Otro verano excesivamente caluroso. Vuelvo de la Universidad totalmente agotado, chorreando sudor, empapado en esta tarde luminosa. Ni siquiera tengo ganas de admirar el intensísimo color azul que tiene hoy el cielo. Solamente quiero llegar a casa, desnudarme y ducharme, tomar un zumo de naranja y...
¡Vaya! Ya olvidé comprar las naranjas. Maldigo por lo bajo mientras pienso en que el supermercado en el que compro habitualmente estará cerrado. Mi malhumor va increscendo. Aprieto el asa del maletín hasta hacerme daño. Resoplo mientras noto una gota de sudor deslizándose por mi espalda. Tengo la boca seca. Doblo la................... esquina. Solamente faltan unos metros para llegar al portal de mi vivienda. Y de repente, el milagro.
¿Cuándo cojones han abierto esa tienda? Ni idea. El caso es que está ahí, y con eso me basta. Delante de la fachada, bajo un toldo multicolor, hay un montón de cajas rebosando frutas. Intento descubrir si alguna de ellas contiene naranjas.
- ¿Desea algo, el caballero? -la voz del hombre me sobresalta. Incluso titubeo al contestar, como si me hubiesen cogido en falta.
- ¡No! Digo... ¡sí!. Quisiera unas naranjas...¿puede ser?- miro al vendedor con aire suplicante.
- ¡Faltaría más! - el hombre sonríe casi servil, mientras escarba por las cajas.
Me relajo lo suficiente para observarle. Es un cincuentón de poblado bigote. Su tez me indica que debe pertenecer a una etnia árabe, aunque su español es bastante aceptable. Lo miro con disimulo. Tiene el pelo canoso, la cara redonda, los ojos negrísimos y circundados por unas ojeras pronunciadas que delatan (o por lo menos así lo pienso yo) una intensa vida sexual. La polla se agita en mi entrepierna: con treinta y pocos años que tengo, desde donde la memoria me alcanza, siempre tuve la fantasía de hacer el amor, de ser abrazado...de follar, en una palabra, con un hombre así. Porque, me averguenza hasta el pensarlo, mi obsesión nunca cumplida es la de tirarme a mi padre, y este moro, escepto el color de la piel, es clavadito a él.
Levanta las cajas con facilidad. Es fuerte, a pesar de la barriga cervecera (imagino que sin alcohool) que engrosa su cintura. Me pilla mirándole y su sonrisa se ensancha:
- ¿Su siñora le está esperando? -pregunta a bocajarro.
- Pues no -sonrío a mi vez- soy soltero. Y añado a continuación: Pero tengo prisa.
- Ya, ya...Lo que ocurre es que las naranjas deben estar dentro, en el almacén.
Lo dice en tono de disculpa, casi de temor. Seguramente piensa que la venta corre peligro si tengo que esperar demasiado. Pero sus ojos brillan de nuevo al sugerirme:
- ¿Vive lejos? ¡Nosotros podemos llevarle la compra dentro de unos minutos!
Vivo cerca. No tengo ningún problema en que me sirvan en casa. El tendero queda haciendo reverencias, tras anotar mi nombre y número de piso. Salgo raudo hacia mi casa, mi ducha, mi aire acondicionado...
Me demoro bajo el agua. Es una sensación voluptuosa que siempre hace que me ponga erecto. El jabón patinando por mi piel, las agujas líquidas clavándose sobre mi rostro...Mis dedos acarician los pezones duros. La polla vibra cada vez más prieta. Deslizo una mano acariciando la cadera. Levanto un pie y lo apoyo en el borde de la bañera. Los testículos cuelgan como fruta madura, chorreando agua y jabón. Con los ojos cerrados mi mente divaga por cuerpos masculinos. Rememoro el cuerpo del árabe tendero. Lo imagino con menos años, e intuyo que debe estar muy bien bajo las ropas informes. Debió de ser un morito de los de rompe y rasga. De los que Passolini sacó en Las Mil y una Noches. Si, ahora me apetece pensar en carne fresca, carne joven, carne semivirginal...
El dedo corazón de mi mano derecha ya encontró el agujero que buscaba. El gel de baño cumple su segunda misión y facilita la entrada al oscuro reducto, a la cueva de las delicias. Lo introduzco lentamente. Mi carne se cierra sobre mi carne, y mi verga cabecea bajo la lluvia artificial.
Abro los ojos y descubro la luz parpadeante: el timbre de la puerta está sonando...¡Ostras, las naranjas!
Salgo precipitadamente de la ducha. Resbalo. Maldigo. Mis pies dejan huellas jabonosas sobre el mármol. He cogido sobre la marcha una toalla que colgaba en cualquier sitio. Intento atármela a la cintura, pero es insuficiente. El timbre repiquetea con insistencia. ¡A saber el rato que estará sonando!
Bajo la toalla, la verga endurecida no quiere ablandarse. Dudo. Finalmente abro la puerta, a la par que esbozo una sonrisa para disculparme ante el moro bigotudo. Pero no es él.
El muchacho está tan azorado como yo, incluso más.
- Señor...Aquí tiene su pedido. Mi padre le da las gracias y me indica que no debe pagarme nada: es un regalo de la casa por ser nuestro primer cliente.
Apenas he entendido lo que me ha dicho. Habla un castellano macarrónico entremezclado con sones árabes, incluso italianos. Pero lo que me hace que esté en Babia, que esté embobado y casi boquiabierto, no es su lenguaje...sino su cuerpo.
En la calle debe de seguir haciendo muchísimo calor, puesto que el adolescente está completamente sudado. Hasta la fina camisola que lleva puesta se pega a su torso, dejando entreveer, casi transparentando, dos pezones oscuros que se deben haber puesto erectos al recibir la ráfaga de mi aire acondicionado. Bajo la mirada lenta y descaradamente por su cuerpo. No está nada mal el muchachito. Pero nada mal.
- ¡Señor...!
Pego un respingo y me azoro, porque me doy cuenta de que ni siquiera le he contestado .
-¡Perdona...muchacho! He quedado un poco traspuesto. Seguro que es el calor.
- ¡A mí me lo dirá! - sonríe con una enormidad de dientes, blancos, perfectos- ¡Tengo hasta el calzoncillo pegado al culo...!¡Menuda mierda de calor hace en esta ciudad!
Lo dice y enrojece. Levanta la mirada, avergonzada, angustiosa, como suplicando que no me ofenda por su salida de tono. Pero no, yo no me ofendo. Yo me hundo en las lagunas negras de sus ojos, bordeadas por los juncos arqueados de sus pestañas, mientras él parpadea silenciosamente...y sonríe.
- No te preocupes -le digo aclarándome la garganta- pronto cerraréis y podrás darte una duchita ¿no?
- ¡Qué va! -hace un mohín de fastidio que me dan ganas de abalanzarme contra su boca- ¡Todavía nos tiene que montar la ducha el fontanero! ¡Creo que moriré derretido y asfixiado por mi propia peste!
- “¿Peste?” -pienso mientras las aletas de mi nariz se dilatan golosas-”¡Si lo que estoy oliendo es peste, muchacho, que baje Dios y lo huela!”
- ¿Quieres ducharte aquí? -casi me sorprendo yo mismo de las palabras que acabo de decir.
- ¿Cómo? ¿Me dejaría usted?
- ¡Faltaría más! ¡Pasa, hombre, pasa! -le tomo la bolsa de las naranjas y me dirijo hacia la cocina a la vez que le señalo en dirección al baño- ¡Sigue la pista de baldosas mojadas!, y mi voz hace el remedo de una cancioncilla de “El Mago de Oz”.
Vuelvo la mirada hacia él. Me está mirando...estupefacto. Sigo su mirada, y...¡claro! ¡Le estoy enseñando el culo. Me había olvidado que la toalla apenas si cubre mi anatomía por la parte de delante, dejando totalmente descubierta la de atrás. Desaparezco rápidamente, aunque tengo tiempo de ver por el rabillo del ojo como se rasca la entrepierna.
Dejo las naranjas en la cocina. Corro hacia el dormitorio y rebusco por los cajones. Me pongo los pantaloncillos que suelo usar para hacer footing, sin tomarme la molestia de ponerme ropa interior.
- ¡Ayyyyyyy! -el quejido ha salido del cuarto de baño. Pienso si el muchacho se habrá resbalado y corro hacia allí.
- ¿Te has caido, muchacho?-la pregunta está en el aire, casi sin terminar de formularla, porque la imagen es demasiado preciosa como para no quedar absorto mientras la miro.
- ¡No! ¡Es el jabón...! -me lo dice mientras se restriega los ojos intentando eliminar la espuma que los cubre. Los brazos, elevados, dejan a la vista el resto del cuerpo. La carne precisa sobre los huesos, los músculos duros y suaves a la vez...Su color me recuerda ...la canela ¡eso es!
- ¿Te ayudo?- la voz me sale gargajosa. Mi mirada está prendida en el vientre, en el pubis de vello recortado, en la verga que pende -enorme y brillante-descansado sobre la bolsa de los testículos.
- ¡No...sí! ¡Me escuece mucho!
Tomo el aparato de la ducha, aparto sus manos que aletean como palomas oscuras, y dirijo el chorro de agua sobre su rostro. Mi torso desnudo roza con el suyo. Mi muslo entra en contacto con sus genitales, y mi boca tiene el deseo insufrible de fundirse con la suya.
Noto mi erección empujando contra su cuerpo. Temo que se moleste e intento dar un paso hacia atrás, guardando las distancias pero mi proberbial torpeza hace que mi talón tropiece en el bordillo del plato de la ducha y caiga hacia atrás cuan largo soy.
- ¡Señor, por favor señor, vuelva en sí!
El golpe en la nuca ha debido dejarme traspuesto. He quedado encajonado entre el trono del excusado y el lavabo. El morito está prácticamente encima mío, pasándome las manos húmedas sobre mi rostro, sin atreverse a darme bofetadas. Abro los ojos y quedo alucinado. Mi rostro está reflejado en el azabache de su mirada. Mirada de animalillo asustado, de gacela que teme por la vida...de su cazador.
El chichón debe ser tremendo. Me palpo el bulto mientras intento hacer una mueca tranquilizadora. El chaval respira aliviado, y, en un arrebato, me da lo que estoy deseando desde que le ví: junta sus labios con los míos, y nuestros alientos se unen durante unos instantes. Late mi verga contra la suya. Lo nota y sigue con el beso. Ahora su lengua está en mi boca, tomando posesión de ella mientras su saliva se transmuta en miel al contacto con la mía.
Se aparta suavemente de mí, aunque todavía quedamos unidos por el cordón umbilical de un hilo de baba. Arrastra su cuerpo sobre el mío, deslizando la lengua por mi piel mientras su corazón late desbocado. Mi ombligo le atrae de inmediato, por lo que se demora bordeándolo con la lengua. Luego, imparable, sigue su descenso hasta que su rostro queda a la altura de mi pubis. Mi verga le espera asomando indómita por la pernera del pantaloncillo. El morito se amorra sediento, y atrapa el caño de mi pija entre sus labios gordezuelos. Mis manos se apoyan sobre su cabeza, acariciando el negrísimo pelo de largos bucles. Temo que me haga daño con sus espléndidos dientes, pero el mozalbete -según parece- sabe lo que se trae entre manos, o entre labios que es lo mismo. Y chupa como un condenado a muerte. Tiene sed ancestral. Sed procedente de desiertos arábigos. Sed de diásporas antiquísimas. Sed de macho.
La fuente de mi esperma brota entre gemidos. Arqueo mi vientre para que la verga se introduzca-todavía más- en la garganta adolescente. Varios surtidores que hanegan su boca, que se deslizan entre sus labios, que corretean en forma de gotas espesas falo abajo.
Me mira agachado entre mis muslos. Su sonrisa es doblemente blanca: blancos dientes de pureza marfilina, blanca lefa que embarra su boca. Y, no podía ser de otra manera, trepa sobre mí para besarme vorazmente, traspasándome su carga seminal en un voluptuoso beso blanco.
Han transcurrido varios días desde aquello. Deseo, y temo a la vez, volver a verle. Siento un deseo irrefrenable de ir “más allá”, de tomar una porción más grande, más atrevida, de su cuerpo, de su belleza casi dolorosa. Pero...tengo miedo. Miedo de que en su casa hayan sabido algo. O...miedo a engancharme demasiado del muchacho, y poner en peligro mi tranquila (y aburrida) existencia. Sin embargo...la carne es la carne.
Necesito verle otra vez. No puedo aguantar más. Tomo la cartera y me dirijo hacia la tienda. Naranjas. Eso es: compraré naranjas. Y, si tengo suerte, volverá a traérmelas el muchachito.
Cuando estoy llegando observo que el padre acaba de arrancar con el coche. Se aleja. ¿Habrá cerrado la tienda? No. El letrero de “Abierto” sigue colgando. Un escalofrío me recorre la columna ¿tendré la suerte de pillarle solo? Entro. Le veo subido a una escalera, arreglando algo en lo alto de una estantería. Hoy lleva unos vaqueros cortados en ras de la ingle. Desde abajo puedo verle el vello de los testículos asomando por la pernera. Los muslos musculosos, la piel color canela...
-¡Enseguida le atiendo, señor! -su sonrisa brilla desde las alturas. Mi mirada está recreándose en el esplendor de su cuerpo. En sus ojos chisporrotea una luz más...¿descarada?. Incluso se arregla el paquete a la vez que adelanta las caderas. ¡Me está ofreciendo su mercancía!
- ¡Hola-saludo alegremente-quería...unas naranjas!
Bueno, en realidad lo que quiero son unos huevos: los suyos.
Estoy junto a la escalera. El muchacho se gira quedando frente a mí, y, al hacerlo, se tambalea durante un segundo. Aprovecho para brindarle mi ayuda, atenazando ambos muslos con mis manos. Ahora estoy a un palmo de la mercancía que realmente quiero. Hasta mi nariz llegan las delicias de su aroma: orín, sudor, seguramente semen...
El tirón de pelo me sobresalta. Durante un instante pienso que he ido demasiado lejos, y que el chico me está rechazando pero no, no es eso, sino todo lo contrario. Sus manos me tiran hacia él, aplastándome contra el bulto de su sexo. Casi me asfixia. La tela del jeans cortado ya está llena de mis babas. Recorro la longitud de su verga con mi boca. Casi ni me da tiempo de extrañarme por la nueva personalidad, tan feroz, que ha desarrollado el chiquillo. Ahora no soy yo el predador, sino la presa.
En unos segundos salta de la escalera, corre hacia la puerta para colgar el “Cerrado”, vuelve hasta mí, me empuja bruscamente, a la vez que me gira para que quede empotrado entre el mostrador y su cuerpo. Sus manos, convertidas en tentáculos, se mueven velozmente : de un tirón baja mis pantalones hasta las corvas, mientras se las apaña para apartar un lado de mi slip dejando la abertura suficiente para introducirme la verga de una sola estocada. Estoy sin aliento, medio tumbado sobre la superficie plastificada del mostrador, con el culo en pompa, notando en mi intestino el hierro ardiente de su alfange semicurvo. Sus manos, zarpas más bien, escarban bajo mi camisa, buscando y encontrando mis pezones ultrasensibles. Los retuercen rozando el salvajismo, a la vez que sus dientes, transformados en objetos sexuales, se hunden en la carne de mi cogote consiguiendo que toda la piel de mi cuerpo se erice y que los vellos se pongan como escarpias.
Resoplamos como animales en celo. Mi ano, sorprendido en un primer momento, ya ha aceptado de buena gana la longitud y el grosor de la verga curva. El vientre del muchacho choca una y otra vez contra mis riñones, contra mis nalgas, en embates tan furiosos que casi consigue mover la mole del mostrador.
¿Me he corrido? ¡No lo sé! Porque durante todo el rato que ha durado mi “violación”, mi polla ha estado emitiendo contínuos chorritos de precum, hasta el punto de que no puedo distinguir si ha sido un prolongado orgasmo.
¿Trastorno de personalidad? ¿Qué le ha ocurrido al tierno efebo, al delicioso y pasivo cervatillo, para convertirse en ese predador, carnívoro y prepotente, que acaba de proporcionarme la mejor, la más intensa, dolorosa y placentera enculada de mi vida?
Vuelvo a casa. Patiabierto, confundido, notando el esperma juvenil y casi selvático gotear muslos abajo. Pero...¡si ni siquiera he comprado las naranjas!.
Caigo derrengado sobre el sofá. Quedo aletargado, con el corazón palpitándome en el centro del ojete. Sueño y casi deliro. El rostro del morito se presenta cambiante ante mí. Ojos dulces, ojos duros. Sonrisa tranquila, sonrisa provocadora de chapero de esquina. Timidez y desvergüenza. Todo en la misma persona...alternativamente.
Despierto empapado en sudor. El latido del culo me llega hasta la verga. Algo tiene ese muchacho que ha envenenado mi sangre. ¡Necesito más sexo!
Rebusco en los cajones hasta que encuentro la tarjeta que me dio el padre: “Por si alguna vez quiere hacer un pedido por teléfono”, me dijo, ladino, con las miras puestas en la captación de un cliente asiduo.
-¿Es El Badulaque? - un gargajo se atraviesa en mi garganta y lo trago mientras al otro lado de la línea la voz, madura y moruna, contesta:
-¡Si, siñor!- se nota que el padre no está tan puesto en la lengua castellana como el hijo.
-Quisiera encargar unas naranjas. Soy...
- ¡Naturalmente que sé quién es, siñor -la voz destila miel- y, precisamente quería hablar con usted.
- ¿Conmigo? -me pongo alerta-¿Para qué?
- Pues...quería invitarle a mi casa. Para nosotros sería un gran honor tenerle a nuestra mesa. Usted fue nuestro primer cliente, y puedo asegurarle que nos trajo suerte en el negocio.
- Ya, ya, pero...-me debato entre mi natural solitario y poco amigo de reuniones sociales, y, ¿porqué no decirlo? El deseo irrefenable de estar largo rato contemplando la belleza andrógina y a la vez muy masculina de mi bello efebo.
- ¡No le admito escusas, siñor! -su risa me llega sensual, hasta el punto que una descarga de adrenalina, inequívocamente sexual, vuelve a atenazarme la entrepierna-¡Esta noche le esperamos para cenar!
Apenas suena el timbre ya han abierto la puerta. Como no sé lo que debo llevar (el vino, supongo, lo tendrán prohibido, y tampoco estoy muy al día de la clase de alimentos que tendrán permitidos por su religión) he comprado un inmenso ramo de flores para la señora de la casa. Me oculto tras él, mientras atisbo la amplia sonrisa de bienvenida de mi morito. Otra vez tiene ojos de gacela. Otra vez sus movimientos, casi lánguidos, hacen que despierte mi espíritu de cazador. La casa está en penumbra. Desde la cocina llegan olores que hablan de especias. El salón es amplio y completamente alfombrado. El dueño de la casa se levanta al verme, dejando a un lado una larga pipa que, sin dudar, juraría que contiene hachís.
- ¿Para mí? -sonríe admirando la hermosura del ramo- Muchísimas gracias.
- Esto....pues...¡en realidad son para su señora!
- ¿Mi siñora? ¡Yo no tengo siñora!-me arrebata el ramo y se lo da a su hijo que trota con él hacia el interior de la vivienda.
Mi metedura de pata es comprensible. Jamás habíamos hablado de aspectos privados, por lo que yo no sabía nada de su viudez temprana. Le entrego, también, una caja de puros que he comprado para él, y una gorra de beisbol para su hijo. Los puros los deja sobre una pequeña mesa de marquetería, y la gorra se la encasqueta en un periquete. No me atrevo a decirle que la gorra no es para él.
Semitumbados sobre mullidos almohadones conversamos durante un rato. Me habla de su familia, de sus ancestros. De su origen español enraizado con los moriscos expulsados siglos atrás de su propia patria. Me habla de la diáspora en la que tuvieron que ir de la Ceca a la Meca, de España a Marruecos, de Marruecos a Argentina, a México y a tantos otros sitios...para volver, siglos después, otra vez a su España querida. Y el sinfín de formularios que les exigen para demostrar su origen, y todas las miserias, todas las ventanillas que se ha tenido que patear, rogar, solicitar, incluso llorar, para conseguir ubicar a su escueta familia en esta tierra.
El cincuentón, visto así, en su elemento, está muy, pero que muy, bien. Además de la gorra, solamente lleva puesta una larga túnica de tela muy fina, con grandes aberturas por los lados, que de cuando en cuando, al menor movimiento, dejan al descubierto partes substaciosas de su anatomía. Muslos velludos, testículos poderosos apenas entrevistos...Flexiona la pierna y la tela forma tienda de campaña, mostrando sin recato un enorme miembro, tan oscuro y mórbido como una pitón.
Dos sonoras palmadas, y, al instante, aparece su hijo con una bandeja. Los movimientos del muchacho son ahora...distintos. Ha perdido el halo de fragilidad que tenía minutos antes. Ahora no baja la cabeza al encontrarse con mi mirada. No. Ahora vuelve a ser la bestia salvaje que me violó. Mi ano, en carne viva, se estremece al recordarlo.
Picoteamos más que comemos. El cordero está delicioso. También hay otras carnes, muy especiadas, que hacen que tosa espasmódicamente. Se ríen ambos, y el efebo escancía en mi copa un licor verdoso. Entra suave. Es fresco, y, si las papilas gustativas no me engañan, uno de sus componentes es el hachís.
Pronto reimos a mandíbula batiente. El hijo nos deja solos y la intimidad entre el cincuentón y yo se hace más espesa. Le miro la boca mientras me habla. Muero por poder morderle los labios. Quisiera follármelo, o que me folle ahora mismo. Toco mi verga sin reparo por encima de mi ropa. El ya hace rato que apartó su túnica, y se masturba mientras me mira. La erección ya es dolorosa, pero ninguno de los dos quiere dar el primer paso. Respiro hondo. Tengo que controlarme, puesto que no sé las costumbres y puedo meter la pata en cualquier momento. Bebo otro largo trago del mejunje verdoso. La cabeza me da vueltas y tengo que apoyarla sobre uno de los cojines forrados de vistoso terciopelo.
Abro los ojos y me encuentro solo. Tengo unas ganas inmensas de orinar. Carraspeo tratando de llamar la atención, pero nadie acude. Me incorporo y doy unos cuantos pasos. Las gananas de mear son apremiantes. ¿Donde voy? Pasillo adelante encuentro varias habitaciones cerradas. Al fondo, con la puerta entornada, una de ellas deja pasar un halo de luz. También se oyen susurros. Casi diría que gemidos.
Tiemblo. Miedo y...excitación. ¿Qué encontraré allí dentro?
Empujo la puerta, y, ni en más escabrosos y eróticos sueños he visto una imagen semejante.
Mi anfitrión, prácticamente desnudo, está enculando a su hijo. A uno de sus hijos...¡porque son dos! Gemelos idénticos que se están morreando mientras el papá está dale que te pego con el culito del más modoso.
No puedo reprimirme y el orín moja la pernera de mi pantalón.¡Me he meado encima! Los tres se abalanzan sobre mí, desnudándome en un pispas. No sé donde poner las manos. Carne, carne, carne. Pollas que se restriegan contra mí. Bocas que chupan mi verga. La serpiente pitón del padre busca mi orificio para empalarme. El más revoltoso de los niños se tira a su hermano ante la complacencia de papá. Mi nene, mi morito, alarga el cuello para chuparme el nabo con el mismo ritmo que imprime a su cuerpo la enculada de su hermano.
¿Alguien ha visto a un padre follado, a la vez, por sus dos hijos? Yo lo estoy viendo en estos instantes. Los gemelos se han juntado de tal forma, que sus muslos entrelazados hacen que las vergas se levanten como dos torres gemelas, prácticamente unidas, en las que han embarrado una pomada lubricante. El padre, en cuclillas sobre ellos, une las filiales vergas en un puñado, sentándose poco a poco sobre sus puntas. Los hijos, con sus dedos, ayudan a papá para que su ano se dilate lo suficiente. Un gesto de dolor cruza el rostro del moro, pero ya los glandes han desaparecido en su interior. El maduro toma una ampolla que había dejado en el suelo, la rompe e inhala su contenido en dos fuertes inspiraciones. Los gemelos, con movimientos sinuosos de sus vientres, empujan hacia arriba, a la vez que su progenitor baja cada vez más, embutiendo -ya más allá de su esfínter- la doble verga. El producto, sea cual fuese, que tenía la ampolla, ha debido surtir efecto porque el agujero del culo se adapta como un guante a la bífida verga, deslizándose con la suavidad que da la holgura. La triple follada comienza imparable. El pollón, cada vez más oscuro, del moro, es ahora un tronco durísimo en el que resaltan las venas prominentes. El glande babea borbotones de precum. Me arrastro hasta el monstruo de tres cabezas. Mi boca abierta, anhelante, toma posesión del falo del cincuentón.Cierro los ojos e imagino que se la estoy mamando a mi padre. La saliva llena mi boca a rebosar, mezclándose con los jugos que derrama la carne que estoy chupando. Los mocitos, agradecidos por mis caricias hacia su padre, manosean mis nalgas hasta encontrar mi agujerito, metiendo cada uno de ellos un par de dedos en mi interior.
Todos resoplamos en silencio. El cuerpo paterno sube y baja a marchas forzadas. Las filiales pollas, enrojecidas por la fricción y el deseo, terminan descargando-entre aullidos-su contenido volcánico. El padre moro enjalbega el interior de mi boca con la cal ardiente de su esperma, y yo mismo derramo mi semen sobre la mullida alfombra.
Un rato después, con el culo dolorido y emplastado de un cóctel de lefa, morreo con el cincuentón mientras miramos a los gemelos. Han quedado despanzurrados, desmadejados uno sobre el otro, uno junto al otro, uno dentro del otro. En sus labios adolescentes brilla, todavía húmedo, el licor de la vida. Perlas blancas que gotean barbillas abajo, y que ellos, fraternalmente, se limpian mutuamente mediante un casto y delicioso beso blanco.
Mañana volveré a comprar más naranjas.