Pasé por Ana a la escuela. Como tenía permiso de salir, por videoconferencia porque sus papás estaban lejos, la llevé a la Rueda de la Fortuna.
SI TE LATEN LOS RELATOS DE BANGABANDÚ DAME UN VOTO, GRACIAS................. Los alumnos salían en desbandada y reconocí a Ana en medio de un grupo de amigas.
-Oye... ¿es tu papá...? –rieron, algunas llevándose manos a la boca.
-No, es mi tío –respondió, seca-. Vino por mí.
-Oyy, Anita... ¡...preséntalo, amiga...!
-¿Qué sería, cuñada?
-No, babosa.
Hice cara de no haber oído y aunque me pareció divertido, me importó nada. No me gustan las colegialas. Muchas risitas sin motivo. Todo es fugaz. También me molesta su olor. Parece que todas huele a lápiz o a laboratorio de biología.
-Te presento a mis amigas –dijo Ana con cara extraña-, Laura, Pili, Shana y Ernestina. Él es mi tío, Axel.
-¡Buenas tardes! –saludaron a coro.
-Hola, buenas tardes a todas -sonreí.
Intercambié saludos y besos en la mejilla con las sonrientes chicas, respondí algunas preguntas animadas y pienso que le gusté a Pili, por su sonrisa y el brillo de sus joviales ojos. Las colegialas. Líbrenme de ellas.
Subí con mi sobrina al auto, que cerró con poca delicadeza.
-Vámonos –dijo-, no quiero que coquetees con mis amigas.
-¿Yo? –reí, arrancando el auto- ¡Eso sería bueno!
Nos despedimos de ellas desde la ventanilla, con movimientos de mano. Viendo mosqueada a mi sobrina, la punzé.
-Pili es linda.
-¡Ah! ¡Linda!
-¿Piensas que yo podría interesarle?
-A ninguna, eres muy grande para ellas.
-¿Y si diera lecciones en tu colegio? Podría impartir Literatura.
No respondió e ignorándome ostentosamente, Ana se aplicó crema en los labios, viéndose en el retrovisor.
-Mi novio quiso llevarme a casa –comentó, limpiándose las comisuras-. Le dije que en un mes no podré.
-Eso está bien –conocía a su novio. Sabía que ella se lo quitaría de encima.
-Le dije que mi amante, o sea tú, vendrá por mí a diario -siguió-. Y que mi mamá, o sea tu hermana, amante mío, salió un mes de vacaciones.
-Así ya no queda duda –reí de su mentira, pero me gustó lo de “amante mío”.
Al ver ella que sus palabras nada me provocaban, trató por otro medio.
-¿No te sientes mal de follar con la hija de tu hermana? –preguntó.
-¿Es una entrevista?
-Piénsalo –machacó-. Llevamos dos meses acostándonos, tío. Te has corrido dentro de mí, tío. Me penetras. Tío.
-Es muy complicado –su forma de punzarme me excitó-. Nunca pienso en eso -respondí sinceramente.
-¿Ni cuando nos ves juntas? –se recargó en la puerta y puso una pierna encima de la mía- ¿Ni cuando me haces venir?
-No –respondí tratando de no verla-. Me parece todo muy aparte.
-¿Ni...? –hizo un gesto con los dedos.
-Nunca fuimos muy cercanos, nadie de la familia. Lo que pienso es en la siguiente oportunidad de llevarte a la cama.
En un alto se acercó a mí y me dio un sonoro beso en la boca.
-¿Sabes cuántas veces nos hemos acostado en dos meses? –me apretó la bragueta con el zapato negro, oficial del colegio-. Más de cincuenta.
-¿Tan pocas?
-¿No te sientes... malo? –dijo teatralmente.
-Sí, lo soy. Soy perverso. La palabra no me significa nada.
-Se lo diré a Pili.
-A ella no le digas, ¡por lo que más quieras! –ahogué la risa.
Tomé una avenida.
-¿Dónde iremos? –preguntó, peinando su castaño cabello lacio.
-Al parque de diversiones.
-¿En el bosque? –su expresión cambió- ¡Eso suena bien!
-En la Rueda de la Fortuna podemos darnos besos. Iremos al zoológico...
-Sí, vamos! –me tomó de una manga.
Las sillas de la enorme Rueda de la Fortuna, además de la baranda de seguridad, tenían una media jaula que llegaba arriba del tórax. A Ana casi le tocaba la barbilla. Qué inofensiva se veía. Nada de eso, cuando en la cama me rodeaba con las piernas, incitándome a correrme.
Cuando la Rueda estuvo alta, hice lo que quería desde que pasé por ella al colegio. Besé a mi sobrina en la boca, metiendo una mano bajo su falda. Su piel tenia un aroma fresco. Ella me estrujó la erección con un poco más de fuerza, úes tenía ganas de pelear como un cachorro de pantera.
-¿Te gustó Pili? –volvió al ataque apretujándome más la entrepierna. No se le había olvidado- ¿Quieres que te haga esto también?
-Mh... no sé...
-¿Cómo que no sabes?
-Si lo va a hacer así...
-No lo haría así, es una tonta que llena libretas con dibujos.
-Ah, cariño –se me escapó un grito-... también tú lo haces, ah... tengo uno en casa...
-¿Cómo me dijiste?
-La libreta –realmente no supe qué le dije-... las... oh, por... nadamás me tocas y... tú, tú eres mi cariño... ah... olvida a... no sé cómo se llama... Ana, cielo...
Las relaciones que la moral condena, la misma que observa la Vigilia y el resto del año devora con chismes a sus hermanos, busca momentos para las caricias. Con Ana era apartarnos minutos en una reunión para un beso o con su maniobra de matar clases o yo faltando al trabajo o buscándonos los fines de semana. No se podía siempre. La Rueda de la Fortuna.
La sentía mía cada vez que la poseía y hasta al verla de lejos. Ana experimentaba a la inversa. Yo notaba en sus ojos intensos el truco, muy particular. Con el placer que me hacía sentir, me demostraba que yo no tenía forma de escapar y sabía que pensaba en ella aun cuando no la viera. Para Ana, sencillamente yo le pertenecía desde hacía dos meses.
No puedo decir que me molestara. Su belleza, sus besos, su sexo tras las pantaletas, su comportamiento, me provocaban algo que no era sólo deseo.
Cuando me ponía en cuclillas y la acariciaba sobre el uniforme, el deseo me llenaba, pero con un significado nuevo. Los momentos a ocultas donde fuera o abiertos en mi casa, cuando cargándola me pasaba los brazos por la nuca, besándonos y quitándole la ropa con frenesí, tenían momentos silenciosos donde aparecía algo entre nuestras miradas. Sus carreras hacia mí y abrazarme al esperar en casa al faltar al colegio, su apoyar los senos en mi espalda al tomar algo de la mesa en una reunión. Los besos donde a veces nos llamábamos por los nombres. La Rueda de la Fortuna.
La Rueda volvió a subir. El bosque y la ciudad más allá se extendieron a la vista. Pasé los dedos por una de sus rodillas, tocando suavemente la forma de sus delicados huesos. Ana suspiró y sentí ponérsele la piel de gallina.
Ana veía la ciudad, dejando que le sobara los muslos, llevando la mano bajo su falda. Cómo me fascinaba tocarla así. Me ponía a tope. Sabiéndolo ella muy bien, me llevaba una mano a sus piernas debajo de las mesas.
-¿Cómo vamos a seguir haciéndolo? –preguntó- Cuando pase al siguiente nivel, mis horarios serán más difíciles.
Ana. Sus preguntas lógicas y extrañas. Iba a responderle cuando la Rueda de la Fortuna traqueteó, deteniéndose bruscamente, oscilando con nosotros en la parte más alta.
Hubo chillidos de nerviosismo y diversión en las otras jaulas. Oímos por el altoparlante, desde la gente del tamaño de hormigas, que la Rueda tuvo una descompostura. Tomaría un tiempo arreglarla, pedían calma y prometían obsequios como compensación al bajar, en poco menos de media hora.
Metí las manos bajo la falda de Ana y le bajé las pantaletas, bajo su mirada sorprendida.
-No te preocupes por los horarios –sonreí.
Sujetándose de la silla, Ana apoyaba la cabeza en la silla. La jaula nos ocultaba.
-¡Oh! ¡Oh!
No la penetré, sino que froté el miembro entre los labios de su vagina, recorriendo su sonrosado clítoris con la erección. Ana gemía, retrociéndose
con las piernas separadas.
Con las piernas abiertas y mi pene frotándole el clítoris, con fuerza pero sin rudeza, la chica tenía la mirada perdida, suplicante.
-Oh, voy a gritar... tápame la boca, porque voy a gritar....
Cubrí su boca con la mía. Ana movió vertiginosamente la cintura, gritando en mi boca cuando llegó su orgasmo.
-¡Mhh...! ¡Mhh...! –me mordió un labio. Al finalizar ella, la penetré y la retuve contra mí al eyacular.
Al finalizar, la jaula nos ocultaba. Sus cabellos despeinados y su piel sonrojada la hacían ver preciosa.
-Ah, ah –resopló-.. eso f-fue... fa-fantástico, fan...
-Desde ahora lo haremos donde nos dé la gana. Con tiempo, sin tiempo, tendremos tiempo –la besé repetidamente. Ana olía deliciosamente.
-Sí, sí... oh – mi sobrina jadeó, ruborizada hasta las cejas-... oh, necesito dormir un poco...