En efecto, ante mí, contemplándome sonriente, se encontraba la hermana de mi mejor amiga. Vestía únicamente una camisa ceñida y braguitas, desnudando lo escaso de su atuendo sus preciosas piernas. De alguna manera, supe que aquella camisa momentos antes había estado desabrochada. Claro que tampoco era que ahora lo estuviera mucho. Apenas unos botones de abajo hacia arriba, con lo cual sus enormes y preciosas tetas de silicona parecían amenazar con salirse de un momento a otro. Sin perder su encantadora sonrisa, llevo sus dedos a ella para abrocharse un par de ellos más, a la vez que entraba en la habitación sin dejar de mirarme con aquellos..................... ojazos de zorra suyos, hermosos cual esmeraldas.
-Hola, bicho- me saludó graciosamente.
-Hola…-respondí totalmente turbada.
-¡Relájate, mujer! –intentó tranquilizarme a la vez que se sentaba a mi lado en la cama, siempre con su sonrisa. -¿Has disfrutado?
-¿No… no estás enfadada conmigo?
-¿Por qué iba a estarlo?
-Me… he acostado con Björm.
-Ya lo sé. Y si tu coñito no es un mentiroso –comentó bajando la mirada hasta él sonriendo de nuevo-, lo has pasado muy bien, porque no veas cómo brilla ¡Está encharcado!
Cortada, cerré las piernas para ocultarlo.
-¡Vamos, relájate! Björm y yo somos una pareja muy liberal. Nuestro trabajo es el sexo y no siempre actuamos juntos, si no que muchas veces lo hacemos con otras personas. Y a menudo gozamos mucho. Tanto él como yo podemos follar con quien nos apetezca sin que el otro se enfade.
-¿Si? –pregunté fascinada. Aquello era algo nuevo para mí. Alguna consciencia tenía de esas cosas, pero muy difusas. Mi mente, al igual que mi cuerpo, todavía estaban despertando a la adolescencia, y había muchas cosas que no sabía y cuyo aprendizaje me resultaría fascinante.
-¡Por supuesto! Dudo mucho que ninguna mujer pueda querer a su chico más de lo que yo quiero a Björm. Si pensase que alguna pudiera quitármelo podría sacarle los ojos, pero sé que eso no ocurrirá. Para él, yo soy la mujer ideal, y él es para mí el hombre perfecto. Hay muchos tíos buenos por ahí y a mí me encantan los hombres. Puedo mirarlos y piropearlos y si me cortejan o miran de una forma especial me pongo cachondísima y es muy fácil que desee llevármelos a la cama. Una vez allí, me los follo hasta quedar saciada y si me gustan les pediré su teléfono para repetir. Pero mi hombre es Björm. Él es el que me llena en todos los sentidos y con el que quiero compartir mi vida. Ninguno de esos amantes, esporádicos o no, puede competir en mi corazón con él. Jamás lo cambiaría por ninguno de ellos, pues no creo posible que haya otro chico en todo el mundo que se compenetre conmigo como él lo hace. Él lo sabe y sabe que soy suya sin peligro de que nadie pueda amenazar eso. Por eso no siente celos, y por eso no los siento yo tampoco, pues yo también sé que él es mío. Por eso también, no me importa que folle con otras, pues sé que ninguna va a quitármelo. Lo vas entendiendo, ¿verdad?
-Creo… creo que sí.
-Tú eres una niña preciosa. Tienes un cuerpazo tremendo y eres supererótica. Es lógico que Björm se ponga cachondo solo con verte y es lógico que quiera follarte. Yo misma te veo y me pongo cachonda. ¿Cómo voy pues a enfadarme porque te desee o porque se acueste contigo? Ni él tampoco se enfada cuando yo me acuesto con otros chicos, y te aseguro que ocurre muy a menudo. ¡Soy una auténtica ninfómana!
Rió la broma y yo lo hice con ella. La cosa perdía todo el hierro a pasos agigantados.
-Pero… ¿no te molesta lo que la gente piense?
-¿La gente? ¡Qué diantre me va a importar la gente¡ Ellos no tienen poder para influir en lo que me importa, es decir, mi vida con Björm y mis seres queridos. ¡Qué me importa pues que piensen que soy una zorra si con ello no afectan a lo que sí me importa!
-Sí… sí afecta, Elísabeth
-Para nada.
-Sí afecta- volví a insistir, bajando la mirada. Ella intuyó que algo había en mi mente.
-¿Por qué lo dices?
Por un momento, permanecí callada, sin responder. Las palabras no eran fáciles de elegir.
-Hace unas semanas… cuando Jennyfer llegó al instituto, alguien… mi chico… me comentó que tenía mala fama. No por ella misma, sino por ti y por vuestra madre. Y yo quise alejarme de ella.
No tenía valor para mirarla a la cara.
-Hace un tiempo yo también tuve mala fama. Igual que a ti, me encantan los chicos, y, sin pensar que hacía nada malo, me entregaba a ellos con facilidad. Pero un día alguien habló conmigo y me hizo ver que por ese camino no encontraría nada bueno. Solo interesaría a los chicos para un rato, para echar un par de polvos, y ninguno que valiera la pena querría por novia a un putón desorejado.
-¡Ja, ja, ja! –rió, haciéndome alzar la vista sorprendida para mirarla-. ¡Eres fantástica, Lorena!
-No soy fantástica. Tú eres fantástica. Jennyfer es fantástica. Yo quise dar de lado a mi mejor amiga por el qué dirán.
-Pero no lo hiciste- contestó más seria, aunque sin perder su dulce sonrisa-. La valía de una persona no es algo que se decide tener o no es algo que se tiene o no. Y tú la tienes. Estás convencida de lo importante que es la opinión de la gente, de lo mucho que puede condicionar tu vida, y, sin embargo, has tirado para adelante con tu amistad con mi hermana, nadando contra corriente. Tienes mucha personalidad. Y además, personalidad de zorra.
La miré sorprendida de nuevo.
-No puedes ir contra tu naturaleza, Lorena. Esa es una carrera que siempre acabarás perdiendo, pues por más que huyas hacia delante, no puedes alejarte de lo que eres. Si te gustan los chicos, si no eres mujer de un solo hombre… ¿por qué no pasas de todos esos imbéciles y haces lo que de verdad te pide tu cuerpo? Disfrutarás como una loca con ello y, por el contrario, nunca serás verdaderamente feliz si no lo haces.
-Si, claro. Y ser un juguete para ellos con el que ninguno quiere quedarse.
-¿Y qué si es así? Mírate ahora. Tienes ese chico que no tendrías de haber continuado siendo como eras, pero… ¿te llena como me llena a mí Björm?
No supe contestar. Y no supe, porque la respuesta era evidentemente negativa.
-Al precio de no hacer lo que quieres, tu recompensa es el chico que no quieres. ¡Gran recompensa! Alguien así nunca te dará lo que de verdad necesitas. La prueba la has tenido hace un momento, cuando con Björm disfrutabais del placer de humillarlo. Párate a pensarlo si tuvieras por novio a un chico como Björm… ¿consentirías que alguien lo humillara?
Tenía razón. ¿Qué coño estaba haciendo? Me habían comido la cabeza, metiéndome en ella unas ideas que no eran las mías, unos deseos que no eran lo que yo deseaba. Nunca me cupo, ni me cabe aún hoy día, duda acerca de la buena intención de las palabras de Doña Isabel. Habló conmigo como lo hubiera hecho con una hija, con todo el cariño del mundo y aconsejándome lo que ella pensaba era lo mejor. ¡Pero ahí estaba el tic de la cuestión! Ella no era una zorra, como decía Elisabeth. No era una mujer ardiente en la cual su sexualidad se extendiera a todos los aspectos de su personalidad, anegándolos y convirtiéndola en un puro animal sexual. Ella no podía comprender lo que era eso y, desde lo que ella era, me aconsejaba lo mejor para alguien como ella. Pero yo no era como ella. Yo era como Elisabeth. La miré. Aquellos hermosísimos ojos verdes me contemplaban brillando como nunca ha brillado la más espléndida esmeralda. Sonrió dulcemente.
-Si tú quieres, cariño, te mostraremos el mundo en el que realmente deseas vivir. Tú eliges. ¿Quieres ser una zorra, o por el contrario prefieres vivir una vida de sexo aburrido y monótono?
La decisión estaba tomada y ellos lo sabían. Sonrió de nuevo, y sus ojos brillaron más hermosos todavía. Miré a Björm, que a su vez me miraba con aquellas aguamarinas que me tenían totalmente abnegada.
-Dime, Lorena –continuó Elisabeth-… ¿Has jugado alguna vez con otra chica?
-Sí… -contesté un tanto cortada.
-¡¿Sí?! –se sorprendió.- ¡Pero si eres todavía una niña! ¿Cuándo fue?
-La primera vez fue cuando tenía 12 años. Con unas amigas.
-¡12 años! ¡Vaya! ¡Sí que has corrido! Y dime… ¿todavía juegas con ellas?
-Sí –volví a admitir, con un pudor que ahora ya era fingido. Me estaba gustando eso de hacerme la zorra-. Me gusta mucho.
-¡Vaya! ¡Qué pillina nos has salido!
Reímos.
-¿Te gustan las chicas, Lorena?
-Sí.
Como ya comenté, nunca he tenido claro del todo si me atracción por las mujeres obedece a un verdadero impulso bisexual o si más bien es mera afinidad natural con el mundo del sexo más liberal, en el cual los bollos son algo habitual.
-Sí –sonrió con un brillo de lujuria en sus ojos-. Bueno, pues entonces túmbate, que te voy a limpiar ese baboso coñito tuyo con la lengua.
Fue la primera comida de coño de mi vida. Sí, sí… ¡la primera! Porque aquellos juegos de lengua con Ana e Isabel, ante la comparación que ahora podía establecer, en modo alguno merecían tal consideración. Estuvieron muy bien y tuvieron todo el morbo de los primeros pasos dados en el mundo del sexo. Los recuerdo con mucha ternura y aún siguieron dándose en los años posteriores. Una relación como esa a tan tierna edad, forja lazos que no se deshacen en toda la vida, pero eran besos inexpertos, nada comparable a la experiencia, maestría y seguridad de Elísabeth con la lengua. Era evidente que por su boca habían pasado decenas sino cientos de coños, y yo me preguntaba si cuando por la mía hubiesen pasado los mismos, tendría la capacidad de producir también semejante placer a una mujer.
El tiempo me diría que aquella fue una comida sin parangón. No es que las que vinieron después no estuvieran a la altura. Muchas de ellas me han producido un disfrute equiparable, pero en aquella primera descubrí realmente el éxtasis del sexo oral. Nunca antes había experimentado un goce semejante. En el espacio de apenas una hora, había tenido los dos orgasmos más apoteósicos de mi corta existencia y no hubiera sabido decir cual había sido superior. En efecto, aunque no hay nada te haga sentir tan plena como una buena polla en tus entrañas llenándote por completo, por lo cual jamás podría ser lesbiana y prescindir de los machos, tampoco hay nada igualable al placer obtenido con una buena comida de coño. Son placeres diferentes y, oféndase quien deba y discúlpenme los afectados, ningún hombre podrá jamás darte el placer que te puede dar una hembra con la lengua. Una mujer sabe lo que otra está sintiendo. Sabe exactamente lo que está haciendo y para qué lo está haciendo y eso es algo que, salvo que recurran a la hipnosis para recordar vidas pasadas, queda fuera del alcance de cualquier varón. Por ese motivo y aunque siempre admitiré que me satisface mucho más un hombre que una mujer, del mismo modo que nunca podría prescindir de estos en mi vida sexual, me niego también a prescindir de ellas.
Prácticamente desde el momento en que empezó a juguetear con la punta de su lengua en mi clítoris, mientras con sus dedos lo hacía en mi vagina, me transportó en una nube hasta otra dimensión, haciéndome perder todo contacto con la realidad y olvidarme de todo, incluido Björm, que desde un costado de la cama nos observaba masturbándose. De nuevo, comencé a gritar de placer y de nuevo y un par de veces Elísabeth hizo una pausa en su labor para, sonriente, bromear conmigo llamándome \"escandalosa\".
Volvimos después a hacer el amor Björm y yo, ahora con la participación de ella, pero aquel trío era la bienvenida al mundo del sexo liberal para la que esto les cuenta, y para mí, casi exclusivamente, fue la polla de él y la lengua de ella. Yo era la estrella, la indiscutible protagonista, y para mí fueron todas sus atenciones, toda su ternura, mimos y caricias. Únicamente hubo un momento en que me sentí algo mal, y fue cuando, nuevamente, rehusé probar su semen. Yo estaba colocada a cuatro patas sobre la cama y Björm me follaba apasionadamente, arrancándome suspiros que ahora no podían llegar a ser gritos por la intensidad del puro placer, que hacían que mi garganta se ahogara y no pudiera expirar el aire con suficiente fuerza y cantidad para prorrumpir en aquellos. Elísabeth, por su parte, se había escurrido bajo mía tumbada boca arriba para lamer mi clítoris y pellizcar suavemente mis pezones. Al igual que antes, él supo salir en el preciso último momento para vaciar en contenido de sus cojones sobre el cuerpo su mujer. Toda su leche de macho, en una cantidad increíble, como podría apreciar un momento después, fue a derramarse sobre la cara y tetas de Elísabeth que, sonriente, cerraba sus hermosos ojos verdes para que esta no entrara en ellos, dejando en cambio que manchara su preciosa sonrisa. Después, una vez se hubo descargado a gusto y completamente, Björm cayó abatido a un lado con un bufido como de oso y ella se ladeó para sentarse. Me miró con su bello rostro embadurnado de yeta y, sonriendo, tomó sus enormes tetas en sus manos para, alzándolas, invitarme a lamerlas.
-Ven… límpiamelas.
-No –me negué tímidamente-. No me gusta.
Sentí algo parecido a lo que sintió Pedro cuando, por tres veces consecutivas, negó a su maestro. Aquellas personas me estaban dando el mayor placer que hubiera experimentado en mi vida y yo, a cambio, me había negado ya dos veces a su requerimiento. No obstante, el semen es algo que provoca una repugnancia natural en las neófitas y aun en muchas de las mujeres experimentadas. Con el tiempo vendría a comprender esto y también que no pudo haber ofensa por mi parte entonces hacia dos auténticos maestros del sexo, que perfectamente debían entender lo que estaba sintiendo.
-Bueno… tú te lo pierdes –me contestó ella alzando aún más sus pechos para acercarlos a su boca y, sacando la lengua, recoger todo aquel pringue con ella, saborearlo y engullirlo mientras no dejaba de mirarme con aquellos hermosísimos ojos verdes, su cara convertida en una expresión de infinito vicio y lascivia. Un escalofrío recorrió mi médula y, por un momento, llegué a desear unirme a ella en su labor, tentada por el puro morbo que casi me resultaba irresistible.
A partir de ese día, comenzó una amistad que no hizo más que aumentar en intensidad con el tiempo hasta que, tristemente, llegara el momento, años después, en que se trasladaran a los EEUU a vivir por motivos de trabajo. Tanto Björm como Elísabeth, pero sobre todo ella por ser mujer, se convirtieron en mis maestros sexuales. Eran dos auténticos gurús del sexo, que sabían explicarte cada cosa extrayéndole un sentido más profundo que iba más allá del puro mete y saca. Para ellos, el sexo era prácticamente una religión, de la cual eran fieles devotos. Me sacó el tema por ejemplo, mientras tomábamos un té en un bar en una tarde en que habíamos salido de compras juntas, de mi reticencia a ingerir semen.
-Es que me da mucho asco, Elísabeth.
-Claro que te da. Es algo perfectamente normal al principio. Pero tú vas al colegio y sabrás que en su composición no hay nada más que aminoácidos, sales y agua. Piénsalo.
-Ya… -contesté recapacitando sobre ello-. Pero… no sé. No es lo mismo.
-¿Por qué? ¿Te da asco la polla de los hombres?
-¡No! ¡Ja, ja, ja! –reí divertida-. ¡Tú lo sabes bien!
-¡Ja, ja, ja! Sí, lo sé bien, pequeña zorrita. ¿Te da asco entonces la carne, los huevos o el pescado?
-Claro que no.
-Y sin embargo, todos esos alimentos están compuestos por proteínas, las cuales, a su vez, están compuestas por aminoácidos. Cada día ingieres agua, sales y aminoácidos por separado o juntos, aunque no sea en la misma combinación que forma el semen. Lo único negativo está en tu mente, no en su composición.
-Bueno, no todo. Tiene un sabor extraño también.
-¿No te gusta su sabor?
-No.
-¿Por?
-¡Pica!
-¡Ja, ja, ja! ¿Cómo lo sabes si no lo has probado?
-Siempre queda algo en la boca cuando se corren en ella.
-Ya. Y ¿pica dices?
-Bueno, no exactamente. Te queda una sensación como de arenilla en la garganta. Tampoco eso exactamente. No sé explicarlo. ¡Pero tú sabes a que me refiero! –exclamé graciosamente enfurruñada.
-Ja, ja, ja! ¡Claro que sé a que te refieres! Si tuviesen que embotellar todo el semen que he tragado en mi vida, sería práctico que usasen garrafas de esas de 8 litros.
-¡Ja, ja, ja! Pero… ¿a ti te gusta?
-¡Me encanta!
-¿De verdad?
-Por supuesto. Esa sensación de que hablas, solo resulta desagradable si estás pendiente de ella. Si te olvidas y vas a lo tuyo, ni te acuerdas. Mira niña, te voy a explicar una cosa. Apréndetela bien, porque te servirá para saber si eres una buena amante o no. Bien, la cosa es así: los hombres tienen un baremo que mide su goce, algo que los delata y no pueden falsear. ¿Adivinas cual es ese baremo?
-¿Su corrida?
Ni la pregunta de Elísabeth había sido una verdadera pregunta, pues la respuesta, teniendo en cuenta el tema de conversación, no podía ser otra, ni la mía tampoco, pues en realidad se trataba más bien de una afirmación.
-Efectivamente. Nosotras podemos fingir el orgasmo. Fantaseamos con algún tío que nos guste o situación que nos excite mientras nos folla para lubricar, gemimos un poco, le decimos cuanto estamos gozando y con casi total seguridad él quedará convencido de lo mucho que hemos disfrutado. Ellos en cambio, no pueden.
-¿No?
-No.
-¿Por qué? ¿Acaso se corren más cuando disfrutan mucho?
-No, no se corren más. Eso depende del propio varón y del tiempo que haga que no eyacula. Pero sí se corren con más ganas.
-¿Sí? –pregunté alucinada. Las palabras de Elísabeth tenían para mí una magia fácilmente contagiosa. El tema de que hablaban, sexo, me resultaba totalmente fascinante y, en boca de una experta como ella, conseguían tenerme totalmente absorta mientras descubría un mundo de maravillas antes solo intuidas. A lo sumo.
-Sí. Cuando un tío se corre con fuerza y su corrida más que corrida es una explosión, es señal inequívoca de que ha disfrutado como un búfalo contigo. Esa corrida es algo así como el resultado final de tu trabajo con él, su forma de expresarte cuanto ha gozado. Viene a ser como los aplausos para el artista.
Yo la miraba fascinada y ella a mí con dulzura y ternura.
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p align=justify -Piensa, Lorena: si fueras cantante, por ejemplo… ¿rehuirías los aplausos o más bien te entregarías a ellos, recogiéndolos con una inclinación de agradecimiento ante el público que entregado te los brinda?
-Me… entregaría –reconocí con algunas dudas.
-Pero no es eso únicamente. La leche de macho, es una parte importantísima del morbo. Renunciando a la una, estás renunciando a la otra.
-¿Por qué?
-Piénsalo. Recapacita sobre ello. A los hombres les pone a mil ver a una auténtica puta en acción y a nosotras nos pone serlo. Hasta las más remilgadas se hacen eco de aquello de \"una señora en la calle y una puta en la cama\". ¿Me sigues?
-Claro.
-Te encanta sentirte puta en la cama, ¿verdad?
-Sí.
-Y te encanta que ellos lo vean y se pongan supercachondos con ello, ¿verdad?
-Sí.
-Pues bien, pocas cosas hay que destilen más vicio y lascivia que una zorra recibiendo el semen gustosa en su boca, paladeándolo y engulléndolo con placer. ¡A los tíos les pone a mil! Hazlo mirándoles a los ojos con cara de vicio y conseguirás ponerlos verdaderamente cardíacos, y tú misma te sentirás la más puta de las hembras.
-¡Buuuuuff! ¡Calla, calla!
-¿Qué pasa? –se extrañó, graciosamente intrigada.
-¡A la que estás poniendo cardíaca es a mí con esta conversación!
-¡Ja, ja, ja! ¡Qué calentona nos estás saliendo, niña!
-¡Ya ves!
-¡Ja, ja, ja!
De nuevo, esos preciosos ojos verdes me miraron brillantes mientras su dueña sonreía con ternura.
-¿Quieres que vayamos al lavabo?
-No.
-¿No quieres que te coma el coñito y quedarte más relajada? –se mostró sorprendida.
-No –volví a responder haciéndome la interesante.
-¿Y eso?- preguntó intrigada.
-Porque estoy loca porque nos vayamos de aquí, para ir a vuestra casa y mamarle la polla a Björm hasta que se corra en mi boca y tragármelo todo.
El brillo de aquellas esmeraldas aumentó hasta tornarse realmente irresistible.
-¡Esa es mi putita!
Realmente, había conseguido calentarme con sus palabras hasta el punto de perder cualquier reticencia que pudiera tener acerca del tema, cambiándola por unas ganas locas de tragar semen y sentirme tan puta como me había descrito con el fuego de su discurso, hasta el punto de que mi coñito había comenzado a destilar jugos con solo evocar la situación.
Nuestra llegada a casa debió ser realmente graciosa. Al no tener llaves, ya que Elísabeth le había dejado las suyas a su hermana, tuvimos que tocar al timbre. Nada más arbrirnos Björm, entré como una exhalación, tomándolo de la mano para llevarlo adentro.
-¡Ey! ¿Qué pasa? –preguntó casi riendo.
-Parece que nuestra putita está fuera de sí –le respondió Elísabeth.
Realmente debió resultar gracioso. Sin pararme a añadir nada más, le empujé, yó, una niña de 14 años, de poco más de metro sesenta de altura y que no llegaba a los 50 kilos, a aquel mastodonte de casi dos metros y más de 100 kilos de puro músculo, derribándolo sobre el sillón, arrodillándome ante él entre sus piernas acto seguido y comenzando a soltarle el cinturón ansiosa.
-¡Vaya! Pero ¿qué ha pasado?
Al igual que antes, tampoco ahora le contesté, limitándome a meterme su enorme polla en la boca y a mamar como una posesa mientras escuchaba la risa de Elísabeth.
-La nena está loca por probar la leche de macho.
-¡Aaah! ¡Así que finalmente te has decidido! –exclamó el relajándose y acomodándose-. Pues nada, niña… ¡a mamar! Vacíame los cojones que los tengo bien llenitos para ti.
-¿Hum?- interrogué sin sacarme el rabo de la boca.
-Ayer Elísabeth y yo tuvimos una larga sesión de mete y saca.. Más de 4 horas follando sin encontrar el momento de correrme de tanto que estaba disfrutando. Finalmente, decidimos postergarlo hasta hoy que tenías que venir tú, para así poder regaros bien a las dos con todo el esperma acumulado. Me duelen los huevos de llenos que los tengo, así que prepárate, que te voy a llenar la barriga de leche.
-¡Huuuuuummm! -murmuré lasciva.
En ese momento, en mi mente, no había nada claro salvo mi objetivo. Ningún pensamiento acudía a ella salvo el de mamar y mamar hasta obligar a aquella polla a entregar el morboso precioso de sus cojones en mi boca. No había estrategia ni nada planificado, nada de esforzarme por darle placer a él. Solo mi boca, su polla y la ansiada leche de hombre. Elísabeth era una zorra consumada y no limitaba sus artes al buen quehacer en la cama, sino que las extendía a su conversación sexual para saber llevar a alguien donde quería. Claro que, ese alguien, debía ser alguien predispuesto a recibir sus enseñanzas, y en mí encontraba un campo perfectamente abonado para su siembra. Había conseguido, en definitiva, que desease experimentar aquello que tan morbosamente me había relatado. Quería engullir el semen de su hombre y sentirme tan puta y viciosa como me había descrito.
Un par de veces intentó Björm relajarme un poco, acariciando mi cabecita o introduciendo sus brazos por debajo de los míos para acariciar y sobar mis tetas, cosa que sabía me encantaba, pero ni así.
-Déjala –escuché la voz de ella a mis espaldas, intuyendo su sonrisa-. Vacíate en su boca y conseguiremos que se relaje.
Y no tardó mucho en hacerlo. Björm era un perfecto amante, la ideal contrapartida masculina de Elísabeth, y tenía perfecto control sobre su orgasmo. Podía retardarlo a voluntad durante horas o, en cambio, acceder a él con prontitud si así lo deseaba. Así pues, en pocos minutos, todo el semen acumulado en sus testículos pasaba directamente a mi boca, que ansiosa se apresuraba a engullirlo con avidez.
-¡Ja, ja, ja! –rió ella mientras acariciaba mi cabecita- ¡Así no, zorrita! No debes tragarlo como si fuera la leche de tu desayuno.
Extrañada, me incorporé para mirarla, sin siquiera pararme a saborear el manjar que acababan de regalarme.
-El semen no es chocolate, vainilla ni cualquier otra delicia cuyo sabor de por sí sea motivo de disfrute. El semen es vicio y lascivia. Debes retenerlo en tu boca, paladearlo y comprobar su consistencia y espesor para familiarizarte totalmente con él y deleitarte en tu vicio.
Con cara que con toda seguridad debió ser de boba, me quedé mirándo aquellos hermosos ojos verdes.
-Sabe mejor –observé sorprendida.
-¡Ja, ja, ja! ¿Mejor que qué, zorrita?
-Mejor que las otras veces que se han corrido en mi boca.
-¡Ja, ja, ja! Claro que sabe mejor. Tiene truco.
-¿Truco?
-Truco. Tomate. Los artistas porno de todo el mundo lo comen. Hace que el semen sepa mejor.
La miré escéptica, pensando que se estaba quedando conmigo.
-¡Ya te vale!
-No, no… ¡Es totalmente cierto!
-¿Si…? –pregunté no demasiado convencida a Björ, ahora, que asintiendo con la cabeza confirmaba las palabras de su preciosa mujer.
-Es cierto.
-Claro… -me dije más para mí misma que para ellos, bajando la mirada-. Por eso hay muchas actrices que se lo tragan.
-Bueno –respondió de nuevo Elísabeth-, tampoco te fíes demasiado de eso. Muchas de esas corridas no son más que leche condensada, clara de huevo y agua.
-¡¿Cómo?!- exclamé de nuevo sorprendida, los ojos abiertos como platos, y ellos volvieron a reír.
-¡Ja, ja, ja! Hay mucho que no sabes del mundo del porno, bicho. Bueno, tú y la mayoría de la gente.
-Pero entonces… tú…
-No, yo no. Ya te dije que adoro tragar semen. Para mí no supone ningún problema si el chico me gusta, y raramente acepto rodar o subir a un escenario con uno que no lo haga. Suele salir mal.
Buuuff! ¡Vaya tela!
Por?
-¡Eso es un camelo entonces!
-¿Por qué?
-¡No están tragando leche de verdad! Es un fraude.
-¡Ja, ja, ja! No lo es cariño. Es cine. ¿Es un fraude cuando en una escena que recrea un crimen la víctima no muere realmente?
-Bueno… no es lo mismo.
-Sí lo es. Pero, en parte, también tienes razón. Para ser un buen artista porno, tu papel debe convencer. El público siente esas cosas y percibe si realmente estás disfrutando como una perra con lo que estás haciendo. Si no es así, no conseguirás transmitirlo. Eso no se puede fingir: se es una zorra o no se es. Es lo que diferencia a una diosa del porno de una simple profesional del mismo.
-Y la leche… ¿también se nota? ¿También se diferencia la de verdad de la de mentira?
-La leche puede que no, pero sí el vicio reflejado por la artista. Mira, ven conmigo.
CONTINUARÁ….