Mientras la desnuda señora Gómez sufre continuas penetraciones por parte de cuatro chicos, en la residencia de al lado Inés recibe a un posible socio de su marido. Para convencerlo de unirse al negocio, está desnuda bajo el vestido. También tiene un juguete para emplear con su invitado.....................
Cuando Inés abrió la puerta, el llegado recorrió con la vista el cuerpo de la señora, que llevaba un ajustado y escotado vestido negro. Pelirroja, usaba un collar discreto y zapatos de tacón delgado.
-Buenas noches –saludó él, con un paquete en las manos-, yo...
-Trae los contratos... así es mejor. Soy la esposa del contador Hernández – Inés sonrió a medias, saludándolo de mano-, lo esperábamos.
-Lo sé, yo soy Norberto B.
Inés miró atrás, mostrando su piel blanca en un generoso escote. Los llamativos senos se levantaban salpicados de pequeñas pecas. Se le dibujaban los pezones bajo la tela. “Qué tetas”, pensó Norberto. “Vaya... y me las enseña...”
-Como le decía... –siguió.
-Mi hija Tina viene en camino –explicó Inés, viéndolo de nuevo-. Mi esposo todavía no sale de la oficina... estaremos -hizo una pausa sugerente-... solos... un rato... ¿Te puedo tutear, quieres pasar?
-Con gusto, sí, es mejor que te tutee. Estos asuntos...
Ella se adelantó, yendo a una sala de sillones blancos. Detrás la mesa aguardaba con cuatro lugares preparados. Viendo a Inés de espaldas, Norberto notó interesado que el vestido se ajustaba a las prominentes curvas de Inés. Sus caderas se movían cadenciosamente al caminar.
La tela se le tensaba en las nalgas, marcando el surco entre ellas. “¡Tampoco lleva pantaletas!”, pensó él. Inés fue a un mueble al costado del comedor.
-Los contratos... –empezó Norberto.
-Dájalos en la mesa de centro –indicó ella-. Los veremos cuando llegue mi marido, será una cena familiar y de negocios.
-Muy bien.
-Mi esposo me pidió que te atendiera bien, servirte un café, una copa -se agachó en la cantina y volteó, aceptando que él le mirara las nalgas-... ¿qué se te antoja?
-Coñ... coñac, estaría bien eso, sí.
Agachada, el vestido se subía un poco dejando ver las piernas. El trassro era redondo y bien formado. Norberto se preguntó en qué terminaría esa visita. Ella le sirvió Curvoisier y conversaron en la sala, Norberto ya un poco agitado.
Inés también bebía. La guapa señora cruzaba y descruzaba las piernas, regalándole la vista de sus muslos.
-Vienen muchos socios de mi marido para tratar negocios, soy muy buena anfitriona.
-Es obvio, haces que tus invitados se sientan cómodos.
-Como te digo, mi esposo me pidió que te atendiera... no precisamente así, pero... –sacó un aparato de su bolso.
-¿Qué es?
Inés se colocó en la mano izquierda una rugosa placa de plástico ajustada a su palma.
-Un pequeño juguete –lo sujetó con un resorte que se pasó por el dorso-, verás como funciona -lo miró de lado, pícara-. Te va a gustar.
Sin perder su talante de anfitriona amable y eficaz, con calma y sin avisar, con esa mano cubrió la bragueta del amigo de su esposo. Norberto respingó, estupefacto, pero gozando el firme contacto de la mano.
-Se pone aquí, en la verga –explicó ella-. Siente cómo se ajusta.
-Oh... ya veo -el miembro endureció rápidamente bajo la palma, llenando el cierre.
-El aparato va a funcionar bien –aseguró Ines-. Primero hay qué apretar, así.
Norberto se tensó al sentir los dedos de su anfitriona amasándole el miembro. Risueña, ella comprobaba el efecto que causaba su mano. Norberto se curvó, gratificado por el contacto. Estrechado por los dedos, el miembro creció visiblemente, pero ella siguió, interesada, asiéndole el cierre como si lo hubiera hecho antes.
-No tengas pena –lo invitó-. Deja que se te pare.
-Lo estás logrando –suspiró él. Las palabras y el firme apretón de Inés le recrudecieron la erección-... oh...
-Falta lo mejor -Inés activó un discreto interruptor.
La placa vibró en la erección. Asombrado, el tipo cerró los ojos, estirándose y soltando un gemido. El aparato en la mano de Inés le daba un continuo y discreto masaje al miembro, en oleadas de placer que corrían por las piernas y espalda de Norberto, volviendo a la erección que Inés apretaba risueña.
-¿Se siente bien? –Inés lo vio, maliciosa- ¡Siento que se te para más!
-Es, ah... -la vibración del aparato se corría a su respiración.
-Uff... ¡no pensé que se te pusiera tan dura! –sonrió ella.
-La estás... poniendo más dura... mh –zumbando, el aparato vibraba, estimulando-... mh, mh... -Inés le apretó el duro pene, dándole una vibración más intensa- ¡Así es mejor...!
-¿Ya estaba tiesa, ah? –Martha lo miró, sagaz-. Noté que se te paró desde hace rato.
-Se me puso así por... verte el culo.
-No traigo calzones –dijo. El aparato zumbaba-. ¿Lo quieres comprobar?
-¿Así consigues socios? –Norberto le bajó la mano por la espalda.
Inés no respondió. Encimándosele, le plantó un beso largo bajándole el cierre del pantalón. Los dientes de la bragueta oscilaron provocándole un hormigueo diferente en el miembro, igual de inquietante. Norberto se llenó las manos con las nalgas de su anfitriona, que le introdujo la mano en el cierre.
-Nos podemos divertir en lo que llegan –Inés sacó el pene y lo tironeó rápido, arrancando a su invitado una serie de gemidos.
Los frescos dedos de Inés rodeándole la erección y las ondulaciones del aparato en carne viva, lo excitaron más. Recogiéndole el vestido, Ramiro le sobó codiciosamente los muslos torneados. Le mordió los senos en el escote, que ella colcocó más a su boca.
-Mi marido no tiene qué saberlo –susurró Inés.
-Ya, ya... ábrete... me tienes con la verga a punto...
-Espera –sonrió ella, sentándose de nuevo-, quiero que esté más tiesa.
Con el aparato zumbando en la erección, Inés se levantó un poco para que Norberto le remangara la falda. Rojo hasta las cejas, su invitado le levantó el vestido hasta las caderas. Inés no llevaba nada debajo. Ansioso, acarició las torneadas piernas con manos temblorosas. Le bajó las bandas del vestido liberando los senos del escote. Norberto gimió, palpando los pechos sedosos de Inés, que exhibía el cuerpo al tener el vestido arriba de los muslos y debajo de los senos. “¡Qué cuerpo tiene esta vieja...!”, pensaba Norberto, resoplando. “¡Se deja agarrar todo...!”
Permitiendo que su invitado la palpara arriba y abajo, jovial, Inés le restregaba la erección observándola. Al amasar los duros senos de Inés, la erección de Norberto creció más.
-Manoséame, sigue –Inés lo vio con una sonrisa incitante.
Norberto metió la mano entre los muslos de Inés y consiguió tocar el pubis depilado. Le lamió el cuello estrujando uno de los pechos de Inés, que llevaba la mano con el vibrador a varias partes del miembro, ronroneando. “¡Ahh, ahh... me tiene con la verga durísima!”, pensó él. “¡Se la tengo qué meter...!”
-Vaya –sonrió ella cariñosamente, viendo el miembro-... los otros socios de mi marido ya se hubieran venido. ¡Tú la tienes súper tiesa! Veamos si aguantas unas mamadas.
Con gotas de sudor en la frente, el tipo se levantó colocándose sobre Inés, que apoyó la nuca en el respaldo del sillón. Apagando el aparato, Inés se metió el miembro en la boca hasta la mitad, apretando. Norberto alzó la cara, gimiendo.
Inés le rodeaba el ancho miembro con la boca, pasándole la lengua por debajo. Sus mejillas se aplastaron al succionar el duro mástil.
-Oh... sí... oh... qué mamadas pones... no me la habían mamado tan duro...
Tina entró a la casa vestida de blusa y jeans blancos, oyó el zumbido y suspiró de sorpresa ante el cuadro. Inés de rodillas casi desnuda frente a un tipo sin pantalones, parecía negar con la cabeza al sorber el erguido miembro, aplicándole el vibrador en los testículos.
-Oh –jadeó él, tembloroso-... eres buena con la verga... chupa, chupa...
p align=justify -Mh... mh...
-Así... sigue... ahh... mamas durísimo... eres una experta...
-Mh...
Tina se detuvo en la sala, hablando en voz baja por el desconcierto.
-¿Qué haces...?
-Es un socio de tu papá –Inés explicó fríamente, sobando el miembro con el vibrador-. Ven, mámasela.
-¿Yo? –Tina preguntó por la sorpresa, asustada.
-Tú, quién más, idiota. Ven, mámale la verga al señor, anda, le va a gustar. Nada más te vio y se le puso más dura.
-Ah... sí, sí... – Norberto jadeó. Ante la perspectiva, su pene se irguió más.
-Déjate de estupideces y mámasela –Inés volteó hacia su hija, revolviendo la erección-. Invertirá en el negocio. Ven, tenemos que hacer venir el señor antes de que llegue tu papá.
-¡Brr! –Tina se acercó- ¡Eres... despreciable...!
En cuatro manos, la chica puso la cara entre las piernas del invitado, bajando a la erección que Inés empuñaba. Al meterse el miembro en la boca y sorberlo, Tina sacudió la cabeza como recibiendo un bofetón.
p align=justify -¡Mh! ¡Mh...!
-¡Ohh...! ¡La chupa bien! –suspiró él- ¡Es buena! ¡Mámala más duro!
-Ya oíste al señor –Meche sostenía el miembro que su hija sorbía, protestando-. Mámasela fuerte. Así... Cómetela, cabrona.
-¡Mhh! –Tina sorbía el miembro, sacudiendo la cabeza- ¡Mhh!
-No sabía que eras tan buena para mamar... ya te encontré ocupación para estas tontas cenas.
-¡... no pue... mhh... ¡Es enorme...! –Tina chupaba el miembro con rudeza rezongando- ¡Mhh!
-¡Ponte, Inés! –exigió Norberto, gruñendo- ¡Abre las piernas! ¡Estoy a punto de venirme! ¡Ponte!
Inés frotaba la erección y miró a la puerta. “¡Uff...!”, se dijo. “¡Tendré qué hecerlo! En cualquier momento llega aquel... ¡Este palo me va a gustar!”
Se acostó al lado de Norberto en el sillón, separando las piernas, invitándolo con la mirada. Norberto se colocó entre los muslos de su anfitriona y Tina le agarró el miembro, pasando la roja punta entre los labios del sexo de Inés. La humedad de la vagina se mezcló con el líquido que salía de la boca del pene.
-Uh, uh... –susurró Inés.
-Chíngala -Tina lo ayudó a incrustar el miembro, que se hundió entre los labios rosados y húmedos. Las venas se sumergieron en la abertura.
-¡Ah, ah! –gimió Inés.
-Mhh... –Norberto llevó las manos a la espada, agarrando las nalgas de Tina en los ajustados jeans.
-Así, vamos métesela –lo incitó Tina-, clávasela toda.
Desaforado, Norberto arremetió con dureza, penetrándola como un pistón. Inés gritaba con cada embestida.
-¡Oh! ¡Oh!
-Abre más las piernas... más... eso.. así... jmm...
-¡Ohh, me cojes más duro que mi marido! ¡Ohh!
Para hacer una maldad, Tina tomó al tipo de los costadosy lo empujó con especial fuerza para que encajara el miembro.
-¡Oh, oh...! –Inés abrió la boca.
La chica jaló y empujó a Norberto más fuerte, divertida al oír los gemidos que eso arrancaba a Inés. Tomando impulso, Tina empujaba cruelmente a Norberto. La señora gritaba con las piernas abiertas, agitada.
-¡Tina...! ¡Estás haciendo que me la meta más duro... ayy, ayy...!
-Chíngala, chíngala.
-¡Ayy, Tina...! ¡Ahh! ¡Por qué lo empujas en mi coño! ¡Eres una bribona! ¡Ahh!
-¡Tú cometela! ¡Cómete la verga, dijiste que debíamos hacerlo venir!
-¡Perra, desgraciada! ¡Ahh! –gritó Inés- ¡Me está acabando el coño! ¡Ahh!
La fuerte penetración alteró a la señora. Despeinada, se agarró del respaldo.
-¡Ponle el vibrador en los güevos! –jadeó, exigente- ¡Pónselo, Tina! ¡Ahh, ahh! ¡Ohh, Tina, has que el señor me ponga la leche en el coño!
-¿Cómo se dice, puta? –respondió, impacientándola.
Desfallecida, Inés separaba las piernas. Su hija y el invitado veían el abierto sexo limado por el ancho miembro, brillante de los fluidos vaginales.
-¡Por favor...! –se quejó Inés- ¡Necesito que se venga...! ¡Tina, ya...! ¡Todavía debo vestirme...!
-Está bien -solazada, Tina se colocó el aparato y cubrió los testículos, haciéndolos agitarse al activarlo.
-Ah... ahh... me van a sacar la leche...
Con el tratamiento previo más la penetración, Norberto no aguantó más. Se llenó las manos con las nalgas de la señora, jalándola hacia él. Inés gritó. El pene se hundió por completo en la vagina.
-¡En mi coño, en mi coño! –Inés agitó las caderas- ¡Vente adentro!
-Tómalos, puta –tembló Norberto-... todos en tu raja... ¡ahh...!
Norberto descargó el semen a gritos, sin cesar de embestir. Moviendo la cabeza a los lados, Inés gritaba mientras los largos espasmos del pene le inyectaban la eyaculación en la vagina. Tina presionaba los testículos. La eyaculación fue tan copiosa que salió de entre los labios vaginales de Meche.
Norberto se acostó en el sillón. Tina le chupó la erección, limpiándola del semen y de los fluidos vaginales de Inés.
-Uff... uff... me hicieron venir con ganas…
-¿Te gustó el vibrador? –Inés le sobó la erección- ¡Podemos usarlo a la siguiente!
-Lástima que no puedo -Norberto se levantó.
-Qué pasa –jadeó Inés-... dónde vas...
-A trabajar.
-¿A trabajar? –extrañada, Inés se apartó un mechón de la frente, sentándose- Los contratos...
-Están en el suelo –el tipo se puso los pantalones y fue a la puerta.
-¡Todavía no están firmados! -Inés se puso el vestido- No puedes irte...
Norberto salió con una sonrisa, cruzándose con otro que llegaba a la puerta, llevando una bolsa.
Inés no entendía, viéndolo a él y a Norberto, que se iba por la calle.
-Soy el posible –remarcó el llegado-, posible socio de tu esposo –una sonrisa torva le cruzó la cara.
-¿Quién...?
-Tu esposo el contador Hernández me invitó a cenar... ah, ya está la mesa.
-¡Oh, no!
-Traigo algo para usarlo antes de que llegue tu marido –de la bolsa sacó un consolador eléctrico-. De hecho, un colega me ayuda a entretener a tu esposo con ciertos asuntos sin importancia.
-No, no...
El recién llegado la hizo entrar a la casa.
-Ahora –exigió-, si me quieres de socio y lo quieres, pues sé como van sus finanzas... veremos cómo te entra esto en el coño.
-¡No, no...!
Norberto reía yendo a una camioneta con el rótulo de MENSAJERÍA.
Arrancó la camioneta. Inés lo había confundido con el verdadero invitado, por no dejarlo presentarse. En vez de dejar los contratos e irse, había pasado un gran rato.
El vibrador en manos de una experta era un gran invento. Escuchando el ruido del consolador y las lamentaciones de Inés, más la risa de Tina, el cartero se alejó conduciendo.