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Mi primera vez con una muneca hinchable


Lo más parecido al sexo que tuve antes de cumplir los dieciocho fue tirarme a una muñeca hinchable. Se que suena un poco extraño, pues normalmente ese tipo de juguetes no suele estar al alcance de los niños, pero todo tiene su............ explicación

Recuerdo que en clase solíamos hablar de las pajas que nos hacíamos, y poco a poco formamos un pequeño club en el que además intercambiábamos todo el material mínimamente erótico que caía en nuestras manos. Desde catálogos del Venca y sus páginas dedicadas a la ropa interior femenina hasta las instrucciones de los tampones de alguna hermana, todo nos servía para dar rienda suelta a la imaginación. Quizá por eso, cuando alguien trajo un folleto promocional de un sex-shop, había leches por ver quien se lo quedaba cada día. Finalmente me tocó a mí, y una de las cosas que más me llamó la atención (aparte de las explícitas carátulas de las películas porno y los manchurrones resecos y acartonados que tenían varias hojas) fue la parte en la que se ofrecían varios modelos de muñecas hinchables, blancas, negras, con pelo natural, con textura casi humana...

Me hizo gracia aquello, y me picó la curiosidad de saber como sería montárselo con una muñeca de esas. No tenía presupuesto para comprar ninguna ni lugar para esconderla, con lo que pronto deseché la idea, hasta que un día se me puso a tiro. Creo que acababa de cumplir los trece, y ese mes de agosto nos quedamos solos Daniel y yo, el resto se habían ido a la playa con sus padres. Como no había nada mejor que hacer, nos dio por coger las bicis y recorrernos las casas abandonadas que había por los alrededores de nuestro pueblo, en busca de cualquier gilipollez que nos resultara interesante, como algún condón usado o algún animal muerto. Tonterías típicas que se hacen de crios, vamos.

Una mañana, en una de las casas que se conservaba en mejor estado, se produjo el hallazgo. Tirada entre un montón de escombros, desinflada y llena de porquería nos encontramos una muñeca hinchable. No estábamos lejos del río, así que bajamos, la dimos un baño y la hinchamos en busca de pinchazos. Tenía un par de ellos, pero gracias a que Dani era un tío precavido, con los parches que llevaba en la bici para reparar posibles reventones conseguimos que no se deshinchara a las primeras de cambio. Volvimos a la casa y nos sentamos con ella en un destartalado sofá, muertos de risa. Yo empecé a tocarle las tetas, y Dani le metió un par de dedos en la apertura que hacía las veces de coño, simulando que se la estaba tirando, al tiempo que la decíamos guarradas en plan "que puta eres, como te gusta que te hagan dedos".

No se de quien fue la idea, pero el caso es que empezamos a ponernos cachondos. Nos habíamos pajeado juntos alguna vez, y no teníamos demasiados reparos en vernos desnudos, así que me saqué la polla para demostrarle a Dani lo dura que se me había puesto. Él andaba más o menos igual, así que dejó a un lado la muñeca, y comenzamos a pajearnos. Yo no dejaba de mirarla de reojo, y Dani tampoco, creo que pensando lo mismo que yo.

"Me la voy a tirar" dijo medio en broma, poniéndosela encima. Yo pensé que iba de coña, pero tampoco dije nada, solo me limité a observar. Como yo no me oponía, Dani se la metió hasta el fondo. La subía y la bajaba moviendo los brazos, lo que sin duda no tenía demasiada gracia. Lo mejor sería tumbarla en el sofá y hacer como que se la follaba. Así lo hizo, a petición mía, y la cosa debió mejorar. Dani se quitó la camiseta y se bajó los calzoncillos hasta los tobillos. Empujaba con bastante gracia, pero cada dos por tres se le salía. La falta de práctica, vamos.

A lo tonto le fue cogiendo el truco, y comenzó a sudar como un condenado. Por la cara que ponía debía gustarle, y encima como no paraba de decirla guarradas, yo estaba partido de la risa. De vez en cuando me agachaba para ver como entraba y salía, pues tenía curiosidad. Al cabo de un rato, Dani cambió de postura y se la volvió a colocar encima. Se cansaba de empujar, según él. En esta nueva posición todo fue más fácil, iba más deprisa y el ruido de la goma era más fuerte.

A mí se me pasó decirle que no se corriera dentro porque yo también quería usarla, y Dani tampoco me preguntó. Cuando me quise dar cuenta había parado, y de la muñeca chorreaban varios hilillos de semen. Con lo cachondo que estaba y las ganas que tenía de probarla no me anduve con muchos remilgos, la limpié un poco con un pañuelo de papel y la senté sobre mí. Al principio me dio un poco de asco sentir la lefa de otro, pero el caso es que servía como lubricante y resbalaba mejor. Como pude comprobar años más tarde, poco o nada tenía aquello con ver con una mujer de verdad, pero la humedad y el calor que proporcionaban lo hacían un poco más real.

Una vez cogido el truquillo, me puse en la postura que llevaba pensando desde que a Dani se le había ocurrido aquello. La tumbé en el sofá y me puse sobre ella, para simular mejor que me la estaba tirando. No es que fuera una sensación espectacular, pero al menos variaba un poco del típico cinco contra uno. Dani se puso a hacer el gilipollas, haciendo como que era la tía, gimiendo y diciendo que le gustaba mucho mi polla. Primero me descojone por su ocurrencia, pero el caso es que valía para meterse mejor en la situación.

Cerré los ojos y pensé en Arantxa, una amiga de mi hermana que estaba buenísima. Tenía seis años más que yo, y nunca tuve ninguna posibilidad con ella, pero en ese momento daba igual. En mi cabeza era ella quien me pedía más y gemía con cada una de mis embestidas. Mis huevos golpeaban contra la entrada de su coño, mis manos agarraban su culo para sujetarla, y mis caderas empujaban con fuerza y cada vez más deprisa. Ya casi ni me acordaba de que no eran sus flujos lo que mojaban mi polla, que comenzaba a estar ardiendo de la excitación y el roce con la goma.

Arantxa, a través de la voz de Dani, me decía que quería que me corriera en su coño, que estaba muy cachonda y que le encantaba follar conmigo. Ante tales peticiones, no pude sino correrme dentro de la muñeca, empapando su coño de plástico con mi lefa. Enseguida dejé de empujar, pues estaba realmente agotado. Aquello cansaba mucho.

Pasado el calentón, me sentí un poco ridículo por haberme tirado a un cacho de plástico. Dani y yo acordamos no contárselo a nadie, pues seguramente se reirían de lo que habíamos hecho. La desinflamos y la escondimos en el sofá, y alguna vez volvimos a hincharla para tener una sesión de sexo con ella. Dos o tres meses después desapareció, alguien debió encontrarla y tuvo la misma idea que nosotros. No volvimos a hablar del tema en mucho tiempo, pero todavía hay veces que Dani y yo recordamos entre coñas nuestras andanzas juveniles, nuestra primera vez con una muñeca hinchable.



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