A la mañana siguiente de tener relaciones sexuales con mi sobrina Ana, yo todavía sentía el olor de su piel y la sensación de sus labios. Mi deseo era buscar a Ana y sentir la locura de penetrarla de nuevo, pero sería como perder el control, me dije. Me arrepentí de haberle dado el número del trabajo, por lo que llamé para pedir tres días, aislarme del mundo y alejarme un poco de Ana, pero.................. Regresé a casa después de trotar y al subir las escaleras, oí una voz suave y pensativa que me provocó calor en el estómago.
-Hola, tío.
Mi sobrina Ana, en el uniforme del colegio, me esperaba sentada en el último peldaño, con la mochila a la espalda. Era hora de estar en la escuela.
Al subir yo, Ana me dirigió una recriminación melancólica con los ojos, descansando la mejilla en una palma. Cerrando las piernas, la falda tableada se le recogía. Miré sus zapatos negros bajos, las calcetas blancas hasta las rodillas y sus largas piernas tersas.
Suspiré mentalmente. Todo el tiempo había estado pensando en ella, en los besos que había dado en sus labios cálidos y algo inexpertos. El corazón me tamborileó al mirar su cuerpo flexible, que había movido para todos lados, gozando la estrechez de su vagina. Gran dios, ella tenía las piernas cerradas, pero yo había eyaculado dentro de ella... la había llevado a su casa luego de darnos más besos y hoy me esperaba en las escaleras.
Yo no estaba en el punto de desconocer mis deseos, pero sí de tener un control. De permitirlo, mi sobrina se adueñaría de la situación y yo terminaría siendo su muñeco.
Me paré en el paldaño inferior. Me dejó verla de arriba abajo, mirándome con gesto que guardaba un reproche mayor de lo que mostraba.
La falda exponía sus piernas más de lo conveniente, pero ella parecía ignorar eso, mirándome. Yo escondiéndome, pero mi sobrina no iba a dejarme ir tan fácilmente. “Sus falditas...”, pensé, “ella sabe desde hace mucho cómo me ponen... qué linda es... es como una muñeca... oh, por...”
-¿Qué haces aquí? –traté de preguntar casualmente.
-No fui a la escuela.
-Eso lo veo. ¿No tuviste clases?
-No –moviendo los labios formó la frase “me fui de pinta”.
Hice lo mismo, “pues qué graciosa...” Ella sonrió y abrí la puerta. Me siguió, cerrando.
-¿Y el perrito? –preguntó.
-Lo presté hoy a tus primas -fui al cuarto de baño-, el canalla es más feliz ahí.
Se hizo un silencio.
-Y tú, ¿también eres feliz con ellas –preguntó a mi espalda-, o sólo conmigo?
No pude evitar verla de nuevo. Ella estaba de pie, con la mochila a la espalda, sonriendo levemente entornando las largas pestañas.
-Me gusta cuando me ves así, tío.
-No te veo de ninguna forma, tampoco debiste hacer novillos hoy.
-Ja. Mira lo que quieres -giró sobre sí, de puntillas. La falda le aleteó mostrando sus muslos y comencé a tener una erección-. Te encantan mis piernas, tío. Se te nota todo en la cara.
¿Se me notaba?na giró de nuevo, como bailarina. Mi sobrina me encontraba divertido. No sé qué gracia me veía. En una cita familiar en un restaurante yo buscaba la mesa y al ver que estaban a unos pasos de mí, Ana sonrió arrugando la nariz.
-¡Tío, siempre te pierdes!
Ana fue a mi recámara y saltó en la cama, dejándose caer y recogiendo las piernas, pasando las manos detrás de su cabeza.
-¿Te gusta, tío? Mírame bien, así, ¿te gusta lo que ves?
-Yo...
p ali -¿Y así? -sonriente separó las piernas, mostrándome las bragas sobre su sexo- Querías verme así antes, ¿no es cierto? Por eso mostraba las pantaletas. Ayer me dejaste adolorida, ¿sabes?
Entré a la ducha, sintiéndome descubierto. Para mí, se trataba de estar en control. Me enjaboné el pene descaradamente erecto. “Qué buen control tienes, Madre Teresa”, pensé, “eres un monje, me cae”.
-¿Entro contigo? -preguntó Ana del otro lado de la cortina.
-Ya salgo –el agua de la ducha me endureció más el miembro, arrancándome un suspiro.
-Encenderé la tele Ana fue saltando a la sala.
Al salir yo, Ana puso las manos en el sillón, enderezando la espalda y viéndome de arriba abajo con deseo contenido.
-¡Ay, tío, te queda bien el pantalón corto del deporte!
Me paré frente a ella y me puso las manos en las piernas. La cara se me acaloró.
-Te llamé a la oficina –explicó-, me dijeron que no estabas.
-Tomé días de vacaciones.
-Qué malo eres -se adelantó, metiendo los dedos en las perneras-. No me avisaste.
Me senté a su lado, sintonizando lo que fuera en el cable. No recuerdo qué puse, creo que una película, pero no hilaba nada. Menos cuando Ana como sumisa, se recargó completamente contra mí, apoyando sus pechos en mi tórax. El corazón me latía a mil por hora.
Sin decir nada, Ana bajó la mano hasta el inflamado cierre de mi short, propinándome un apretón con pulgar eíndice. Las piernas se me aflojaron.
-¡... oh! –se me escapó una exhalación como gemido.
-Me gustó lo que me hiciste –afirmó ella apretándome de nuevo. Recargada contra mí no le veía la cara, pero olía el perfume de sus cabellos- ¿Tú ya no quieres hacérmelo?
-A-ana, cariño... ah –aceleró los apretones en mi pene rígido-... oh, sí... no... quiero decir... ah...
-¿Sí, no? –sonrió arrugando la nariz, divertida igual que con mis despistes, pero ahora moviéndome con la mano el pene erecto, como si fuera una palanca- Tío... qué es esto...
Sus palabras me arrancaron un gruñido. La debilidad de mis piernas chocaba con la firmeza de mi pene, apretado continuamente por Ana. Encendido, la tomé de la barbilla dándole besos repetidos en sus labios delgados y húmedos.
-Es mentira que no quieras –aseguró ella abriendo mucho los ojos y hablando en mi boca-. Mira cómo estás. Lo quieres, claro que lo quieres.
-Mh... Ana... debemos planearlo, mh... no puedes faltar a clases... qué tal si llaman a tu casa...
-No saben dónde estoy. Si vienen, me puedes esconder en el armario.
-No es buena idea, ¡ohh...! Debemos aguardar...
Nada de eso. Mi sobrina tenía sus ideas y deseos muy claros. Asediando, me sujetó el miembro con las dos manos, rodeándolo con la tela. Gemí y traté nerviosamente de zafarme sus dedos de la erección, pero me soltaba de uno o dos y ella volvía a emplearlos. Me retorcí tanto que Ana se puso de rodillas entre mis piernas y se apretó conira mí para que yo no pudiera apartarla.
Con mi último intento de un control destinado al fracaso, tratando de que me soltara, la jalé de las muñecas, pero lo único que conseguí fue hacer que ella me diera un tirón en el miembro, provocándome un placer que me recorrió la columna. La solté y me deslicé hasta apoyar la espalda en el asiento.
-Ahh, ahh... Ana, Ana, cariño...
-Dámelo otra vez –susurró ella, dándome tirones rápidos y secos en el pene con las dos manos-, anda, tío, dámelo otra vez... ayer lo tuvimos los dos, quiero tenerlo de nuevo.
Imposible resistirse a una chica decidida. Ana me bajó el short, que yo sentía ya como estorbo. “Que sea como ella quiera”, me dije, enardecido al comprobar que ella con los ojos me recorría la erección de arriba abajo. Me tomó del pene con una mano poniéndolo vertical.
Ana abrió mucho la boca, como si fuera a morderme el miembro. Yo no lo podía creer. Ana me iba... me iba... ¡ooh! La calidez de su boca me envolvió la erección en un abrazo húmedo. Yo me retorcía y ella se veía tan tranquila metiéndose mi pene en la boca cálida, causándome un desfallecimiento y a la vez avivándome. Sentí un tirón cuando ella me chupó.
-¡Ana, estás... estás mamando! –jadeé- ¡Me estás mamando la verga...!
Me agarré del sillón, separando las piernas y gritando, con el pene en la boca de mi sobrina. Yo no lo podía creer. Ana de rodillas, mamándome de esa forma astuta y segura. Mi sobrina esperándome una hora en las escaleras, sabiendo que iba a volverme loco con la boca. Los contactos de su lengua húmeda eran descargas de un goce que ella comprobaba, lanzándome miradas. Los leves contactos de sus dientes me endurecían más la erección.
Escuché a lo lejos los timbrazos del teléfono. “Mi hermana... si no contesto seguirá llamando”. Puse una mano en la cabeza en movimiento de Ana y con la otra respondí, conteniendo mis jadeos.
-Telefonearon de la escuela –era la mamá de Ana-, te pido que si mi hija va contigo me avises.
El móvil se me fue de la mano y lo retomé de cabeza. Por mis contracciones, Ana descubrió que me gustaba que me apretara el miembro en la mitad. Lo hizo con los labios, mamándome con más fuerza y sobándome el pene con una mano. Puse los ojos en blanco.
-Como es Ana, tal vez se espantó por irse de pinta –siguió su mamá-. Como eres el tío al que más quiere puede pedirte que la encubras, ¡no vayas a hacerlo!
-Si viene, la llevo contigo –susurré y nos despedimos. Haber fingido la voz me intensificó el placer al colgar- ¡Ahh, ahh... asím no te detengas, Ana! ¡No pares, Anita! ¡Chupa, chupa, cariño! ¡Ohh, qué bien lo haces...! ¡Ahh...!
Ana apremió la caricia que estaba regalándome. Agarrándome del sillón, grité di en surtidores la eyaculación dentro de la boca de mi sobrina. Separé las piernas agitando la pelvis. Ana estaba.... “¡Ohh, se está tomando la venida...!”, pensé. Ver que ella bebía mi semen, pero también saber que ella lo hacía, fue parte de un placer que me hizo dar vueltas la cabeza.
Al terminar me temblaba el cuerpo, sin fuerzas. Ana se puso a horcajadas sobre mí, apoyando la entrepierna en mi pene, mojado de la saliva de mi sobrina y de la eyaculación. Me dio besos en los labios.
-Mh, tu boca se puso fresca –susurró-. ¿Me llevas a casa?
-Te diré… a donde te llevaré, mh...
La cargué y la metí a la recámara. Ella no pesaba nada. La acosté en la cama y le bajé las pantaletas por las largas piernas.
-¿Me quieres, tío?
-No te quiero, sobrina –reí, acomodándome sobre ella.
Me sujeté de la cabecera de la cama para no aplastarla con mi peso. Bastó un movimiento para clavar la erección en su estrecha vagina húmeda, haciédola soltar un gemido que me sonó delicioso. Cuál control, Madre Teresa. Desde el principio yo había querido poseer a Ana y que eso me llevara a donde fuera. Lo demás habían sido pretextos de mi razón perdida en el cuerpo de Ana.
Recibiendo mis arremetidas entre las piernas, mi linda sobrina me tomó de las nalgas, cerrando los ojos con gesto de sonrisa en su boca abierta.
-¡Ahh...! ¡Yo sí te quiero! ¡Te quiero, tío, te quiero! –gritó, sonrojada, con mi erección en su vagina- ¡Sigue, sigue! ¡Oh, oh, tío! ¡Me muero...!