"El Profesor" me llamaba cada dos o tres días para encargarme nuevas citas. Me había convertido en toda una puta de lujo a domicilio en la que mi fama iba cada día ganando importancia en los círculos más selectos. Hacía de todo y atendía a todas las peticiones que mis clientes pudieran solicitar. Espectáculos lésbicos, masturbaciones para mirones con cualquier cosa que ellos pidieran, tríos de dos hombres conmigo, orgias con matrimonios liberales que querían una tía para humillar y dar rienda suelta a todas sus perversiones, zoofilia con................." name=description>
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Me los follare a todos (Mari Mar 15)


En un nuevo encargo de "El Profesor" Mar debe hacer un viaje a Marruecos cuando su voluntad se resquebraja ante una masiva absorción de óvulos de emputecimiento"

"El Profesor" me llamaba cada dos o tres días para encargarme nuevas citas. Me había convertido en toda una puta de lujo a domicilio en la que mi fama iba cada día ganando importancia en los círculos más selectos. Hacía de todo y atendía a todas las peticiones que mis clientes pudieran solicitar. Espectáculos lésbicos, masturbaciones para mirones con cualquier cosa que ellos pidieran, tríos de dos hombres conmigo, orgias con matrimonios liberales que querían una tía para humillar y dar rienda suelta a todas sus perversiones, zoofilia con.................  perros… Me había convertido en una solícita esclava, en una puta que, obedientemente, atendía todos los servicios que mi chulo pudiera buscarme y encima, a pesar de todo, lo disfrutaba. Disfrutaba cada una de las citas como una aventura nueva y sensual, cargada de eléctricas sensaciones y en las que, en ninguna de ellas, podía imaginarme hasta dónde podría llegar el cliente en sus requerimientos.

Las tomas de los óvulos se sucedían una tras otra, regulares.

Pasó de esta forma casi un mes más. El verano llegaba casi a su fin y estábamos ya a mediados de Septiembre cuando una nueva llamada de "El Profesor" cambió el panorama hasta entonces creado y mantenido. Las órdenes como siempre fueron tajantes pero esta vez fueron distintas:

Hola zorrita mía –dijo Antonio- tengo un nuevo encargo para ti…

Sí, lo que Vd., diga… -dije automáticamente-

Un mensajero te va a llevar a tu casa unos billetes de avión para Tánger. Sigue las instrucciones que también te entregue en una carta.

Lo haré, no se preocupe…

Y colgó sin decir nada más. Me quedé un poco pensativa, perpleja ante el rápido viaje y las tajantes instrucciones. Nunca antes me había ordenado ir a ningún sitio fuera de la ciudad y mucho menos ir al extranjero. Me quedé francamente intrigada y en cierto modo asustada.

A la media hora llegó el mensajero. Firmé la recepción de la documentación y se marchó sin más. Había una reserva de avión a Tánger de ida y vuelta, una reserva de un hotel y una carta con instrucciones que leí inmediatamente y que decía:

"El vuelo es el IBK1530. Sale a las 16:05. No lleves equipaje alguno, sólo lo que puedas necesitar de aseo y claro está, el enema de la mañana y tres óvulos para que te los administres a las horas habituales. Una vez llegues a Tánger, irás directamente a la pensión Al-Tejaeda, cerca del zoco sur de Tánger donde esperaras a que venga Akim. Él te dirá qué es lo que tienes qué hacer. Regresarás mañana por la mañana en el vuelo de las 11. No te entretengas en nada y ve directamente a tu casa.

Sin que sirva de precedente, lleva ropa muy discreta, sin llamar la atención, eso sí, durante el viaje ponte el vibrador programable, el plateado, lo llevarás todo el tiempo y lo programas a mínima velocidad durante media hora y finalizados estos y durante 10 minutos a velocidad máxima. Así recordará tu coño para qué está preparado. No te lo retires hasta que venga Akim y… hazlo delante de él

Espero que por tu bien, cumplas al pie de la letra todas las instrucciones y que no te desvíes en nada de lo que te he dicho. Esto es de vital importancia para mí.

Fdo.: A."

Tenía menos de una hora parara ir al aeropuerto y esperar las dos horas de rigor necesarias en los vuelos internacionales para poder pasar todos los controles. Me puse rápidamente unos zapatos planos, tipo bailarina, unos vaqueros piratas gastados y una camiseta blanca con el logotipo de una conocida discoteca de la costa levantina. Programé el vibrador tal y cómo me lo había ordenado en la carta recibida, funcionaría continuamente, con una escasa pero continua vibración pero cada media hora, y durante 10 minutos este cambiaría de velocidad para comenzar otra increíblemente rápida y salvaje. Me lo metí tras insertarme el óvulo de la tarde en la vagina. Acostumbrada y normalmente dilatada, acogió como sedoso y adaptable guante los 15 cm de su metálica estructura sin problema alguno. Encima me puse los vaqueros, sin ropa interior, pues nada decían al respecto las instrucciones dadas. El ajustado vaquero sujetaba el dildo en mi interior impidiendo que este pudiera salirse ni un milímetro de mi receptiva cueva. Salí disparada para el aeropuerto en uno de los taxis que pasaba por enfrente de mi casa.

Justo cuando me bajé del taxi, el puñetero vibrador comenzó la primera sesión masturbatoria en su máxima expresión. La vibración era tan intensa que si se ponía atención y oído podía distinguirse con facilidad su constante e incansable zumbido. Mi preparado coño reaccionó destilando más fluido y me asaltaron pequeños y constantes orgasmos mientras me desplazaba de un lugar a otro, intentándome sujetar allí donde un agarradero pudiera ver. A pesar de mi intención de no llamar la atención de la gente, mis andares y las expresiones que en mi cara se reflejaban por la regular estimulación que me proporcionaba el vibrador delataba a la gente con la que me cruzaba que algo me estaba pasando.

Ya llegado a Tánger, se evidenciaba en los vaqueros, una visible y abundante mancha que discurría desde el punto en que se unen mis dos piernas hasta una altura de medio muslo. Parecía como si me hubiera meado encima y todo el mundo no paraba de mirarme y preguntarme si me encontraba bien. Mis pezones atravesaban literalmente la tela de la camiseta y se mostraban igual de sugerentes o aún más si cabe, que si no llevara nada. Por suerte, pude pasar la aduana marroquí sin demasiados problemas salvo por las miradas de dos agentes que no dejaban de quitarme el ojo.

Llegué a la pensión justo en el momento en que comenzó otra sesión de 10 interminables, constantes y fieros 10 minutos. Estaba sudando por todos los poros de mi cuerpo, no podía casi ni andar y ya había perdido los orgasmos que había alcanzado en el trayecto desde mi casa a la puerta de la cochambrosa y mísera pensión en la que tenía hecha la reserva. La habitación era tan sucia y desagradable como el resto del conjunto en la que se integraba. En el techo había girando un enorme ventilador de cuatro aspas que por sí sólo, no era capaz de poder sofocar el calor asfixiante que había en el ambiente. Me quité los vaqueros y la camiseta, completamente empapados ambos, uno por mis fluidos y la otra por los sudores que me entraban por los delirantes y fortísimos orgasmos que estaba experimentando con el jodío dildo programable en mi depilado, abierto y receptivo conejito.

Desnuda, me tumbé de espaldas en un camastro al que le sonaron, quejumbrosos, todos los muelles del colchón con el plateado juguete sobresaliendo en su base de entre los abiertos labios vaginales. Y de esta forma me dispuse a esperar al supuesto cliente, el tal Akim, al que delante de él me debería de sacar el tortuoso instrumento sexual.

Esperé una hora, dos, tres… nadie vino. Tan dilatado y abierto tenía el coño que el dildo se salía cada dos por tres de mi interior encabritado e incansable teniéndome que volver a poner los vaqueros para que sujetaran a este y le impidieran la salida de su caliente y sedoso receptáculo.

Tras unas dos nuevas horas de espera, con sus cuarenta intensos y caóticos minutos de máxima estimulación, me introduje el óvulo nocturno que me correspondía por dosis. El dildo a partir de este momento fue implacable en su vibración y mi vagina comenzó a estirarse y contraerse en unos espasmódicos y escalofriantes orgasmos que me hicieron perder, como otras veces, la conciencia.

Me quedé dormida y desperté como a las 7 de la mañana tras unos impetuosos aporreos en la puerta de entrada a la cochambrosa habitación. Me levanté a abrir, con las tetas al aire y los pezones como castañas de lo excitados que estaban. Los piratas estaban pegados a mis piernas de todas las corridas que había tenido y habían perdido su color azul claro completamente hasta convertirse en un intenso color añil. Estaban empapados, al igual que la colcha del catre…

Debajo del dintel de la puerta se encontraba un moro bastante alto, de casi dos metros de altura, de tez muy morena y prominente nariz ganchuda, el ensortijado pelo negro lo llevaba pegado al cuero cabelludo no sólo por el calor sino también por la suciedad que ostentaba. Llevaba una camisa blanca y unos pantalones negros llenos de lamparones a juego con unos zapatos también del mismo color que podían haber pasado por marrones de todo el polvo que tenían. En una mano llevaba una bolsa grande de plástico amarillo. El sujeto se quedó mirando fijamente mis tetas, embelesado, abstraído, y con una sonrisa que desveló una hilera de dientes mellados, desiguales y tan amarillos como la bolsa que portaba. Me preguntó en un español chapurrero y con acento árabe si yo era la mula de "El Profesor"…

¿Mula? ¿Qué mula? –contesté confundida mientras sentía como el puto vibrador continuaba con parsimoniosa y lenta cadencia su trabajo vibratorio-

Yo ser Akim ¿tú ser mula de "El Profesor"

Hola… Akim – dije confundida aún por lo del apelativo de mula- te estaba esperando… pasa.

El moro pasó a la sofocante habitación de la pensión y dejó la bolsa amarilla encima de la cama. Yo cerré la puerta tras él que, pasmado por mis pechos, no dejaba de observarme las tetas. Lo cierto es que estaban espectaculares , gotitas rutilantes y perladas de sudor bajaban por el espectacular canalillo de estas y los pezones, por la constante excitación del dildo insertado, se mostraban encabritados y en su máxima expresión pidiendo a gritos que alguien les diera batalla. Poco tiempo tenía para ir al aeropuerto y tomar el avión de las 11:00 que me llevara de vuelta a casa y tenía que darme prisa si quería cumplir con el encargo que me habían encomendado. Sin darle tiempo al moro a que dijera algo me bajé los vaqueros quedándome completamente en pelotas delante del supuesto cliente. Lancé los empapados vaqueros a un rincón de la habitación y me eché en el camastro abriendo mis piernas y mostrando sin pudor alguna mi abierto y receptivo coño atravesado por el dildo plateado. De entre lo labios de la vagina comenzó a salir, a causa de la postura, la base del dildo. Comencé a sacármelo notando el coño hipersensitivo y completamente dilatado para lo que pudiera hacerse con él…

Bueno ya esta… joder –dije retorciéndome ante el roce de salida del jodío vibrador- cumplido y ¿ahora qué?

¿Ahora? Pues yo estar caliente con lo que tu has hecho, ser una hembra puta. –dijo el moro- Ahí esta mercancía para "El Profesor" el me ha pagado mitad resto tu.

¿Y que se supone debo hacer ahora con esa bolsa?

Llevarla a profesor ¿no ha dicho nada a tu?

No…

¡Jajajajajaja vaya que Zaim! Nai la Abraham nehil brien jalal! Jajajajaaja

No entiendo nada- dije-

Jajajaajaja ¡Puta remera europea¡… ¡¡nehil!!jajajajajaja

Se llama ramera no remera… ignorante – dije fastidiada de tanto cachondeo-

Deber llevar contenido bolsa a profesor. El espera. Tener cuidado en aduana. No debes hablar con policia…

Fue a partir de ese momento cuando me di cuenta de todo y lo que se pretendía de mi. Ya había oído hablar de las "mulas". Chicas que por hacer viajes y transportar en sus cuerpos hachis u otras sustancias hacia Europa se ganaban un dinero para nada despreciable en sus viajes. El desgraciado de "El Profesor" me había utilizado esta vez como correo para transportar vete a saber qué sustancias desde Marruecos a España. Seguramente sería hachis, marihuana, coca o cualquier otra mierda parecida. Estaba aterrada, eso sí que no entraba en mis planes.

Abrí la bolsa amarilla. En ella había tres cajas de distintos tamaños y abrí, temblando, la más grande de todas...

En ella había una minifalda cortísima de color blanco, con pliegues y rematada con un estrecho y minúsculo cinturón rojo brillante que la adornaba y la remataba en la cintura, un minúsculo tanga de hilo dental negro semitransparente y una camiseta sin mangas de una mezcla de licra - algodón de color rojo intenso. Pensé inconscientemente que mi pensamiento había sido una locura mía transitoria y que el juego continuaba. Me sentí aliviada en cierta forma si bien el ponerme esa ropa en un país musulmán podría ser más que provocador. Era raro que "El Profesor" hubiese incluido en el vestuario un tanga, aunque por lo pequeño del mismo era casi como no llevar nada y tan sólo me taparía el pubis y poco más. La camiseta parecía que era también pequeña, como de casi dos tallas menos que la que normalmente uso si bien la tela parecía ceder y adaptarse fácil al cuerpo.

Abrí la otra caja, era una caja de zapatos. En ella había unas sandalias de rojo fuego, de tipo italiano, de tacón finísimo de unos 8 cm de una sola tira delante y sin ninguna otra tira detrás, dejando prácticamente todo el pie al aire. Yendo de esa forma vestida no iba, desde luego, a pasar desapercibida tal y como me había dicho el "El Profesor" que hiciera. Era literalmente imposible el no llamar la atención con semejante vestuario en un sitio como aquel.

Mientras tanto Akim no pudo por menos de contenerse ante mi desnudez y comenzó a tocarme el culo con sus manos, a darme palmaditas en las caderas comprobando la sensualidad de estas y parloteando en un idioma ininteligible e incomprensible para mí que supuse era árabe mientras palpaba y sobaba, todo lo que podía, sin cesar.

Abrí la tercera caja. Era una caja de plástico blanco, más bien una fiambrera. Mis esperanzas se hicieron añicos en cuanto vi su contenido. Quedé paralizada y sin opción de pensamiento alguno hasta que vi de costado una breve nota escrita con la letra de "El Profesor" que decía:

" Me imagino que tendrás tus agujeros preparados y suficientemente dilatados como para poder trasportar en ellos la mercancía. No tardes y coge a tiempo tu vuelo. Ponte lo que te ha entregado Akim y págale como mejor le plazca.

Fdo: A."

En la fiambrera había como de entre veinte o veinticinco bolas transparentes que contenían un líquido ambarino del tamaño de pelotas de golf. El envoltorio era muy fino y de una maleabilidad asombrosa y en cada una de ellas tan sólo quedaba una pequeña y minúscula burbuja de aire que impedía que el liquido reventara y saliera disparado al verse libre de su prisión plástica. Supuse que era seguramente hachis líquido, también llamado aceite de hachís, sustancia muy pura, para poder hacer con él otros preparados a modo de materia prima. El moro seguía hurgándome y metiéndome mano sin contemplación ni recato alguno en los bajos. Yo estaba paralizada. No sabía qué hacer. Completamente atrapada en un mar de confusión personal , ahora se me exigía hacer de camello de una sustancia que estaba prohibida tanto en el país de origen como en el de destino. ¿Qué podía hacer?. Tenía varias opciones, una de ellas coger la ropa que tenía e irme a España y pasar de toda esa mierda y otra, obedecer y acatar las instrucciones que me habían dado. El moro se agachó detrás de mí y sentía como me separaba las piernas y me habría el culo con sus manos para besarme y chuparme sin remilgo alguno mi agujero posterior. El óvulo matutino me tenía ya totalmente fuera de mí y el estímulo que el morito me daba a mi culito hambriento comenzaba a sustituir la preocupación mental que tenía por el placer. La lengua del moro iba haciendo círculos alrededor de mi ano, pasaba toda la superficie de su lengua en mi agujero trasero, lubricándolo y depositando en él importantes cantidades de saliva. Introducía alternativamente la lengua y los dedos de forma que este comenzó a dilatarse y adaptarse al tremendo estímulo que le proporcionaban. La libido se apoderó de nuevo de mi alma y de mi voluntad y sólo quería alcanzar y obtener el placer que necesitaba. Curvé mi cintura y abrí con mis manos las cachas del culo facilitando la labor que el moro estaba acometiendo. La estimulación de la lengua moruna se hizo cada vez más precisa al verse liberada de cualquier obstáculo e inconveniente a su labor. Mis jadeos de placer salían de mi garganta y mis manos buscaron ansiosas mis pechos y mis azorados e inhiestos pezones ya completamente excitados por la acción constante del dildo que había tenido insertado. Notaba cómo mi vagina destilaba más flujo de lo acostumbrado por la estimulación del moro en mi agujero posterior y cómo este iba siendo literalmente dilatado por los dedos del moro. El moro empezó a follarme el culo con dos, tres… cuatro dedos que iba moviendo rápida y profesionalmente en mis entrañas. De repente me cogió con fuerza de la cintura y el cuello obligándome a ponerme a cuatro patas sobre el sucio catre. Mis piernas quedaron medio fuera del catre, al aire, mis rodillas al borde del camastro simétricas y plenamente separadas y mi culo totalmente expuesto y ofrecido a la enculada que el moro había estado preparando. Sentí como este se bajaba presuroso los sucios pantalones y cómo estos cayeron por su peso arremolinándose en sus tobillos. La cabeza de la polla se posó en mi culo parcialmente abierto y con un certero y poderoso golpe seco me penetró por entero. El moro comenzó a moverse rápida y apresuradamente en busca de su propio placer. El mío comenzaba a volverme loca y comencé a mover mis caderas hacia delante y hacia atrás acompañando a las embestidas del fogoso moro. El zafio y desvencijado hombre me estaba dando unos empellones mayúsculos cogiéndome con una de las manos apoyada en la cadera a forma de agarradero o asa del ritmo impuesto al tiempo que con la otra mano atizaba unas bestiales palmetadas en mis nalgas que a bien seguro estarían enrojecidas por las tortas recibidas. De repente, alargó una de sus manos cogiendo el plateado vibrador que había quedado abandonado en la sucia y desvencijada colcha del catre y me lo metió de un solo y único golpe en el coño. Aún estaba funcionando y daba la casualidad de que este estaba dentro de su etapa de máxima vibración…….

Ooooohhh Nihil!!! ¡Nihil! ¡Te rompo culo nihil! ¡Pedazo culo de nihill tienes¡ -decía gritando y empujando y dándome palmetazos en las nalgas mientras que con la otra mano movía el vibrador dentro de mi vagina que lo acogió envolviendo toda su metálica y plateada superficie- ¡voy a dejarte culo como boca de camello!

¡¡Aaahhh hijo de puta moro!!! Aaahhh…(¡Plas!) Aaahhhh….(¡Plas!) ¡cabrón no me des tan fuerte que me haces daño! (¡Plas!) Aaahhhh ¡Hijo puta! … aaahh….(¡Plas!-¡Plas!) Joder… ¡¡me rompes cabrón!!

¡Nihil europea¡ ¡te voy a romper culo de nihil europea¡ ¡Guarra! (¡Plas!)) Guarra¡ (¡Plas!)) ¡Nihil! (¡Plas!)

Vamos cabrón – contesté sintiendo cómo me bombeaba salvajemente las entrañas- ¡vamos cabrón dame fuerte¡ ¡Dame más¡ ¡Asíi! ¡Asiii¡ ¡Rómpeme toda! Aaaahhhh... (¡Plas!) siiiiii.... (¡Plas!) ¡Qué bien! Ooooohhh (¡Plas!)

Aaaahhh yaaa te voy a llenar tripas con caldo!!! Aaaagggggghhhhh

Aaahhh –dije alcanzando un orgasmo- siiii dame mas maaasss aaahhhhh matameee a polvos¡ (¡Plas!) (¡Plas!) (¡Plas!) ¡Fóllame el culo bien! ¡Reviéntame toda!

El moro a pesar de correrse seguía bombeándome sin sacarme la polla de las entrañas sin dar muestra de cansancio ni debilidad alguna hasta el punto de hacerme correr otras dos veces antes de que volviera a echarme toda su lechada en las tripas. Tras esto me dejó derrengada, tirada, despatarrada en la cochambrosa colcha, casi sin poder moverme y rezumando por mi culo toda su lechada musulmana... Comenzó a subirse despacio los pantalones mientras yo aún tenía insertado en la vagina el argénteo vibrador. Me sacó este, metiendo dos dedos en mi raja pues estaba completamente engullido por mi cueva, lo olió y me lo dio a probar para que lo limpiara de mis propios y abundantes jugos diciéndome que se iba a quedar con el juguetito de recuerdo y con un sonoro portazo me dejó allí. Tirada y follada por el culo varias veces. Eran las 8 y media de la mañana. Me había estado rompiendo durante casi hora y media sin parar. Tenía el culo tan dilatado y elástico como el coño.

Tardé 10 minutos en recuperarme de la follada. Aún no había decidido qué iba a hacer con el encargo de mula. Decidí asearme un poco. No podía desde luego salir tal y como estaba de allí con esa facha. Cogí la palangana que había en un lateral del habitáculo, la llené de agua y como pude comencé a lavarme por piezas. Usé esta también para ponerme el enema y limpiar mis tripas de toda la lechada que me había echado el moro. Eran las 9 de la mañana… ¿Qué iba a hacer? Abrí la fiambrera y vi las pelotas que debía transportar. Tal y cómo estaba , pensaba que no tendría mucha dificultad en poder trasportarlas en mis agujeros. Cada pelota tenía una fina y flexible capa de plástico, sólo esperaba que esta no se me rompiera mientras la llevaba. Me puse en el suelo a cuatro patas y cogiendo una de ellas y accediendo al culo por entre mis piernas comencé a metérmelas, casi por comprobar que podía más que por haber decidido a hacer de mula, si me cabía la mercancía. El esfínter anal estaba elástico y dilatado. Metí una…,dos…,tres…,seis…,ocho…,nueve! !Hasta diez pelotas pude meterme en el culo de lo dilatado que lo tenía! Sentía mis tripas llenas, repletas. Era como tener de nuevo la polla del moro en el culo. Faltaban aún bolas, me puse en cuclillas esta vez y me abrí los labios con una mano mientras con la otra intentaba meter las bolas que faltaban en la vagina. Una…,tres…, siete…, mi vagina se ensanchó y comenzó a acoger a las bolas como si de una polla se tratase reaccionando con involuntarios movimientos trasversales de la paredes vaginales en derredor de las esféricas y ambarinas canicas…, diez…,doce…, ¡¡trece!!!. Estaba completamente llena, repleta como un pavo en navidad. Me puse el tanga y este, aunque diminuto, controlaba un poco la entrada de mis dilatados agujeros. Debía de hacer un poco de fuerza, un poco de presión, para que ninguna de las bolas se precipitara hacia fuera de mi cuerpo. Me puse la minifalda y la camiseta sin mangas y me calcé las rojas sandalias italianas. La camiseta me quedaba realmente ajustada y de entre sus laterales asomaba el nacimiento de los pechos de manera tentadora y provocativa, el canalillo de entre las tetas era perfectamente visible y los pezones se marcaban, permanentemente excitados, a través de la tela. La minifalda era tan corta que ante cualquier movimiento brusco que hiciera se podía apreciar el negro tanga negro de hilo dental semitransparente por la parte delantera y mi perfecto y soberbio culo por la trasera apenas atravesado por el hilo negro que parcialmente me "taponaba", si es que esto puede decirse, los dos repletos agujeros. Las sandalias me estilizaban las piernas y las hacían más sensuales y lascivas, como dos columnas blancas de mármol, impoluto y perfectas, coronadas en una pedicura francesa pulcra y sensual.

Cogí el pequeño neceser de aseo que portaba y baje las escaleras en dirección a la recepción de la apestosa y sucia pensión. Notaba cómo las bolas de mi vagina rozaban unas con otras ante el movimiento de mis piernas en una búsqueda por encontrar algo más de hueco para su acomodo y cómo las primeras bolas del recto subían hacia arriba de mis intestinos en un intento de ganar terreno y comodidad, como si estas tuvieran vida propia y sentido del bienestar.

El recepcionista, nada más verme, abrió los ojos desmesuradamente mostrando asombro e incredulidad ante lo que estaba contemplando. Seguramente que, jamás en la vida, había podido ver una hembra como yo. Le pedí que lo más rápidamente posible y de la manera que a él le viniera en gana me llamara a un taxi. No me entendió o no quiso entenderme. La nuez de su garganta no hacía más que subir y bajar precipitada y nerviosamente mientras me miraba, sin recato, de arriba abajo. Eran las 9:30 y tenía poco tiempo para coger el vuelo de las 11:00.

Salí a la calle y vi al otro lado del zoco una parada de taxis. Hacia ella me dirigí, de la mejor manera que pude sin intención de llamar la atención, cosa literalmente imposible pues entre las bolas y los tacones de las inestables sandalias italianas mis movimientos eran torpes, tardíos, como a cámara lenta. Todas las miradas de la plaza se centraron en mí. Sentí como docenas y docenas de ojos recorrían mi cuerpo y cómo decenas de mentes maquinaban mil y un pensamientos lascivos y obscenos.

Al fin llegué al primero de los taxis de la parada y, sin decir nada, me monté dentro del coche. El taxista, más que atento al tráfico y a la ruta que debía recorrer para llevarme al aeropuerto, estaba más centrado en verme la entrepierna por el espejo retrovisor. La minifalda había subido por la fuerza de la postura y casi lo que mostraba era el diminuto triangulito delantero semitransparente del tanga. Veía como el taxista, sudaba y se tocaba la entrepierna con una de sus manos sin quitarme ojo por el espejo del coche. Decidí cruzar las piernas para mostrarle estas en su máximo esplendor y comencé a juguetear con una de mis sandalias en el pie haciéndolo saltar hacia arriba y hacia abajo. Me hacía la distraída, pero en realidad quería que el tío se acordara de mí toda su vida y que fueran muchas las noches que se masturbara con el recuerdo de aquella europea en su coche. Me toqué el canalillo de entre mis pechos como intentando secar unas gotitas de sudor, abanicándome con una mano y bufando en protesta por el sofocante y asfixiante calor africano. Mi mano "abanicadora" hacía que mis tetas, libres de sujetador, bailaran en el interior de la estrecha camiseta. El tío masajeaba ya más abiertamente su paquete en tanto yo volvía a cruzar las piernas cambiando de postura y haciendo bailar en mi otro pie la roja y llamativa sandalia italiana. Pensé en ese momento en deleitarle con una contemplación de mi culo por lo que con la excusa de poner el neceser de viaje en la bandeja posterior del coche me puse de rodillas sobre el asiento. La contemplación de lo que pudo haber visto debió de ser traumática para el pobre y abatido taxista. La contemplación de un soberbio culo atravesado por la fina y sedosa tira del tanga y el masivo abultamiento de mis labios vaginales sobresaliendo por la ridícula tela incapaz de tapar su volumen...

Me volví a sentar en la anterior postura, haciéndome la distraída y ajena ante el espectáculo exhibicionista con el que le estaba deleitando. Poco a poco me estaba comenzando a excitar de nuevo, sin saberlo, sin percibirlo, mi vulva comenzó a palpitar y mi insaciable vagina comenzó un incesante, involuntario y continuo movimiento de sus paredes en derredor de las bolas que albergaba. Y fue a partir de ese momento cuando, tarde, sentí que no debía de haber intentado tal cosa. Sentí como una de las primeras bolas insertadas derramaba su carga en mi interior en respuesta de la presión que ejercía mi elástica y lasciva vagina sobre ellas y como una explosión de oleosa sustancia se diseminaba y se dispersaba por el interior de mi sexo.

Sentí como el oleoso y denso líquido bañaba las paredes que le aprisionaban y cómo este se iba precipitando a lo largo de ellas, bañándolas, impregnándolas y mezclándose con el resto de las bolas con las que compartía sitio. El tanga fue rápidamente empapado por el ambarino y oleoso líquido, mezclado con el flujo vaginal que permanentemente destilaba mi preparado coño. Me llevé dos dedos a mi entrepierna para comprobar con horror y alarma que el olor de este era exactamente igual al de los óvulos que desde hacía ya casi tres meses me suministraba "El Profesor" y mi hermano. Quedé aterrada ante esta posibilidad, pues ello indicaba que una de las sustancias, o la sustancia en sí, con la que elaboraban el preparado de los óvulos era esa. Estremecida ante esta posibilidad tan evidente me paré a pensar en las implicaciones y consecuencias casi inmediatas que aquel contratiempo podría acarrearme. No sabía qué cantidad real de líquido base estaba ahora absorbiendo mi vagina pero de lo que sí estaba completamente segura era que con al menos una de aquellas pelotas "El Profesor" elaboraba varias unidades de óvulos.

Estábamos llegando ya al aeropuerto cuando sentí como mi interior comenzaba devorarme sexualmente y cómo cada una de las células de mi sexo se volvían hipersensitivas y tremendamente sensibles a cualquier tipo de estimulo. Sentía cómo las bolas insertadas en mi sexo rozaban unas con otras, cómo se movían y me estimulaban cada uno de los pliegues de las paredes de mi coño. Tenía que controlarme, tenía que ser capaz de tomar el dichoso avión de regreso y escapar de toda aquella pesadilla. Pagué al taxista el trayecto y bajé tambaleándome cuando comenzaron a invadirme espasmódicos e incontrolados movimientos de mi sexo masajeando las bolas que lo tapaban. Este intentaba por sí solo, y como si tuviera una mente separada a la mía, de follarse, estimular y ordeñar la supuesta polla que le llenaba. Me encontraba en la cola de la aduana cuando sentí un orgasmo bestial que hizo me doblara toda y que casi cayera al suelo de la sala de espera del pequeño aeropuerto. Sentí cómo mis paredes aprisionaban ferozmente a las bolas y como irremediablemente otra de ellas liberaba el líquido que contenía y luego otra y otra más. Tres fueron las que sentí y cómo el líquido caía por el interior de mis esculturales muslos hasta llegar a mis pies en rutilantes regueros de denso líquido ambarino.

Una pareja de policías que no cesó un momento de observarme, se acercó a toda prisa y cogiéndome cada uno de ellos por cada uno de los brazos me levantaron llevándome a una sala en la que había una mesa, dos sillas y un flexo destartalado y vetusto de la época de la famosa película "Casablanca".

Mis piernas se vieron invadidas en toda su extensión por el oleoso líquido quedando aceitadas y brillantes. Mi voluntad y mi conciencia habían sido anuladas y ya sólo quería sentir y ser usada por cualquiera, dónde quisieran y de la forma que más gustaran. Los policías, absortos, no dejaban de mirarme y lanzarse exclamativas expresiones de asombro en su idioma que yo desconocía por completo. Rápidamente uno de ellos salió mientras el otro me ponía unos grilletes a la espalda. En menos de treinta segundos irrumpieron en la sala otras dos parejas más de policías junto con el que se había ido en busca de ayuda. Uno de ellos se puso un guante de látex mientras que los otros dos me sujetaban por los hombros haciéndome sentarme encima de la mesa y obligándome a abrir las piernas. El del guante, con una maléfica mirada y relamiéndose los labios contempló el empapado y aceitado tanga y de un desgarrón me lo quitó. Con el violento movimiento la cadenita del piercing bailaba encabritada de un lugar a otro lo que provocó entre ellos una serie de comentarios ante lo que estaban viendo. Mi coño, abierto y expectante, acogió sin dilaciones los enguantados dedos del agente. Poco a poco fue sacando de mi interior las bolas restantes… Nueve, nueve bolas sacó. Cuatro las había reventado involuntariamente mi hambriento coño.

Los dedos del agente hurgando en mi inflamado sexo era mucho más de lo que podía soportar y comencé a moverme entorno a ellos en un movimiento circular de caderas elevando el pubis y el culo de la mesa en la que estaba apoyada. Uno de ellos se llevó en una escudilla de metal los óvulos que me habían sacado regresando a la sala sin ellos en menos de 20 segundos, desde luego, no quería perderse el espectáculo ni la "dedicación" que iban a proporcionarme aquella panda de aprovechados.

Ante mi supuesta colaboración me quitaron las esposas, y con ellas las dos prendas que me quedaban y comenzaron a desprenderse, todos ellos, de sus pantalones. Comenzaron a masajearse sus pollas hasta que estas estuvieron completamente paradas, algo relativamente fácil debido al pedazo de hembra que tenían delante. Mientras, el agente del guante olía, curioso, el ambarino líquido depositado en el látex de este. Y riéndose, se lo dio a probar a uno de sus compañeros y después a otro…

Sus carcajadas fueron generales mientras yo me debatía ansiosa en busca de pollas. Caí al suelo y en cuclillas comencé a chupar alternativamente la polla de uno y de otro mientras sentía como el coño me palpitaba y se abría por entero por la postura adoptada. Iba rápida, de una polla a la otra, mientras ellos hacían un corrillo alrededor de la puta europea que se les había revelado.

Dos de ellos dispararon, incontinentes, sus descargas de semen en mi garganta incapaces de aguantar su excitación mientras otro de ellos, desenfundando su porra, quiso meterme esta por el culo. Allí aún tenía las diez pelotas que había podido alojar en mi recto y ante el obstáculo que ofrecían estas y la presión que ya de por si realizaba sobre ellos mi canal posterior reventaron dos…, tres… ¡ y hasta cinco! Cinco bolas derramaron, sobre mi ya estimulado y abierto culo, su líquido contenido procediendo mis tejidos a absorber la malévola sustancia.

Ya no sólo era mi vagina la que pedía ser paliada en su necesidad sino que también mi culo pedía ser follado y saciado en consecuencia.

Me hicieron ponerme en cuclillas apoyándome en una de las paredes de la sala y hacer fuerza para expulsar las bolas que aún tenía en mi cuerpo. Y, como una gallina pone huevos, fueron cayendo al suelo las otras cinco pelotas restantes que aún mantenía firmemente insertadas en mis entrañas. Los agentes se daban codazos unos a otros, riéndose y viéndome expulsar las pelotas que quedaban pegadas en la base de la sala. Uno de ellos se tumbó en el suelo e hizo sentarme encima de su polla dándole la espalda. Manteniendo la polla erguida con una mano dirigió esta directamente al culo que lo recibió convenientemente cerrando los músculos en torno a ella para impedir que escapara. Comencé rápidamente un movimiento de bombeo sobre esta en tanto estimulaba con mis manos mis tetas y sacaba lascivamente la lengua mojándome los labios. Otro de ellos hizo que su compañero parara momentáneamente y que este me elevara unos centímetros sobre su polla cogiéndome de las cachas del culo. Mi coño quedó de esta forma expuesto a sus intenciones y dirigió la cabeza del pene hacia la jugosa entrada de mi receptiva, abierta e hiperlubricada vagina. Me vi repleta de polla en ese momento y comenzaron un sincronizado movimiento de entrada y salida en mis agujeros. Sentía cómo ambas pollas me follaban alternando en sus embestidas, casi rozándose entre ellas y levemente separadas por una pequeña y fina tira de tejido. Mis orgasmos se sucedían uno detrás de otro y mis gritos y alaridos de placer inundaban toda la estancia. El que me follaba el coño se corrió rápidamente echándome toda su lechada en mi conejo mientras mi agujero recientemente inseminado acogía una nueva polla de otro de los agentes. El moro que me petaba el culo me agarraba con sus manos los pechos masajeándolos y pellizcando los tiesos pezones con sus dedos a modo de pequeñas tenazas. Otro de ellos aprovechó uno de mis alaridos para ocupar el agujero practicable que aún tenía libre y me metió sin contemplación alguna su polla en toda la boca, llenándome la garganta.

Así, cada uno de ellos, se fueron turnando y ocupando alternativamente cada uno de mis ansiosos y anhelantes agujeros hasta que, en una ocasión, dos de ellos comenzaron a follarme el coño, casi por accidente, metiendo a la vez sus pollas en mi vagina. Ello supuso que todos ellos quisieran probar la experiencia y cada uno de ellos comenzó a follarme un mismo agujero con dos de sus vergas.

Los cerdos bastardos, cuando iban a correrse se hacían señas y se turnaban entre ellos para intentar, en la mayoría de las ocasiones, depositar dentro de mi vagina su carga de macho. Esta comenzó a rebosar esperma, incapaz de mantener en su interior más cantidad de leche.

Eran las 11:30 cuando todos ellos comenzaron a subirse los pantalones. Había perdido el vuelo de regreso. Me llevaron a una sala contigua, mal iluminada y desprovista de mueble alguno y en donde las paredes estaban cubiertas por pequeñas y minúsculas teselas blancas. Alrededor de la sala circulaba un angosto sumidero en el que alternativamente se apreciaban charcos de agua.

Me dejaron allí desnuda, en posición fetal, en el centro de la sala, al menos durante dos horas. Aún en aquellas dos horas, seguía teniendo pequeños orgasmos con tan sólo recordar lo que me habían hecho. De mi coño se escapaban restos de las corridas que los moros habían depositado en él acompañados de un denso y constante flujo de hembra en celo. Sentí cómo mi culo palpitaba en agónicos e incontrolados espasmos de placer. Me lleve una de mis manos al esfínter anal y pude comprobar cómo mi culo mantenía una apreciable dilatación, listo y preparado ante cualquier acto sexual que se requiriera hacer de él. Abierto pero increíblemente flexible y elástico, y con lascivia, sin voluntad alguna y únicamente pensando en la satisfacción sexual que aún seguía embargándome, pensé que ante la sobre-absorción del extraño líquido mis agujeros habían quedado permanentemente preparados y expuestos para ser utilizados sexualmente. Mis agujeros pedían por voluntad propia ser usados, ser follados y jodidos mil y una veces para poder ser colmados en su lascivia. Notaba cómo mis pezones estaban extrañamente excitados y cómo estos habían superado su volumen normal para estar también hinchados e inflamados como si estos estuvieran en un permanente orgasmo. Mis pechos estaban tan duros que competían en consistencia y dureza con la superficie que les tocaba y el leve roce del duro y fresco suelo era ya una tortura de éxtasis para estos exacerbando aún más mis ansias por ser follada y saciada sexualmente...

Al cabo de las dos horas, otros dos agentes, distintos a los otros seis, entraron en la supuesta ducha y comenzaron a follarme los dos a la vez. Cuando terminaron, entró otro agente, y luego otro y por último una pareja más. Con todos ellos colaboré o habría mejor que decir que a todos ellos… me los follé, pues era yo la que en la mayoría de las ocasiones me movía y me metía sus pollas allí donde me lo pidiera el cuerpo y mis necesidades.

Después de esto y como a los tres cuartos de hora de la última follada, pasó un gordo y apestoso moro con cara de cerdo vestido con unos pantalones marrones y una camisa de manga corta de color verde hospital y, sin decir absolutamente nada, comenzó apresuradamente a bajarse los pantalones. Imaginando que el personaje quería también follarme me abrí de piernas en el suelo ofreciéndome sensualmente a él. Para mi sorpresa, comenzó a orinar encima mío apuntando lo mejor que pudo sobre mi coño, mis tetas y mi rostro. Fue humillante. Depravado, bajo… y aún así… ¡cielo santo! ¡Aún así!.. me ofrecía a él abriéndome los labios de la vagina con ambas manos, ofreciendo mi dilatado culo e incluso ofreciéndole la boca mientras se aliviaba en su meada. La orina del gordo y sudoroso hombre invadía mis receptivos agujeros explorando y derramándose de estos cuando estaban completamente llenos del deshecho líquido. No era yo… no era yo… eso era imposible.

Después de esto, pasaron cerca de 7 horas en las que estuve dormida la mayor parte de ellas en el centro de la sala. Me despertó el ruido de la puerta metálica y la parrafada gangosa de otro agente que traía una bandeja con comida y bebida. Era un moro enorme, con la tez muy morena y completamente picada de marcas de viruela. Cogí la bandeja rápidamente y me dirigí gateando con la bandeja y el agua al rincón de la ducha. Mientras devoraba la comida, el policía se reía y paseaba observándome y diciendo cosas en su inteligible idioma. El tío seguía hablando sin parar dirigiéndose a mí mientras yo trataba con las manos de comer tan rápido como podía el arroz blanco que me había traído. El moro subió de tono su parrafada y enfadado ante la ignorancia que yo le demostraba hacia su persona le dio una patada a la bandeja lanzando y esparciendo la comida hacia el otro rincón opuesto de la sala. Me cogió del pelo y con muy malos modos me obligó haciéndome daño a lamerle las botas. El tío no paraba de reírse mostrando unos amarillos y desiguales caninos similares a los de un lobo.

Poco más tarde, aparecieron dos agentes con una pastilla de jabón. La arrojaron al centro de la sala y, acto seguido, comenzaron a lanzarme potentes chorros de agua con una manguera de alta presión. Comencé a querer frotarme con la pastilla de jabón que no podía alcanzar porque la fuerza del agua me impedía llegar a ella. Entre gritos y risas depravadas de los policías ante mi insistencia por querer alcanzar y usar la pastilla de jabón se apiadaron un poco de mi cómica necedad y bajaron la potencia del agua que manaba por la boca de la manguera y pude comenzar a frotarme y lavarme convenientemente mientras ellos daban vueltas alrededor de la sala con la manga de agua observando cómo me aseaba. De repente el que no portaba la manga comenzó a decirme algo en su idioma que no pude entender señalando unos restos de espuma que permanecían adheridos a mis escasos y perfilados vellos púbicos. Su compañero comenzó a reírse como consecuencia de la ocurrencia de su colega mientras mis manos continuaban presurosas su higiénica labor de frotamiento sobre mis pechos y mis caderas. El ocurrente agente me agarró por detrás del cuello y retorciéndome ligeramente un brazo me obligó a sentarme en el suelo. Sentí cómo las cachas de mi culo resbalaban sutilmente cuando entraron en contacto con la superficie jabonosa que las anegaba, al tiempo que el porteador de la manguera me daba pequeños golpecitos en los tobillos para que abriera las piernas. La apertura de estas se vieron rápidamente acompañadas de la involuntaria separación de los labios de mi coño, que abierto y rojo como una granada madura, permanecía tan excitado como cuando en él se había derramado la sobredosis del malévolo preparado, mostrando el inicio de mi franqueable y receptiva cueva. De la cadenita del piercing se precipitaban jabonosas gotitas de agua que se deslizaban por la apertura de mi culo escurridizo hasta unirse en el suelo con el charco que me rodeaba. El moro de la espalda se puso en uno de mis lados comenzando una incomprensible perorata señalando la pastilla de jabón y el expuesto y semiabierto coño. Comprendí que lo que pretendían es que me lavara este a conciencia y comencé a pasarme la pastilla jabonosa por toda la superficie de mi vulva. Mi excitación era tal, que los labios que lo envolvían parcialmente reaccionaron separándose aún más y mostrando claramente el insidioso agujero de placer y corrupción que había minado mi personalidad convirtiéndome en una puta libidinosa. Pronto dos de mis dedos desaparecieron en las profundidades de mi caverna, engullidos por el fuego que me arrebataba iniciando una masturbación que fue acompañada de ligeros pellizcos de mi otra mano sobre el inflamado y erecto clítoris que, irremediable, había abandonado casi permanentemente su capuchón protector. Mi lubricación natural era acompañada por la cuantiosa y tupida espuma que la pastilla de jabón y mis rítmicos frotamientos habían producido haciendo que mis dedos se deslizaran suaves y maleables sobre las elásticas paredes de mi canal del placer, cuando en un momento en que, abandonada a la paja que me estaba proporcionando y ajena a los dos hombres que me contemplaban, desocupé mi coño para lamerme los dedos que lo habían ocupado para probar las mieles de mi intimidad. En esto estaba centrándome, ensimismada y con los ojos cerrados, cuando sentí una extraña penetración en mi desocupado coño que lo invadía y avanzaba, inexorable, hacia su más profundo interior. Abrí los ojos y levanté levemente la cabeza para contemplar, con cierto pánico pero a la vez excitada como una perra, cómo los moros había apagado el flujo de agua de la manguera para meterme esta en la vagina e iniciar un salvaje movimiento de bombeo sobre mi expuesto sexo. Lejos de producirme dolor, la lanceta de la manguera me producía un gran placer en sustitución de los dedos que lo habían abandonado y comencé a mover el culo y las caderas facilitando la follada que con el alargado objeto me estaban dando los agentes y justo cuando inicie una nueva secuencia de encadenados y frenéticos orgasmos volvieron a activar el flujo de agua haciéndome con ella una salvaje y bestial lavativa vaginal mientras continuaba derramándome en el paroxismo del placer. Poco después, hicieron lo mismo con mi desocupado agujero posterior llevándome a una nueva oleada de orgasmos que me dejaron desmadejada sobre el mojado suelo del receptáculo.

Habrían pasado cerca de 4 horas cuando el moro gordo de la camisa verde hospital volvió a entrar en la habitación-ducha. Yo me encontraba en un rincón de la sala cuando este cogiéndome del brazo me llevó de nuevo a la sala de interrogatorios de la mesa y las dos sillas. Me quedé helada cuando en ella vi a 16 tíos completamente en pelotas distribuidos a lo largo de las cuatro paredes de la sala. El gordo meón, en un limitado y rústico castellano me informó que me dejarían libre sin cargos si colaboraba y hacía lo que ellos me pidieran. En aquellos momentos no me quedaba duda alguna de que lo que pretendían era follarme todos a la vez y dejarles satisfechos y sin sueños húmedos, antes de mi partida, durante al menos un par de semanitas. Me quedé de piedra cuando la puerta de la sala fue abierta por un agente que al contrario de los demás iba completamente uniformado portando una voluminosa, arcaica y vetusta cámara de vídeo Betamax con la que grabarían todos y cada una de las folladas que les proporcionaría a los depravados agentes de la autoridad pública. Sentía cómo mi cuerpo comenzaba a reaccionar ante lo que me estaba esperando realizar a cambio de mi libertad y, cómo de inmediato, me vi avanzando hacia el primer grupo de ellos diciéndoles a la vez que me tocaba las tetas: "os voy a follar a todos como antes hembra alguna os lo haya hecho"...

CONTINUARÁ...

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Relatos anteriores publicados de la serie:

La Clase de Anatomía 1 (Mari Mar 1)

La Clase de Anatomía 2 (Mari Mar 2)

Huída del Aula (Mari Mar 3)

... Y mi hermanito me jodió el culo (Mari Mar 4)

Mi primer día de trabajo (Mari Mar 5)

Espectáculo en el Sex-Shop (Mari Mar 6 y 7)

Las folladas de mi hermanito (Mari Mar 8 y 9)

Los óvulos de emputecimiento (Mari Mar 10)

Totalmente emputecida (Mari Mar 11)

Mari Mar, una perrita para un mastín (Mari Mar 12)

El enorme pollón de Cevallos (Mari Mar 13)

El traje negro de licra (Mari Mar 14)



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