Así se lo comuniqué a la mañana siguiente a mi compañero de pupitre. Me corro. "¿Con lefa y todo?" contestó él. Pues claro. Después de un montón de meses dándole al manubrio hasta acabar exhausto, sin ni........... siquiera parar cuando sentía el orgasmo, lo había conseguido. Habían sido solo un par de gotitas blancuzcas, pero aquello ya se parecía a lo de las películas que veíamos a escondidas en la casa de Jonás.
Javier, mi compañero y amigo, no parecía muy convencido. Se pensaba que le estaba vacilando, haciéndome el fuerte delante de él, que casi no tenía un pelo. Yo no quería quedar como un fantasma, así que le ofrecí enseñárselo cuando él quisiera. "Ahora", me dijo. No hubiera sido mayor problema de no ser porque aún faltaba hora y media para el recreo y estábamos en mitad de clase de música. La profesora andaba entretenida poniendo audiciones, y como estábamos en la última fila, tampoco se nos veía demasiado.
Acepté. No tenía otra opción. Hubiera sido salir al recreo y Javier hubiera corrido a contarle a todo el mundo que yo era un mentiroso. Éramos colegas, pero por aquel entonces siempre andábamos picados por cualquier gilipollez. Además, tenía ganas de presumir delante de él.
Vigilando que no mirara nadie, metí la mano dentro del pantalón de chándal y comencé a pajearme silenciosamente. Javier miraba de vez en cuando, conociéndole supongo que para que no hiciera trampas. A él también se le formó una pequeña tienda de campaña en su pantalón, fruto del morbo de la situación. Porque sí, aquello daba morbo. Tener a menos de un metro a gente que no tenía la más mínima idea de lo que estaba haciendo me dio un morbo tremendo. Y sobre todo la profesora, que si bien no era ninguna belleza, si que tenía su aquel.
Tampoco podía ir muy deprisa por miedo a levantar sospechas, cualquiera se podía girar a mirar cualquier cosa y pillarme de marrón. Si era algún tío no me importaba demasiado, pero cualquier chica se hubiera puesto a gritar y hubiera tenido lío. Por suerte a nadie le dio por volverse para atrás y pude hacérmela tranquilamente.
Cuando estaba a punto de terminar, me bajé un poco el pantalón y avisé a Javi, para que viera que no le engañaba. Primero salió una gota, luego otra, y ambas acabaron por mezclarse con el liquido transparente que salió justo después. Era más abundante que la de la noche anterior, pero comparada con una eyaculación normal, aquello era una miseria. Claro que con poco más de doce años a nosotros nos parecía un mundo.
Ni siquiera me limpié, se tapé de nuevo con el pantalón y seguimos a lo nuestro, como si nada hubiera pasado. En el recreo fui la comidilla de la clase, pues solo dos o tres más habían conseguido mi proeza. Poco a poco, nuestro selecto club fue admitiendo a más socios, previa prueba de ingreso. Javier tardó cerca de un año en entrar, pero cuando lo hizo fue uno de los miembros más activos. Comenzamos a quedar en casa de Jonás para pajearnos juntos, y pronto empezaron las competiciones de resistencia, velocidad, cantidad... Llegamos a organizar auténticos campeonatos de pajas, de los que guardo un grato recuerdo.
Algún día contaré algo más de todo aquello...