Mi primer año como profesora de instituto no fue fácil. Fui a parar a un centro público de Vallecas con muy mala fama, y no tardé en comprobar lo bien merecida que estaba. Crios fumando porros en los recreos, clases totalmente ingobernables, padres que venían a pedirte cuentas de las broncas que habías echado a sus hijos... Aunque parezca extraño, también viví aquel año algo que cambió mi vida para bien.
Uno de los cursos a los que debía impartir Lengua y Literatura era a 2º de ESO C, donde según me comentaron otros profesores, se juntaba la creme de la creme de los cursos anteriores. Habían optado por agrupar a todos los rebeldes en una misma clase con el fin de evitar que los buenos estudiantes se vieran perjudicados, pero............... casi fue peor el remedio que la enfermedad. Lo mejor que te podía pasar era que llegaras y no hubiese nadie, porque si decidían ir a clase, te podías dar por jodida.
El primer día me recibieron con una lluvia de bolas de papel, y yo, tonta de mí, traté de calmarlos por las buenas. No dio resultado, y no pude empezar a dar clase en condiciones hasta que el director del centro vino a echarme una mano. Aún así, había días que me era imposible explicar nada. Más de una vez habían dado la vuelta a todas las mesas y sillas, y al entrar a clase todos miraban a la pared opuesta a la pizarra. Otras simplemente hacían un corro y se ponían a hablar de sus cosas mientras fumaban, pasando completamente de mí.
Hacia el segundo trimestre llegué a un acuerdo con ellos, si no querían venir a mi clase yo no les ponía falta. La mayoría seguía viniendo, pero al menos me quité de encima a los cinco o seis peores. A partir de entonces pude empezar a dar clase con más tranquilidad, aunque siempre había algo que me hacía recordar con que clase de personas estaba.
Uno de los chicos que no solía faltar era Joni, un gitano de catorce años que tenía muy malas pintas. La verdad, de haberlo visto en un callejón solitario, hubiera echado a correr sin pensármelo. El caso es que luego el chico era inteligente, aunque tratase de disimularlo soltando burradas en clase. También hacía sus gamberradas, y fruto de una de ellas sucedió lo que sucedió.
Era pleno invierno, y aún así casi la mitad de la clase había optado por no venir. Los miércoles mi clase era la primera del día, y muchos aprovechaban para seguir durmiendo una horita más y volver justo después del recreo, en vista de que yo no pasaba lista. Joni si que fue, aunque como de costumbre, se juntó con dos o tres amigos suyos en una de las mesas del fondo y se pusieron a charlar en cuanto empecé la clase. Como no subían mucho el tono les ignoré, hasta que empecé a notar movimientos extraños por allí. No podía ser lo que parecía desde mi mesa, pero no podía ser otra cosa.
Picada por la curiosidad, seguí con mi explicación sobre los complementos indirectos mientras me acercaba a su posición disimuladamente. No había duda, era lo que parecía. Joni tenía la polla fuera del pantalón, y se estaba haciendo una paja en mitad de la clase mientras sus amigos, e incluso alguna amiga, le reía la gracia. Al principio hice como que no había visto nada, pensando que así Joni se cortaría con mi presencia por allí cerca, pero no fue así. Aun estando yo a unos pocos metros de su posición, él seguía pajeándose como si la cosa no fuera con él.
Me acerqué un poco más y miré con todo el disimulo que pude su polla. Por aquel entonces yo no tenía novio, y mi experiencia en el sexo se limitaba a un par de encuentros que era mejor olvidar. Creo que mi imagen de chica formal, con el pelo corto, gafitas de pasta y mi clásico estilo de vestir causaba rechazo en los hombres, que debían verme como una mojigata. Gracias a Dios en estos años he cambiado de look y mi vida sexual ha mejorado enormemente. El punto de inflexión fue lo que me pasó con aquel alumno.
Por más que me acercaba a su posición él seguía a lo suyo, y los amigos riéndole la gracia, claro. Yo no podía tolerar aquella ofensa en mi clase, así que decidí cortarle el rollo a Joni preguntándole.
-Jonathan, ¿cuál es el complemento directo de la frase que está en la pizarra?
-Y yo que sé... –Dijo él, sin ni siquiera mirar.
-Venga, si es muy fácil. –Joni levantó la mirada, y fue evidente que yo sabía lo que estaba haciendo. Me miró sugerentemente y desvió sus ojos a la pizarra.
-\"Unas flores\". –Respondió él, volviendo rápidamente a lo que estaba haciendo.
-Eso es. Entonces \"a María\" es el complemento indirecto. Jonathan, pásate por mi despacho después de clase.
No hubo respuesta, y seguí dando clase normalmente. Bueno, es un decir, pues no podía quitarme de la cabeza a aquel chaval que no dejaba de pajearse. Hacía lo posible por mirar hacia otro lado, pero era una tarea difícil. Incluso cuando lo conseguía, no dejaba de ver su polla por todos lados. Lo cierto es que el chico estaba muy bien dotado para su edad, incluso más que los dos chicos con los que me había liado. No soy muy buena para estas cosas, pero diría que andaba cerca de los 18 centímetros. Vamos, estaba por encima de la media sobradamente, como he podido comprobar desde entonces.
El caso es que al cabo de un rato yo ya no estaba segura de sí había citado al chico para abroncarle por su obsceno comportamiento o para estar a solas con él. Me parecía una falta de profesionalidad enorme siquiera fantasear con uno de mis alumnos, pero no lo podía evitar. Siempre había tenido mucho reparo con los gitanos, pues había tenido una mala experiencia con uno de ellos había unos años, y había tratado de evitar cualquier conflicto con los alumnos de esta etnia para no tener problemas con sus familias.
Pude ver como Joni seguía a lo suyo un rato más, hasta que finalmente hubo revuelo a su alrededor y pidió casi a gritos algo con lo que limpiarse. Yo estaba de espaldas en la pizarra e hice como que no había oído ni visto nada, pues si le daba publicidad corría el riesgo de que aquello se convirtiera en algo habitual. Que yo pudiera ver, nadie más le imitó, aunque tampoco estoy muy segura, no podía quitarme aquella visión de la cabeza.
Al acabar la clase me fui a mi pequeño despacho, donde solía encerrarme a fumar los recreos que no tenía que estar de guardia por el patio. No estaba muy convencida de que Joni fuera a acatar mi orden, aunque tenía la esperanza de que se pasara por allí. Al cabo de unos pocos minutos llamaron a la puerta, era él.
Jonathan se sentó en la otra butaca del despacho, subió sus pies encima de mi mesa y se encendió un cigarro. Ni me molesté en reprocharle su actitud, no serviría de nada. El chaval me miró descaradamente, como si se hubiera dado cuenta de mis pensamientos.
-¿Qué? –Dijo airadamente.
-Tú sabrás lo que has hecho...
-¿Cuándo?
-Cuando te he llamado la atención en clase.
-Nada.
-Te he visto. –Le dije, en un último intento de que se declarara culpable.
-¿Y qué? ¿Se lo vas a contar a mis padres? No tienes huevos...
-Por algo así te puedo expulsar tres días.
-Mira tía, tú no me has dicho que venga pa echarme la bronca, tú lo que quieres es verme el rabo otra vez.
-No... –Contesté, cada vez más insegura de mi misma.
Joni se bajó un poco el pantalón y dejó al descubierto de nuevo su polla. Estaba casi empalmado, y de cerca parecía más grande aún. Me llamó la atención el que fuese muy oscura, casi negra, y que estuviera rodeada por una mata de pelo tan abundante y rizada, me lo hubiera imaginado más imberbe. El órdago estaba lanzado, él tenía el rabo en la mano y yo no sabía muy bien como salir de aquella. Para colmo, debía de tener una expresión de salida que dejaba claras mis reprimidas intenciones. Jonathan había empezado a pajearse sin dejar un solo momento de mirarme. Yo ya estaba dispuesta a todo, pero mi moral me decía que no podía ser yo quien diera el primer paso. Aquello era una provocación en toda regla, pero para mi conciencia aún no era suficiente.
La visión de aquel rabo enorme balanceándose frente a mí me estaba turbando por completo, pensé en echarle de allí pero comprendí que ya era tarde. Había llegado demasiado lejos y yo le había seguido el juego, y a estas alturas no tenía ganas de pararle, sino de todo lo contrario. Decidí hacerme la estrecha para comprobar si en realidad él me estaba buscando o simplemente era un acto más de rebeldía.
-Jonathan, estate quieto ahora mismo si no quieres que avise al director. –Alargué mi mano hasta el teléfono de mi despacho, que había quedado en el espacio que sus pies dejaban sobre mi mesa.
-¡Chúpame la polla! –No era la primera vez que un alumno me soltaba una grosería así, pero el contexto era muy diferente.
-Mira niño, no estoy aquí para aguantar estas tonterías, lárgate que ya le diré al director a lo que te dedicas en clase... –Aquello era un farol, y él también lo sabía.
-No te hagas la estrecha, zorra, si seguro que ya se la has comido a medio instituto... ¿Te haces dedos pensando en los jovencitos como yo, eh?
En cualquier otro momento me hubiera ofendido antes un insulto así, pero ya me daba todo absolutamente igual. No me importaban las consecuencias que me pudiera acarrear en mi carrera, tenía que follarme a aquel chaval. Su polla había empezado a babear, y mi coño hacía rato que me estaba pidiendo guerra. La táctica de resistirme había funcionado, ahora me tocaba atacar.
-Y tu qué, ¿te pajeas pensando en el profesor de Educación Física? En la sala de profesores se rumorea que no dejas de echarle miraditas...
-¡Su puta madre del que lo haya dicho! ¡Me cago en tos sus muertos mil millones de veces! –Me asusté un poco, pues se puso de pie visiblemente alterado y pensé que iba a cruzarme la cara por haber soltado algo así. –Cuando quieras te demuestro que a mí los putos maricones me dan asco, y que a mí me la ponen dura las mujeres.
-Si me lo tienes que demostrar será porque no estás tu tan seguro... –Dije con mi voz más sensual, en vista de que se había calmado un poco.
Se acercó hasta mi posición y me apretó contra él, agarrándome del culo sin cortarse un pelo. Había funcionado. Sentía su polla golpeando contra mis caderas, como si quisiera buscar la entrada a mi coño incluso por encima de la ropa. Joni comenzó a morderme el lóbulo de la oreja, al tiempo que introducía una de sus manos dentro de mi pantalón y me pellizcaba las nalgas haciéndome pegar un respingo cada vez que lo hacía. Antes de que yo pudiera hacer nada, ya me estaba desabrochando el pantalón y la mano que acariciaba mi culo se había colado en mi entrepierna, buscando mi humedad.
Tenía que bajarle los humos a aquel chaval, y que mejor que dejarle en ridículo para hacerlo. Agarré su polla con la mano derecha, y con la mejor de mis mañas comencé a pajearle lo más deprisa que pude. A pesar de que aquello no era mi fuerte, no debía estar haciéndolo mal, pues Jonathan dejó de tocarme y apoyó su tostado culo sobre mi escritorio, dejándose hacer. Entre el calentón que llevaba y que se había estado pajeando un poco, estaba casi a punto, así que en apenas unos segundos se corrió a borbotones sobre el suelo de mi despacho, pringándome a mi un poco el jersey.
-¿Qué, machote, crees que corriéndote en cuanto te tocan vas a conseguir follarte a alguna mujer? A ti lo que te ponen son los tíos, pero no lo quieres reconocer...
-Mira guarra, como me vuelvas a llamar maricón...
-¿Qué? –Le interrumpí.
-¡Que te meto la polla hasta que te destroce!
-Venga ya, si seguro que todavía eres virgen...
Si lo llego a saber se lo digo antes. Se acercó de nuevo a mí, me bajó bruscamente los pantalones y las bragas, e introdujo de golpe un dedo en mi empapada vagina. En ese momento me di cuenta de que Jonathan no era un inexperto, sino que sabía lo que se hacía. Empezó a mover su dedo en círculos, haciendo que me flojearan las piernas, y enseguida su polla volvió a ponerse dura como una piedra, aún chorreando de la corrida anterior. Estaba muy salida pero no era gilipollas, sabía que él podía haber estado con cualquier guarra de su barrio y haberse pillado cualquier cosa, así que antes de que la cosa fuera a mayores, rebusqué en mi bolso y saqué un preservativo.
Jonathan hizo un gesto de desaprobación, pero cuando quiso darse cuenta ya se lo había colocado. En un impulso peliculero, despejé como pude mi escritorio y me recosté sobre él, mostrándole a Joni un camino que debía de haber conocido antes. Atinó a la primera y me la insertó de una sola embestida, haciéndome pegar un grito que temí alertara a medio claustro. Sin dejar de follarme, terminó de desnudarse y a continuación me quitó el jersey de lana marrón que yo llevaba.
Se movía con firmeza, sin dudar ni equivocarse en su camino. Su polla entraba y salía con maestría, haciéndome ver las estrellas como nunca, en el buen sentido. Sabía que aquello no estaba bien, pero disfrutando como lo estaba haciendo, no tenía ninguna intención de pedirle que parara. Daba la impresión de que él no hacía más que buscar su propio placer, pero sin proponérselo, me estaba haciendo sentir más que con mis anteriores parejas. Sentía su polla rozando una y otra vez las paredes de mi coño, sentía sus manos estrujando con violencia mis nalgas, sentía su lengua chupando mis excitados pechos, sentía sus huevos golpeando contra mí sin cesar, sentía su respiración agitada y sus gemidos de placer...
Algo tan bueno no podía ser malo. Jonathan llevaba el mando, y yo me dejaba hacer, teniendo en cuenta que el chico sabía lo que se hacía. Cada vez iba más deprisa y parecía más concentrado en lo que hacía, mi experiencia me indicaba que no tardaría mucho en correrse. A mí todavía me quedaba un poco, pese a lo excitaba que estaba, no suelo alcanzar fácilmente un orgasmo. Como no le iba a convencer de que me esperara, decidí dejar que se desfogara tranquilamente, ya habría tiempo para más.
Joni empezó a jadear y a estrujarme el culo con fuerza, al tiempo que sus embestidas eran cada vez más fuertes pero más distanciadas en el tiempo. Se estaba corriendo dentro de mí. Le agarré de las caderas para que no parase, y le estuve marcando el ritmo hasta que paró, exhausto.
Llegados a este punto, yo no tenía intención de quedarme a medias, así que le hice salirse y le tumbé sobre mi escritorio para que descansara. Le quité el condón, le limpié con un par de kleenex y aprovechando que aún la tenía algo dura, comencé a pajearlo suavemente. En un par de minutos su polla volvió a reaccionar, así que le puse otro condón y me senté lentamente sobre él.
Sonó el timbre que indicaba el final del recreo, pero no me iba a parar por eso. Comencé a cabalgarle despacio, sin prisa, como queriendo enseñarle que no hacía falta ir a toda leche para disfrutar. En esta postura yo notaba mucho más la fuerza de su penetración, y el poder marcar yo el ritmo hacía que así me fuese más fácil terminar. Como él aún tardaría un poco, aproveché para divertirme un rato más. Su polla estaba ya rígida, y mi coñito se amoldaba a ella casi a la perfección. Para acrecentar mi placer, llevé mi mano derecha al clítoris, frotándolo sin dejar de moverme sobre Jonathan.
El gitano tampoco se lo estaba pasando mal, a juzgar por sus gemidos y las caras que ponía. No era muy expresivo, pero hay cosas que no se pueden disimular. Se retorcía bajo mi cuerpo haciendo que su polla tocara zonas que yo desconocía que existían. Unas cuantas cabalgadas más, y un poco más de velocidad en mi mano hicieron que me corriera como una loca, siendo más estridente de lo aconsejable. Fue un orgasmo brutal, de los que duran tanto que pierdes la noción del tiempo y no sabes si has tenido uno, tres, o diecisiete.
Ya que estaba, no me costaba nada seguir un poco más para que mi joven amante volviera a correrse, pues no debía quedarle mucho. Tras recuperarme un poco, volví a moverme, esta vez un poco más deprisa. Agarré sus peludos huevos y seguí follándole hasta que noté como volvía a correrse en mi interior. Era ya su cuarto orgasmo de la mañana, pero se notaba su juventud. Más quisiera tener ese aguante cualquiera de mis anteriores y posteriores amantes...
Nos recompusimos como pudimos, vistiéndonos a la carrera para no llegar muy tarde a nuestras respectivas clases, y salimos del despacho sin decir nada. Yo al menos estaba demasiado avergonzada como para poder dirigirle una sola palabra, y él supongo que no era del todo consciente de lo que acababa de pasar. Yo tampoco lo era, pero sabía que lo que acababa de hacer tendría serias consecuencias si no actuaba con rapidez.
Al día siguiente de lo ocurrido me di de baja, alegando que estaba en la cama con cuarenta de fiebre. Un amigo de mi hermana trabajaba en un centro de salud, y como me debía un favor desde que le había dado un par de invitaciones para un concierto al que yo no podía ir, no tuvo problemas en firmarme una baja de cinco días.
El lunes siguiente volví al instituto, pero no fui a mi clase, sino al despacho del director. Le dije que no aguantaba más allí, que aquellos delincuentes en potencia me estaban amargando la vida y que renunciaba a mi plaza allí. Su reacción fue decirme que ya se lo esperaba, que las chicas como yo pensábamos que dar clase era llegar, soltar nuestro rollo e irnos y que no comprendíamos el verdadero sentido de la enseñanza.
Puede que tuviera razón y yo hubiera pecado de ingenua a la hora de elegir mi carrera, pero desconocía por completo los motivos de mi dimisión. No podía volver a enfrentarme a una clase que tarde o temprano se acabaría enterando de lo que había hecho. Y eso por no hablar de Joni, que no pararía de soltarme insinuaciones en clase que tarde o temprano acabarían por delatarme. Lo mejor era poner tierra de por medio y olvidarse por completo de lo sucedido. Había sido un grave error que nunca debía haber ocurrido.
Unas semanas después, cuando ya me había instalado en Galicia para hacerme cargo de la guardería que una antigua compañera de clase había abierto en Vigo, descubrí que no sería tan fácil olvidar. Había una razón dentro de mí que me impediría hacerlo. Dios sabe como ocurrió, pues juro que yo tomé medidas, y que comprobé que el condón estaba entero antes de tirarlo a la papelera de mi despacho, pero estaba embarazada. Como dije, llevaba meses sin acostarme con nadie, así que no había ninguna duda de quien era el padre.
Han pasado cinco años desde que dejé aquel instituto de Vallecas, y Iago acaba de cumplir cuatro. Aunque ha heredado mis rasgos suaves, su pelo azabache y su piel morena delatan la paternidad de Jonathan. Él no lo sabe, por supuesto, ni nunca llegará a saberlo. No me he molestado en saber de él por miedo a que se descubra todo, y porque seguramente no me gustará saber que es de su vida. Puede que ande tirado en algún descampado, atracando farmacias, o en el mejor de los casos, trabajando en algún mercadillo. No es precisamente el padre que mi hijo se merece. El resto del mundo piensa que fue fruto de una loca noche con un brasileño al que conocí en un pub y del que nunca volví a saber, y no tengo ningún interés en que conozcan la verdad.