más de mil peldaños de la interminable escalera de servicio.
La muchacha ya había comido... en el tiempo que yo había empleado en tomar mi café. Pensé en qué habría comido. Una sopa? Unas gachas hervidas? Yo estaba llena, a reventar... me había comido tres platos y postre. Y ella?
Nunca me había detenido un solo momento a pensar en Norita y ahora lo estaba haciendo desde que fui consciente de que la muchacha también comía. No sé por qué motivo me dio por pensar en ella pero el caso es que de repente me sentí avergonzada.
Reparé en que no sabía nada de ella. Nada, absolutamente nada. Nunca en mi vida se me ocurrió preguntarle ni una sola vez cómo se sentía. Sólo sabía que era mi criada, bueno, de Laura y mía, pues la compartíamos.
Me senté en uno de los sillones, cerca de donde estaba arrodillada Norita que seguía frotando mis botas con un trapo encerado, sacándoles más y más brillo.
Seguramente Norita tendría una mamá, y un papá... y posiblemente hermanos o hermanas. Hacía siete años que estaba entre nosotras y era la primera vez que caía en la cuenta de que también debía tener una familia. La echaría de menos? Pensaría en su mamá cuando estuviera triste? En qué día nació?
Seguramente un día al año sería su cumpleaños, pero yo no sabía cuando era, nunca me interesó. En nuestras fiestas de cumpleaños se desvivía para servirnos a nosotras y a nuestras invitadas. Eran esos lindos días en los que recibíamos muchos regalos, pero jamás se me ocurrió que Norita debía cumplir sus años y no tenía una fiesta con sus amigas, ni regalos que abrir.
Jamás me había planteado que pudiera llegar a estar triste, lo único que me interesaba de Norita era que fuera diligente, que me obedeciera con rapidez. Sólo sabía que era mi criada, bueno, de Laura y mía, pues la compartíamos.
Mi hermana seguía durmiendo y en ese momento se removió en la cama. Estiró sus miembros, como desperezándose, pero seguía dormida. La miré y miré a continuación a Norita que ante el repentino movimiento de mi hermana se había puesto en tensión.
Norita nunca hacía la siesta. Cuando la hacíamos nosotras ella permanecía de pie en un rincón, hasta que nos despertábamos. No teníamos que decirle nada. En el momento que veía que abríamos los ojos se acercaba sigilosa y disponía nuestras zapatillas sobre la alfombra para que nada más sacar las piernas fuera de la cama pudiéramos introducir los pies en ellas.
Pensé que aquél gesto nervioso de Norita ante el movimiento de mi hermana era debido a que temía que pudiera despertarse y debió pensar que debía dejar mis botas para ir a ponerle las zapatillas. Pareció relajarse cuando vio que mi hermana seguía dormida como una bendita.
Yo había comido demasiado. Sentí un fuerte retortijón en las tripas y se me escapó un pedo. Me fijé que Norita había enrojecido. Por primera vez en mi vida sentí un cierto pudor. Acababa de tirarme un pedo como había hecho tantas veces en presencia de Norita.
Imagino que para mí no había tenido nunca la consideración de persona y su presencia quedaba reducida a la de un mero mueble o como mucho la de un animal doméstico. Jamás había pensado que tirarme un pedo en su presencia podía ofenderla. Su absoluta y discreta sumisión la hacía prácticamente invisible para mi hermana y para mí..., pero esta vez sí sentí su presencia.
Haber asistido a la charla de sobremesa con mamá y sus amigas en el comedor del hotel me había abierto los ojos a la existencia de esos discretos seres que nos hacían la vida mucho más cómoda. Era como si ser consciente de que nuestras criadas también tenían necesidad de comer les confiriese un determinado grado de existencia.
Había sido una mera cuestión doméstica: el ahorro que íbamos a hacer en la factura del hotel suprimiendo los segundos platos de las comidas de las criadas, pero ese simple detalle las había hecho visibles para mí.
El pedo que acababa de tirarme me hizo ser consciente de que yo estaba repleta, saciada de tanto comer y en consecuencia pensé en que Norita tan solo había comido un ligero caldo. ¿Y en casa? ¿Qué comían en casa nuestras criadas? Tendría que preguntarle a mamá. Ya tenía diecisiete años y un día, más pronto que tarde, me casaría y tendría que llevar mi propia casa y tendría que saber qué debía permitir que comieran mis criadas. Dios, qué problema... me estaba haciendo mayor.
De repente me levanté como poseída por un resorte y corrí descalza hasta el baño. El retortijón estaba apretando demasiado fuerte. Me bajé las bragas, me senté en el excusado y tras varios pestilentes y sonoros pedos comencé a cagar. Tenía diarrea.
Has comido algo que no te habrá sentado bien, o más probablemente has comido demasiado, pensé mientras evacuaba los intestinos. Experimenté un gran alivio cuando me hube vaciado.
Desde que teníamos a Norita que por nosotras mismas no nos limpiábamos el culo, ¡qué vulgaridad habiendo quien lo hiciera en nuestro lugar! Cuando iba a cagar hacía que Norita esperase fuera del excusado y cuando terminaba la llamaba. La buena de Norita entraba sigilosa en el baño, con la cabeza inclinada respetuosamente y yo me limitaba a levantarme de la taza del inodoro, me ponía de espaldas aguantándome contra la pared y ella me limpiaba.
Nunca me había preocupado de lo que podía sentir aquella muchacha por tener que limpiarme el culo. Ella me lo limpiaba con las manos mojadas y cuando yo salía del aseo ella se quedaba allí para limpiar la taza y luego limpiarse las manos.
― ¡Norita! – llamé.
Segundos después la vi entrar en el lujoso baño de la suite. Como siempre, mirando al suelo, se acercó. Me levanté y me puse de espaldas, mostrándole el culo. En el fondo de la taza estaban visibles mis heces deshechas, desparramadas sobre la loza como en una especie de vómito. A mí no me daba asco porque eran mías y nunca me había planteado que a Norita pudiera darle asco tener que limpiarme el culo y luego limpiar la taza, pero esta vez era diferente. ¿Por qué demonios tenía que haberme enterado de aquellas insignificancias domésticas relativas a la vida de las criadas? Al hacerlo era como si de repente fuera consciente de que tenían una existencia independientemente de que tuvieran que servirnos. Me hizo sentir violenta pero no iba yo a limpiarme el culo. Toda mi vida lo había hecho ella.
No tuve que decirle nada, no fue necesario. Norita abrió el grifo del agua caliente del bidé, dejó que corriera un poco, se mojó las manos y noté sus dedos recorrer la raja entre mis nalgas para limpiarme el ano. La diarrea había manchado mucho más de lo habitual las nalgas adyacentes a la roseta y tuvo que prodigarse más a fondo en la higiene.
Miré con disimulo hacia atrás. Sólo podía ver la cabeza de Norita. Luego sentí cómo me secaba con una toallita y se apartó ligeramente, como dándome a entender que ya había terminado. Me subí las bragas y salí del baño. Ella aún permaneció un rato.
Mientras esperaba sentada de nuevo en la butaca, la oí tirar de la cadena, limpiar el inodoro y lavarse las manos. Regresó, tomó mis botas de nuevo, se arrodilló y sin mirarme siguió cepillándolas.
Me sentí violenta e incómoda. Ella seguía limpiando mis botas. Momentos antes me había limpiado el culo, como había hecho toda la vida desde que estaba a nuestro servicio, mejor dicho, a nuestra disposición, pero esta vez vi que quien hacía aquella humillante tarea era una persona, una muchacha un par años más joven que yo, de la misma edad que mi hermana, que tenía un nombre...
¿Un nombre? ¿Se llamaría Norita realmente? ¿Tendría apellidos? ¿De donde era? ¿Quiénes eran sus padres, su familia? ¿Cuáles serían sus sentimientos? ¿Le gustaría jugar?
En ese momento recordé que cuando mamá nos puso a Norita como doncella, mi hermana tenía ocho años y yo diez. En esa época nos pasábamos el día jugando y Norita permanecía en un rincón, de pie, con la cabeza gacha, mirándonos furtivamente, siempre atenta a nuestras órdenes. Siempre le ordenábamos que nos trajera cosas y ella obedecía siempre en silencio mientras nosotras seguíamos jugando. Nunca pensamos que ella era una niña como nosotras y que debía morirse de ganas de jugar como lo hacíamos nosotras.
No nos importaba en absoluto darle cien órdenes seguidas, aunque a veces fuesen órdenes contradictorias, ella tenía que obedecernos y lo hacía. A mí me encantaba llamarla para que me alcanzara el vaso de agua que tenía justo al lado. Tan sólo tenía que alargar el brazo para cogerlo, pero prefería llamar a Norita, que dejara lo que estuviera haciendo, caminara hasta donde yo estaba, cómodamente apoltronada, cogiera el vaso y me lo diera. No la miraba. Bebía y luego, sin mirarla, apartaba mi mano acercándosela y ella sabía que debía coger el vaso y dejarlo de nuevo en su sitio.
Sabía que se llamaba Norita – no creo que este fuera su verdadero nombre y que se lo puso mamá porque debía resultarle más fácil o simplemente porque pensaría que era el más adecuado para la doncella de sus hijas – porque ese era el nombre que mi hermana y yo pronunciábamos para tener inmediatamente delante nuestro la discreta y servil figurita con la cabeza inclinada, esperando nuestras órdenes. Si ya la teníamos allí no volvíamos a pronunciar su nombre, nos limitábamos a dar las órdenes. Órdenes secas precedidas por un simple : «¡eh, tú...»! o finalizadas con un no menos simple «estúpida».
Podíamos estar mi hermana y yo hablando de nuestras cosas, de nuestros juegos, de nuestras amigas, de nuestros pequeños problemas y utilizábamos infinitos registros en nuestra voz, en la modulación que dábamos a nuestras frases, para mostrar alegría, miedo, serenidad, vergüenza, pasión... lo que fuera, pero si queríamos ordenar algo a Norita nos limitábamos a emplear un tono seco, duro, funcional... humillante, y lo hacíamos de una manera automática, estábamos acostumbradas a ello, era nuestra manera de relacionarnos con nuestra criada.
Mi hermana seguía durmiendo. Creo que había bebido un poco de vino, por eso dormía tan profundamente. Norita seguía cepillando mis botas. Hacía mucho rato que era imposible extraer más brillo de su negro cuero, pero ella seguía cepillando porque yo estaba allí y no le había dado otra orden ni le había dicho que era suficiente.
Escuché un ruido y miré hacia mi hermana. Era un ruido extraño, un ruido al que no estaba muy habituada. Pensé que serían imaginaciones mías. Entonces lo volví a oír y me di cuenta de que provenía de Norita. La miré pero ella siguió con la vista clavada en mis botas. Volví a escuchar ese ruido. Estaba claro. Eran las tripas de Norita. Estaban rugiendo.
Pensé en lo que nuestras mamás habían decidido: era un exceso, un gasto superfluo que las criadas comieran como nosotras, un lujo que no debíamos pagar. Se les suprimiría el plato fuerte de la comida y la cena y así nos saldría la estancia más barata. Era una decisión impecable, pero sentí cierta vergüenza. Yo acababa de comer tres platos y postre y ella... qué había comido Norita?
― Tienes hambre?
Por un momento no fui capaz de reconocer mi propia voz, y ella, de entrada, tampoco se dio por aludida y no hizo ni ademán de mirarme porque seguramente era incapaz de imaginar que me estaba dirigiendo a ella, que la estaba hablando. Era cierto, le acababa de preguntar si tenía hambre y en un tono dulce, como preocupado, en lugar del habitual tono seco y despectivo.
Repetí la pregunta sin saber porqué. Probablemente sentía vergüenza de lo que me había enterado.
― Tienes hambre, Norita? – esta vez añadí su nombre al final para que supiera que me estaba dirigiendo a ella.
La pobre muchacha se puso roja de vergüenza. Levantó su carita y me miró de hito en hito. Yo la miraba a ella. No sabía por qué se me había ocurrido hacerle aquella pregunta. Vi que asentía con la cabeza y luego seguía cepillando mis botas.
― Un poco... sí – murmuró apenas perceptiblemente mientras se dedicaba a frotar mis botas con más brío, como si quisiera compensar con mayor trabajo y dedicación la osadía de aceptar que estaba hambrienta.
Me levanté y anduve descalza hasta la sala de estar de nuestra suite en la que disponíamos de una nevera pequeña. La abrí y cogí un bollo de chocolate que mi hermana y yo devorábamos a todas horas, uno de esos de pastelería que van envueltos en celofán, individualmente. Volví a mi asiento, me senté y se lo arrojé. Ella estaba de rodillas, sentada sobre sus talones y el bollo cayó en su regazo. Me miró sorprendida.
― No le digas nada a nadie, y menos a mi hermana. Aprovecha que aún duerme y cómetelo – le dije de un tirón.
Sabía que Norita le tenía verdadero pánico a Laura. Mi hermana parecía disfrutar haciéndola llorar. Cuando la reñía la hería con saña, humillándola al hacer que se arrodillara. Incluso alguna vez le había pegado, como aquella vez en que le arrojó sus zapatos de fiesta a la cara y le hirió el labio con uno de los tacones al golpeárselo. Norita temblaba ante mi hermana.
La muchacha dejó mis botas en el suelo y cogió el pequeño bollo. Volvió a mirarme y vi que estaba llorando. Inclinó su cuerpo y se puso a besarme los pies descalzos. No dije nada. Dejé que me los besara. Me sentía bien.
― Gracias señorita Mónica, se lo agradezco de todo corazón, señorita Mónica.
Después sacó el bollo de su envoltura de plástico y desapareció en su boca con tres o cuatro bocados. Masticó deprisa, como si temiera que de un momento a otro le prohibiera seguir comiendo, que no se tratara más que de una broma de mal gusto por mi parte, para reírme de ella.
Se limpió con el dorso de la mano las comisuras de los labios y con el dedo recogió las cuatro migas que habían caído en el suelo y también se las llevó a la boca. Mi miró un segundo para dedicarme una mirada llena de agradecimiento. Luego siguió cepillando mis botas.