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Memorias de una infiel


Es difícil saber en que punto empezó Aime a serle infiel a su esposo Esteban. Pero no se preocupen, yo me encargaré de ir relatando todas y cada una de las aventuras de esta insaciable mujer. Iremos conociendo todas sus aventuras desde las más simples hasta los grandes festines del pecado.

Tal vez se pregunten, pero que tiene Aime para ofrecernos, bueno se los diré: es una hermosa mujer de veintisiete años, aun sin hijos, morena, un hermoso pelo negro, lacio y negro unos lindos labios rojos y carnosos unas piernas largas y estéticas, unos pechos firmes, no muy grandes pero sensuales, todo enmarcado............. con un rostro mezcla de ternura y perversión. Esa será nuestra protagonista.

Voy a empezar por hablarles un poco de Esteban, pequeño empresario, por lo regular suele ser un eslabón para los verdaderos hacedores de fortuna. Tiene mucho talento para los negocios, pero no es la clase de hombre que crea firmemente en su persona. En otras palabras, es un hombre fácil de convencer. Su mujer lo sabe y por eso lo escogió, un hombre que la hiciera vivir bien, y que aparte le diera las herramientas para engañarlo de las formas más variadas.

Así es como la dulce monotonía de la vida de Esteban era aprovechada al máximo por su dulce esposa.

La historia de esta ocasión comienza con una cena, en casa, tranquilos dos, en lados opuestos de una mesa. Esteban le comenta que su próximo negocio va a cerrarse en la sala de convenciones, cercana a la playa. A ella no le importaba en lo absoluto la vida profesional de su marido, pero por un momento consideró la posibilidad de ser abrazada por los agradables rayos del sol del trópico.

¿Puedo acompañarte?

¿En realidad quieres acompañarme? Te puedes llegar a aburrir, no tendría mucho tiempo para ti.

(Como si alguna vez lo tuvieras), no importa, me gustaría distraerme, alejarme de la ciudad.

OK

Ese mismo jueves se dispusieron a viajar, era un viaje de tres días y dos noches. Un par de horas de vuelo después se dispusieron a llegar al hotel, para hospedarse. Para la ocasión Aimé se puso un delicioso vestido verde muy ligero, le llegaba a medio muslo y el hombro se dejaba ver de vez en cuando. Al llegar al hotel Aimé, no pudo dejar de ver al botones que se ofreció para colectar su equipaje y dirigirlos a la recepción. Él con un poco más de discreción pero igual de intenso no dejaba de verle las piernas y las curvas que el vestido hacia en sus maravillosas nalgas.

No hacía falta que sintiera observada para moverse de forma tan cadenciosa, pero el morbo era parte importante de aquel instante, ir del brazo de su marido, con las nalgas tan paradas como si estuviera bailando para todo un publico en uno de esos bares de desnudistas. Y no era nada más el botones, a su paso todos los huéspedes ponían la misma cara de embelesados.

Les dieron la llave de su habitación y siguieron nuevamente al empleado. En el pequeño elevador empezó a llenarse y fueron relegándose a la parte de atrás. En ese momento Aimé aprovechó para mover una de sus manos hasta acariciarle el trasero al botones. Él pobre tipo empezó a tragar saliva, su trasero estaba siendo gentilmente ultrajado por un forro de mujer. Ella le pasaba la mano de una nalga a la otra, para rematar con un tremendo agarrón que lo sobresaltó. Nadie en el ascensor dijo nada, aunque todos lo notaron, todos excepto Esteban quien ya iba repasando los informes de su trato.

Al momento de salir el recadero, Aimé le lanzó un beso muy sensual. Esteban se dispuso a refrescarse un poco y salió con urgencia, para la sala de convenciones, mientras que Aimé inspeccionaba la habitación, tenía lo necesario para disfrutar una tina de baño, una terraza con sillas para tirarse al sol, un bar llenó para su disposición, entre otras cosas. Se metió a bañar para librarse un poco del sudor acumulado. Al salir del baño se paró frente al espejo y comenzó a secar su cuerpo, sin perder detalle de su escultural cuerpo, se detuvo un poco más en sus pechos y en su pelvis, el cual lo tenía completamente depilado. No pudo detener los impulsos de tocarse suavemente, recorriéndose el clítoris de arriba hacia abajo, con la otra mano se amasó uno de los pechos. Pensaba en el musculoso botones, en tener nuevamente sus duras nalgas entre sus manos. Imaginaba su boca mordisqueando sus pezones, y para poder reproducir la sensación se pellizcaba los pezones a cada nueva mordida de su amante. Un momento después se encontraba ya arrodillada frente a lo que ella pensaba era el falo de aquel hombre comenzó a morderse los labios entonces engullo dos de sus dedos, primero como una dulce caramelo, le pasaba la lengua por todo lo largo, mientras con su otra mano seguía con su tratamiento vaginal. Se dibujaba postrada hacia ese completo desconocido, tragando su virilidad, siendo su puta. Después se tendió frente al espejo, aunque en realidad ya no lo miraba, se amasó ambos pechos, arqueando la espalda lo máximo posible, sintiendo como aquel imaginario semental la levantaba del suelo para clavar su pene en su vagina, sus dedos pasaron de las caricias a la penetración. Su excitación ya era tanta que comenzó a gritar como si en realidad la estuvieran poseyendo. Fueron minutos inagotables en los que la imaginación hizo estragos. Cuando explotó se dio cuenta que ya había llenado la toalla del hotel con sus propios líquidos corporales.

Después de lavarse nuevamente, se preparó para vestirse. Se puso una linda falda blanca un poco larga pero igual de ligera que el vestido, entallada en la parte de las nalgas y más libre en la parte de abajo, falta decir que se dibuja una linda prenda g-string igualmente blanca. Una blusa negra brevemente abierta del frente, no llevaba sostén por lo que sus pechos se veían muy libres. Unas zapatillas negras de atadura y una pulsera de oro en el tobillo izquierdo. Se soltó el cabello, se perfumó y salió de compras.

Llegó a la puerta del hotel y le pido al mismo botones que le pidiera un taxi. Ni tardo ni perezoso salió en búsqueda del auto de alquiler, antes de abordar Aimé le preguntó si al regreso de ella sería tan amable de ayudarle a cargas sus compras hasta la habitación. Sin pensarlo le contestó que sí, aunque iba a salir en poco menos de una hora, era fácil de convencer a uno de sus compañeros en suplirlo por unas cuantas horas, es decir empezar a cobrarse algunos favores.

Aimé se dirigió a los centros comerciales más costosos, y vale de poco comentar que tardó mucho en escoger cada prenda. Lo que si les puedo decir es que le puso especial dedicación a la lencería. La pieza principal de sus adquisiciones fue un conjunto de tanga y blusa blanca llena de corazones, liguero y medias también con corazones, el verla con ellas era para sufrir un ataque al corazón.

Regresó cerca del atardecer, para estas horas el empleado ya le había contado de esta bomba al resto de sus compañeros, así que no fue difícil ver que más de uno esperaba la llegada de Aimé. Por supuesto el indicado en abrirle fue Rolando, nuestro botones al cual llamaremos así a partir de ahora (eso si no les importa). Las compras de Aimé eran muchas incluso para los brazos de Rolando. Agustín un compañero de él se acercó y se presentó ante Aimé haciendo énfasis la belleza de la señora. Ella halagada le sigue el juego y le da a cargar el resto de las bolsas. En esos momentos Rolando no vió con buenos ojos el descaró de su compañero pero después de un rato ya no se acordaría.

En el trayecto a la habitación, Agustín no perdía oportunidad de hacerle plática a Aimé, le hacía preguntas a las cuales se limitaba a responder brevemente. Ahora el elevador se encontraba desierto y Agustín se atrevió a preguntar si la vida sexual era buena.

No, no la es. Sin embargo, soy una mujer con mucho ingenio para divertirme. Ahora Agustín pasó saliva y se pasó el resto de las bolsas a una de sus manos para rozarle la mejilla con la mano libre.

Eso es muy interesante, y ¿a qué tipo de cosas ingeniosas te refieres?

A esta pregunta ya no contestó se limitó a succionar los dedos de aquel mozo. Rolando que seguía todo con suma atención se acercó de igual manera, dejo las bolsas en el piso y empezó a sobarle las nalgas, al igual que ella había hecho anteriormente. Ella le plantó un beso intenso. El otro tipo mientras tanto ya tenía apresados sus pechos cuando se dieron cuenta que habían llegado al piso de ella, para suerte de los tres nadie esperaba el ascensor en ese momento.

Salieron a hurtadillas del cubo de acero como si fuesen niños que acaban de romper un florero. Se introdujeron al cuarto y empezaron de nueva cuenta los toqueteos. Aimé les puso un alto y les dio las gracias por la ayuda, e iba sacar la propina de los camareros, pero Rolando la detuvo con un nuevo beso, ahora sus lenguas rebuscaban el uno en el otro. Agustín sabía que no había vuelta atrás así que lleno unos cuantos vasos con licor, hubiera propuesto un brindis pero se dio cuenta que su compañero ya la iba comiendo gran parte del mandado, así que sólo apuro la copa. A esos momentos, Aimé ya se encontraba jugando con la tranca de Rolando, mientras él se entretenía con los pechos ya desnudos de ella, les pasaba la lengua por las aureolas varias vueltas al pezón para terminar con un mordisco que estremeció a Aimé.

Ya entregada por completo, Agustín se acerco para disfrutar de su tremenda cola. Primero le restregó su miembro ya libre, ella trataba de adueñarse de ella apretando las nalgas, mientras le mordisqueaba el cuello. Se apoderó de los dos falos y así de pie comenzó a darles una tremenda chaqueta. El miembro de Agustín no era muy grande, y era de un grosor medio, sin embargo no le hizo el feo, el de Rolando era tal vez poco más grande que el de su compañero, pero sin duda era mucho más grueso, tanto que le era difícil cubrirlo con su pequeña y delicada mano.

Tengo ganas de chupar tu verga.

Rolando no le contestó le bajó de un tirón la falda y la tanga, la tomó de la cintura y la elevó en el aire haciéndola girar hasta tener completo acceso a su zona vaginal. Aimé por su parte ya intentaba engullirse el fierro de Rolando, pero a diferencia de cómo se lo había imaginado ahora solo podía llegar la punta, lo lamía y succionaba, mientras que con sus manos se agarraba de las nalgas de aquel hombre. Agustín, aun que un poco excluido, también empezó a lamer a Aimé, mientras que su compañero le daba unos soberbios lengüetazos a los labios vaginales, él comenzó ensalivar el culito de Aimé. Ella no sabía si seguir chupando o sólo gemir de placer, pues aquellas mamadas le daban unas descargas eléctricas en todo el cuerpo, que se sentía desfallecer. Y entre mamada y mamada llegó al orgasmo.

Le dieron un momento de tregua, la acomodaron suavemente mientras las pupilas le volvían a las cuencas de los ojos. Agustín fue el primero en acomodarse para el siguiente paso, tomó uno de sus pies, y lo besó con frenesí, fue bajando por la pierna hasta el muslo, y cuando estaba a punto de volver a poner su lengua en el monte de Venus se incorporó para clavar de un tirón la reata en la cueva de Aimé. Empezó de forma suave, quería que lo sintiera dentro el máximo de tiempo posible. Por el momento Rolando sólo observaba desde una silla la escena. Ella lo tomaba de los cabellos y lo acercaba a sus pechos gimiendo como loca, pero al que veía con canchondeo era a él.

Poco a poco comenzó a bombear con más fuerzas, las embestidas sacaron a Aimé del juego de miradas. En realidad Agustín sabía mover muy bien su asunto. Esto aunado a frases como \"perra pide tu comida\", o \"vamos gime como perra\". Aimé sacaba la lengua y hacía como si aullaba. Sabía que era suficiente hembra para los dos, por eso tentaba tanto a Rolando. Mientras tanto sentía como Agustin se venía dentro de ella. Él la besó, ella lo atrajo hacia su pecho como si fuera un niño pero al mismo tiempo le decía, muévete a un lado que allí viene tu papá.

Rolando se acercó con su amigo parado, Aimé levantó ambos pies cuando se encontraba lo suficientemente cerca, comenzó a hacerle una chaqueta con las plantas de los pies, pero con tal destreza. Rolando no hubiera aguantado mucho de esa forma, por eso la tomó por la cintura y la acomodó de a cuatro patas. Se ensalivó dos dedos y se los introdujo por el ano. Aimé estaba poseída, gemía y gemía. Él tomaba su tiempo, le gustaba sentir como sus dedos se perdían en aquella cavidad, incluso lo acompaño con unas cuantas nalgadas. Cuando ya sintió que salía el suficiente líquido le dejó ir el garrote, primero la punta, aunque ya otros habían entrado por allí, no era una puerta que soliera dar mucho, y pues se encontraba un poco fuera de uso.

El resto de la verga le entró como mantequilla, frenéticamente los dos se movían al vaivén, como si fueran piezas de un mismo engranaje, girando a cien revoluciones por minuto. Los pechos se bamboleaban, mientras que el agarrado a la grupa, se daba la montada de su vida. Ahora Agustín observaba, aunque ya un poco cansado, Aimé no miraba, tenía los ojos cerrados, disfrutaba al máximo.

Después de algunos minutos de tremendas envestidas, salió de su ano para desparramar su leche por todas sus nalgas. Ella que sentía ya que las nalgas le ardían recibió el líquido como un regalo. Los tres permanecieron recostados por un cuarto de hora.

Cuando Aimé se levantó para alistarse para su esposo les pidió que se vistieran y que se fueran. Ella entró al baño, puso a llenar la tina cuando estaba a punto de poner el primer pie, suena el teléfono, al otro lado del aurícula Esteban le dice que está tomando ya un taxi hacia el hotel.

Por el momento es todo, pera la historia de este viaje continua cuando se estropea la regadera, y don Pipe acude a reparla.



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