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Mi apoderado


Era el primer día de clases en mi nueva pega, un colegio bastante prestigioso al que me fui a trabajar ese año. Era mi segundo trabajo luego de titularme y tan sólo tenía 25 años cuando llegué a este lugar. Me habían entregado la jefatura de un tercero medio, algo que con pocas ganas accedí, pues prefiero ser sólo profesor de asignatura, que además ser profesor jefe. Me encontraba pasando la lista para conocer a cada uno de mis alumnos, cuando llego hasta \"Osvaldo Tello\" y un muchacho con aspecto bonachón, que sobresalía entre todos sus compañeros por su tremendo físico de anchas espaldas, se levanta de su puesto para responder ................... \"Presente, Profesor\". Su voz era grave, muy masculina. Para ser el primer día no andaba muy pulcramente vestido, ni aseado, pues Osvaldo llevaba en su barbilla unos cuantos pelitos que le denotaban una barba incipiente, dándole un aspecto mucho más adulto y salvaje que el de sus adolescentes compañeros. El abundante pelo castaño oscuro no lo llevaba muy peinado que digamos y el polerón con la insignia del colegio apenas se podía decir que se encontraba planchado. De entre el cuello de su polerón, unos gruesos y negros vellos le salían que daba gusto. Luego de fijarme en todos estos detalles, y muchos otros de su persona, recordé que habían matriculado en el curso a un alumno repitente que aquel año debería estar cursando cuarto medio: ése era Osvaldo. Esperaba no tener problemas con él. Sin embargo desde el principio no podía darle paso a ningún atropello a las reglas del liceo.

- ¿Señor Tello, me puede explicar la razón de por qué usted viene con esa facha a clases y más encima en el primer día?- Su hermoso y viril rostro se descompuso de inmediato para dar paso a una cuota de molestia en el brillo de sus ojos.

- Disculpe, profe, pero es que me quedé dormido y no tuve tiempo de arreglarme bien.

Todo el curso estaba callado, expectante a nuestro diálogo. Noté que Osvaldo se encontraba sentado solo, sin un compañero al lado, a diferencia del resto de sus condiscípulos ¿Le tendrían miedo? Aún no conocía su historial, así que tendría que averiguarlo. En todo caso, con tan imponente figura era obvio que no pasaría inadvertido.

- Esa no es excusa para andar tan desaliñado, señor Tello. Usted ya es grandecito como para responsabilizarse de sus actos, y por otro lado, muy bien sus padres deben procurar que usted venga adecuadamente vestido al colegio.

- ¡Profe, no sea latero! Además mis papás están muertos.

Ahora se escucharon murmullos en la sala.

- Modere su lenguaje, los profesores no somos lateros y disculpe si lo ofendí. ¿Quién es su apoderado?

- Mi hermano mayor. Vivo con él, señor profesor.

- OK. Comencemos de nuevo y que no se vuelva a repetir esta situación. Lo mismo le digo al resto de los alumnos: no quiero que vengan vestidos desastrosamente a clases, ni las niñas, ni los niños.

Llegué a casa aquella noche recordando mi incidente con Osvaldo. Debo admitir que al acostarme y antes de dormirme, su imagen se me quedó rondando, recordando su impronta tan gallarda. El paquete se me puso duro al rememorar su físico tan bien formado, un amplio y duro torso al que se notaba lo cubría un espeso vello, justo como a mí me gustan los hombres. Toda mi vida había fantaseado con la idea de comerme a un jovencito y más a un alumno como a Osvaldo. Además su rostro tan guapo tenía toda la imagen de alguien que desde chiquitito se sabía atractivo y que de seguro ya disfrutaba del sexo. Con gusto antes de dormirme le dediqué mi pajita de esa noche a Osvaldo, imaginándome que le daba una clase especial, donde debía aprobar un extenso examen oral. Me había dejado todo caliente el pendejito. Así que me la froté primero bien despacito, sacándome todo el jugo de dentro que me dejaba brillosa la punta del glande, humectante ante la idea de adentrarme en esos tiernos cachetes de su culo, para cogerlo fuerte, aferrado a sus firmes carnes, mientras le lamía la espalda y me apretaba contra Osvaldo con toda mi lujuria. Las tetillas se me pusieron duras y me pellizqué una para sentir el doloroso placer que me producía hacerlo. No aguanté mucho, pues mis bolas que explotaban de su lechoso contenido, no pudieron resistir más y terminaron bañando mi plano vientre con abundante semen, el que se me escurrió hasta dejar mojada la sábana. Me imaginé descargando todo ese manjar en la boca de Osvaldo y en medio de estos lúbricos deseos me quedé dormido, todo sudado y pegajoso.

Osvaldo no era muy brillante que digamos y en las asignaturas que le hacía, ambas de lenguaje, andaba siempre entre el cuatro y el cinco en las notas. No se portaba mal, pues tenía un perfil tan bajo en el curso, que apenas se juntaba con sus compañeros de curso. Pese a los cuchicheos coquetos de sus compañeras, pues evidentemente era el más guapo y varonil de entre sus compañeros, apenas las tomaba en cuenta. En el patio, durante el recreo, se quedaba en un banco leyendo cómics y sólo a veces conversaba con sus antiguos compañeros de curso. Sólo en la clase de Educación Física sacaba su parte más social, más todavía porque sus compañeros se peleaban por tenerlo en su bando.

Me gustaba verlo en short cortito y polera sin mangas, mostrando sus brazos y piernas peludos, todo sudado, con un olor ya de hombre que me imaginaba sentir. La ingle me cosquillaba al mirarlo desde una de las ventanas mientras impartía clases en otro curso, pues justo cuando Osvaldo hacía deportes, me tocaba en un curso donde las ventanas permitían mirar hacia una de las canchas.

Conmigo Osvaldo era de lo más caballeroso y me fascinaba cuando se acercaba a mi puesto a preguntarme por alguna cosa, como una duda en las actividades o en las lecturas. Su bello rostro marcado por gruesas cejas y un mentón cuadrado, firme y con una sombra verdosa de ya naciente barba cerrada, se me antojaba besarlo y lamerlo de puro gusto. En ocasiones mientras lo tenía conmigo en la sala, no podía aguantar la excitación y el pene se me quedaba todo petrificado, mojado, a tal punto que no paraba de fantasear con mi estudiante. Como llevaba cotona en las clases, podía ocultar sin mayores complicaciones los efectos de mi atención en mi alumno.

No había tenido la oportunidad de estar a solas con él. Por un lado me agradaba la idea de contemplarlo a mi gusto, y por otro, temía a que se evidenciara mi calentura por el muchacho. Pero un día se dio la oportunidad de tenerlo solo para mí, al menos durante unos minutos, claro que no fue como me lo esperaba.

Un día me llamaron de la oficina de la Inspectora General, diciéndome que había un problema con un estudiante de mi jefatura.

- Qué pasa- Pregunté preocupado.

- Sucede que el alumno Tello se peleó con un excompañero de curso y ahora está todo sucio, con la ropa rota y a punto de llorar en la Enfermería. ¿Puede ir a verlo?

- Claro que sí.- Mi respuesta fue instantánea, aunque la verdad la sorpresa del hecho me tenía impactado. No tenía idea qué había motivado esta pelea y me preguntaba qué pasaba en esos momentos por la mente de Osvaldo como para haber reaccionado así.

Llegué a paso raudo a la Enfermería y en realidad el espectáculo era lamentable: Osvaldo se encontraba sentado sobre una de las camillas con el rostro enrojecido y el sudor corriéndole a chorros desde la frente, mientras que sus ojos le lagrimeaban. Le tiritaban las manos. Su ropa llevaba unos desgarrones en el polerón las roturas en una parte le nacían en el cuello y la otra en la manga derecha. Le faltaba un zapato. Verlo así, tan vulnerable, me provocó tanta lástima (nunca me había imaginado a mi reciente fantasía sexual en tan triste posición), que me dieron grandes ganas de abrazarlo para consolarlo.

Osvaldo, qué te pasó,- La voz se me cortó de la pena que me produjo verlo en ese estado.

- ¡Esos cabros hueones que creen que pueden hueviarme todo el rato!

- Osvaldo, comprendo que estés molesto, pero por favor modera tu vocabulario.

- Disculpe, señor profesor.- Trató de hacer más suave su tono, pero en el fondo se notaba su falta de control.

- Ahora dime por qué te peleaste con tus excompañeros.

- Porque ellos me trataron de \"huacho\", profesor.

- Y qué problema hay en eso. ¿Acaso te sacaron un mordisco al llamarte así? Ya eres casi un hombre, Osvaldo.

- Lo que pasa es que me dijeron así porque hace poco se murió mi papá y como mi mamá falleció apenas nací, me quedé solo en el mundo junto con mi hermano mayor.

- Lo siento, Osvaldo, no lo sabía. Sin embargo aún así me parece que reaccionaste mal.

- No es su culpa, profe, yo soy demasiado reservado como para guardarme esos datos sobre mí.

Entonces recién me di cuenta de que en la Enfermería no había nadie más. Dónde cresta estaba la enfermera.

- ¿Y el resto de los peleadores?- Pregunté.

- La Inspectora se los llevó a la oficina, pues me atacaron entre tres. Yo no quería pelear, profe, pero me la buscaron y me encontraron. Al menos me defendí lo mejor que pude y, disculpe, profesor, lo que le voy a decir: les dolerán las bolas al Jaime y al Teo todo el día se lo tenían muy merecido.

Me quedé callado un rato, mirándolo a esos preciosos ojos café de largas pestañas. Aún todo machucado y sucio, Osvaldo se veía irresistible. Sentado sobre la camilla y con los pies colgando, su amplio torso se destacaba más: realmente era inmenso. Con una pinta así, me preguntaba si Osvaldo era aún virgen. De seguro más de una muchacha, incluso mujeres mayores y hasta hombres (como yo), debían mirarlo con deseo. Pero contuve mi excitación y continué con mi trabajo de Profesor Jefe.

- ¿Te sientes mejor?

- Sólo un poco. Me da plancha que me vea así.

- No te preocupes. ¿Hay algo que pueda hacer por ti?

- Sí, profe. Abráseme por favor.- Cuando oí esto, pensé por unos segundos que me estaba bromeando, o que había descubierto mi secreta pasión por él y que de algún modo esa era su manera de seducirme. Me quedé congelado. Entonces una lágrima recorrió una de sus mejillas, dejando un surco en la suciedad de su rostro. Recuperé la compostura y me fui hasta su lado. Fue Osvaldo quien me cruzó sus brazos, duros y grandes como los de todo un varón en su plenitud, para apoyar su cabeza en uno de mis hombros. Estuvo llorando así un buen rato. Yo sólo atinaba a mantenerme aferrado a él, todo lo protector posible. Quise besarlo, hacerle cariño, pero no puede hacer más. Sus brazos me cogían con insistencia, sin embargo su cuerpo tiritaba a la par con su llanto. Al final, pese a su apariencia tan masculina a sus 17 años, Osvaldo era otro niño más que se sentía lastimado y necesitaba alguien que lo cuidara. Estuve pensando seriamente en esto y me di cuenta que mi deseo por él era injusto, que me necesitaba no como amante, alguien que lo iniciara en el placer entre hombres, si no como un adulto que velara por los últimos días de su inocencia. Tenía toda la buena voluntad del mundo para con Osvaldo y entonces.

- Me duele acá.- Me dijo con los ojos rojos.

- Dónde.

- Acá en una costilla. Mire.

Y se subió el polerón del colegio dejándome ver no sólo el moretón que se le había hecho, si no que también su plano y ya peludo tronco éste se encontraba marcado por una línea de gruesos vellos gruesos que le bajaban entre los marcados pectorales, pasándole entre los abdominales para extendérseles entre el ombligo y continuar hasta más abajo. No pude aguantarme y en la entrepierna mi sexo se puso rígido ante ese espectáculo. Estábamos a unos centímetros de distancia, su rostro a la altura de mi pecho que estaba perlado de gotitas de sudor, pues me había puesto nervioso. Osvaldo despedía un aroma masculino gracias al perfume que usaba, a tal punto que sólo quería restregar mi cara contra su grueso tronco.

- Creo que me rompieron por lo menos una costilla.

- Espero que no.

- A ver…Tóqueme aquí.

Y me tomó de una mano, la suya era tremenda como el resto de su cuerpo, llevándomela al costado donde se le había hecho el machucón. Me pasó la mano por ahí y se quejó.

- Me duele mucho.

- Tienes inflamado, pero la costilla se encuentra intacta.

Osvaldo ignoraba que entre mis piernas un gigante había despertado completamente, dejándome todo pegajoso el glande que me zumbaba de puro caliente que estaba .

En eso llegó la enfermera (¡Por fin!) y me salvó de mi tormento. Me fui tratando de ocultar la erección de potro que me delataba. Antes de salir de la enfermería, Osvaldo me dio las gracias con una ternura tal en sus ojitos, que me derritió el corazón. Me abrazó de nuevo con fuerza y por unos segundos, creí que me daría un beso.

No lo volví a ver hasta una semana más, pues se tomó una licencia médica.

Durante noches Osvaldo estuvo rondando en mis sueños. El paquete se me ponía duro como piedra, la cabeza toda roja y lubricada a tal punto que dejaba mojado por completo mi ropa interior. Comencé a masturbarme más seguido, siempre pensando en Osvaldo, por quien por mucho que tratara de tener sólo sentimientos paternales, me despertaba lo más lujurioso de mi persona.

No aguanté más, estaba soltero y sin ningún solidario amigo con quien echarme un buen polvo para descargarme, así que decidí una noche de un sábado irme a la disco. Entré buscando de inmediato alguien con quien flirtear y en lo posible irme con él para partirlo en dos, penetrarlo como me habría gustado hacérselo a mi delicioso Osvaldito.

Me puse a bailar solo en una de las pistas, cuando lo vi. No podía ser mi alumno, pues este muchacho era rubio y no moreno como Osvaldo, además era un poco más fornido y edad debía estar cerca de los treinta. Pero usaba una camisa delgada y entreabierta de la que salían abundantes pelitos como los que comenzaban a florecer en el pecho de mi estudiante. Lo observé como un depredador que contempla a su presa poco antes de devorarla. El tipo se dio cuenta del peso de mi mirada y me sonrió con picardía. Usaba un jeans ajustado que modelaba sus bien formadas piernas, con un inmenso bulto que era la envidia y el deseo de varios de los que le rodeaban. Debía tener un precioso culo también.

Me lo quise culiar desde el principio.

Con el estruendo de la música de Madonna, me acerqué a él y lo saludé. Nos dimos la mano con fuerza.

- ¿Andas solo?- Le pregunté.

- Claro ¿Y tú?

- Completamente ¿Bailemos?

- No estaba demás.

Un buen rato nos limitamos a sólo bailar. Todavía no sabíamos nuestros respectivos nombres, pero la seducción ya estaba dándose. Mi compañero se movía con una soltura y una sensualidad, que ya me lo imaginaba en la cama con movimientos como esos, debía ser una bestia. La verga estaba que se me salía de entre el pantalón, presionando a tal punto que me hacía doler. Sudaba y lo único que anhelaba era irme a un rincón oscuro de la disco con el mino para tenerlo en mis brazos y restregarme contra él.

- Se te ve rico ahí- Me apuntó con un dedo hacia el paquete que me explotaba.- Su apuesto rostro con una barbita de días era el de un sátiro.

- ¿Así que te gusta?

- Claro que sí. Me calentaste apenas te vi. Me gustan los hombres grandes y bien hechos como tú.

- A mí también me gustas mucho. ¿Cómo te llamas?

- Olvidémonos de los nombres. La verdad es que estoy pololeando y hoy mi pareja se fue a donde sus padres. Tengo libre toda la noche.

- ¿Y qué quieres hacer para disfrutar tu soltería momentánea?

- Estar contigo.

- Yo feliz de la vida.

Allí mismo me plantó un beso en la boca, metiéndome toda la lengua adentro y apretándome con una mano el sexo. Tampoco fui tímido y le agarré el culo. El tipo gimió y me puso más caliente que nunca.

- No perdamos el tiempo y vayámonos a mi departamento que es por acá cerca.- Me ofreció.

- ¡Muy buena idea!

Nos salimos de la disco con todas las ganas de hacernos tira jodiendo. En el camino, le miraba el culo a esta versión más adulta de mi \"muso inspirador\", relamiéndome ante la idea de probarlo a mi antojo. Tenía por seguro que sería una cachita inolvidable. No me aguanté las ganas y en una esquina que se encontraba algo más oscura, bajo el follaje de un gran árbol, me abalancé sobre mi acompañante y le planté un apretado beso en la boca, introduciendo toda mi lengua en ella. Nuestras entrepiernas se frotaban entre sí, endurecidas y ardientes.

- No perdamos tiempo, hueón.- Me dijo- Lleguemos pronto al departamento, mira que me tenís más caliente que la cresta.

Al decirme esto, fantasee que quien me decía estas palabras era el propio Osvaldo de un futuro no muy lejano, ya convertido en todo un hombre con el que pudiera gozar sin tapujos.

Llegamos al hogar de mi conquista de esa noche y lo primero que hicimos fue tirarnos a su cama. Allí desesperado le saqué la ropa, dejándolo en puro bóxer. Su cuerpo se me hacía agua a la boca. El paquete le sobresalía como una boa y las tetillas endurecidas de su peludo pecho, invitaban a chuparlas y morderlas en el acto.

- ¡Quiero mamártelo primero!- Me pidió.

Yo ya estaba completamente en pelotas y me senté sobre su pecho, con el miembro hacia su chupona boca. Me pasó la lengüita por la cabeza como si fuera un caramelo, luego por las bolas y por último, cuando ya me tenía todo mojado con su saliva, me hizo la mejor mamada de mi vida. Mientras me hacía esta maravilla, se la corría que daba gusto. Yo también deseaba hacerle sexo oral, pero antes me di el placer de pelársela yo, sosteniendo entre mis dedos un falo descomunal.

- Me encanta tu pico.- Le confesé.

- ¿Sí? ¿Me lo chuparías?

- Yo feliz de la vida.

- ¿Te gustaría tenerlo ahí en tu rico culito?

- No sé, cumpa, no acostumbro mucho hacer de pasivo.

- Es que no sabes lo que significa ser penetrado por mí.

Y entonces se salió debajo mío y con un dominio tal de la situación, me volteó sobre la cama, dejándome de guatita, con el culo parado hacia su peluda barbilla. Si chupaba como un rey la pichula, era todo un dios pasando la lengua entre medio de la raja. Me sorprendí a mí mismo suspirando como desenfrenado. Me tenía en todo dominado. De la cabeza de mi miembro el lubricante salía a montones, mojando todo el cubrecama. Cuando me metió los dedos, yo ya creí enloquecer. Deseaba follarme al tipo apenas lo vi y al final, lo único que quería era que me lo metiera como si me fuera a romper el orto. Además, tenía un cuerpazo tan varonil, que la idea de sentirlo encima de mí era algo que quería vivir.

Entonces mi compañero de esa noche empezó a pasarme entre medio de los cachetes su pedazo de carne que ya estaba al rojo vivo, mojándome con sus jugos para preparar el camino a su virilidad. Me la frotaba con fuerza, apretándome con sus manos en la cintura. De vez en cuando me daba besitos en la espalda, lamiéndomela también. Me tenía a su entera disposición. Con toda su impetuosidad, me puso en cuatro. Su cuerpo tan pegado al mío y su ingle quemándome por detrás, como si quisiera convertirme en cenizas con el fuego de su falo…o despedazarme. Una de sus manos me agarró el hinchado miembro para frotármelo a la medida que me punteaba ¡Lo hacía tan rico! Nuestros cuerpos sudaban, sus pelitos se pegaban a mi piel lampiña, bañándome con el agua de su pasión. Creí por un momento que mi pene explotaría en leche sobre su mano, pero mi nuevo amante era un experto y bajó la intensidad de su masturbación cuando notó que mi cuerpo estaba por llegar al orgasmo.

Y entonces cuando ya creí que había llegado al punto máximo del placer, sentí que el miembro que tenía detrás de mí, comenzaba a entrar en mi estrecho culito. Con el beso negro que me había hecho, los dedos que me había metido y el lubricante de su propio pico, mi casi virginal trasero estaba dilatándose para recibir poco a poco tan descomunal callampa. Era un gozo celestial sentirlo desplazándose ahí adentro, todo duro y grueso, con la cabeza palpitando por entregarme su de seguro abundante moco.

- ¡Culéame fuerte no más!- Le exigí.

- Sabía que te iba a gustar que te cogiera.

- Soy todo tuyo, hueón.

- Así me gusta. Eres mi puto.

- Esta noche soy todo lo que quieras.

Y me pasó una mano hacia el pecho para tirarme contra él, de modo que girara la cabeza también y así empalmados, nos diéramos un beso con lengua, húmedo y apasionado.

No sé cuánto rato me fornicó de esa forma, pero cuando me hizo recostarme sobre la cama para echarme todo su cuerpo sobre el mío, creí que mis entrañas reventarían con las embestidas de toro que ahora me daba. Se puso a morderme una oreja, diciéndome todas las cosas cochinas que siempre quise me dijeran, incluso algunas que ni se me habrían ocurrido. Sus brazos me abrazaban desde atrás, pasándome por bajo de los sobacos. Así me tenía agarrado por completo, todo suyo.

- Quiero que acabes en mi boca.- Le confesé.

- En un rato más. Todavía queda para rato disfrutando juntos.

- ¡Eris muy caliente!

- Igual que tú.

Al rato me dijo que me pusiera en cuatro, mi pose preferida a la hora de fornicarme un mino, la que ahora me la iban a hacer por primera vez, metiéndome un pene lejos más grande y grueso que el mío. De pensar en las tremendas bolas del que me estaba haciendo suyo, mi propio miembro se ponía más rígido. Estaba lubricando como nunca. Me tomó fuerte de la cintura y se puso a pujar, hasta que me hendió todo. Cavaba y cavaba dentro de mí con tal lujuria, que sus suspiros de placer ahogaban los míos. Ambos sudábamos un montón y por mi espalda mi transpiración se mezclaba con la saliva de su lengua al lamerme. En verdad nunca creí gozar tanto haciendo de pasivo. Mientras me lo hacía a lo perrito, me pejeé como loco y me imaginaba ahora que el que me la metía era mi queridísimo alumno.

- Déjame corrértela.- Me dijo.

- Haga lo que quiera, papito.- Le contesté dispuesto a que me rasgara el culo si quería.

Seguíamos en la misma pose cuando fue tanta la energía con al que me la frotó, tanto el grado de excitación, que no pude más y con un gritito se me fue la vida en un orgasmo tal que la leche se esparció entre sus dedos y por toda la cama. Pese a que ya me había corrido, mi amante sin nombre me siguió masturbando hasta ordeñarme todo el semen de los huevos.

- ¡Qué lechero eres! Me gustan los machos que botan harto moco como tú.- Su voz era la de un sexópata…y me encantaba que fuera así. – Ahora yo estoy por acabar también. ¿Dónde quieres que lo haga? ¿En tu culito que te acabo de desvirgar? ¿En tu espalda? ¿Entre los cachetes? ¿En la guatita durita que tienes? ¿En el pechito pelúo?...

- ¡Acaba dentro de mi boca!- Fue una petición que me salió de dentro del corazón.

- Sabía yo que tenías alma de puto.

- Sí, soy todo tu puto.

- Así me gusta.

Y se salió de dentro de mí con tal pericia, que en un dos por tres estaba delante de mí, yo aún en cuatro, con su pene monstruoso apuntando a mi chupona boca. El espectáculo de verlo con el sudor brillando en su bien tonificado cuerpo, la cara de sátiro mientras se la corría, era impagable. Yo me enamoraría de un tipo que culiara así, si seguía viéndolo más seguido, pero sabía de ante mano que esa era la única vez en que me acostaría con tal semental.

- Pónmelo en la boca. Quiero que acabes mientras te lo mamo.

Y así me violó la boca hasta que la tibia leche de macho salió como un torrencial. Como pude, me tragué todo el miembro para que nada del semen se me escurriera de entre los labios. Me lo quería comer todo.

Una vez que lo dejé exhausto, nos tiramos ambos a la cama, uno al lado del otro. Mi conquista ocasional se puso a fumar un cigarrillo y yo me quedé con ganas de abrazarlo tal como acostumbraba a hacerlo con mis parejas, aunque fueran de sólo sexo casual, como ahora pero la verdad quien me acompañaba no era muy dulce que digamos: al final todo había sido simplemente sexo y debía atenerme a las consecuencias de mi calentura.

- Bueno, tendré que irme entonces.

- Puedes darte una ducha si quieres.

- Te lo agradecería ¿Bañémonos juntos?

- Prefiero quedarme aquí en la cama fumando.

Mientras me refrescaba, me acordaba de lo rico que era sentir su cuerpo caliente dominando el mío y se me volvió a ponerme dura. Me hurgué el culo con los dedos, hambriento de tener más de él. Pero no quise retrasarme más y bajé la intensidad de las pasiones.

Ya en la puerta, al despedirme, me puse nervioso. Con torpeza le di la mano y entonces…

- Estuvo güeno el revolcón.- Me dijo y me atrajo hacia sí, para meterme la lengua en la boca y agarrarme el trasero con una mano. Sentí de nuevo la dureza de su sexo contra el mío que también había reaccionado. Pensé que de nuevo volveríamos a la cama.

- Basta por hoy.- Me cortó toda la inspiración y abrió la puerta. Me fui quedándome más incómodo de lo que estaba en la cama después de follar como poseso.

Pese a que habíamos estado follando durante horas, me costó quedarme dormido. Tuve que ponerme a ver unas pornos para recién quedar rendido cuando el sol estaba saliendo, una vez que volví a masturbarme durante un buen rato.

Fue difícil sacarme de la cabeza mi última encamada, más bien olvidarme del mejor amante que he tenido en mi vida, y quien me enseñó a gozar como pasivo.

Peor fue al lunes siguiente, cuando volví al colegio y me reencontré con el alumno culpable de mis últimas obsesiones sexuales. Ahora era como si una luz brillara a su alrededor. Cuando lo tenía frente a mis ojos, era como siguiera siendo él mismo, pero a la vez se hubiese transformado en otra persona más bien como si ahora viera en él, comparándolo con el mino de la disco, en el hombre que podría llegar a convertirse.

Me acordaba de cuando lo tuve a torso desnudo esa vez en la enfermería. Estábamos los dos solos y si él me hubiese dado alguna señal de interés en mí, me habría costado resistirme a la tentación de disfrutar de un macho a tan tierna edad. A duras penas lograba contener el deseo entre mis piernas cuando lo veía y más todavía cuando conversábamos.

No había pasado ni un mes cuando fue lo del incidente con sus compañeros. Estábamos en el mes de mayo y se estaba por hacer la segunda Reunión de Apoderados del curso que tenía por jefatura. Aún no conocía al apoderado de Osvaldo, quien para cuando fue la primera reunión andaba fuera de Santiago, sin embargo sí había hablado por lo menos dos veces por teléfono con él: Un tipo bastante formal me había parecido.

Había terminado el Consejo de Curso y ya habían tocado para recreo, cuando Osvaldo se me acercó con cierta cara de culpa. En ese momento estábamos solos en la sala. Cuando me di cuenta de ello, un sudor frío se apoderó de mí. Osvaldo se puso rojo, quizás de vergüenza, al hablarme.

- Profe…

- ¿Te puedo ayudar en algo?

- Sí, profesor. Lo que pasa es que mi apoderado quiero conversar con usted.

- ¿Hay algún problema contigo, Osvaldo?- Cuando le pregunté esto, bajó los ojos y me dio pena de nuevo verlo tan indefenso. Qué ganas tenía de abrazarlo y hacerle cariño, como también de paso llenarlo de besos.

- No, profe. Es por el atado de la otra vez, de cuando me puse a pelear con mis excompañeros.

- Pensé que eso ya estaba solucionado.

- Yo también se lo dije a mi hermano, pero igual me dijo que quería una cita con usted.

- ¿Y no puede esperar a la Reunión de Apoderados? Porque supongo esta vez vendrá ¿Cierto?

- Claro que sí. Pero igual quiere venir.

- Bueno, que venga en cualquiera de las horas de atención de apoderados que tengo.

- Vale, profe.

Y me dio la mano muy solícito. Se la estreché con fuerza para también no perder el control frente al nerviosismo que me embargaba.

En la soledad de mis noches, me pajeaba pensando en Osvaldo y en mi amante sin nombre. A veces me imaginaba que hacía un trío con los dos, un trencito donde yo penetraba a mi alumno y por detrás me tenía ensartado el tipo de la disco de ese modo podía gozar al mismo tiempo, por ambos lados, gracias a la compañía de tan deliciosos varones.

Un día después de mi conversación con Osvaldo, se presentó su apoderado. Era un día jueves, a eso de las nueve de la mañana. Hacía un frío de los mil demonios. Sólo había pasado una semana y media de mi aventura en la disco, así que tenía muy fresca en la memoria el apuesto rostro de mi último affaire. Un rostro hermoso y muy masculino que se fusionaba con el de Osvaldo.

Cuando llegué a la sala de atención de apoderados, el hermano de Osvaldo ya se encontraba sentado esperándome, hojeando una revista deportiva. En el camino a mi cita, me preguntaba qué tan atractivo podía ser el hermano. De seguro como muchos héteros que sobrepasan los treinta, ya habría \"echado guata\", luego de una vida sedentaria la belleza probable de su rostro parecido al de su hermano menor se mantendría, pero disminuida frente a una vida llena de preocupaciones como cuidar él solo a su hermano adolescente. No recordaba bien si el apoderado de Osvaldo era arquitecto o ingeniero.

Me llevé más de una sorpresa cuando lo conocí: llevaba una tupida barba, muy bien cuidada y el pelo cortito…,rubio. Cuando alzó la cara al oír que entraba, y me miró a los ojos, el libro de clases de mi jefatura casi se me cayó. ¿Acaso era posible? Una sonrisa de dientes muy blancos y parejos iluminó su precioso rostro.

- Buenos días, profesor Marcelo.- Me tendió la mano. Los platinados vellos largos le salían de entre las mangas de la camisa. Le devolví el saludo con fuerza.

- Buenos días.

¿Era posible que el tipo de la disco y Osvaldo fueran hermanos? Sin embargo el hermano de mi alumno tenía ciertas diferencias. El corte de pelo era casi rapado, en cambio el gallo de la disco lo llevaba claramente largo, con un mechón al medio que destacaba con gel por otro lado, el apoderado usaba anteojos, cosa que a menos que X (llamémoslo así por el momento) llevara lentes de contacto, lo diferenciaba más aún. Si la casualidad era más que evidente, cómo era posible que no haya reconocido su voz, siendo que ya había hablado por teléfono dos veces con él. Otro misterio que me intrigaba era que durante mi casual cita, me había dicho que vivía con su pareja, pero no vi nada como una foto de pareja en el cuarto donde me había hecho suyo. Bueno, no tenía por qué ser el cuarto de ambos donde me habían llevado a culiar. Muy bien podía ser que hubiera cambiado de apariencia, que supiera quién era yo realmente y para ese día hubiera decidido verse distinto a propósito. Mi mente me estaba jugando una mala pasada de paranoia.

- ¿Se siente mal?- Me preguntó con una voz profunda, muy sexy por cierto.- Pues está todo pálido.

- Es que no he desayunado.- Le mentí.

- Aja.- Juraría que una leve sonrisa coqueta se le formó por unos segundos.

- Y dígame en qué puedo servirle.- Me dio vergüenza oírme decir esto. Después de todo, fuera o no fuera X quien estaba frente a mí, me quedaba claro que me gustaba y con gusto le habría servido en lo que quisiera.

- Bueno, hace rato que quería venir a verlo. Sin embargo asuntos laborales me han mantenido muy ocupado.

- Lo comprendo.

- ¿Le dijo algo Osvaldito de por qué deseaba entrevistarme con usted?

- Algo me contó.

- ¿Sabe? Yo y mi hermano tenemos muy buena relación, incluso de antes de que nos quedáramos solos, usted entiende.

- Exacto.- No sabía a dónde cresta quería llegar. Ya me estaba asustando, pues pensaba que a lo mejor Osvaldo se había dado cuenta que me gustaba, mejor dicho, que me calentaba y se lo había contado a su atractivo hermano mayor, quien ahora iba a dejar la grande.

- Osvaldito me cuenta todo y me ha hablado harto de usted.

Lo único que quería era irme de ahí.

El apoderado se levantó de su silla, estaba frente a mí con sólo un escritorio entre nosotros, y me dio de nuevo la mano.

- De todo corazón quiero darle las gracias por apoyarlo en estos momentos tan difíciles para nosotros, en especial para él que es un joven que a duras penas a sobrellevado la trágica muerte de nuestro padre. No sé si usted sabía, pero fue por la muerte del papá que mi hermanito tuvo que dejar la escuela y repitió de curso, ya que le dio depresión.

- No, no sabía todo eso.

- Así es. Hace un mes Osvaldo se peleó con sus antiguos amigos del curso anterior. Supe que había quedado mal con lo que pasó y según las propias palabras de Osvaldito, si usted no hubiese estado con él en esos momentos, no habría sabido qué hacer. Verá, Osvaldo no es muy expresivo con otras personas, pero desde ese día en que usted fue capaz de consolarlo, Osvaldo lo considera a usted una nueva figura paterna. Siempre me habla de usted con mucho cariño.

En verdad no sabía cómo reaccionar, pues lo que me estaban diciendo era inesperado. Si el señor Edmundo Tello, que así se llamaba el apoderado de Osvaldo, supiera lo que en realidad sentía por su frágil hermano, en vez de dedicarme tan elogiosas palabras, lo que haría mínimo sería darme un puñetazo y acusarme de estupro. No sabía que decir. Al final me salieron de la boca las palabras típicas para este tipo de ocasiones:

- No estaba demás. Nada más me importa que su pupilo se sienta lo mejor que pueda en nuestro establecimiento. Sinceramente contará conmigo en todo momento.

- Gracias de nuevo por su gentileza. No le quito más tiempo y espero verlo de nuevo lo más pronto posible.- Esto me lo dijo cuando los dos estábamos parados frente a la puerta a punto de abandonar la sala de atención de apoderados. Entonces, como nueva sorpresa de esa jornada, se puso a sólo centímetros de distancia mía, mirándome a la cara en silencio. Pude comprobar que éramos casi del mismo porte, centímetros más, centímetros menos, tal como sucedía con X. Y me abrazó con una fuerza de oso. Su piel estaba cálida y sentí en mi mejilla derecha los pelitos de su barba…como también olí el mismo aroma del perfume que usaba X aquella vez. Apenas pude contener la erección. Sin decir ninguna palabra más, el hermano de Osvaldo abrió la puerta y salió por su cuenta, dejándome helado.

Esperé con ansias la Reunión de Apoderados, que fue una semana después de mi conversación con Edmundo. Éste se presentó para esta ocasión sin falta y al llegar a la sala me saludó muy educado, pero nada más. Se sentó atrás de la sala y en toda la reunión permaneció callado. Al finalizar, se despidió con la misma formalidad, pero pese a mis esperanzas de que se quedara a charlar a solas conmigo, no lo hizo.

Desde mi entrevista con Edmundo, la posibilidad de que X y él fueran la misma persona, me rondaba en la cabeza. Incluso pensé en comprobar en el Libro de Clases la información sobre dónde vivían él y Osvaldo, pero me daba cosa saber la verdad. Varias veces estuve a punto de preguntarle a Osvaldo, mas opté por no tentar a la suerte. Hasta un día en que escuché una conversación entre él y su compañera de puesto y me enteré que vivía en la comuna de Santiago, cerca del Museo de Bellas Artes, justo por donde había sido mi encuentro con X. Mi corazón casi explotó al oír esto.

Un día Osvaldo se me acercó en el patio durante un recreo:

- ¿Profesor, le puedo hacer una pregunta?- Siempre me ha molestado cuando comienzan así un interrogatorio, pues como no hacen la consulta directamente, uno no sabe qué es lo que quieren saber en realidad y te puedes llevar muchas sorpresas si dices que sí.

- Mientras no sea una pregunta indiscreta.

- No es nada del otro mundo.

- Ok.

- Profesor…¿Es usted casado?

- No.

- ¿Y tiene alguna minita?

- Oye, no te pongas patudo.

- Discúlpeme, profe.

- No hay problema, si te estoy leseando. Bueno, cuéntame a qué se debe tu pregunta.

- Lo que pasa es que mi hermano quería saberlo.

- ¿Ah, sí?- Aquí puse toda mi atención en lo que me iba a decir a continuación.

- Claro. Lo que pasa es que me dijo que le preguntara si le gustaría ir a cenar un día de estos con nosotros a nuestra casa. Yo por mi parte estaría muy feliz de que fuera.

- ¿Y qué tiene que ver lo de si era casado o tenía polola?

- Porque si era así, podía llevarla tan bien.

- ¡Ah! Bueno, no sería mala idea visitarlos.- Dentro de mí, un cúmulo de emociones me inundaba. Quizás qué pasaría en nuestra cita. ¿Era realmente Edmundo el mismo que X? ¿Si no era él, acaso aún así tenía intenciones eróticas conmigo?

- ¿Le parece este próximo sábado a eso de las diez de la noche?

- Por supuesto.

- ¡Bakán! Le daré mi dirección.

- Espera, deja anotarla en mi agenda electrónica.

- La pasaremos muy bien.

- Sí, la pasaremos muy bien.

Y llegué al lugar de nuestro encuentro. Me quedé un rato dentro del auto para ponerme más tranquilo…¡Era el mismo edificio donde había ido a fornicar de lo lindo hace semanas atrás! Ya no me quedaba duda de que X y Edmundo Tello eran la misma persona.

Osvaldo me abrió la puerta ¿Dónde estaba esa vez en que fui por primera vez a su hogar? ¿Habría estado durmiendo? De seguro si era así, lo habríamos despertado con todo el bullicio que hicimos mientras nos dimos duro.

Pese a que era una noche lluviosa, de mucho frío, Osvaldo no iba muy abrigado, Aparte de jeans, cubría su amplio torso con una ajustada polera blanca sin mangas, la que dejaba ver sus ya peludos antebrazos musculosos. En la polera se le marcaban unas endurecidas tetillas. El paquete se le notaba con claridad entre las piernas, un de seguro bien formado miembro que tal vez o no ya había aprendido a usarlo y si era así , qué alegrías debía de darle a quien gozara con ello. Al verme, me dio un efusivo abrazo y hasta un beso en la mejilla. Esto se estaba acercando a mis fantasías sexuales.

- Edu está cocinando algo bien rico ¿Supongo le gustan los mariscos, cierto?

- ¿Claro? ¿Y qué delicia está preparando?

- Una receta familiar: picoroco.

- Ummmm.- ¿Me estaría tomando el pelo?

Desde el fondo se escuchó la voz de locutor del hermano mayor.

- Osvaldito, dile que se siente, que le llevo algo para beber y picar mientras tanto.

Me senté en un cómodo sofá de cuero negro y al rato llegó Edmundo ¡Quien aparte de ir también con jeans, debajo del delantal de cocina no llevaba nada más! Su tórax igual de velludo que su hermano, pero con largos pelos rubios, se destacaba con la prenda también se lucían sus gruesos brazos, los que ahora sé que me tomaron con fuerza aquella lujuriosa noche.

- Cómo está.- Me preguntó. Me paré de donde estaba para darle la mano, pero Edmundo fue más efusivo y me abrazó. ¡Qué cariñosa era esta familia! Ahora iba afeitado, pero de tan peludo que era, igual se sentía en la mejilla un tacto áspero que no me dejaba de ser agradable.- Qué gusto tenerlo con nosotros esta noche. ¿Le costó llegar?

No sé si fue mi imaginación, pero estuve casi seguro de que me guiñó el ojo al hacerme esta pregunta. No creo que pensara que todavía no me había dado cuenta de que con él, fue con quien cogí como conejo en ese mismo departamento tiempo atrás. Y el énfasis en la palabra \"costó\" era evidente.

- Un poco. Pero mejor tutéame. Si un apoderado me recibe tan bien como tú en su propia casa, es porque entonces somos amigos y con mis amigos nos tratamos de tú.

- Muy bien, así me gusta.- Me dio unas palmadas en los hombros. Un gesto muy masculino que acompañó con su sonrisa inolvidable.

- ¿Profe, qué se sirve?- Me preguntó Osvaldo, quien se veía más rico que la cresta, igual que su hermano.- ¿Bebida, un juguito o un trago?

- ¿Se te apetece un Wiskey en las rocas?- Ahora me preguntó Edmundo.

- ¡Cómo no!

- Acá tiene maní salado, castañas de cajú y pistacho mientras tanto. Bueno y unos pastelillos que compré especialmente pensando en usted.

- Eres muy atento, Osvaldo.

- ¡Que no se note pobreza! Decía mi abuela.- Nos echamos a reír los tres.

- Nunca antes lo había visto tan informal, profe.

- Bueno, para que veas que soy humano igual que tú.

- Profe, lo quiero mucho ¿Sabe?

Me puse rojo cuando me dijo esto. Edmundo se quedó en silencio mirándome con sus negros ojos, escudriñando mis emociones. Volví a sentirme incómodo.

- Gracias, Osvaldo, espero merecerme tu cariño.

- Te lo mereces con creces- Esto me lo dijo Edmundo, quien se había sentado ahora y yo me puse a su lado. Osvaldo se encontraba ubicado frente a nosotros.

- ¡Hermoso departamento!- No sabía que decir.

- Llevamos sólo unos meses acá, desde que el papá falleció.- Dijo Osvaldo.

- Entretén un rato a tu profe, Osvaldito, mientras yo ordeno la mesa.

- ¿No tienes frío que tan desabrigado andas?

- Para nada, mire, ando calentito.- Y me tomó una mano para llevármela a uno de sus brazos, haciéndome rozar sus pelitos tan ricos. Hice un gran esfuerzo para que no se me parara. Me gustaban ambos hermanitos, pero sabía en el fondo que mi pasión por el pendejo era algo prohibido, a menos que…A menos que se hubieran puesto de acuerdo los dos para seducirme esa noche. Si era así, me preguntaba si aperraría o no en un trío tan inusual y hasta con incesto quizás. Me daba vergüenza de pensar en ello.

- ¿Por qué un hombre tan guapo como usted está soltero?

No sabía qué responder y justo se escuchó a Eduardo que venía hacia nosotros y le decía:

- No le preguntes leseras, Osvaldito. Ya, chicos, es hora de cenar.

El dueño de casa se sentó en la cabecera, Osvaldo a su derecha y yo a su izquierda. Era una mesa bastante grande la verdad, así que sobraba espacio. Estábamos hablando de nimiedades, cuando sentí una presión en mi entrepierna. Casi salto de mi puesto. Un pie, sin zapato, me masajeaba el paquete a la espera de que mi miembro reaccionara. Por un momento tuve la tonta idea de que era Osvaldo el que se encontraba jugueteando conmigo. Pero cuando vi los ojos de Edmundo, supe que era él. Sólo recién me di cuenta completamente, de que no me iría de su casa sin tener hueveo y gozar una vez más de tal macho.

- ¿Estás cómodo?- Me preguntó el muy caradura.

- Más que nunca.

- ¿Por qué no nos servimos el postre sentados en los sillones? Podríamos ver un concierto que me compré.

- ¿De quién Osvaldo?

- De Kylie Minogue.

¿Sería gay realmente Osvaldo? A lo mejor era bisexual, pues recuerdo haberlo visto besándose una vez en el recreo con una compañera de curso y se notaba que lo estaba disfrutando cien por ciento. Bueno, en fin, a esa edad hoy en día los jóvenes están experimentando.

- Tal vez no le guste a Marcelo.

- No me mata, pero tampoco me disgusta.

Y nos fuimos a sentar, esta vez los tres en el sillón largo y yo quedándome al medio de los dos, quienes estaban bien apretaditos a mí. \"A lo mejor acá comienza la partuza\" pensé. Si era así, tenía que dejarme llevar no más.

El postre era más que sugerente, un rico banana split preparado por el mismo Osvaldo, con una maestría que no me la esperaba. Los plátanos eran inmensos y uno de los sabores de helado que le puso, era de coco.

- Somos unos golosos en casa.- Dijo Edmundo cuando puse cara de sorpresa en el momento en que me entregaron mi plato.

Me demoré con el mío, pues ya estaba bastante lleno, pero mis anfitriones no tardaron nada en devorarse los suyos. Me entretuve hablando sobre nuestras vidas con Edmundo y me enteré de que fue seleccionado nacional de karate. Qué sexy debía verse usando su traje de entrenamiento. Me había olvidado completamente de Osvaldo y entonces sentí que se apoyaba en mí. \"¡A gozar, mierda!\" pensé, pero al mirar hacia su lado, me di cuenta de que el muchacho se había quedado dormido, incluso roncaba. Miré mi reloj y ya era pasada la medianoche.

- No te preocupes por la hora. Puedes pasar la noche acá. Antes déjame ir a acostar al niño. Siempre se queda dormido en el sillón viendo dvd. Se llevó casi a rastras a su hermano menor, quien parecía un muñeco de trapo apoyado en sus hombros. Al recordar lo que me había contado sobre su conocimiento de las artes marciales, comprendí en parte su facilidad para llevarse casi en brazos a un joven tan corpulento como su hermano por eso también aquella noche me tomó e hizo conmigo lo que quiso, sosteniéndome sin mayores problemas.

- Es un chico muy dulce.- No sé por qué realmente lo hice, pero le di un beso en la frente y le acaricié el pelo.

- ¿Así que lo encuentras dulce?- Su tono ahora era irónico. Se me quedó atorada la lengua.

- Pues lo es.- Logré decir por fin.

Si Edmundo no hubiese sonreído de nuevo con ese precioso rostro suyo, no sé qué habría hecho. Era obvio que sabía que me tenía caliente su hermanito.

Me quedé un rato sentado a solas, esperando con ansias a que volviera Edmundo. El dueño de casa se demoró más de lo previsto. En un determinado momento, noté que la luz del lugar comenzaba a bajar, quedando casi en penumbras. La luz se concentraba en sólo una parte del departamento: una pieza al fondo de un pasillo, donde la puerta se abrió y desde allí escuché que me decían.

- Ven.

¿Me estarán esperando acaso allá los dos hermanitos? Aún tenía la esperanza de que el trío se hiciera realidad. Me imaginaba que me partía entre los dos y que luego por fin podía darme el gusto de penetrar el juvenil culito de Osvaldo, momento que aprovecharía Edmundo para volver a hacerme suyo, en un trencito de camino hacia el éxtasis sexual más puro. Mi pene se puso a derramar fluido de sólo pensar en lo que podríamos hacer los tres juntos en ese cuarto.

Llegué a la pieza y en la cama donde fui sodomizado, me encontré con una gran sorpresa. Vestido con un atuendo escolar se encontraba echado Edmundo.

- No te cogerás a mi hermano. Pero quiero que pienses ahora que yo soy él. Un colegial ansioso por aprender de ti todas las lecciones. Quiero ser tu alumno aventajado. Hazme pruebas orales y manuales y verás que no te defraudaré.

Me quedé helado. Tantas veces me imaginé que tenía así a Osvaldo, vestido, muy limpiecito y ordenado, de escolar. Que entonces lo estrechaba contra mí y recorría con mis manos su exquisita figura, metiendo las manos entre el polerón y por debajo del pantalón gris. Nuestras bocas pegadas en un beso húmedo. Los gemidos del iniciado muchacho se harían oír a la par que jugaba descubriendo sus zonas erógenas.

No vacilé más. Cerré la puerta y me tiré sobre Edmundo, quien se abrió de piernas para recibirme. Metí una mano por debajo del polerón para esparcir mis dedos entre su peludo y ya mojado torso de ves en cuando le apretaba con los dedos una tetilla. Nuestras lenguas se encontraron y bailaron al compás de nuestros murmullos amorosos. Luego lo besé en el cuello.

- Profesor, tómeme.- Me dijo imitando a un lujurioso adolescente.

- Ahora te demostraré que puedo culiar tan rico como tú.

- Eso quiero. ¡Uf, la tiene dura, profesorcito!- Me había metido una mano por entre el marrueco y se había puesto a pajearme. Yo seguí encima de él muy pegado a Edmundo que me tenía más cachondo que nunca.- He sido un niño bueno, quiero mi premio, profesorcito.

- Te daré tu papa, cabrito.

- Eso, quiero mi mamadera.

Todavía seguía vestido con la ropa de su hermano, cuando me senté sobre su pecho duro y me bajé el pantalón hasta las rodillas. Así le culié la boca, metiéndole hasta las bolas bien adentro, para que saboreara el gusto del miembro que en un rato más tendría en su velludo ano. La primera vez en que nos acostamos no le vi bien el culo, pero lo había sentido peludo y amplio y ahora dentro de poco se lo rompería a pichulazos. Edmundo mamó de mí casi hasta sacarme el jugo de los huevos, pero me contuve. Succionaba tan bien como se manejaba igual que un maestro en el resto de las artes amatorias. Con un amante así ¿Para qué quería a un pendejo inexperto?

Quería penetrarlo vestido de escolar. Hice que se diera vuelta y levantara el culo. Le pasé las manos por detrás, aún llevando arriba el pantalón. Se desabrochó el cinturón y se lo bajó sólo un poquito, lo justo para que pudiera contemplar su majestoso culo, el que mordí despacito en las nalgas después se las besé y por último le pasé la lengua entre medio del orto para mojarlo más antes de entrar en él.

- Hace tiempo que no me penetran. Ábreme más con tus dedos.

- Será un placer.

Luego de mi lengua, lo siguiente que entró en contacto con su rosadito ano, fueron mis dedos, que al mojármelos con saliva y el jugo de mi pico, fueron haciendo presión en esa tierna carne. Edmundo se quejaba de puro goloso, dando grititos de lujuria y dolor. Seguí metiéndolos, hasta que se abrió sin problemas y me atreví hasta meter tres dedos de un tirón. Su culo era tan aguantador como su falo en mis entrañas.

- No aguanto más. Te lo voy a meter de una vez.

- Sí, hazlo. Soy todo tuyo.

Lo puse en cuatro y con una mano aproveché de agarrarme de su polla de semental, la que llegaba a estar petrificada. De la cabeza salía abundante líquido pegajoso que me llevé a los labios con los dedos. Su salobre sabor me recordó la vez en que me tenía a su merced y yo era su puto. Ahora los papeles se habían invertido y esta vez sería Edmundo a quien se cogerían hasta hacerlo pebre. Y entonces me fui introduciendo en el culito lleno de vellos rubios y suaves como pelusilla, entrando despacito para luego ponerme a bombear con fuerza, tal como me gustaba hacérselo a otro macho.

- ¡Entra con todo no más!- Casi gritó mi nuevo alumno.

- También te gusta mucho el pico.

- Sí, me encanta y más si es uno tan rico y grueso como el tuyo. Me acuerdo de cuando lo tenía en la boca. No sabes cómo me calienta un pico así de gordo y lleno de venitas. ¿Eres lechero?

- Sí, boto mucha leche tibia.

- Ummmmm.

Le di duro, sin dejar de masturbarlo, pues no dejaba de fascinarme la proporciones gargantuescas de su callampa. Al subirle un poco el polerón, que a esa altura estaba todo mojado de pura transpiración, me puse a darle besitos en la espalda. Todo su cuerpo era una invitación al placer.

- Fóllame por delante, ahora.

- Estoy para servirte.

Lo di vuelta como si fuera un filete que asaba para ponerlo a su punto y servírmelo. Me quedé un rato detenido en la contemplación de su modelada figura. Lo desnudé por completo. Llevé mi pene hacia el suyo para masturbarlos en conjunto, disfrutando del contacto endurecido de éste, de mojada y enrojecida cabeza. Dominando todo lo que puede el control de mi cuerpo, me incliné y fuí capaz de llevarme a la punta de la boca ambos glandes saqué mi lengua para saborear mejor el jugo de su falo que se mezclaba con el mío. Edmundo llegó a poner los ojos en blanco. Sus blancas mejillas ahora las llevaba sonrosadas. Su rubia cabellera se le pegaba a la frente producto del sudor que exhalaba.

- Me gustas demasiado.- Le dije.

- Y tú me calientas demasiado.

- Entonces continuemos dándole.

Edmundo abrió todo lo que pudo sus piernas para recibirme, para que lo llenara con mi virilidad que otra vez volvía a sacarle gemidos tan fuertes, que creía que despertarían a su bello hermano menor. Me agarré de sus pectorales de gorila, apretándoselos hasta sacarle más lamentos de calentura, frotando mis dedos en sus rosáceas tetillas que me llamaban a llevármelas a la boca. El rostro de Edmundo se retorcía de gozo.

Hasta antes de volver a acostarme con él y tras haber sido suyo, pensaba que sólo quería se pasivo con él, que hiciera conmigo lo que quisiera pero ahora en que disfrutaba más que nunca de su culito, me daba cuenta que muy bien con Edmundo podía probar de todas las formas posibles del disfrute sexual entre hombres.

Cuando me abrazó con sus piernas y me atrajo más hacia sí, nos volvimos a besar en la boca con una pasión que parecía que nos estuviéramos devorando entre los dos. Pasé mis brazos por debajo de sus axilas y así teniendo nuestros cuerpos bien pegados contra sí, nos retorcimos en los brazos del otro hasta sacarnos chispas.

Era la mejor cacha de mi vida, sólo superable a cuando fui suyo.

- Házmelo de ladito.

- Eres un goloso.

- Es que culeas tan rico.

- ¿Y volveré a probar de tu miembro?

- Cuando quieras, pero ahora déjame ser sólo tu putito.

- Pues te voy a romper el ano a pichulazos, mi putito calentón.

- Me gusta que me trates así.

- Vamos, vamos, dáme esa raja grande y húmeda que tienes para acabar en ella.

- ¿Me darás tu leche ahí adentro?

- Claro, quiero derramarme en ti.

- ¡Sí, hazlo, hazlo!

Ya de ladito, con una mano afirmando uno de sus pectorales, y la otra estrujándoles las bolas de semental, me puse a darle más duro, más fuerte y golpeándole a tal punto los cachetes, que se oían nuestras carnes chocar entre ellas. Por un momento me imaginé que Edmundo se deshacería entre mis brazos. Nuestros cuerpos quemaban.

La leche salió de mí a borbotones, inundando todo en el interior de mi estimable apoderado, mi señor apoderado. Edmundo se estremecía que daba gusto. Lo ayudé a acabar con el pajeo que le hice y cuando sentí que sus propios fluidos rezumaban entre mis dedos, me dieron ganas de llevármelos a la boca para alimentarme de ese moco que despedía un aroma exquisito.

Seguía adentro de él, cuando poco a poco el sueño me fue invadiendo, lo mismo que a Edmundo. Mis párpados me pesaban como si me hubieran echado arena sobre ellos. Entonces antes de caer profundamente dormido, con la cabeza que me pesaba de los mil demonios, miré hacia la puerta y una masculina sombra desnuda se destacó en el umbral. Tenía aferrado en una mano un pene casi tan majestuoso como el de Edmundo, el que se lo corría que era un primor. Me quedé dormido pensando si todo había sido una alucinación producto de mi febril estado o era el mismísimo Osvaldo que había contemplado impúdico nuestra orgía.



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