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La putica de mi novia, su amiga, y yo 1


En ese momento quise que Estela supiera lo mucho que significaban esas palabras para mí. La besé en el cuello como a ella más le gustaba, con pequeños mordisquitos, al tiempo que le masajeaba el cuero cabelludo y le lamía las orejas. De inmediato sentí la reacción de su cuerpo y lo bien que se adaptaba. Todos los vellitos de los brazos y de la nuca se le erizaron como electrizados, y el movimiento sinuoso que precedía al acto sexual tuvo lugar casi al instante. Las caderas se batían de adelante hacia atrás de forma acompasada y sensual. Buscando el miembro en cada envión, deseando ser penetrada.

Le estrujé los pezones por sobre la ropa con tacto firme y seguro. Los tenía parados y duros. Sabía que eso aceleraría aún más las cosas. Las prendas permanecían en su lugar, y............... todavía faltaba otro tanto para que cayeran. Quería que por ese día todo tuviera su momento y razón de ser. El sueño de todo hombre que se precie hecho realidad. Increíble, todavía no alcanzaba asimilarlo.

Hasta ese momento estábamos en la sala, pero ambos sabíamos que lo que venía a continuación no se podía desarrollar ahí. Se trataba de una ocasión especial, y el acto en sí era más que especial. Sin embargo, no hubo necesidad de que ninguno de los dos hablara. Estela se levantó del sofá, y me adelantó unos pasos en el camino a la habitación, todo de modo frío y calculado. Le encantaba que la observara con el andar de putica que acogía previo al sexo. Meneaba las nalguitas en perfecta invitación: cógeme papi, cógeme, parecían decir. Cuando adoptaba esa postura, yo me apartaba y la dejaba que hiciera lo suyo. Me encantaba verla tongonearse. Tenía un par de senos maravillosos, grandes y firmes, con los pezones pequeñitos y de color rosado oscuro. El movimiento, que en un principio buscaba agitar las caderas, también le permitía bambolear un poco esos pechos. El conjunto me calentaba hasta lo indecible, y la actuación siempre lograba su cometido con creces.

Llegamos a la habitación y, como era mi costumbre, retomé el control de la situación. La agarré con fuerza por la cintura, a fin de bajarle un poco los humos.

— ¿Qué coño son esas puterías que te coges?— le dije. Ella cambió al papel de fingida sumisión, mientras que yo la reprendía por mostrase con esa actitud tan de zorra. Eso me lo puso tieso a mí, y le mojó las tanguitas a ella.

Ya se hallaba preparada para la acción, lo sabía. Cualquier otro día la habría desvestido ahí mismo en la puerta, y se la habría clavado sin preámbulos ni contemplaciones. Un rato apoyado en el borde de la cama, y otro tanto en la ventana —por esa excitación extra de saber que posiblemente otros te observan—. Pero hoy no sería así. Hoy lo llevaríamos un poco más allá. Los papeles que con los años habíamos creado, para darle vida a nuestros alter egos sexuales, se nutrirían de lo que tuviera lugar esa noche.

La tomé por la espalda y la atraje hacia mí. Dejé que sus nalgas se apoyaran contra mi miembro, y lo sintieran. Uno, dos, tres segundos inmóviles, sólo sintiendo el roce. Sopesando lo que le esperaba, y a que debía enfrentarse más tarde. Lo aceptó bastante bien. Estaba loca por hacerlo, y dejarse hacer. En segundos comenzó con el movimiento de pelvis de nuevo. A tras, adelante atrás, adelante. Una y otra vez, rozando las nalgas contra el miembro erecto. Quería que yo la tomara, que le arrancara las pantis húmedas, y se lo hiciera sin más. Pero me contuve lo mejor que pude es verdad, pero lo hice.

— ¿Te gusta mami? ¿Quieres que ponga mi verga dentro de tu huequito verdad? — le dije al oído. Se retorció sin decir palabras, pero se notaba lo mucho que le gustaba que le hablara obsceno.

— ¿Qué suciedades no estarás pensando? —. Introduje mis manos por dentro de su franelilla y palpé los senos sobre los sostenes. Todo sin dejar de hablarle, y de decirle todo lo que ella deseaba escuchar. Con calma, tomándome mi tiempo.

Al tacto era todo lo que se puede soñar. Tamaño y forma ideal, eran firmes y hermosos. Eso, más que nada hermosos. Yo los mimaba a menudo, y nunca me terminaba de creer su exquisitez, y el que fueran todos para mí. Los elevé un poco, tomándolos en mis manos, y los acaricié con ternura. Dándole forma con mis dedos, apreciando la textura, las pecas y los lunares, los poritos de los pezones, la piel que los circundaba, y todo aquello que les daba vida y los hacía tan especiales a la vista.

—Que putica te ves. ¿Te gusta verte así? Me lo paras mucho cuando luces zorrona. Seguro estas pensando en un güevo tieso. E indudablemente que no es el mío, seguro—. Al tiempo que le susurraba al oído, la fricción del miembro contra los glúteos se hacía más pronunciada y carnal. Con cuidado de no cortar el hilo sexual que nos unía, desabotoné los pantalones y bajé el cierre. Una risita ahogada y sexy salió de sus labios. Sin dejar de contornearme, los corrí hacia abajo hasta que la parte superior de las nalgas brotó por sobre la pretina de los jeans, y en el frente se asomó una parte del vello púbico. Lo tenía depilado por los lados. Una sola rayita de pelusa castaña oscura manaba directo desde la rajita. Me enloquecía ese culito chiquito y apretado, y cada vez que tenía oportunidad lo tomaba para mí y me lo gozaba al extremo.

—Cógeme papi, anda no seas malo, mira que ya tengo ese chochito caliente y mojado— me dijo con una voz gruesa y gutural, que me lo puso como un palo. —Ya sabes cual es el regalo que te di hoy ¿No? Terminé de sacarle la franelilla y los sostenes, y yo también me desprendí de la mía. Los pechos se mostraron en todo su esplendor, y aunque yo los había visto más de cien veces, nunca me cansaba de admirarlos. Con la piel como único conductor de nuestros deseos, nos abrazamos dejando que los cuerpos hablaran por sí solos. Era increíblemente sensual y reconfortante el contacto. Yo me quité los pantalones y el resto de la ropa. El miembro salió de mis interiores como si tuviera vida propia, listo para penetrar esa cuquita rica.

—Acuéstate flaquita, que yo sé que tú necesitas y quieres güevo. Usted esta loca por que la cojan, y le bajen la calentura que tiene en la cuca sucia esa. Vamos, échese ahí que ya le voy a dar duro— le dije con autoridad y rudeza. El efecto fue inmediato. Se acostó en la cama y se terminó de desvestir, tenía los cachetes rojos por la excitación. Primero los jeans y luego las tangas. Cargaba unos hilos pequeñitos, que a duras penas le tapaban el sexo. En el frente se podía apreciar como el flujo que manaba de su conchita los había mojado por completo. Cuando se los sacó por los tobillos, evalué lo rico y sabroso que estaba ese huequito que en pocos segundos iba a degustar. Era una delicia, chiquitico y peloncito abajo. Una rayita mínima de vellitos que salía directo de la rajita, como ya comenté, y que cuando los veías de cerca notabas que se encontraban todos tupidos por culpa del flujo vaginal.

Estela era una mujer menuda, con un cuerpo bien formado y rasgos finos y delicados, pero no había que equivocarse era una hembra en toda la expresión de la palabra, y como tal había que cogerla. Duro y por un buen rato. Por eso me hundí de cabeza en su sexo, sin esperar más. Primero le di unos buenos lengüetazos en el rededor, por las piernas y los glúteos, chupándole los vellitos y aspirando el aroma almizclero que brotaba de todos sus pliegues luego, me concentré en el sexo. Labios y clítoris tuvieron su parte, hundí mi lengua dentro como si fuese un pene, y metí toda la cara para impregnarme de su olor.

Comenzó gimiendo y, conforme la fogosidad creció y los espasmos se hicieron más repetidos, terminó dando gritos y pidiendo le hicieran todo tipo de cosas obscenas. Elevaba la pelvis como si quisiera llegar al cielo con ella, estiraba y encogía las piernas sin control alguno, subía y bajaba el torso, y empujaba y separaba mi cabeza de su sexo por igual. Cómo estaba gozando Estelita, demasiado rica y sabrosona se veía la flaca.

—Quiero que me cojas, y que sea de inmediato. No sé a que coño jueguito estarás jugando, pero si no me lo haces ahorita, te prometo que voy a dárselo todito a un compañero de trabajo al que no le soy nada desagradable— me dijo dentro de lo que le permitió el ardor. Y luego se rió. Se rió como loca por lo que había dicho.

Yo me separé un segundo de su coñito para hablarle. — ¿Ah, con que tienes un admirador? Adoptó la actitud más sinvergüenza que le había visto desde que nos conocíamos. Meneó su cabeza de forma afirmativa, todavía afectada por las risas. Continué estimulándole el clítoris, y pasándole la lengüita.

— ¿Y cuéntame, como sabes que le gustas?

—Se nota que es muy inteligente, y que sabe exactamente lo que quiere el condenadito— respondió. Me mira sólo las téticas, el culito, y la fruta el perro. Lo he sorprendido infinidad de veces absorto en mis pechitos. Se ve que les quiere hincar el diente, y chuparme los pezones ahí mismo en el trabajo.

— ¿Si?— alcance a responder entre lamida y lamida. Nunca había estado tan excitado. — ¿Entonces tú crees que al él le gustaría lamerte ese coñito como yo lo estoy haciendo? ¿Sí? ¿Y hundirte los deditos así en la cuquita? Y terminar la pregunta y hundir el dedo índice y el medio en el chochito fue lo mismo. Estaba baboso el huequito, y el par de dedos se fue hasta adentro sin esfuerzo alguno.

—Hay que rico papito, si, yo conozco esa cara de veraneado que tiene, y la forma en que me ve cuando llevo el escote abierto o los pantalones que me marcan la rayita, y sé que inclusive a veces tiene el güevo parado, seguro que si. A lo mejor hasta se hizo la pajita pensando en como me lo quiere hacer el perrito ese—me respondió.

—Hay papá, que delicia de lengüita y que dedos tan ricos tienes, cógeme mi rey, méteme el palo, no ves que ya me duele el chochito de lo excitada que estoy. ¿Está bravo papi? ¿Sí?—. La muy fresca sabía que yo no estaba bravo ni un poquito, que por el contrario estaba increíblemente cachondo. Soñaba al igual que ella con la situación. Sabía lo mucho que me molestaría ver a mi mujer gozada por otro hombre, pero dentro del asunto había un morbo extraño que me obligaba a excitarme. Estela lo sabía, y de ahí la propuesta que me hiciera ese mismo día de llevar a la realidad mi sueño, y el de todo hombre, acostarse con dos mujeres a la vez. Ella ya tenía la candidata. La había ido tanteando en los últimos meses, y sólo nos faltaba escoger el día y la hora. Ella se encargaría de convencer a Romina, como se llamaba su compañera de habitación, de acompañarnos en esa experiencia.

Hice caso omiso a sus preguntas. Caminé hasta que mi palo quedó a la altura de su cara, y sin mediar palabras, la tomé por detrás de la nuca atrayéndola el miembro ella lo agarró con sus manitas de deditos frágiles y llevándolo hasta su boca lo comenzó a lamer. Tenía una lengua prodigiosa mi flaquita. Hacía menos de un año le habían colocado los aparatos que enderezan la dentadura, y desde entonces lo chupaba con más cuidado y haciendo menos movimientos. Por miedo a herir a \"Peruchito\", como solía llamar a mi palito, exploraba con más cautela. Sin embargo, en el tiempo que llevábamos conociéndonos, habíamos experimentado mucho, y de todo, las mamadas de mi hembrita siempre me dejaban una sensación sabrosa en el cuerpo. Por eso me relajé un poco, la puse en cuatro patas sobre la cama, y mientras ella se esmeraba con su boca, yo le manoseaba el cuerpo como si estuviese en un cuarto oscuro y me quisiera orientar: tocándolo todo. Teticas, culo, cuquita, piernas, téticas otra vez, bollito, jugando un rato con el ano y otro tanto con el clítoris, un dedo en el chochito y otro en el rabito, de todo le hice a mi Estela bella. Mientras, ella se portaba con sus primeros días de romance: soberbia. Se metía el palo hasta el fondo y cuando lo tenía bien adentro movía la lengua aplicando un masaje de lo más especial y reconfortante.

— ¿Será que le damos señorito? ¿O tenemos que esperar que se haga de día, y se nos quiten las ganas?

Esto lo dijo sin rabia, pero como ultimátum. Yo, que dudaba que esa calentura se nos bajara sin que echáramos un buen polvo, supe que había llegado el momento de rematar la corrida, y no darle más larga al asunto.

Le di un último besito largo y sentido, la acomodé para que sin cambiar de postura me mostrará la cuquita en todo su esplendor. Era bella. Una rajita chiquita y cerradita, con el ojo del culo arriba como un botón, listo para que lo abriera.

El chochito estaba todo mojadito. Le restregué un poco la paloma por la zona, y Estela se contorneó un poco en respuesta. Quería disfrutar cada segundo de esa penetración, y que ella también gozara de lo lindo. Hice presión sobre las nalgas para que bajara un poco la cadera, y de inmediato se lo metí. En el momento en que entró vi como su cara cambiaba de expectante a reconfortante en un segundo.

— Ahí debería estar siempre mi rey. Que rico— me dijo.

Si alguien nos hubiese visto en ese momento, podría ver lo mucho que lo estábamos disfrutando. Ambos estábamos tranquilos y relajados. Teníamos tiempo conociéndonos y cada día que pasaba lo hacíamos mejor. Yo por mi parte que concentré en el bombeo una y otra vez, adelante y atrás, con un ritmo constante y espaciado. El machete entraba en la caverna como el que tiene la llave de su casa y simplemente abre la puerta y entra, de lo más natural. Estela había comenzado a gemir más duro, y a empujar hacia atrás con mayor ímpetu. Yo pensaba en lo sabroso que sería el día que lo hiciera con las dos. En ese momento bien podría estar metiéndoselo a mi flaca y, a la vez, chupándole las teticas a Romina, o estimulándole el clítoris.

Estela, como si adivinara mis pensamientos me preguntó si quería metérselo a las dos. Sí mami, alcancé a responder en el calor del clímax.

—Sí papito mi rey, ay que sabroso ese palo mi amor. ¿Y quieres que Romina esté conmigo también? ¿Quieres que me la chupe un poquito, y que le arrope los cachetes con mis pechitos? ¿Si?

No tenía que preguntarlo, sabía que eso formaba parte de la fantasía más que ninguna otra cosa. Lo pensé, y si se puede tener el palo más duro de lo que yo lo tenía, pues si, se me puso un poco más tieso. Ya había comenzado a sentir las cosquillas en la punta del pene, y no quería que la eyaculación me agarrara así. A Estela todavía le faltaba un poco, y si alguien sabía como sacarle el mejor provecho a eso, ese era yo. Se lo saqué un segundo, me coloqué de espalda sobre el colchón, y ella entendió de inmediato que debía montarse sobre mí, y cabalgar hasta que se corriera ese bollito rico.

—Sabes que estaba pensando papi—me dijo antes de metérselo. Qué… ah… si, si, que delicia. Se había sentado sobre el palo, hundiéndolo por completo en su huequito. —Aja, ah…ah…, bueno, ah…ah.., si, bueno que quizá… El roce del clítoris contra la base del pene estaba dando los resultados prometidos, Estela se restregaba cada vez con más fuerza como si quisiera aplastar algo con sus caderas, o lo que es mejor, como si necesitara apagar un fuego a punta cuchara. Le aplicaba una fuerza desmedida, que conforme crecía, también lo hacían los gritos y suplicas de puro ardor. A todos los santos les pidió Estela para que la ayudaran a exorcizar ese machete que tenía adentro. Vírgenes, imágenes, dioses, santos, a todos imploró Estela entre gritos de puro éxtasis. Las caderas golpeaban con furia contra los pelos púbicos, haciendo la máxima fricción posible.

—Aaaaaaah…, Virgen del socorro, ayúdame que me corro San Genovevo, no me quites este güevo, que riiiiiiiico San Lucas, si San Lucas, bendice esta cuca, y Santo Tomás de Aquino que diviiiiinooooo….

Yo también había entrado en la onda religiosa, y a todo lo que gritaba Estela le decía amén. Y la bendecía a mi flaquita linda, y a sus pechitos, y al bollito prodigioso, y su culito, sus piernitas, y hasta el ombliguito entró en la homilía. Todo estaba llegando a su fin. Ambos gritábamos, gemíamos y pataleábamos por igual. Estela se había concentrado en la refriega y yo permanecí impasible esperando el desenlace. En uno de los tantos golpes de cadera sentí que las paredes de su fruta se comenzaban a expandir y a contraer espasmódicamente y sin control, los ojos los había blanqueados mi mujercita, y la sujeción con brazos y piernas contra mi palo eran súper fuertes y seguras.

Lo que vino a continuación ya no iba por si cuenta ni por la mía, sólo debíamos esperar el desempeño de los cuerpos en automático. El semen manó de la cabeza de mi pene a borbotones y ella lo recibió gustosa.

—Te amo mi amor— alcanzó a decir mi flaca en el punto más alto del orgasmo. Conforme los espasmo se hicieron mas espaciados y el miembro se me puso flácido, bajamos la intensidad de los movimientos, hasta que quedamos inmóviles. Ella acostada sobre mi pecho, dejando que el miembro se escurriera solo de dentro su cuca, y sintiendo como la leche se le salía del huequito y se corría por las piernas hasta el colchón.

No hubo necesidad de que dijéramos nada. Ambos sabíamos que esa había sido nuestra mejor relación desde que nos conocimos, cuatro años atrás. Al rato Estela se incorporó, corriéndose a un lado, y dejamos que los minutos pasaran sin apuros ni comentarios innecesarios.

Sabíamos lo que venía, y ya pensábamos en lo mucho que gozaríamos los tres en la reunioncita que desde ya Iría preparando mi Estela. ¿Cómo la convencería a la coñita? Ni idea. Se guardó para sí la responsabilidad, de hacer que aquello tuviera lugar y hora firme. En dos semanas me dijo, antes de levantarse camino al baño. En dos semanas lo estamos haciendo los tres. El sólo pensar en eso me cachondeo de nuevo. No se me paró Peruchito por que la pelea había sido muy extendida, pero estuvo a punto. Quince días, quince días, quince días…. Quince…

El día doce nos hallábamos sentados en la sala de la casa, Estela, Romina y yo. Las primeras tres cervecitas habían minado por completo nuestras defensas, miedos y complejos. Ya hasta un bailecito, y todo nos habíamos permitido. Primero yo con mi flaquita, y luego una piecita con Romina para romper el hielo. Yo me había puesto unos pantalones que me marcaban la entrepierna hasta resultar grotesco. Al principio de la noche no se podía ver la diferencia, pero apenas comenzamos a bailar, y sentí el roce de su cuerpo contra el mío, el miembro cobró vida de inmediato. Una erección grosera y abultada salía de mis pantalones, y creo que se hubiese podido ver a kilómetros de distancia.

Romina o no se enteró de lo que ocurría, o se hizo la desentendida. Llevaba un vestido corto que dejaba al descubierto unas hermosas piernas, lisas y torneadas, con un color marrón claro muy apetecible. Tenía veintiún escasos añitos, y se le notaban en cada centímetro de su cuerpo. Era una niña convirtiéndose en mujer. Pero eso no le quitaba lo sabrosona que se veía en el vestidito, ni la forma como dejaba que yo le restregara el bulto en el chochito.

Mi Estela llevaba, al igual que yo, una vestimenta reveladora y grotescamente sexual. Un vestido que prácticamente le dejaba los senos afuera. No era un escote, eran las tetas brotadas por sobre la tela, con los pezones escasamente cubiertos. Eso era. Apenas llegó Romina a la casa comentó lo grandes y hermosos que se le veían los senos a mi flaquita, y todos reímos sanamente el comentario.

—Sí, alcanzó a decir Estela, a mi noviecito querido le encanta que los exhiba, dice que lo excita saber que otros los desean, y él es quien se los come—dijo. Ahí nos reímos de nuevo por el comentario súper osado, y para sorpresa nuestra la que más rió fue la propia Romina.



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