Una guapa y joven casada necesita que el dueño de la tienda le fíe. En un pueblo que vive de sus magras cosechas, Martha Gómez deberá hacer más que solamente rogar..................... Frente a un trozo de espejo, Martha se pinchó labios y mejillas para tener algo de color. Necesitaba una apariencia más favorable. No necesitaba trucos. Su cuerpo sinuoso lucía, más de lo que ella quisiera, en el estrecho vestido donado por el Ejército de Salvación.
Le preocupó que la ropa le quedara tan corta y apretada, yendo a la tienda del pueblo. El dueño era un vejete con fama de abusador. Sin embargo, Martha necesitaba urgentemente que le fiaran sal.
Su esposo cortaba caña en la plantación. Para Martha era preferible ir a la tienda en ese momento.
En el tendajón halló al feo dueño, que fumaba un puro y que de inmediato recorrió con la vista el sinuoso cuerpo de Martha, como si valorara a una buena yegua.
Desalentada, Martha encontró la negativa del vejete e insistió mientras él se negaba, logrando avergonzarla.
-No se fía –el vejete sopló el humo del digarro-, no soy beneficencia de indios.
-Por favor, don Fermín -insistió Marta por enésima vez-... se lo pido...
-Ye he escuchado esos ruegos. Vienen a rogarme y chillar y suplicar todas las putas como tú.
-Por favor -la señora Gómez encajó la injuria-... será por poco tiempo... la cosecha fue mala... mi esposo recibirá el jornal de la plantación...
-¡La caña...! ¡Bah...! Tú y tu arrejuntado son unos muertos de hambre. ¡Se dizque casan en este pueblo miserable y luego no saben qué hacer! ¿Piensan que estoy para mantenerlos, indios de mierda?
-¡Le pido su ayuda...! –Martha rogó, desesperada.
-Bueno –fumando, el dueño habló por un lado de la boca-... puede haber una solución.
-Cuál... don Fermín... –Martha temió lo que él le diría.
-Tendrás que darme adelantos de lo fiado –el tendero se levantó de la silla-, ¿cómo lo harás? ¡Dime, pobretona!
Viendo que no le quedaba de otra, Martha le bajó el cierre del pantalón, temblorosa.
-¡Cómo va a ser, don Fermín! –sollozó- ¡Como puedo!
-No sé... me estoy arrepintiendo -el tendero la detuvo.
-¡Tenemos una necesidad enorme! –suplicante, Martha aplicó fuerza para hurgar en la bragueta-. ¡Déjeme hacerlo...!
El tendero le echó el humo en la cara. Martha encontró rapido la erección, soportando el tabaco y el sarcasmo.
-Desde que llegaste al pueblo te estoy pidiendo las nalgas... ahora quieres.
-¡Cómo iba a hacerlo...! –Martha rodeó el miembro con la mano, restregándolo con los dedos- ¡Soy una mujer casada, don Fermín!
Arrodillándose frente al tendero, Martha se introdujo el miembro en la boca, succionándolo vigorosamente. El vestido se le subió en las piernas, pero continuó.
-Así –sonrió el tendero, exhalando humo-... ponte a mamar por unas latas... esa esa boca con la que pides, puta.
Avergonzada, Martha proporcionaba fuertes succiones a la dura extensión del tendero. Las venas de miembro desparecían en la boca de sufriente señora.
-Harás bastante más que mamar –el tendero tiró la ceniza-. Si te esfuerzas, quizá te fíe. ¿Estás lista?
-¡Sí, don Fermín! – Martha lamió la erección, acongojada- ¡Lo haré bien, lo prometo! ¡Lo que quiera...!
El tipo la levantó y le palmeó sonoramente el trasero en forma de pera.
-No tienes calzones, ni para eso te da tu marido. En cambio yo te la voy a meter.
-¡Sí, vamos! –Martha asintiió- ¡Hágamelo en la bodega...!
Estrujándole las posaderas, la metió a la trastienda llena de cajas de aceite, otros productos y grandes costales de semillas. El tendero apretó entre las nalgas de Martha, con el dedo medio.
-¡Ay, don Fermín...!
-Súbete a los costales y abre las piernas –ordenó él, sacándose la erección.
Recogiéndose el apretado vestido, Martha se acostó en un bloque de costales de semillas. Separó las piernas, exhibiendo su sexo depilado.
-¡Ya, don Fermín...! -dijo- ¡Cójame! ¡Métamela! ¡Aunque me duela! ¡Le daré el adelanto!
El tendero se acomodó entre los muslos, restregándose el miembro en los sedosos labios del sexo. Las mejillas de Martha se encendieron.
-¡Oh...!
El tendero empujó y Martha lanzó un largo gemido, apenada por la entrada del grueso miembro en su vagina.
Tomándole los muslos, el tipo la penetraba a grandes empujones, gruñendo y fumando. Con cara de dolor, Martha abría la boca hasta marcar las comisuras.
-¡Ahh, ahh! –se quejó- ¡ Ahh...! ¡Es la más gorda que me han metido! ¡Ahh!
Con el cigarro en la boca, el tendajero metía y sacaba el miembro de adentro de Martha, que gemía a cada entrada.
-¡Con las nalgas me vas a adelantar! –gruñó-
-Sí, don Fermín! –Martha saltaba- ¡Tome el adelanto! Cójame, cójame... ah, ahh…
Las columnas de las piernas de Martha se abrían, recibiendo en su centro la entrada y salida de la gruesa erección. Estremecida, ella se desfiguraba por el dolor.
-¡Ayy, ayy! ¡Es enorme! ¡Ayy...!
Apretando los costales, Martha agitaba la cara, gritando comprimida contra los duros sacos por la penetración. “¡Ayy, ayy!”, se dolía mentalmente. “¡No pensé que terminaría así... aah, aah...!”
-Eres una vil puta que da las nalgas –afirmó él, mordiendo el puro.
-¡Sí, don Fermín...! ¡Una vil puta...! –asintió para complacerlo- ¡Ayy... para eso sirvo, para que me metan la verga...! ¡Ayy, ayy...!
-Quieres fiado. ¡Pídemelo, cabrona!
-¡Ahh, ahh, por favor, don Fermín... aah! –insistió Martha- ¡Fíeme...! ¡Por favor, fíeme...! -el tendero intensificó la penetración- ¡Ahh, ahh...!
Algunos clientes entraron a la tienda y salieron al no ver a nadie. La anciana al tanto de los chismes del pueblo, oyó sonriendo el crujir de los costales y los gemidos.
-¡Me vas a dar adelantos diarios!
-¡Ohh...! ¡Sí, diarios! ¡Voy a venir a abrirme! ¡Ohh! ¡Así como ahora! ¡Mmh!
-Ese viejo es un cabrón –salió la anciana-, ya vino otra a ofrecérsele.
En la bodega, el tendero tenía a Martha en cuatro patas, con el vestido remangado para que exhibiera las nalgas. Sudando, Martha apertaba el hinchado pene con la boca, succionándolo veloz y aplicadamente.
El tendajero se colocó en los costales donde acababa de penetrarla.
-¡Siéntate en mi verga! –sonrió- ¡Ordéñala con sentadas!
Martha se levantó y le dio la espalda, recogiéndose más el vestido, acomodando la mitad de las nalgas en la punta del pene. A horcajadas en el sucio vejete, Martha frunció el ceño al bajar las nalgas desnudas en el miembro erecto.
-Ah...
-¡Eso! –gritó él- ¡Deja caer esas nalgas!
Al sentarse más, la punta del miembro se hundió entre las apretadas posaderas.
-¡Ohh..!
-Ensártatela sola... así...
-¡Mhh...! -apoyándose en las rodillas del tipo, la señora se sentó poco a poco en el pene erecto.
-Así, sí, quieres fiado, puta, sigue...
-Uff... uff... -con la cabeza baja, la avergonzada Martha se sentó hasta tener dentro la mitad de la ancha erección.
El tendero veía socarrón a Martha al insertsrse el miembro. Ella volteó a verlo, congestionada de la cara.
-¡Ayy... don Fermín... ayy...! ¡Es demasiado ancha!
-Eso –el vejete sonreía-... Siéntate, siéntate...
-Ah, ah... -Martha consiguió encajarse toda la gruesa erección.
-¡Ya sabes, cabrona! –el tipo rió, mirándola- ¿Quieres fiado? ¡Clávate en mi verga! ¡Date sentones duros!
La señora Gómez comenzó a saltar en la erección. Sus senos brincaban. Las robustas posaderas rebotaban al clavarse el miembro a fuertes sentones. Se levantaba hasta dejarse dentro la ancha punta, para volver a sentarse y hacerla entrar toda.
-¡Ohh, ohh...!
-Más duro, más... ¡así! ¡Así!
-¡Ay, don Fermín...! ¡La tiene enorme...! -Martha redobló la fuerza de los sentones. Las desnudas nalgas subían y bajaban. ¬
-¡Qué sentones te metes! ¡Ahh...!
En la plantación, el esposo de Martha cortaba caña bajo un sol inclemente, haciendo las cuentas de lo que conseguiría con el siguiente jornal. Mientras tanto, Martha gemía cuando el tendero que remordía el cigarro, la alzaba por la cintura y la hacía caer en el pene.
-¡Uhh, uuh! -el orificio del ano le ardía por la fricción del gigantesco miembro.
-¡Quédate así...! –el tendero la detuvo por las caderas, con las nalgas completamente posadas- ¡Muévete!
Martha movió las caderas en círculo, gratificando la erección hundida entre sus posaderas.
p align=justify -¡Ahh, ahh...! ¡Las mueves bien!
El tendero puso el cigarro en un cenicero de barro. Hacía lo mismo siempre que metía a alguna señora a la trastienda. Ésta estaba mejor. Rodeó Martha con los brazos, haciéndola quedarse quieta en tanto él se movía. Recargada en el tipo, la joven casada lanzaba gemidos desfallecidos con los párpados caídos por tener dentro el miembro del vejete. Con la erección friccionándola por dentro, el tendero la estaba haciendo gozar.
Afirmándose en los pies, el tendero empujó hacia arriba reiteradamente. Los cabellos de Martha brincoteaban por las embestidas. Frotándole el plano abdomen, el tendero apretó uno de las senos de Martha, que sufriendo menos, separó más las piernas entregando la vagina completamente mojada al ancho pene, con cara de sorpresa. “... ¡ooh... no pensé que la tuviera tan grande...!”, pensó asombrada. “¡Oh, oh, qué metidas...! ¡Me la clava hasta adentro!” Martha se dejaba agitar. “¡Ahh... qué es esto! ¡Es un vejete sucio, pero.. cómo me gusta!”
El tendero le cubrió los labios, rodeándola con un brazo. Martha gimió apagadamente. Saltando, el tipo le daba fuertes penetraciones haciéndola brincar con la erección bombeando en su vagina.
Martha se sonreía bajo la palma del tendero, con las mejillas rojas. “¡Ay, ay... qué rico! ¡Uhh...!”
-... ajá... aprietas tú sola... por este culo te voy a fiar poco más que a las otras...
Él le soltó la boca y Martha le pasó los brazos por el cuello, viendo la erección que tenía incrustada. Participando, movió el trasero de lado a lado, complaciendo al tendero con presionarle y sacudirle la erección, que se preparó para soltar el semen.
-¡En mi coño! ¡Dame la leche! ¡Vente adentro de mi coño! ¡Ya, hazlo!
-¡Eres una puta...! –gritó él- ¡Eres una puta de culo grande!
El tipo le tomó los senos y eyaculó con gritos y gruñidos haciendo brincar a Martha como un muñeco. Ella recibió los palpitaciones del pene en la vagina, con la lengua casi salida. “¡Ohh, lo voy a tener...! Su orgasmo la estremeció, bañando el miembro y gritando.
Se detuvieron y resbalaron de los costales al suelo. Martha resoplaba. Tenía los cabellos desordenadosy el vestido arrugado. El semen le mojaba las piernas. Algunas semillas se encajaron en sus nalgas. El tendero le frotó el miembro todavía erecto, en una pierna.
-... don, don Fermín –jadeó- ... me, me... –acabó balbuceando.
-Te ¿qué? –el tendero tomó el cigarro y lo encendió de nuevo-. Dilo, con confianza.
-... me... ohh...
-¡Te gustó mi verga, eso te pasó!
-¡Oh...! –la jactancia y vulgaridad del vejete la excitaron de nuevo.
El tendero la levantó de las caderas. Acercándosela, le apoyó en el pubis el miembro todavía erguido.
-Don Fermín... ¡cómo puede...!
-¡Te lo voy a hacer otra vez! ¡Encuérate!
-Sí, sí... ¡lo que diga...! –Martha se bajó el vestido, desnudándose.
En la plantación, el esposo de Martha cortaba caña, afanoso.
-Ya verás paloma, te sacaré de ésta –dijo, pensando en Martha-. Te mereces lo mejor. ¡Qué suerte tener una mujer tan buena! ¡Así se llega lejos, carajo!
En la trastienda, el vejete de pie cargaba a Martha, completamente desnuda, penetrándola y haciéndola saltar. Martha lo ceñía con las piernas.
-¡Deja a tu marido y ven conmigo! –dijo él, remordiendo el cigarro- ¡Es un perro campesino, conmigo no te faltará nadita, me lo pagarás con revolcones!
Martha le rodeó el cuello con los brazos, echando la cabeza hacia atrás.
-... oh, sí, sí.. hoy... vámonos hoy, Fermín, vámonos hoy,... soy tuya... sigue clavándome el coño... ohh.... ohh...