Muy bien, es suficiente por hoy, - le dijo Lucrecia a una cansada Marta, que acababa de colgar la última pieza de ropa en el tendedero.
Las tinieblas empezaban a ocultar los últimos rasgos de luz natural en el horizonte.
Maquinalmente, Marta empezó a seguir a su sádica instructora. Subieron las escaleras, pero, esta vez, la dominátrix, se dirigió a su............... habitación. Marta se detuvo pero, una mirada de Lucrecia la obligó a seguir su camino.
La habitación tenía una enorme cama. Frente a esta, a no más de un metro, una pequeña mesa sostenía un gran televisor de 32 pulgadas.
Marta de pie, sobre sus obligadas sandalias de tacón alto, miró a la mujer que se acercaba a un velador, junto al lecho. Con sorpresa y temor observó que junto a unas botellas de cerveza, se amontonaban un grupo de falos consoladores de diferentes tamaños. Concentrada en esos artefactos y sabedora del uso que tenían, no se percató que Lucrecia se acercaba a ella.
- Bebe, - le dijo con su dureza consabida.
Sacada de su ensimismamiento, miró a la mujer y lo que esta le ofrecía. Se trataba de un jarro de medio litro, que contenía cerveza. Asustada, Marta, miró con sorpresa el gran vaso lleno al tope. Jamás le habían gustado las bebidas alcohólicas y especialmente la cerveza.
- ¡Que te volviste sorda!, ¡bebe!, - le gritó nuevamente Lucrecia.
- Nunca he tomado cerveza, - le contestó dócilmente Marta.
- No te lo voy a volver a repetir mujerzuela, ¡bebe!, - le grito furibunda, la mulata.
Haciendo notorio su desagrado, Marta empezó a beber lentamente.
- No te atrevas a detenerte hasta que termines el vaso. – vociferó Lucrecia al notar que Marta intentaba tomarse un respiro.
Por fin el jarro quedó vacío, Marta no puedo evitar sentir una sensación desagradable en su boca y de fracaso en su mente, misma que se transformó en desazón un segundo después cuando vio que la mulata, le extendía otro jarro igualmente lleno del mismo elixir.
- Bebe, - le volvió a decir, mientras la miraba insensiblemente.
Nuevamente Marta ingirió la bebida y otra vez un nuevo vaso la esperaba fatalmente.
Cuando la última gota del jarro cayó en la boca de Marta, los efectos del licor ya habían empezado a cobrar factura en su conciencia y equilibrio.
Su cuerpo empezó a relajarse y su mente a distenderse. Sus inhibiciones y vergüenzas se despejaron y una sensación de aflojamiento se extendió por su organismo.
Con malicia en los ojos, Lucrecia, le quitó las escasas ropas que vestía.
- Súbete a la cama y ponte en cuatro patas, - le dijo, obedeciendo dócilmente, Marta. – Colócate frente al televisor, no te vayas a caer, - insistió la mulata.
Con las manos apoyadas casi en la orilla de la cama, y sobre sus rodillas Marta, ignoraba las intenciones de su némesis, simplemente se limitaba a obedecer y a disfrutar la sensación de relativa tranquilidad que su estado de casi beoda le brindaba.
Lucrecia se acercó al televisor y lo encendió. El aparato tenía incorporado un sistema de lector de DVD. Marta tomó un disco y lo insertó en la ranura y de inmediato lo activó.
La pantalla se llenó con las imágenes de una película. Se trataba de una cinta pornográfica extremadamente impúdica. Lucrecia agarró el extremo de unos audífonos y lo conectó a un puerto del televisor, reguló el volumen y cuando lo consideró el adecuado colocó los audífonos en las orejas de Marta.
A pesar de su estado Marta, empezó a sentir cierto pudor ante las imágenes de una mujer mamando generosamente la verga de un hombre. De repente sintió como una fuerza masajeaba vigorosamente su clítoris, mientras otra amasaba robustamente de manera alternativa sus nalgas. Una sensación de picazón ardiente empezó a derramarse desde su entrepierna, hasta la punta de sus pies y el último de sus cabellos. Su lengua se abrazaba constantemente a sus labios, mientras sus dientes se restregaban suavemente en estos. Los gritos de gozo de las actrices porno estallaban en sus oídos, llenando su mente de sensaciones excitantes que nunca antes había tenido. De repente, el auge ardiente se regó en todo su cuerpo, su boca empezó a lanzar gemidos y exclamaciones de placer, dolorosamente apasionadas. Lucrecia sonreía lúbricamente, al sentir su mano totalmente mojada, mientras no dejaba de acariciar la vulva y clítoris de la mujer.
Cuando creyó oportuno dejó tranquila la entrepierna de la mujer y delicadamente empezó a acariciar las palmas de los pies. Marta respiraba agitadamente, nunca antes había tenido un orgasmo semejante, con los ojos perdidos en las imágenes de la película, observaba como aquella disoluta mujer tragaba obedientemente el semen de su amante, mientras, en su mente, unas palabras vulgares retumbaban: "soy una puta, soy la ramera de Martín, etc.…" Ofuscada por la pasión que amenazaba por controlarla completamente, sintió un súbito cosquilleo que le subía desde los pies y que rápidamente se transformaba en una serie de calambres incontrolablemente candentes que se regaban por todos su cuerpo.
- Aayyy, aaaayyyy, aaayyyyyy, aaaayyyyyy, aaaaayyyyyyy, aaaayyyyyyyy, - gritaba Marta intermitentemente, esclavizada por la lujuria, mientras un orgasmo brutal la sacudía tumbándola en la cama.
Satisfecha por su labor, Lucrecia, relamiéndose sus labios, se acercó al televisor y volvió a cargar la película. Subió a la cama y poniéndose de rodillas con las nalgas de Marta en medio de sus piernas, inclinó su cuerpo hacia la mujer que yacía jadeando y gimiendo. Introdujo sus manos por entre el cuerpo y las sábanas y agarrando fuertemente sus turgentes tetas, empezó a oprimirlos alternativamente, una y otra vez. Los pezones duros de Marta no hacían sino ponerla más cachonda, imprimiendo más energía a sus presiones. Nuevamente los gemidos brotaron de la boca húmeda de Marta. Lucrecia loca de lascivia, aferrando vehementemente entre sus manos los pezones empezó a tirar de ellos, intentando ordeñar a Marta, mientras, ésta no dejaba de sollozar confundida entre el sufrimiento y el prurito carnal.
Libidinosamente poseída, Lucrecia soltó a su presa y retirándose algunos centímetros hacia atrás, agarró de las caderas a Marta, la haló hacia ella, de manera que quedó de rodillas, mientras su tórax y cabeza, continuaban tumbados en la cama. Inmediatamente volvió a friccionar el clítoris de Marta.
Lucrecia poco a poco empezó a introducir sus dedos entre los pliegues de la caverna íntima de Marta. No tardó en introducir su mano restregándola incansablemente a diestra y siniestra de la ardientemente fogosa y excitada vagina. En tanto, con la mano libre, acariciaba impetuosamente su espalda y nalgas. Marta sintió como un torbellino de locura pasional la envolvía y la dominaba una vez más. Mientras una serie de gemidos daban la bienvenida al nuevo orgasmo.
Con su mano totalmente mojada por los líquidos sexuales de Marta, Lucrecia se incorporó de la cama y tomando uno de los falos del velador se lo ajustó a su cintura, probó que estuviese bien sujetó a su pelvis y entonces volvió a subirse al lecho.
Se acercó a la mujer que respiraba agitadamente, la tomó de los pies y la extendió cuan larga era, después abrió sus piernas, y acostándose sobre ella, empezó a introducir lentamente su espolón de goma dentro de su vulva. La mujer sintió el puyazo e intentó levantarse, pero, la mulata la sujetó con fuerza e inició la penetración vehementemente.
Sudando por cada poro de su cuerpo, una nueva ola de padecimiento enloquecedor se apoderó de Marta, totalmente embriagada por el placer, sintió como por su ardiente vulva, brotaba calurosa e intensamente un manantial de orina, mezclado con una marea de líquidos sexuales, resultados del tormentoso clímax.
Con su respiración jadeante y cansada, Lucrecia sonreía, satisfecha de su labor, mientras las gotas de sudor que resbalaban por las partes internas de sus piernas, se entremezclaban con los jugos olorosos que brotaban de su vagina.
Desde aquel día, las sesiones de sexo licencioso se volvieron parte del aleccionamiento sistemático y junto a las reprogramaciones e imposiciones mentales, como también, a las labores penosas y vergonzosas, fueron aplicadas metódicamente, de acuerdo al programa degenerado de Lucrecia.
Agachada, lustrando con persistencia una mancha de una de las gradas de la escalera principal, Marta, con su mente en blanco, se limitaba a cumplir servilmente las órdenes que recibía.
Transcurridas casi nueve semanas de su rapto y suplicio, aquella mujer que había llegado a progresar en base a su firmeza de carácter, a su capacidad de mando y su ejercicio pleno de la autoridad, que rayaba en ocasiones en el autoritarismo. Esa mujer dominante y decidida, con una personalidad plagada de amor propio y orgullo. Esa esposa y madre, que disponía a su libre arbitrio en su casa y sus negocios. Aquella mujer, en ese momento, aparecía derrotada, humillada, vencida y sometida, abatida rascando un inmundo escalón, bajo las órdenes y la voluntad de una mujer disoluta, que apenas si podía leer y escribir, con dificultad.
El cansancio físico y psicológico. Las torturas a las que había sido sometida. La manipulación mental y las vulgaridades impúdicas, terminaron afianzándose en su mente. Su inclusión intensamente tempestuosa en el mundo de la lujuria y el sexo desenfrenado, así como todas las demás estratagemas y tácticas sórdidas usadas por Lucrecia, terminaron convirtiéndola en la mujer sumisa y en la criada obediente que era en ese momento.
El reloj marcaba las tres de la tarde. Lucrecia sentada, observaba a su prisionera ocupada en las tareas de limpieza. De repente sonó el timbre de su teléfono celular.
- Hola Lucrecia, ¿cómo estás? – preguntó la voz de una mujer.
- Buenas tardes Doña Gloria, bien y usted - respondió la mulata.
- ¿Cómo está nuestra amiga, la has tratado cómo se merecía?
- Todo está bajo control Doña Gloria, la mujer ha respondido al tratamiento, no hay ningún inconveniente.
- Que bueno, porque quiero que la presentes esta noche, Martín está desesperado por verla, de modo que prepárala y te espero en la casa a eso de las ocho de la noche, no me defraudes. – Le dijo Gloria con severidad y entonces colgó.
- Esta bien Doña Gloria, no se preocupe ahí estaremos a las ocho.
- Oye sal a la lavandería - le dijo a Marta, acatando ésta, inmediatamente la orden.
En un minuto ambas mujeres estaban llegando a la pequeña construcción de cemento. Desde que Marta había sido secuestrada, su cuerpo no había recibido las caricias cálidas e higiénicas de un buen baño y un oloroso jabón.
- Muy bien, quítate la ropa - le dijo Lucrecia, extendiéndole una pequeña pastilla de jabón. – Qué esperas, empieza a bañarte - le gritó, mostrándole el tanque lleno de agua.
El tiempo aquel día estaba frío, y el agua mucho más. A pesar de eso Marta, tiritando, se aplicó generosamente el agua con un pequeño recipiente.
- Ya es suficiente, vamos, - le dijo Lucrecia, volviendo las dos a la casa.
En lugar de dirigirse a la improvisada celda, entraron a la habitación de Lucrecia y por un momento Marta pensó que se le venía el despelote licencioso.
- Toma ponte este vestido y estos guaraches, hazlo rápido, - le advirtió.
Una vez que Marta se colocó el vestido de una sola pieza, de características más bien recatadas, diferente a las ropas insignificantes que generalmente usaba, cuando no estaba totalmente desnuda, Lucrecia le ordenó que la siguiera.
Ambas mujeres bajaron las escaleras, una detrás de la otra, un fuerte empujón de Marta habría bastado para que Lucrecia ruede toscamente, dejándola seguramente fuera de combate, pero la actual Marta era incapaz de tomar esa decisión, que ni siquiera se le cruzó por la cabeza.
Salieron al patio y entonces Lucrecia, le ordenó subir a su automóvil. Marta, se quedó sorprendida, no estaba maniatada, ni amordazada, como en otras ocasiones en que había sido subida al auto. Insegura, se quedó parada, sin embargo, una simple mirada torva, fueron suficientes para que entrara rápidamente al vehículo.
Entraron a la ciudad, cruzaron por calles, mientras Lucrecia conducía tranquilamente, junto a una nerviosa y atemorizada Marta. Por fin se detuvieron frente a un salón de belleza. Lucrecia salió del auto y caminó a la vereda, mientras Marta se quedaba mirando al suelo. Abrió la puerta, e inmediatamente su cautiva salió presurosa.
- Buenas tardes, - dijo Lucrecia entrando al local, seguida de Marta.
- Buenas tardes, - respondieron un par de mujeres de rostros enjutos y cuerpos no muy generosos, - ¿en qué les podemos ayudar?, - preguntaron atentamente.
- Mi amiga necesita un tratamiento total, necesito que la pongan como para comérsela a besos, por favor, nada de demoras, ah y no dejen que vea su trabajo hasta que terminen, que sea una sorpresa, ¿verdad querida? – sonrió cínicamente Lucrecia
Un par de horas después, las mujeres habían terminado su trabajo. Marta a una orden de Lucrecia se levantó del asiento y giró hacia un espejo. La mujer que vio la desconcertó y desencantó. Completamente maquillada. Con su cabello amarrado en forma de cola de caballo. Con sus uñas de pies y manos pulidas y pintadas de un rojo intenso, sus labios matizados de un rosado tenue, sus párpados ligeramente teñidos de un azul verdoso y totalmente depilada desde su cuello hasta su talón. Marta terminó desconociéndose así misma. "Estoy pintada como una puta, soy, soy una puta, solo una puta", se dijo mentalmente abatida.
- Hay algún lugar donde mi amiga pueda cambiarse, - preguntó Lucrecia.
- Claro, puede usar el baño – respondió una de las mujeres estilistas.
- Entra – le dijo Lucrecia, - toma, ponte esto – le ordenó una vez que Marta, ingresó.
Martín, nervioso y preocupado, se paseaba a lo largo de la sala de su casa. Gloria sentada en el sillón lo miraba con interés mientras se acicalaba las uñas.
- Deben estar a punto de llegar. No te preocupes lo harás bien, hemos entrenado duro, estás en excelente forma, solo haz lo que has aprendido con tu maestra. – Le dijo Gloria sonriendo cínicamente, con voz sosegada.
Apenas escuchó las palabras que le dirigía, estaba más interesado en sus dilemas e inquietudes. "Cómo reaccionarían, cuando estuvieren frente a frente, tanto él, como ella", "sería capaz de hacer aquello que en divagaciones sicalípticas y fantasías eróticas le parecía relativamente fácil", esas y más dudas se cruzaban en la mente de Martín.
De pronto, el timbre de la casa sonó, Martín reaccionó, e inmediatamente se dirigió asustado como estaba hacia la puerta principal, pero, no pudo avanzar porque Gloria se interpuso en su camino.
- Quédate aquí, yo abriré la puerta, - le dijo y se dio la vuelta saliendo hacia el portón de la casa.
Martín asintió y respirando profundamente, intentó recuperar la confianza y seguridad. No tardaron en entrar Lucrecia y Gloria. Ambas mujeres sonreían al mirar a Martín y su incertidumbre.
- Bueno, ¡basta!, ¡dónde está!, - grito Martín intrigado.
Las mujeres dieron unos pasos hacia él, y entonces se volvieron a la puerta, que estaba entreabierta.
- Muy bien entra, no hagas esperar a tu macho, - gritó Gloria, con una sonrisa en los labios.
Lentamente apareció bajo el dintel de la puerta, la figura de una mujer. Martín atónito, apenas pudo reconocer a su madre. Con un vestido escasísimo de una sola pieza que en su parte superior, apenas cubría sus pezones, que aparecían cuál pitones presionando la casi transparente tela rojiza, y en la inferior envolvía la integridad de sus nalgas, dejando al descubierto casi la totalidad de sus muslos. Mientras sus pies erguidos sobre par de frugales sandalias de tacón alto, mostraban atrevidamente sus líneas y arcos sensuales.
Maquillada de una manera que nunca hubiera imaginado y con un peinado que jamás en su vida, había usado. Martín creyó por un momento que se trataba de una broma, que simplemente era otra mujer. Pero, en la medida en que la mujer se acercaba lenta y tímidamente hacia él, no pudo sino llegar a una conclusión. "Es ella", se dijo mentalmente.
Una sensación de enojo se coló en su mente, al mirar con más atención, ciertos detalles faciales detrás del maquillaje, fuera de la actitud sumisa y temerosa, los efectos del trato recibido estaban patentes en su fisonomía, ciertamente se veía más esbelta, menos gordita. Pero, Martín advirtió que en su rostro y cabellera, aparecían en mayor cantidad, líneas de expresión y cabellos encanecidos, respectivamente, que solo semanas atrás no habían estado.
Una sensación de furia, se extendió en su ser, y dirigiendo su mirada a la Gloria, silenciosamente exigió una explicación. Gloria que interpretó correctamente, las miradas furibundas, rápidamente se acercó a él, mientras Marta continuaba con su recorrido parsimonioso tal como se lo había ordenado Lucrecia.
Deteniéndose junto a Martín, Gloria, le hizo un gesto con ambas manos, pidiéndole tiempo y calma. Mientras tanto Marta, finalmente llegó a dos metros de donde estaba su hijo y a una orden de Gloria se detuvo mirando al suelo sumisamente.
El asombro y coraje inicial, habían hecho que Martín no le prestase atención al físico exuberante de su madre. Ahora, la tenía frente a él.
- Pues bien Martín te presento a tu criada Marta, ella de hoy en adelante realizará todas las labores de la casa. Limpiará, trapeará, cocinará, hará cualquier cosa que le pidas, de hecho te pertenece íntegramente. Por supuesto, será tu esclava sexual, tu concubina exclusiva e incondicional, ¿No es cierto, Marta?
- Sí, Señora Gloria, el señor Martín es mi amo, mi dueño, estoy para servirle en lo que él disponga. – Respondió Marta nerviosa y completamente avergonzada, de verse humillada y casi desnuda frente a su hijo.
- Ahora, criada, date la vuelta, - le ordenó Gloria.
Todo el enojo de Martín, se esfumó inmediatamente después que Marta se volteó. Su espalda completamente desnuda, las corvas de sus muslos y piernas, y el rosado de sus talones levantados, lo enloquecieron de pasión.
- Muy bien, puedes girar criada Marta – le ordenó Gloria, sonriendo lúbricamente, mientras miraba con satisfacción el rostro ansioso de Martín. – Yo he cumplido, ahora te toca a ti, recuerda que esta hembra será de hoy en delante tu puta, tu criada, y debes tratarla como tal, olvídate de cualquier prejuicio, ve y toma lo tuyo. ¡Qué esperas!, - le dijo Gloria al oído.
Con la celeridad de un atleta al que han dado la orden de salida, Martín, se arrojó sobre Marta y tomándola de la mano, se lanzo hacia el segundo piso y luego a la habitación de su madre. Después de cerrar la puerta se dio la vuelta y se quedó mirando profundamente de arriba hacia abajo a Marta.
Asustada y agitada por la acelerada caminata, Marta, con la mirada en el suelo, se dio cuenta que era auscultada, una sensación de pudor la dominó y levantando despacio su rostro fijó tímidamente su mirada en su hijo. Más de dos meses habían transcurrido desde la última vez que vio a Martín. Por un momento, la sensación de estar en casa, con su hijo, le devolvieron la pequeñísima esperanza de que el infierno que estaba viviendo finalmente llegaría a su fin. Una leve sonrisa de ilusión se dibujó en su rostro, pero, esta duró apenas un par de segundos.
Como si de eso dependiera su vida, Martín se desnudo en el acto, caminó unos pasos hacia su madre y luego se detuvo a medio metro de ella, con su cañón sexual completamente erguido apuntando a su blanco.
Al ver que su última esperanza se desvanecía, Marta recordó lo avergonzada que se había sentido en el chalet, después de haber soñado que su hijo la penetraba. En ese momento sus fantasías ambiguas y vergonzosas se hacían realidad. Espantada, miraba atentamente el pene que la vigilaba celosamente. Tuvo la sensación de que si era follada por la musculosa verga, cualquier rezago de pudicia, estima, dignidad y autoconfianza, que le quedarán, finalmente sucumbirían para siempre.
De lo más íntimo de sus ser, emergió desesperado un último esfuerzo, que se manifestó en la forma de suplicantes palabras que brotaron de sus carnosos labios, y floreció a través de conmovedoras lágrimas de sus ojos y párpados verdeazulados.
- Hijo mío, por favor no lo hagas, soy tu madre, - le dijo mientras sus mejillas eran bañadas por su llanto, - te lo ruego, soy tu madre, tu mami, no lo hagas, mi amor, no lo hag…, - pero su súplica, fue interrumpida por Martín que lujuriosamente obsesionado se lanzó sobre ella, la tomó de los cabellos apenas halándolos hacia atrás, de manera que el rostro de Marta quedase levantado y entonces, la besó fogosamente.
Sin ofrecer ninguna resistencia, Marta, sintió que sus labios eran besados, lamidos y mordidos, fanáticamente por los de su hijo. Una sensación de entrega total, se adueño de ella, como si hubiese perdido todas las batallas. Derrotada y vencida, ahora, simplemente, su conquistador tomaba posesión del preciado botín. El botín naturalmente era ella.
De repente, Marta dejó de ser besada, un fuerte tirón de sus cabellos le hizo emitir un leve gemido de dolor, la peineta que sostenía su cabellera voló por los aires, mientras sus cabellos caían sobre sus hombros. La nueva imagen de su madre no hizo sino, exaltar aún más los instintos sexuales de Martín.
Sin ningún cuidado, agarró las escasas telas que cubrían a su madre y con unos cuantos tirones hacia abajo terminó de dejarla en cueros.
Marta zarandeada, no ocultó su desnudez, finalmente había terminado aceptando sus suerte. Se tomó unos segundos para mirar en su extensión la buena hembra que tenía frente a él, y entonces no pudiendo esperar más, la tomó entre sus brazos y la depositó en la cama. Montado sobre ella, sujetó sus manos con las suyas contra las sábanas y comenzó a besarla con abandono.
Por varios minutos, Marta permaneció inmóvil, pero, pronto sus labios empezaron a responder tímidamente las caricias abruptas de sus similares. Una oleada de calor, comenzó a extenderse por su cuerpo, mientras palabras vulgares que retumbaban en su mente, la incitaban a adoptar la actitud de la mujer desordenada y cachonda que mentalmente, se decía a sí mismo, era. Martín, que no cesaba de besarla, soltó sus manos, y casi inmediatamente Marta las colocó sobre las espaldas de su hijo y copiosamente las acarició en toda su extensión. Al final, la pareja se abrazaba y besaba fogosamente, enloquecidos por la lujuria.
- ¡Dime quien soy!, - le grito Martín suspendiendo por un momento el arrumaco.
- Eres mi macho, mi amante dueño, mi patrón.
- Y ¿quién eres tú? – le volvió a preguntar.
- Soy tu esclava, tu criada, tu hembra, tu puta, tu concubina, soy… - Marta no pudo continuar, porque una acometida de besos se lo impidió.
Completamente excitada, Marta sintió como su hijo luego de cansarse de besarla, se concentró en sus tetas. Incorporándose en sus rodillas, con el cuerpo de Marta en el medio de estas, Martín agarró con firmeza los pechos de Marta, sin perder de vista su rostro y con fuerza empezó a exprimirlos. Gemidos dolorosamente placenteros salieron de la boca de Marta que no dejaba de mirar a su hijo. Harto solo de tocar, Martín, depositó su boca en los pezones de la mujer y como un bebé hambriento, empezó a mamar de estos, con ímpetu cada vez mayor.
Esclava de la pasión, Marta sintió como era llevada más allá de su control, mientras una sensación de intensidad sexual se desbordaba en ella. Martín lentamente subió hasta el continente de su madre y con suavidad, la besó en toda su semblante, por unos cuantos minutos, cuando sintió que era suficiente, lentamente, se deslizó hacia abajo, hasta que se detuvo en su entrepierna. Un olor que desprendía la caverna limpia de maleza, hizo que el animal sexual que había en él, tomará el control desde ese momento.
Colocó las piernas de la mujer sobre sus hombros, y con vehemencia lanzó su boca contra los enormes y lubricados labios de la vulva. Succiones, besos, lengüeteadas y caricias fogosas, fueron dirigidas con sobreabundancia hacia la cueva erótica de la mujer.
Absorta en el goce por los restregones, frotaciones y picazones vaginales, Marta sintió como una fuerza incontrolable comenzaba a extenderse, a copar irremediablemente su cuerpo. Incapaz de llegar más allá de donde los linderos vulvares se lo permitían, Martín, se concentró en friccionar vigorosamente el clítoris de la mujer.
Poco a poco, los ligeros gemidos, se fueron transformando en pequeños gritos jadeantes.
Un orgasmo intensamente prolongado fue el resultado final.
Luego de mirar a su madre que templada en la cama seguía disfrutando de su última explosión de placer, con su pene todo endurecido, Martín, divagaba sobre que parte sensible de la mujer estimular. Por fin se concentró en masajear, amasar y ablandar vigorosamente los muslos y piernas de Marta. Cuando llegó a sus pies, se quedó disfrutándolos con la mirada por un momento, le parecían extremadamente sensuales, sus olores, sus sabores, sus curvas, sus talones. Incapaz de aguantarse, colocó su lengua en la palma de uno de ellos y la deslizó en toda su extensión, al tiempo que entremezclaba sus lamidas, con besos y caricias de su boca. No tardó en hacer lo mismo con el otro pie. Cuando hubo terminado, se fijó en la mujer que excitada y ansiosa una vez más lo miraba con sumisión.
Se puso de rodillas sobre la cama y cogiendo una de las piernas de Marta, la levantó hasta su pecho, sujetándola con sus muslos, fuertemente. Tomó el tobillo de la mujer enérgicamente y usando su otra mano deslizó su palma suavemente sobre la planta del pie de de su madre.
Marta sintió un estremecimiento en todo su cuerpo, cada rozamiento creaba un espasmo incontrolable cada vez más intenso en todo su cuerpo que amenazaba con dejarla absolutamente expuesta a un nuevo frenesí sexual. Inmisericordemente, Martín, continuaba inexorable, el casi imperceptible roce. Momentos después, como una avalancha que destroza y rompe todo a su paso, así se abrió el orgasmo furioso, en la forma de lamentos y gemidos, sudores salados y secreciones sexuales, olores profundos y sabores estimulantes, sensaciones y emociones, desenfrenadas. Todos, brotando, exhibiéndose, y expeliendo de la ardientemente húmeda Marta.
Con su respiración agitada, Martín, se arrojó sobre la boca de Marta y recomenzó sus caricias ampulosas, sus lenguas se entrecruzaron una y otra vez., sus labios intentaban en vano fundirse juntándose en besos salvajes y apasionados. Sus cuerpo encendidos por el deseo luchaban, con besuqueos, fricciones, agarrones y chupones, contra el otro tratando de saciar la sed que tenían entre ellos.
De improviso Martín se incorporó, se puso de rodillas, tomó las piernas de su madre, las levantó y las dirigió hacia delante abriéndolas lo más que pudo, dejando expedita la abertura de su vagina.
- Sostenlas ahí - le ordenó a la mujer, acomodó su verga erecta frente a la hendidura íntima de Marta y entonces cargó con vehemencia.
Un cosquilleo ardiente inundó el ser de Martín al introducir su ariete sexual. Inmediatamente lo sacó y volvió a meterlo, repitiendo la tarea una y otra vez. A pesar de su estimulación, Marta, mirando a su hijo, penetrarla, tuvo un efímero acceso de pudor y conciencia. "Debí haberlo impedido, ahora es demasiado tarde, soy una puta no cabe duda, una mujerzuela, la puta de mi hijo, solo eso...", se decía mentalmente, mientras el deleite carnal, poco a poco terminó por dominarla absolutamente y cualquier resquicio de recato quedó en el olvido.
Agotada y confundiendo su respiración jadeante con sus gritillos de lujuria, Marta terminó alcanzando su nivel de satisfacción supremo, bañando el pene de su amante con sus transpiraciones sexuales.
Con fuerza y sin importarle nada salvo seguir friccionando su verga contra las paredes sensibles de la cueva vaginal, Martín, escuchaba los lamentos frenéticos de su madre, mismos que solo lograban estimularlo más y más. Por fin luego de unos minutos, que a Marta le parecieron horas, Martín descargó con violencia, sus municiones espermáticas, dentro de la gruta sexual de su madre. Acto seguido se desparramó de cansancio encima de Marta.
Unos ojos lascivos contemplaban la escena, desde una abertura de la puerta.
- Me parece que Don Martín, ha cumplido con sus expectativas, - dijo calladamente Lucrecia, dirigiéndose a Gloria.
- El asunto está consumado, solo faltan algunos ligeros detalles, y me daré por satisfecha.- Respondió Gloria y cerró la puerta.
Ambos amantes quedaron dormidos uno sobre el otro. Las dos de la madrugada marcaba el reloj. Martín, estremecido, a causa del frío, despertó, desnudo como estaba. Miró a su madre, que dormía profundamente. Se sentía orgulloso, había conseguido lo que quería. "Después de todo Gloria es una mujer de palabra", pensó. Las sábanas estaban mojadas con sudor y secreciones sexuales, pero, a Martín eso no le importaba, ese olor, incitaba su instinto sexual. Alzó el extremo de las cobijas y levantando a su madre la colocó en ese lugar e inmediatamente la arropó. Apagó las luces, se metió junto al cuerpo caliente de su madre y lo abrazó dadivosamente.
Intentó dormir, pero, la experiencia intensa que había tenido, alejó de su cuerpo la posibilidad del sueño. "Que rica estaba, no puedo creer que me la haya tirado. ¡Gracias Gloria!", se decía mentalmente. Empezó a revivir en su mente cada paso, cada acción, cada emoción y sensación que había tomado y sentido, desde que la había visto entrar a la casa, hasta el momento mismo en que agotado la cubría con su cuerpo.
Dos horas después, luego de revivir en su mente la orgía que había tenido, Martín estaba ansioso de cobrarle nuevamente la factura a Marta.
La mujer dormía plácidamente, apoyando su cabeza en los pectorales de su hijo. Era la primera vez en nueve semanas que dormía en un lecho suave y cómodo. Con cuidado Martín se retiró lentamente, dejando que la cabeza de Marta descansase sobre la almohada. Se acostó de lado junto a ella y de inmediato extendió su brazo, hasta la entrepierna de la mujer, colocó su mano junto a la entrada de la vagina y entonces, lenta y suavemente, empezó a acariciar su vulva y clítoris.
Profundamente adormecida, Marta, empezó a sentir un casi imperceptible escozor en sus partes íntimas, que se incrementaba a cada segundo, instintivamente extendió su mano para retirar aquella fuerza causante de aquel intrigante hormigueo. Lo interceptó y con un suave movimiento lo lanzó fuera de esa zona estimulante. La fuerza volvió casi enseguida con su labor y la mano de Marta religiosamente la volvió a retirar.
Martín, cansado de ver como su tarea era impedida decidió tomar una actitud más drástica.
Con una de sus manos, sujetó las dos muñecas de Marta. Entonces con su mano libre volvió a la tarea suspendida. Segundos después, la mujer nuevamente perturbada por el ardor cosquilleante de sus partes íntimas, intentó protegerse, pero, cuando trató de desplazar una de sus manos fue imposibilitada por una fuerza, que como segura tenaza sujetaba sus muñecas, muy superior a sus posibilidades de defensa.
El intenso escozor no tardó en despertarla. Somnolienta, maniatada y desorientada por la oscuridad, regresó a ver hacia donde parecía venir la fuerza que la dominaba.
Su nariz chocó suavemente con la boca de Martín. De inmediato éste, embistió lujuriosamente los labios de la mujer con su boca, en tanto, continuaba masajeando vigorosamente la entrepierna de Marta.
Loco de deseo, Martín dejaba en paz al sobrexcitado clítoris y se montaba encima de Marta concentrándose en lamer y morder con sus labios la boca de su madre, mientras intentaba con relativo éxito chupar de su lengua.
Con sus manos alternaba el bombeo de sus tetas, oprimiendo armónicamente sus endurecidos pezones, con masajes fogosos a sus muslos y fuertes agarrones sobre sus espléndidas nalgas. Dados los cariños voluptuosos sufridos por Marta, no fue difícil que treinta minutos después terminase sucumbiendo a un orgasmo muy similar en intensidad a los que había sentido, apenas un par de horas atrás.
- Me vuelves loco, - le dijo Martín mientras sus respiraciones agitadas se confundían en sus bocas.
Minutos después Martín descansaba su cabeza sobre las tetas de Marta, con uno de los pezones dentro de su boca. De repente, una idea libidinosa se presentó en su mente. Marta, apenas intentaba recuperar su respiración normal, a pesar de que el bombeo en su pezón no dejaba de estimularla, en eso, escuchó una voz que le daba una orden.
- Levántate, - le dijo Martín en la oscuridad, al tiempo que retiraba las cobijas, apareciendo ambos cuerpos desnudos. "Y ahora qué", se dijo desconsoladamente en silencio, Marta, - Colócate en cuatro patas, en medio de la cama, - continúo Martín.
Cansada y adolorida Marta, obedeció mansamente.
Fuera de la cama, Martín, tomó con sus manos de los extremos de una cobija y levantó los brazos hacia arriba lo más que pudo. En esa posición, subió a la cama de rodillas, y deteniéndose cuando su pubis tocó las nalgas de la mujer, inclinó su torso y brazos hacia delante, enseguida dejó caer la cobija, de forma que esta, cuan larga era, terminó cubriéndolo a él y a su madre.
En completa oscuridad, Martín sonriendo cínicamente, empezó acariciando y agarrando las redondas posaderas, extendiendo sus afectos alternativamente, ora a la espalda, ora a los muslos, ora a los abombados pechos, de la pobre Marta.
Pronto Marta se dio cuenta como su trasero era objeto de las atenciones más fogosas de las manos de su hijo. Sintió como Martín intentaba separar ambos hemisferios, una y otra vez. Como la abertura de su culo era suavemente tocada. Paulatinamente, el cuerpo de la mujer volvía a avivarse, como resultado de las frotaciones de la que era objeto. Pero, entonces.
- ¡Ayyy!, duele, ¡aaayyy!, ¡duele, duele mucho!, ¡aaayyyy!, - gritó Marta, al sentir que su culo era rasgado, e inmediatamente intentó retirarse hacia delante, pero unas manos fuertemente la sujetaron de las caderas, negándole cualquier movimiento.
- Espera, quieta, ya entró un poco, ay, hijueperra, espera te digo, - dijo Martín, intentando meter su verga por el conducto trasero de su madre. Lenta, pero firmemente había iniciado la penetración, pero, en un inicio, solo había conseguido introducir los 4 cm de su glande.
- ¡Aaayyy!, por favor, ¡ayyyyy1, hijo, duele, Martín, ¡aayyy!, duele mucho, sácalo, por favor, ¡aayy!, - repitió Marta, que sentía un dolor agudo en su ano.
- ¡Cállate!, - le gritó Martín, en parte molesto por lo complicado que resultaba proseguir. - ¡Aguántate!, a mí también me duele.
- ¡Aaayy!, duele, por favor, ¡aaayy!, no por favor, nunca me lo, ¡aayyy!, nunca me lo han hecho por ahí - insistió Marta, mientras un par de lágrimas de dolor surcaban sus ojos.
- No te preocupes ¡mamasota!, hoy tu culo dejará de ser virgen, te lo prometo, ahí voy – le dijo y enseguida pausada y tenazmente introdujo otros 6 cm de su pene.
- ¡Ayyyy!, no más por favor, ¡aaayayyy!, culéame por la vagina, pero, ¡aaaayyyy!, no más, ¡aaayyyy!, ¡por el culo no!, ¡por el culo no!, ¡ayyyy!, - balbuceó Marta, angustiada por el tormento.
- ¡Por el culo, sí!, ¡mamasita!, yo sé lo que es bueno para ti, ¡ya casi lo meto completo!, ¡ahí voy!, - dijo Martín, empujando vigorosamente su miembro hasta las profundidades del culo de Marta, mientras la sostenía vigorosamente de la parte superior de sus muslos.
Finalmente el esfuerzo de Martín dio sus frutos. Los 16 cm de largo y 5 cm de ancho, entraron totalmente en el recinto anal de Marta. Con satisfacción y soberbia, el muchacho disfrutaba el haber sido el primero en conquistar el culo de su madre, deleitándose del relativo apretamiento que las paredes del ano ejercían en su cañón sexual.
Una presión violenta y agobiante se extendía a lo largo del ano de Marta. El dolor insufrible, se extendía a todo su cuerpo en forma de punzadas constantes e inaguantables. Incapaz de sostenerse en sus manos, cayó sobre sus codos. Casi enseguida sintió un restregón brutal a todo lo largo de su dilatado ano, en ese momento Martín había empezado a bombear con su maquina sexual.
Manteniendo su glande en el conducto, Martín se dio cuenta que espolear alternativamente el culo de Marta, resultaba fácil y extremadamente estimulante. Como siempre los gritos, gimoteos y sollozos de su madre no hacían sino, animarlo.
Encerrados debajo de la cobija, pronto ambos cuerpos empezaron a sudar.
Marta sintió como en algo su suplicio se veía atenuado, debido a que las fricciones en sus muslos, espalda e increíblemente en su propio culo, empezaban a excitarla, de manera que el dolor terminaba confundiéndose con el ardor violento de la pasión.
Siete empujones pélvicos formidables, unidos a varios lamentos apasionados y el posterior desplome del cuerpo de Martín sobre su madre, fueron los rasgos incuestionables de que por fin había alcanzado su clímax.
Con su pene endurecido atascado en el culo de su amante, Martín, fatigosamente metió su mano entre la cama y Marta, que continuaba sollozando. Agarrando con fuerza una de sus mamas, y abrazando su torso, la colocó de lado junto a él.
Ubicó su cabeza junto a la de su madre, dejando que su respiración jadeante, bañase los oídos de la mujer, y entonces se durmió, con su mano apretando suavemente la teta de Marta.
Diez minutos después, la mujer sintió como lentamente la presión sobre su ano disminuía, en medio del dolor y la desazón que la agobiaban. Esta última experiencia no había sido tan dolorosamente placentera como las anteriores. Con su mirada perdida en la oscuridad, tomó el extremo de la cobija que apenas le cubría hasta la cintura y la levantó hasta sus hombros y entonces calladamente dejó que las últimas lágrimas que le restaba derramar aquella hora, fluyeran libremente.
A pesar de las punzadas irritantes en su trasero, Marta terminó por sucumbir al cansancio y la inconsciencia del sueño la libero por unas pocas horas de su inevitable realidad.
Continuará…