Estabas agotado, papá. El turno en el taller mecánico se había prolongado en exceso y, el calor del verano, habían hecho el resto. Mierda. Sí: estabas hecho una puta mierda.
Treinta y tantos años, casi rondando los cuarenta. Cuerpo delgado a más no poder: pura fibra. Músculos trabajados a fuerza de apretar tuercas, de levantar motores, de hacer flexiones............... gateando bajo los autos. Contínuamente rebozado en grasa, oliendo a gasoil, puteado por el jefe...
Yo te oía (os oía) desde mi habitación:
- Hazme una mamada, Aurora.
- ¡Calla, hombre, que te estará oyendo el nene!
¿El nene? Debía referirse a mí, aunque yo no me considere “nene” casi a punto de cumplir los dieciséis.
- No te vayas por la tangente, Aurora, y amórrate al pilón.
- Pues...¿sabes lo que te digo? ¡Que no me apetece! Si tienes ganas, me la metes un poquito y sanseacabó.
- ¿Que te la meta “un poquito”? ¿Tú crees que este nabo lo tengo para meterlo “un poquito”? ¡Anda y que te den por culo!
- ¡Eso quisieras tú, pedazo de vicioso! Pero...¿porqué no te conformas con follarme a lo natural, lo de toda la vida, y te dejas de cosas raras?
- ¿Raras? ¡Pues bien que te gustaba comérmela, y que te diese por todos los agujeros...cuando éramos novios!
- ¡Cuando éramos novios, cuando éramos novios...! ¡De eso hace una eternidad! Dieciséis años, que se dice pronto. Y...¡Calla! ¡Ya está llorando el bebé!
Mamá trasteaba por el pasillo, embalada hacia la habitación donde dormía mi hermano pequeño. La imaginé desabrochándose el escote del camisón y sacando un pecho redondo y ubérrimo. El llanto se detuvo, poco a poco, entre hipidos y ruiditos de succión. El silencio espeso de la siesta sabatina cayó sobre nuestra casa.
Calor. Hormigueo en las ingles. Sed.
Me levanté a por un vaso de agua. Mamá roncaba suavemente, derrengada, acostada junto al bebé. No pude resistir la tentación de mirar en vuestra alcoba, donde – seguramente- tú habrías optado por hacerte una paja. Pero no. La polla se marcaba bajo la sábana, dura como el hierro.Tu mano derecha autoacariciaba uno de tus pezones, mientras que, con el antebrazo izquierdo -flexionado-cubrías tus ojos.
Musitaste entre sueños:
- ¡Mámamela, por favor, Aurora!
Algo pasó por mi mente, papá. Me diste lástima. Me acongojé pensando en todo lo que trabajabas, en lo puteado que estabas...y en las pocas satisfacciones que te estaba dando la vida.
Y me decidí.
Bajo las sábanas olía a tí. A gasoil, a grasa, a hombre...
Me deslicé como una sierpe, apartando con suavidad tus piernas para poder colocarme entre ellas. En el vértice de tus muslos, apenas vislumbrado por la tenue claridad que dejaba pasar la tela mil veces lavada, tu grueso miembro palpitaba nervudo.
Llegué hasta él con el rostro pegado a la sábana bajera. El olor penetrante de tu ingle consiguió que mi propio miembro se endureciese de repente. Y mi lengua tomó contacto con tus testículos. Mis labios se abrieron para tomar uno de ellos con suma delicadeza. Con tanta delicadeza como me gusta que me los chupen a mí. Suspiraste entre sueños. Y tu voz se oyó entre gemido y gemido:
- ¿Aurora? ¡Gracias, cariño!
Tus muslos se abrieron para mí. Mi mano izquierda reptó hasta tomar la verga, mientras con la derecha me dispuse a ofrecerte mi sapiencia en el tema de hacer disfrutar a un hombre. Humedecí dos dedos y con ellos trasteé por tu ano. Mi boca subió por el tronco de tu polla, oliendo, paladeando, hasta deglutir la gran bellota de tu glande. Y mi garganta se abrió para tí.
Gemiste como un bebé. Noté tus manos posarse sobre mi cabeza, apretando la sábana en un gurruño con tus dedos engarabitados por el placer. Tu esfinter cedía a los embates de mis dedos. Mis yemas ya casi acariciaban la próstata. La punta de tu nabo rozaba mis anginas y mi lengua paladeaba los jugos que soltabas en hilos intermitentes. Mi propia polla se frotaba contra la sábana bajera y todo mi ser se empeñaba en darte el máximo placer posible.
- ¡Como nunca, cariño, como nunca! -decías sin cesar. Aunque yo ya lo sabía.
Noté el nudo de la próstata. Apenas un simple reborde de carne que te hizo chillar de gusto cuando lo toqué. Y mi boca succionó la gran verga que me había dado la vida. Y tu semen, tu leche paterna, salió a grandes chorros inundando mi paladar, mi garganta, toda mi cavidad bucal hasta derramarse por entre mis labios, deslizándose esófago abajo, tan tibia como la que mamá acababa de darle al bebé. Y yo también me corrí a grandes espasmos.
Caiste aletargado. Otra vez me convertí en serpiente, deslizándome hacia atrás, arrastrándome casi por el suelo.
Y ya en la puerta, me detuvo el sonido de tu voz.
- Mañana tomaré tu culo.
- Sí cariño- dije impostando la voz. Y sonreí como el gato de Alicia, mientras terminaba de limpiarme la barbilla con lentos lengüetazos.
Luego, por la noche, os oí comadrear en la alcoba. Tú, mimoso, le hablabas a mamá de lo bien que lo habías pasado. Ella, arisca, imaginando ironía bajo tus palabras, te espetó:
- ¡Anda ya! ¡Todo eso lo habrás soñado!
Pero no fué un sueño, papá.