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Marichiweu 9


Los chicos Mapuche estaban frustrados, aunque nos acosaban constantemente, nosotros nos percatábamos que algo estaba pasando, habíamos hecho un acuerdo, nuestros papás nos habían permitido explícitamente tener sexo, pero sólo Tomás y yo estábamos incluidos en la autorización, los chicos estaban excluidos, también explícitamente. Mamá fue clara: los muchachos eran sagrados, entonces no podían ser nuestros \"juguetes\" (mi mamá usó esa palabra y para nosotros fue claro como el agua). Se lo dijimos a Cástor y Pollux (también explícitamente), pero no estuvieron de acuerdo. Nos dijeron que......... ellos mismos lo pedirían a nuestras mamás: que querían tener sexo con nosotros.

— ¡Cielos!, no, arruinarán todo, eso no es tan simple como pedir permiso para ir de paseo… ¡es tener sexo!, una cuestión personal, ¿lo entienden?

— Pero si es \"personal\", también es privada, ¿no?

— Si, pero es diferente, eso debe ser…. Mmmh… bajo algunas reglas, nosotros, Tomás y yo somos pololos, y eso es un secreto, un secreto familiar… por favor, traten de entender, ustedes son \"•relindos\", no es ése el problema, el problema es que prometimos no hacer nada con ustedes, y en realidad, al menos para mí, es cada vez más difícil, Cástor se me viene encima… y me cuesta rechazarlo, pero no puedo evitarlo …cuando me empieza a hacer… cosas… ¿entienden?

— Antilonco, tú y yo, en la montaña de Ñancu, hicimos un acuerdo… ¿recuerdas?... pídele permiso a tu mamá…

— Cástor, no seas tonto, no puedo pedirle permiso a mi mamá para culearte tu inquieto poto, ¿puedes entenderlo?

Cástor no lo entendió, se me vino encima, me besó en los labios simultáneamente Pollux atacó a Tomás, los chicos estaban decididos a que los sodomizáramos. Tomás me miró buscando reasegurarse. Afirmamos simultáneamente.

Pero algo andaba mal, me sentía obligado, y según entendía yo estos eventos, deberían se en consenso Cástor no era un chico feo, su quijada fuerte y cuadrada, sus mejillas altas y sobresalientes, su tez naturalmente morena era todo atractivo, su cuerpo entero, pero su ansiedad era preocupante, sus besos eran sensuales, sus manoseos eran mareantes, también su conducta de animal salvaje y libre, libre de prejuicios, sin ataduras.

— Cástor, espera, espera, lo haremos, te lo prometo, pero dame un momento, ustedes están en disposición, pero no estoy seguro de mí, debo ser franco contigo, me gustas, te lo juro, pero me estás presionando a hacer algo de lo que no quiero arrepentirme, tarde o temprano… o quizás nunca, pero déjame aclarar mi mente, quiero mirarte a la cara sin vergüenza, sin la sensación que te he herido, en tu alma, en tus sentimientos, no te amo… quiero decir, sí… pero no de la manera que tú quieres que te ame… me gusta cuando me lo chupas, me gustan tus besos, me gustas tú, pero no quiero herirte…

Por primera vez Cástor pareció titubear en su decidida voluntad — Antilonco…

— Mi nombre es Antonio, adoro cuando me dices Antilonco, estoy orgulloso, pero ahora, por favor, llámame por mi nombre…

— Antilonco… — insistió — eres Antilonco para mí, respeto tu nombre, Antonio, \"El Florecido\", tú sabes, eso significa tu nombre, pero escúchame ahora tú a mí. Tienes el sol en tu pelo, estoy enamorado de ti, realmente te amo, y mi hermano está enamorado de Tomás, que \"tiene el color de la tierra en los ojos\". Quiero que estés dentro de mí… me duele mucho más tu rechazo… entiendo tu punto de vista, ¿puedes tú entender el mío?

Me rendí, ese chico estaba decidido.

Lo besé, muy suave, fuimos al dormitorio Tomás fue con Pollux al suyo. Nuestros padres estaban en Concepción, teníamos cinco horas o más.

Cástor esperaba, lo abracé y lo besé. Mis manos recorrieron su cuerpo Mapuche, su pecho firme, su fuerte trasero, su erección era abrumadora, recorrió mi piel con la punta de sus dedos, mi erección concentró toda su atención, me lo chupó, se lo chupé, tiritó, casi en dolor. Pronto, sus pantalones estaban a nivel de sus talones, me bajó los míos, se aplicó a mi cabello, lo besó, mordisqueó los mechones, puse mi pene en su partidura y se lo moví. Muy cuidadosamente fui hasta su lugar más secreto, saltó. De pronto, dijo — no conozco el tuyo, ¿puedes dejarme que te lo vea?

— Mi… mi… ¿hoyo? — pregunté alarmado.

— Si… conozco todos tus hoyos, excepto ése. Por favor, déjame mirarlo…

Lo miré… se puso detrás de mí, me empujó gentilmente por mis omóplatos y yo quedé inclinado con las pierna abiertas, exhibiendo mi agujero a la curiosidad de aquel extraño chico… abrió mis mejillas traseras, aún me tocó mis arrugas lo que me hizo saltar, pero acepté el gentil, suave y excitante toque. Cuando me pasó la lengua por allí, gemí. Temí que me estaba preparando para culearme. Pero no lo hizo, sólo me lamió por infinitos minutos llevándome casi al borde de un orgasmo irrefrenable. Se puso de pie. Se sentó en la cama, desnudo, me rogó por un beso, lo besé. Gimió en mi boca.

Lo tomé de las axilas, lo di vuelta acomodándolo sobre sus rodillas en mi cama lo empujé hasta que su pecho quedó pegado a las sábanas. Abrí sus piernas, su agujero estaba allí, arrugado. Palpitaba. Fui incapaz de contenerme, lo besé justo en su ano, se lo lamí, Cástor gimió, le metí la lengua, se sacudió transmitiéndolo a su ano, y de ahí a mi cuerpo… lamí de nuevo, me retiré, Cástor gimió en decepción, le puse un dedo en su agujero, suspiró, la botella de crema estaba a mi alcance, la usé como lubricante, agarrando mi pene puse la punta en su entrada, empujé… luché un poco… estaba apretado… mi delgada pieza de carne lo abrió, no se quejó, al menos no en algo que se interpretara como dolor. — ¡Shaa…ah! — exclamó.

Su esfínter presionó mi pene, cruzar esa estrecha barrera casi me hace acabar… Pero apreté los dientes hasta que crujieron, lo tomé de las caderas y lo apreté contra mí, penetrándolo completamente, hasta la raíz… empecé a culearlo, suspiraba, jadeaba, gemía… — rico, rico… riii… ccoooo… — lo estaba disfrutando, más que so, lo estaba disfrutando.

Pronto, muy pronto, Cástor estaba gritando, acababa dejando todo su líquido en mi cama — o, dios… dios… por favor… acaba en mí… acaba en mííí… i… i… i… i…. mmmmgghhhjjjjttsss!!!

Sus ruegos me derrotaron, en solo cinco brutales empujes más acabé dentro de él chillé hasta que se me saltaron lágrimas… no pude parar inmediatamente, continué moviéndome dentro de Cástor. Finalmente mis temblores en las piernas me detuvieron.

Descansamos en la cama, yo dentro de él, mientras estiraba sus manos para acariciarme. Su calor era sobrecogedor, no lo amaba, en verdad, pero eso no había sido sólo sexo para mí… yo le hice el amor… \"no me lo culié\"… le hice el amor.

El hombre iba vestido con su chaqueta negra, sus pantalones puestos como flautas en sus piernas fuertes que se subrayaban con las botas militares. Vio su objetivo sonrió. Enfrentó a los manifestantes sacó su pistola y apuntó. Había entrenado. Mucho. El arma ya no se sacudía como pájaro asustado cada vez que disparaba, y ahora tampoco se sacudió. Apretó el gatillo siete veces. La rápida sucesión de disparos desataron las balas como abejas furiosas. Y todas ellas dieron en el blanco: justo en el medio del pecho. Héctor estaba muerto ya antes que su cuerpo volara tres metros empujado por las furiosas abejas, cuando su cuerpo estrelló en el suelo ya era un cadáver.

Nuestros papás llegaron a la casa, conmocionados nos contaron las noticias, todos lloramos sin consuelo. Tomás y yo, rezamos con nuestras mamás. Su agnosticismo era sólo una pantalla intelectual

El gobierno declaró dos días de duelo oficial. Fuimos a los funerales pusimos flores, Copihues, del mismo color que la \"sangre araucana\" (esa que chillaba Rayen Quitral). Nos fuimos, ese funeral era riesgoso, los Mapuche tenían un nuevo mártir, uno de catorce años. El asesino fue detenido dos días más tarde. Era el mismo sujeto al que mamá le había disparado.

Las fuerzas de carabineros estaban discretamente ubicadas en el centro de Concepción, muy calmadas, pero en presencia persistente, su parafernalia era intimidante.

— Má, necesito hablar contigo… — le dije.

Mamá me miró, detuvo su tarea, se secó las manos y fuimos al dormitorio parental…

— Má, necesito que decirte que lo hice con Cástor, te pido disculpas, realmente, me dijiste que no lo hiciera, él no me obligó… pero no pude dejar de hacerlo. No pude evitarlo…. No estoy pidiendo tu perdón, te lo digo porque tú eres mi mamá, y te amo… no sé y honestamente no creo que hice algo malo, en verdad te lo digo, pero necesito estar en paz conmigo…

Mi mamá suspiró, respiró hondamente… tomó aire de nuevo, y dijo esto:

— Hijo, decirlo no te pondrá en un lugar de paz, confesar lo que sentimos que es malo no es suficiente, tú necesitas estar en paz contigo mismo, no con el mundo, si lo heriste en sus sentimientos, si ahora a él le duele el alma, la sensación de culpa estará en ti para siempre, no importa si aún lo publicas en los diarios… hijo, ni siquiera las lágrimas te salvarán de ti mismo… alabo lo que haces, que me cuentes, estoy orgullosa de ti, pero el drama es entre tu conciencia y tú mismo sólo tú puedes sanar tu eventual herida, debes hacerlo por ti mismo, dado que lo que hiciste, lo hiciste por ti mismo… no puedo ayudarte en tu problema, ahora depende completa y absolutamente de ti… — me abrazó, limpió mis lágrimas, fuimos a caminar, hablamos de esto y de lo otros, de aquellos y de lo de más allá. Me dijo algo más. Iba a tener un hermano. Sabía que era hombre. Entonces se llamaría Héctor.

Soy médico ahora, en mi consulta tengo una lanza dorada, me la dio Ñancu poco antes de fallecer, la hizo él mismo, el dorado no es una pintura, es oro Mapuche. En realidad es un arma, no es una simple decoración. Tomás es ingeniero matemático, es un respetado académico, con PhD de Harvard. Mi doctorado en cirugía es de Cambridge. Y un post doctorado en Kent, la bella Inglaterra del sur.

Tomás, y yo vivimos juntos y manejamos una vida privada muy discreta. Somos muy felices aunque no tenemos mucho tiempo de estar juntos.

Héctor, mi hermano más joven es abogado, especialista en los derechos de los pueblos originarios, es académico en tres universidades, su pololo es un estudiante (…¡¡pre-cio-ssso el pendejo’e mierda!!). Mi hermana menor, aún es una chica de enseñanza media y su sonrisa es absolutamente cautivante… mi pá quiere comprar otra escopeta…

Cástor y Pollux son dos brillantes antropólogos con postgrado en la Institución Smithsoniana, tienen sus novios, un ingeniero y un arqueólogo, viven juntos todos, en un clan que llaman \"Marchiweu\". Patrocinan y auspician a estudiantes Mapuche, tanto de la enseñanza secundaria (tienen tres colegios) como a universitarios con el fondo \"Curirayén\".

Mis papás viven en Talca, un pueblo que crece rápida y vigorosamente, nos visitan al menos dos veces al mes. Simón y Martín descubrieron el vino y tienen 400 hectáreas de viñedos. Mamá abrió una consulta de Psicología. Tía Marta es directora de un colegio.

El gobierno dio una amnistía, Héctor padre es libre, con Yanira viven en la comunidad pehuenche.

— ¡Hey! Antilonco, dame un beso… — Reí.

— ¡Hey!!, La Tierra En Los Ojos… ¡¡¡corre!!! Corrió. Lo seguí. Lo alcancé. Rodamos por el pasto mientras trataba de zafarse, ya rendido estaba debajo de mí… lo besé… yo estaba enamorado…

Si le ha gustado la historia, escriba a dap_cl@yahoo.com.

Palabras últimas. No he querido ofender a nadie, ni a españoles, ni a Mapuche, ni a las fuerzas del orden de mi país, ni siquiera a los movimientos políticos más

Vaya mi más sentido homenaje a los pueblos sudamericanos, a los españoles cuya valiente y esforzada raza ha marcado a este continente.



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