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Marichiweu 01


Este es un cuento ficticio desde el principio al fin. Uso algunos detalles históricos que son verdaderos, lo entenderá por que lo señalo explícitamente.

Este cuento fue escrito originalmente en Inglés.

Esta historia contiene relaciones homoeróticas entre preadolescentes y adolescentes, algunas de naturaleza interracial, si no le agradan este tipo de historia o es menor de edad en su localidad, no siga adelante, si estas narraciones están prohibidas en su localidad, abandone............. ahora este sitio.

Soy escritor aficionado, he recibido el ánimo de lectores de todorelatos y de Nifty Archives (Cuatro Amigos y Four Friends, respectivamente), y me atrevo a exponer este relato independiente de Cuatro Amigos.

Los nombres que uso en esta narración han sido elegidos aleatoriamente en un panfleto editado en 1947. También los apellidos.

Las instituciones, imaginarias o reales, chilenas o no, son sólo accidentes necesarios para la historia que narro.

Yo, ni como autor, ni como persona, patrocino ningún tipo de conflictos raciales, posiciones políticas de ninguna naturaleza ni opciones sexuales. En esta historia no volveré a hacer este tipo de advertencia, es sólo cuestión de sentido común, el uso de condón, el uso de drogas, es su elección y no necesita, supongo, que se lo indiquen.

Si le gusta la historia, escriba a dap_cl@yahoo.com, las críticas son bien recibidas, las ofensas no las responderé ni en público ni en privado. Si cree entrever acercamientos políticos, está en lo correcto. Realmente me ha sido entretenido escribir esta historia, espero que la disfrute, y si no le gusta, o el tema no está acorde con sus principios, políticos, religiosos o morales, abandone la lectura.

Si los chicos le parecen muy maduros en el lenguaje, bueno, es mi narración, no hay intención de una realidad forzada. Los chicos, en especial Antonio, sólo son pretextos. Si sigue la historia, puede que me comprenda. Oh, si sólo busca sexo en estas narraciones, no siga adelante… puede que se desilusione, hay muchas páginas antes de que aparezca algo interesante para usted.

Parte 01.

Tomás era mi mejor amigo, nos conocimos el mismo día que su familia llegó a nuestro pueblo desde el sur (no me atrevería a llamar ciudad al lugar donde vivíamos). Se mudaron exactamente al lado de nuestra casa. Este era un pueblo pequeño, por tanto, este tipo de novedades era muy excitantes para todo el mundo, puesto que rompía la monotonía de las mismas caras, similares calles, y todas las cotidianas y aburridas similaridades. La familia de Tomás (Tomy) llegaron un sábado en un enorme camión de mudanzas con un montón de enseres domésticos, provocando aún más expectación, y obviamente atrapando la de mi familia… supuse que el hombre que venía junto al chofer del camión debía ser el nuevo vecino. Tomy, y obviamente, su mamá llegaron un poco más tarde en un auto bastante común, quiero decir no elegante, no muy viejo. Como familia vecina teníamos el privilegio de la cercanía a la novedad y que es lo que estaba ocurriendo. La mujer salió del auto, y un chico permaneció reuniendo cosas en el interior. Unos pocos momentos después salió del vehículo. Un muchacho delgado, como de mi edad, (quizás un poco mayor), pelo oscuro, cara algo paliducha, labios muy sonrosados (quizás el frío), una parka oscura, grandes zapatos, y abrumado con cosas en los brazos.

… De pronto, todas los cachivaches se le vinieron al suelo, aunque estaban protegidos por plásticos y papeles, un ruidoso sonido de quebrazón de vidrios revelaba un desastre (lo usual en una mudanza de domicilio). Me apresuré a ayudarle, reuní algunas de las cosas de entre el esparramo de paquetes y paquetitos y se los pasé al chico, algunos pocos con los que quedé los llevé al patio delantero y se los pasé a la mujer que claramente era su mamá, eran muy parecidos. Me agradeció en el particular estilo chileno de alargar la letra a del \"Graaacias\". El chico me miró y me dio las gracias también aunque tímidamente. Ése fue nuestro primer encuentro.

Algunos días más tarde, Tomy y yo compartíamos protocolares miradas y, por supuesto se sentía muy solo. Como todas las cosas o las personas nuevas, Tomy promovía la desconfianza, los demás chicos no compartían juegos con él, y aún eran algo hostiles.

Un día, estando mamá y yo en el supermercado, vimos que la suya y él también estaban allí, Tomás nos miramos y nos sonreímos. — Hola—dijo.

— Hola —le repliqué. Nuestras mamás iniciaron una muy interesante conversación acerca de diferentes marcas de productos lácteos, té y quesos. Muy aburridor en verdad en el supermercado había de esas máquinas con juegos electrónicos. Nuestras mamás nos dieron algunas monedas y partimos a jugar fútbol, luchar con monstruos, pero las máquinas eran tramposas, entonces decidimos comprar \"palomitas de maíz\" con las pocas monedas que nos sobraron —Tomás! — se presentó a sí mismo. — Antonio — le respondí. Su voz era suave, un poquito infantil, pero claramente la voz de una criatura masculina en desarrollo. Su sonrisa era hermosa, muy acogedora y amistosa.

— Quieres venir a mi casa a jugar Nintendo?... si quieres…— lo invité.

— Súper…!!!, déjame preguntarle a mi mamá.

— ¿Mamá…?— le dijo a la señora.

— Sí, encanto, puedes ir…Alicia me dijo que puedes ir a su casa… — ambas mujeres permanecieron conversando animadamente acerca de cuestiones domésticas.

Finalmente llegamos a la casa (en realidad el supermercado quedaba a sólo dos cuadras de nuestras casas, pero el frío y la lluvia repentina eran suficientes argumentos para ir y volver en auto, pese a la corta distancia).

Tomás fue muy correcto cuando llegó a mi casa, permaneció de pie hasta que mamá lo invitó a sentarse, pidió permiso para ir al baño, lavó sus manos, y aún se peinó tomamos leche, mordisqueamos el sándwich, tomamos algunas cucharadas repletas (en realidad yo, cuando nuestras madres no estaban allí) de mermelada

Después de la \"once\" (la merienda de algunos países) subimos a mi dormitorio, papá y mamá tenía el suyo en el primer piso, en una parte casi aislada de la casa. Prendimos el equipo, Tomás se dedicó a buscar entre los CD’s con juegos. El primero fue una carrera de autos. Conecté dos \"joysticks\". El chico no era muy diestro, pero pronto fue ganando experiencia, y finalmente ganó la carrera. Intentamos otro juego. Fui al baño a desaguar, y luego me siguió Tomás. Vimos algo de televisión, nos reímos de algunos bailarines y terminamos viendo dibujos animados. Nuestra tarde fue muy entretenida. A las nueve y media lo llamó su madre. Aunque mi mamá los había invitado a comer, su madre agradeció muy sinceramente, pero su esposo y papá de Tomás llegaría pronto. Con Tomy nos pusimos de acuerdo de juntarnos al día siguiente y prometió traer sus propios juegos.

En la mañana del siguiente día jugamos algo de fútbol, y algo de básketbol.

— ¿Quieres recorrer algún lado por aquí?, digo, vamos hasta el bosque — sugerí.

— No conozco nada de este lugar, quieres decir ¿allí? — y apuntó a un pequeño bosque en el extremo de nuestra calle.

— Ese mismo —. Dije

Nos dirigimos allá, a no más de una cuadra una vez allí, nos invadió el aroma de la tierra húmeda, el parche de bosque nativo chileno nos rodeaba. Caminamos un poco, los troncos caídos eran barreras que saltábamos ayudándonos el uno al otro sujetando las manos y tirando o empujando. Pronto estábamos corriendo para alcanzar el uno al otro. Si el que huía era alcanzado, trataba de luchar para seguir corriendo, hasta que el perseguidor finalmente lo atrapaba y lo vencía luego de una simulada lucha. Y el juego se reiniciaba. Nos reímos y rodamos muchas veces hasta que terminamos acezando. Luego de un rato nos sentamos a descansar en un tronco caído. — Gracia, Antonio — me dijo de pronto con la cara aún enrojecida y llena de sonrisas.

— Porqué? —

— Por que juegas conmigo, y… bueno… me sentía solo…

— No es nada hombre, eres súper y además muy bonito…— inmediatamente que dije tal estupidez me arrepentí. Me miró. Me puse colorado como un tomate. — Discúlpame… por favor, discúlpame, no quise decir eso… me equivoqué… — me sentí tan avergonzado que me puse de pie y empecé a volver a mi casa — por favor, olvídalo, y discúlpame…

Se puso de pie y me siguió, tomándome de un brazo me dijo — ¡Hombre, hombre!, no importa… está bien… no me importa, tú también eres muy bonito para mí… y un re-súper buen amigo — tragué saliva, aún tremendamente mortificado. Lo miré seriamente, pero su encantadora sonrisa y sus palabras me dieron espacio a recuperar algo mi dignidad, arrasada por mí mismo…

— Me gusta tu pelo trenzado, y me pregunto cómo es que te dejan ir a la escuela con ese tipo de peinado— Los chilenos aún somos muy tradicionales en muchos aspectos, especialmente en provincias, a los chicos se les permite llevar el pelo largo, pero usualmente no más allá de los hombros, y por supuesto, las trenzas son privilegio de chicas. Era un atributo femenino. Los estudiantes universitarios podían lucir cualquier tipo de estilo, en su aspecto en su estilo de vida.

— De acuerdo con mamá, desde que vivíamos en Punta Arenas (una de la ciudades más australes del mundo, donde yo nací) mis papás me dejaron crecer el pelo como una capa más para mantenerme cálido, y además porque mi pelo es rubio, liso y fino, y entonces es bonito, cuando trataron de cortármelo, me ponía a llorar como loco, entonces lo dejaron crecer más allá de mis hombros. Mi aspecto de \"niñita\"•se disminuía cubriendo mi trenza con una gorra de lana. Pero cuando el viento era muy fuerte, como casi siempre es en Punta Arenas, se me volaba el gorro muy a menudo, entonces usé casi siempre la trenza, hasta la mitad de mi espalda, como una cola, como ves.

— ¿Y aquí? — preguntó.

— Cuando llegamos a Arauco, fui al colegio, y nos dijeron que debía cortarme el pelo, pero no quise, tampoco mis papás mis papás hicieron arreglos en el colegio y me aceptaron, como concesión especial, y aquí estoy…

— Bueno, te ves muy bonito con ella… sí, muy lindo… — ambos nos pusimos colorados. Nos sonreímos y volvimos a la casa, ambos en silencio. De pronto puso uno de sus brazos en mi hombro. — Antonio, por favor, todo está bien… no te dé más vergüenza… ¿te gustaría ir a mi casa a tomar la once? —

— Déjame preguntarle a mi mamá — fuimos a mi casa.

— Señora Alicia, ¿puede Antonio venir a tomar onces a mi casa?, ¿por favor?

— Bueno, pero, ¿le preguntaste a tu mamá? — esta vez Tomás se puso colorado, no le había preguntado a su mamá y su entusiasmo le había precipitado a invitarme a su casa. Mi mamá comprendió. — Pregúntale… Marta está en la cocina…

Marta, su mamá ¿estaba aquí?, efectivamente, y estaba cocinando un queque para las onces. El gas aún no les había llegado a los nuevos vecinos y, como tales, la solidaridad femenina había operado convenientemente.

— Bueno, habíamos planificado tomar el té aquí — dijo su mamá — los invitamos a tomar onces con nosotras, buenos mozos jóvenes — bromeó Marta. Sonreímos con satisfacción. Luego de las onces, partimos a hacer las tareas de la escuela. Tomás fue a buscar sus cuadernos, libros y útiles. Trabajamos concentradamente por una media hora, compartimos opiniones acerca de las tareas. Tomás estaba en el curso paralelo del mismo nivel. En realidad éramos estudiantes regulares, no los peores, no los mejores, pero no desilusionábamos a nuestros papás.

Ambas familias se fueron acercando hasta hacerse muy estrechas, además porque nuestro padres eran ambos ingenieros, y trabajaban para la misma compañía, Celulosas Sur, pero uno en la planta de procesos, el papá de Tomás, y el mío en el departamento de comercialización.

Al siguiente día era sábado. Los adultos planificaron un asado en la casa de Tomás, y como excusa se señaló que era un asado de bienvenida. El amenazante día de lluvia no era obstáculo y el asado se hizo bajo un sector techado del patio trasero. La carne estaba realmente muy buena, a los postres, Tomás desapareció por un momento y trajo un libro, en realidad uno muy grande, cantando el \"Cumpleaños feliz\", además trajo una botella de champaña. Sus papás estaban completamente sorprendidos. — les deseo un feliz aniversario, papis! — concluyó el muchacho ceremoniosamente.

¡Hijo mío, muchas gracias…!!! — ambos adultos lo abrazaron tiernamente, dándole besos y más abrazos.

Estábamos sorprendidos, era su aniversario de matrimonio número 15, Tomás les había arreglado su álbum de fotos de matrimonio que se había estropeado durante la mudanza a Arauco, y se los tenía de regalo.

Todos lo felicitamos. La botella de champaña fue historia en media hora. No nos dejaron ni siquiera olerla y brindamos con Cocacola.

Los hombres por un lado, y las mujeres por otro, charlaban animadamente. De pronto, nuestras mamás nos dieron indicaciones de que fuéramos a ver televisión o a jugar. Una feliz orden para que los dejáramos tranquilos

Vimos televisión, un programa acerca de lucha libre. Tomás fue el primero en atacarme. Me venció aplastándome como un sapo. La próxima vez fui capaz de liberarme de su abrazo y trepé sobre él. Era definitivamente más fuerte que yo… pero más sensible a las cosquillas, de modo que usé mi arma secreta: hacerle cosquillas. Muy pronto, y para mi satisfacción, lo tenía rogando compasión. Estábamos rojos y acezantes. Mamá Alicia vino a vernos. El desorden que teníamos era memorable, nos obligó a ordenar todo el lío de almohadas, frazadas, sábanas, colchón, aún las sillas volcadas mamá nos dijo que tomáramos una ducha y que termináramos de ordenar la habitación de Tomy. Apareció su mamá. Mi mamá me hizo una señal de que saliera \"ahora ya\".

Me preocupé un poco, quizás lo retarían, pero mi mamá me hizo un guiño. Le sonreí en respuesta cómplice, no sé de qué, pero intuí algo bueno. Escuché un entusiasta — ¡¡¡BIEN!!! Súper, mamá, súper… — los adultos habían acordado algo. Sus padres irían a Concepción, (la tercera ciudad más grande de Chile) esa noche, en una nueva Luna de Miel, Tomás se quedaría con nosotros… ¡¡¡¡¡y durante todo el fin de semana!!!

Sus padres estaban abiertamente impacientes, de modo que muy pronto se fueron a Concepción en su auto. Esa noche Tomás y yo no cenamos, sólo tomamos un vaso de leche, nos cepillamos los dientes y nos fuimos al dormitorio. Tomás tenía su saco de dormir y mi mamá nos ayudó a tenderlo. Mamá dio una olida a la tela — Esto está húmedo, no puedes dormir aquí, Tomy, si no te importa, dormirás con Antonio, deberán compartir la cama, es bastante grande, de modo que no colisionarán el uno con el otro — nos miramos, me recogí de hombros. Lo mismo hizo Tomy.

— ¿De acuerdo? — dijo mamá — Okay, chicos, sean buenos niños, la lucha está prohibida, tengan felices sueños, dulces angelitos… — Mi papá me dio un suave beso y le dio también uno a Tomás, mamá, más expresiva, nos dio un abrazo además.

Nos miramos mutuamente. El siguiente paso era desnudarnos. Empecé yo, era mi espacio, no era un campo neutral. Empecé con mi camisa. Él me imitó. Por lo tanto, la ceremonia la estaba dirigiendo yo. Me saqué las zapatillas, luego los soquetes. Entonces quedamos en pantalones y polera.

Aunque nada, absolutamente nada sexual había cruzado mi mente, y estoy seguro que tampoco en la de Tomy, la tensión era creciente y fuerte. Desnudarse frente a otro tipo era una experiencia completamente nueva para mí, y aparentemente también lo era para Tomy. A clases de gimnasia yo ya iba con buzo y me vestía en mi casa, carecíamos de esa experiencia. La siguiente prenda era mi pantalón, pero debíamos hacerlo. Desabotoné el mío, bajé el cierre, sujetándolo por la pretina, me los bajé, aparentando tanta indiferencia como podía, pese a ello no pude evitar tragar una acusadora y ruidosa cantidad de saliva que me tragué antes de morir ahogado en ella. Tomás actuó exactamente como yo.

Naturalmente yo miraba muy disimuladamente a su entrepiernas, vi muy rápidamente (para mi gran pesar) su bulto en el medio de la prensa blanca que cubría sus caderas, sólo esa ligera visión fue suficiente para llenarme de ansiedad: un bulto redondeado, apretado y escondido entre la tela y debajo de ese bulto, el de su saco. Luego ordenamos nuestras ropas, me senté en la cama tratándole de no mostrarle mi trasero. Normalmente me acuesto sin calzoncillos, sólo con el pantalón del piyama, sin embargo ahora me dejé puesta mi ropa interior, tiré hacia arriba los pantalones. Adiviné que Tomás hizo lo mismo cuando me puse la parte superior. Me volví hacia él. Sus calzoncillos fueron notorios bajo la tela de su piyama. (Él hizo lo mismo que yo).

Desarmé mi trenza, mi pelo cayó suelto, con las ondas que había formado mi trenza, tomé un cepillo y me peiné un poco. Sentí claramente que Tomás tragaba saliva.

— Antonio… puedo…?

Me volví hacia él — ¿qué?

— Peinarte?, si quieres… por supuesto…

— Sí… por supuesto… péiname… mi mamá lo hace a veces, y me gusta un montón… — dije. Le pasé la peineta y empezó a peinarme. Empezó en la parte alta de la cabeza y me peinó hacia abajo, hasta el extremo de los más de 40 cm que medía mi cabellera. Lo hizo por unos 10 minutos. En silencio, yo sólo disfrutaba la sensación.

— ¿Puedes darte vuelta hacia mí, por favor? — le obedecí. Me senté en la cama, piernas cruzadas como en posición yoga de flor de loto, se inclinó y empezó a peinarme nuevamente. La mitad izquierda de mi cabeza fue peinada hasta que me la dejó completamente lisa, luego siguió con la derecha. Una vez que finalizó, tomé el cepillo y empecé a peinarlo en retribución. Lo peiné hacia atrás, despejando su cara. Luego lo peiné en su estilo, el cabello separado en el lado izquierdo, y esa porción de cabellera a la izquierda y la otra a la derecha. Su pelo era brillante, aromático, cerró sus ojos, entonces… puede mirar directamente a su entrepiernas, su maldito piyama era muy amplio, y no pude notar nada de su bulto, tan atractivo, tan alucinante, tan excitante. De pronto, sentí la fea sensación de profunda culpa, la misma que sentí cuando le dije que \"era lindo\". Me sentí derrotado por la vergüenza. Terminé mi sensual tarea (yo ni siquiera sabía lo que era \"sensual\", ni siquiera conocía la palabra, pero eso era exactamente lo que yo estaba sintiendo: sensualidad). Y mi erección era completamente peligrosa, de modo que la escondí tanto como pude. Por lo tanto, me di vuelta dándole la espalda. Exactamente eso hizo Tomy. Sospeché algo, la maniobra que él hizo en la cama era completamente innecesaria, sólo necesitaba tenderse, en vez de eso, se dio vuelta, estiró sus piernas y se tendió. ¿Estaba Tomás como yo estaba? ¿Tieso y duro?

Apagué la lámpara y bostecé — Tomas, gracias por peinarme — le dije

— Me encantó hacerlo… tienes un pelo muy lindo… es suave, liso, como seda… si me entiendes.

Me reí, — entiendo… —

Sentí que bostezaba.

La siguiente vez que me desperté, yo tenía mi mano en su pecho. Estaba abrazado a mí. Retiré rápidamente mi sucia mano. Me dormí de nuevo. La siguiente vez que desperté tenía su mano en mi estómago, justo en mi ombligo. Me dormí de nuevo. La siguiente vez que desperté, yo estaba contra él, mis caderas estaban pegadas a su trasero, como un paquete de cucharas. Yo estaba duro. No retrocedí. La siguiente vez él estaba contra mi trasero, tal como yo estuve contra él… estaba duro, no me retiré.

Cuando me desperté a la mañana siguiente estábamos abrazados estrechamente. Yo estaba boca abajo, mi pelo enredado entre los dedos de una de sus manos. Estábamos tocándonos nuestras narices. Yo tenía mis manos bajo mi pecho, adormecidas, me hormigueaban…

… su otra mano descansaba sobre mi trasero.

Abrí los ojos. Lo llamé — Tomás… — no muy fuerte para no asustarlo. Abrió sus ojos muy lentamente, reconociéndome a mí y al entorno. Cuando tomó conciencia que tenía su mano en mi trasero, se retrajo como una anémona, retiró rápidamente su mano de mi trasero como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se retiró al borde de la cama, ruborizándose, casi gritando, me miró tembloroso.

— Antonio, ¡perdón!, ¡Antonio!, yo estaba durmiendo… — pude ver que sus ojos se humedecían. Estiré mis brazos hacia él y lo abracé.

— Por favor, está bien, no hay problema, está bien, Tomás… — y lo besé en una de sus cejas, sólo un pequeño roce con mis labios. Permaneció paralizado, lo sacudí… — no seas tonto, sólo… pasó… — Lo abracé y tiré hacia mí. Estábamos muy juntos, nuestras caras a no más de un palmo de distancia. Nos miramos profundamente a los ojos.

— Eres muy hermoso, Antonio… realmente, muy hermoso, más que sólo buenmozo, tú eres como… bueno… como un ángel… — Me ruboricé, no estaba acostumbrado a ese tipo de declaraciones, menos viniendo de un chico. Pese a todo me sentí emocionado. Estiró uno de sus dedos y tocó mi nariz. — Tu nariz es respingada, tus cejas son muy marcadas y rubias… tus labios, tu boca…

Tragué saliva — Gracias… pero…

Okay, okay… tenemos que ducharnos… — lo sorteamos al ca-chi-pum (tijeras, piedra y papel, el universal juego) y ganó, entonces él fue primero. Yo estaba temblando. Sus palabras aún en mis oídos, como un eco. Toqué entre mis piernas para aliviar lo que me había pasado…

Cuando volvió al dormitorio, estaba cubierto por una toalla desde la cintura hacia abajo, su torso estaba desnudo, y mostraba sus tetillas del tamaño de una moneda, y en medio, sus pezones como una cuña. Lo miré tratando de no ser muy evidente

Fui a la ducha, el agua estaba caliente, quemante, y su imagen me rodeaba. Toqué mis piernas y fui a mi saco, y luego a mi pene, estaba duro y rígido. Yo sabía qué era y practicaba la masturbación, pero nunca mis tempranas prácticas habían sido inspiradas por nadie, menos por un muchacho, sólo era prisionero de esa sensación desmayante y exquisita que te sacaba de este mundo. Por primera vez un torbellino de sensaciones culpables y atrayentes se apoderaron de mí, de mi espíritu, temblé de deseo, mi cuerpo se contrajo en un rictus. Me resistí, me enjaboné, me enjuagué. Todo en medio de sensaciones sobrecogedoras, aterrantes y deliciosas. Salí triunfante. Gané una batalla. Sacudí la cabeza.

Bajamos al comedor a desayunar, nos preparamos para un picnic, el golfo de Arauco es una increíble playa, arena gris, calma (y muuuuuyyy frías aguas… brrr!)… y llena de peces. Tomás y yo pescamos dos corvinas, volvimos a las siete de la tarde. Disfrutamos el día. Sus padres ya estaban de vuelta, compartimos los peces… esa noche dormí sólo. La noche anterior fue la primera noche en toda mi vida que dormí con alguien en mi cama. Fue suficiente como para tener la más absoluta convicción de que había dormido con alguien desde siempre. Y lo echaba de menos… en verdad,… extrañaba a Tomás…



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