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MI SOBRINA, LA SEDUCTORA


Nunca vi a mis familiares mujeres con ojos de lujuria... hasta que mi sobrina Ana cumplió los 14.

Me enganchó por los ojos e hicimos en amor en mi casa.................... Hasta el cumpleaños 14 de mi sobrina Ana, todo estuvo bien. Fui a su fiesta en un salón, hablé con todos, tomé unas cervezas, reí con mis primos de ver a mi sobrina bailando con sus amigos, le di el regalo y el abrazo y fui a casa.

Días después visitando su mamá –una de mis hermanas-, y cuando mi hermana fue a la cocina, mi sobrina salió de su cuarto diciendo que iba a salir, y me dio un beso de despedida.

Mi sobrina iba de minifalda, bastante corta.

Me sorprendí mirándole las piernas. Eran muy llamativas. Piernas largas, sin un solo vello, firmes, de piel que se veía suave, tersa. Deliciosas, ni delgadas ni gruesas. Ella llevaba calcetas y unos zapatos que parecían de escuela, pero con un poco de tacón.

Aparté la mirada, pero creo que ella se dio cuenta, porque se fue y regresó diciendo algo que sonó a pretexto y se despidió de nuevo de mí, besándome, con una sonrisita complacida. Ella olía a un perfume un poco demasiado dulce, de colegiala.

Cuando salió, los ojos se me fueron de nuevo y miré su trasero, redondo y levantado, y otra vez repasé sus piernas con la mirada.

Mi hermana volvió, hablamos un poco y de nuevo fui a casa, a unas calles, tratando de olvidar mis miradas a mi sobrina.

Jamás yo habría hecho algo así. Mis demás sobrinas son también muy bonitas y las he visto de minifalda y elogiado, pero nunca del modo en que vi a Ana esa vez. Para no decir más, se me habría hecho inmoral, y de inicio ni me llamaban la atención de otro modo.

De hecho, con Anita no sentí deseos esa vez, pero es que cuando visitaba a mi hermana, Ana pasaba constantemente. Se había dado cuenta de que la miré esa vez, y se ponía otras minifaldas o la falda del colegio, y aunque yo trataba de no hacerlo, la mirada se me iba constantemente a sus piernas.

Después, le dio por sentarse frente a mí en la sala cuando por momentos no había nadie. Se miraba las uñas sin hablar y se quedaba ahí un rato. Lo hacía para que la viera. La minifalda se le subía más, exhibiendo las piernas casi hasta los muslos. También lo hacía llevando el uniforme de la escuela. Al levantarse, separaba un poco las piernas mostrándome las pantaletas por unos segundos, todo sin mirarme.

Yo sentía unos golpes de excitación que también me ponían nervioso. Dios, si yo no hice esto ni en mis épocas de colegial. Mirar pantaletas, y a mi sobrina... que además era preciosa... Trataba de no hacer alguna cara que me delatara cuando Ana me mostraba las pantaletas. Para no pensar en eso me decía que no era a propósito. También me sentía culpable. Me repetía que Ana no era una mujer propiamente dicha. Había qué verla: se peinaba con coletas, nada de rímel en sus ojos verdes de grandes pestañas, de mirada inocente, ni bilé en su boca rosa bajo la nariz respingada, seguramente sus senos... y ahí estaba de nuevo mirándola de otra forma.

Algunas noches daba vueltas en la cama, luchando con el deseo de tocar a mi sobrina o de apretar más los abrazos, pues me pasaban por la cabeza las sonrisitas que me lanzaba y una vez que me sorprendió mirándole las piernas. Ella se daba cuenta de que me estaba gustando. También le divertía notar el efecto que me causaba, pues pasaba sonriendo sin mirarme.

Para evitarme malos pensamientos, dejé de visitar a esa hermana por un tiempo, hasta que semanas más tarde fui a mostrarle un cachorro de pastor alemán que acababa de comprar. Ana no había vuelto de la escuela, no pregunté por ella, pero me sentí un poco desilusionado. Días después en otra visita, Ana me dijo: “Tío, ¿que te compraste un perrito? ¿Está en tu casa, me dejas verlo?” Mentí diciendo que lo tenía con el veterinario. Ella no desistió, me lo pidió otras dos veces hasta que a la tercera se me acercó y me tomó de la corbata mirándola y susurró: “Quiero verlo, tío, ¿me llevas a tu casa? Anda, vamos, tío”.

Para entonces yo estaba tan intranquilo y tan confundido, que ignoraba cuál era la realidad, qué ella buscaba o si me lo imaginaba. Para colmo, mi hermana dijo desde la cocina que era buena idea, que fuera con Ana para que viera al cachorro porque ella, mi hermana, iba a salir. Acepté con voz que traté sonara casual y fuimos.

Al subir por las escaleras, Anita fue delante, corriendo. Ya no me resistí y vi hacia arriba. Saltando en las escaleras, ella iba con el uniforme de la escuela, y bajo la falda pude ver sus piernas por completo y sus nalgas. Llevaba pantaletas rosas. Yo sentía los latidos del corazón en los oídos y empece a tener una erección.

En casa, Ana se sentó en un sillón, le llevé al cachorro y me senté al lado.

Sin decir nada, Anita dejó al cachorro en el sillón y se giró... abriendo las piernas se sentó a horcajadas sobre mí, sin dudar, posando su vagina en el cierre de mi pantalón... mi sorpresa fue enorme, pero al mismo tiempo experimenté un placer gigantesco y mi erección se hizo mayor.

La calidez de su vagina me apretó el miembro. Separados por la ropa, yo sentía su calor vaginal en el pene, terriblemente erecto, hinchado y latiendo contra los calzoncillos. Se endureció más con la presión del sexo de mi sobrina y sintiendo sus piernas abiertas a mis costados.

Se me escapó un “por... dios...” y le agarré las piernas que tantos deseos tenía de tocar.

Sobándolas, con deleite, eran suaves y de piel fresca, clara, las recorrí con las manos, apretándolas a lo largo hasta los muslos. Subí y la tomé de las nalgas por debajo de las bragas, moviéndome.

Me excitaba más que mi sobrina no dijera nada, sencillamente me dejaba manosearla, los muslos, las nalgas, las rodillas, metí la mano bajo su blusa de la escuela, le zafé el sostén y tomé sus senos, apretándole suavemente los pezones. Ella cerró los ojos y movió las caderas. “Tío.. tío...”, me dijo.

Como loco y rojo hasta las cejas, con una mano tomé sus nalgas y la apreté más contra mí, moviéndome para frotar su sexo bajo las pantaletas.

Con la otra mano, la tomé de la nuca y me la acerqué, besándola en la boca, en sus labios rosas, sintiendo su saliva, oliendo su perfume dulce y aspirando su respiración agitada. Ella, algo tímida, metió su lengua en mi boca, y se la lamí.

Bastante apresuradamente, sosteniéndola con una mano, con la otra le bajé las pantaletas por las piernas. Ella me vio hacerlo como si fuera de lo más natural. Me aflojó el cinturón y buscó el modo de bajarme el cierre. Le expliqué cómo desabrochar el pantalón.

Me gustó muchísmo cuando me bajó los calzoncillos y me miró el pene, que yo sentía terriblemente hinchado y latiendo. Las venas se me marcaban mucho y fue más cuando ella lo empuñó. Su mano suave me agarró el miembro firmemente. Viéndolo, ella jadeaba, ruborizada, y yo estaba peor.

Sabía por chismes familiares que ella había tenido una caída o algo así, por lo cual se le había desgarrado el himen, no sé si eso es posible, pero pensar en eso me excitó más y me pareció mejor. La subí de nuevo sobre mí y con voz que no me conocía, como exigente, pero frío, le dije como explican que hablan los perversos: “No le digas a nadie. No le digas a a nadie o esto se acabó. Si se enteran, tus papás me van a matar y no volveremos a hacerlo, ¿entiendes?” Ella afirmó con la cabeza, cerrando los ojos, creo que anticipando la penetración: “Sí, tío, sí”.

Coloqué el miembro en la entrada de su vagina, haciéndola bajar un poco. Cuando la punta de mi erección estuvo entre los calientes labios de su sexo, la tomé de la cintura y la hice bajar más... Mi sobrina, sin abrir los ojos, ruborizada, abrió la boca cuando mi erección comenzó a abrirle los labios vaginales.

“Va a entrar más”, le susurré, “dime si duele”. Estaba decidido a parar para no lastimarla, aunque también una sensación de poder me provocaba un gusto en ver si le dolía. Quería ver su cara al ser penetrada.

Me preocupaba que a mi hermana se le ocurriera tocar a la puerta, aunque pensé que no me importaba y que si me oían penetrando a mi sobrina, tampoco. Yo siempre tan serio y tan cristiano, a esa hora no me importaba nada. Me fascinaba sentir sus piernas abiertas a mis costados y en el medio, la erección humedecido al entrar y salir de su vagina caliente.

Mi sobrina lanzó gemidos conforme yo le abría los labios vaginales: “ah, ah”.

La sansación era gloriosa. Mi pene estaba super hinchado, hundiendose en el calor de su sexo, apretado cálidamente y mojado por su humedad, que también le corría por las piernas abiertas.

Ella me había estado calentando la cabeza por semanas, con esa sonrisita o con cara de yo no fui, y ahora la tenía sin pantaletas, clavada en mi erección y jadeando. Me había seducido muy bien, como sin mucha experiencia, pero sabiendo cómo hacerlo.

Pronto, mi sobrina tuvo dentro la mitad del pene –que es su parte más ancha-, y la hice bajar más. “Ay, tío... ay, tío...”, suspiraba, agarrándome de los brazos, con la boca abierta y con la mirada perdida. “Qué rico, qué rico... ah, ah...”

Movió la cintura. Yo le pasaba las manos por las piernas desnudas, hasta las calcetas y los zapatos del colegio, acariciándole la espalda, enardecido de tener la erección dentro de mi sobrina, oprimido por su suave humedad y moviéndome arriba y abajo, frotándole la vagina por adentro con la erección. Le besé los senos y los succioné, pasándole la lengua por los pezones, que tenía levantados.

Ella balbuceaba algo, pero no le dejaba hablar por besarla y lamerle la punta de la lengua. Mi sobrina gemía contra mi boca conforme la erección entraba y salía de ella. Me moví más rápido, entrandoy saliendo. Empujaba diciéndole al oído: “Ves, ves lo que pasa... semanas mostrándome las pantaletas... ves lo que pasa...” Ella asentía. Creo que sentirse regañada así como estábamos, la excitaba.

Cuando pensaba que esa vez no debía poseerla mucho, no fuera a ser que la friccion la rozara y después se le notara en casa, mi sobrina se estiró hacia atrás, gritando y tensándose. Con eso me tocó otras partes del miembro con su sexo. Le tapé la boca para que no la oyeran los vecinos, y sentí en el pene los espasmos de su vagina. Ella soltaba pequeños gritos repetidos mientras la recorría un orgasmo que la hacía temblar y mover la cintura muy rápido, con sacudidas secas, mordiéndome la palma casi sollozando.

Su orgasmo duró mucho. La forma en que se movió, la rapidez y su urgencia, me dio un apretón en la base del pene, sentí la eyaculación formándose y subirme por el miembro en giros hacia arriba, hasta que explotó a grandes chorros dentro de la vagina de mi sobrina, yo empujando más la eyaculación al penetrarla por completo y quedandome ahí.

Al final, mi sobrina se desplomó sobre mí, jadeando, me besó, me dijo que me quería, le respondí lo mismo y se quedó dormida un buen rato.

Yo sudaba. Como si hubiera terminado siendo otro, sentía que mi sobrina se había vuelto de mi propiedad y que yo la de ella, de una forma muy oscura, incomprensible, pero deliciosa. Como si hubiera descubierto que yo no eran tan bueno como pensaba, y eso me diera lo mismo.

Cosa graciosa, creo que el cachorro en todo el rato de sexo con Ana, me brincó en los pies y me parece que lo pateé mientras tenía a mi sobrina saltando en mi pene, pues el perrillo tenía ojos como de reproche. “A ti no te voy a coger”, le susurré riendo.

Nunca lo supo nadie. Hice el amor con mi sobrina durante 6 años. Siempre que nos mirábamos en reuniones familiares, era ser cómplices de un gran secreto, excitante, prohibido. La llevaba a casa y cuando fue mayor, a hoteles. Pasados los años Ana me dijo que quiso tener sexo desde la vez que se dio cuenta que le miraba las piernas. No pensó que estuviera mal. De sus tíos yo era el que más le simpatizaba y además, le gustaba. Lo resolvió mucho más fácilmente que yo.

Me encantaba cuando ella buscaba pretextos para salir, sin decir que iba a verme. Otras, yo intentaba zafarme, pero Ana encontraba un poder que la complacía cuando yo cancelaba mis citas desde el hotel donde hacíamos el amor, mintiendo a mi novia y con mi sobrina al lado, en la cama, desnuda.

Hace poco me mudé de ciudad. Mi sobrina Ana, que tiene 20 años, me llama por teléfono insistentemente. Quiere que lo volvamos a hacer. Me divierte no responder, pero ambos sabemos que terminaré por tomar la llamada.



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bello
guau!
marce
Excelente Relato, exitante dado que llevaste muy bien, todo el rol de la forma en que relatas como tu sobrina desde que se te empezo a exponer sexy y provocandote hasta que por un cachorro (perro) tuvistes la oportunidad de llevarla a tu casa y poder mantener la relacion sexual con ella.
Deberias continuar esta historia de Sexo Virtual.
leon2009
Me gustó tu relato. Muy excitante. Ojalá tuviera una sobreina así.
abelardo666666
este relato esta muy caliente y muy divertido me gusta cuando dices que busca pretextos para salir bueno es muy interesante me gustaria tener a alguien asi bueno si es que alguna chica quiere compartir algunosrelatos ps mi correo es arbely_gh06@hotmail.com no importa la edad besos nenas
mamomen
Excelente!
Escenas casi cinematográficas.
bangabandu
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http://mx.groups.yahoo.com/group/historias_perversas/

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