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La ninfomana del cine


Estaba sentado en el cine “Five June” (5 de Junio), un cine de mala muerte, cuya especialidad era las películas porno, veía una de estas, cuando una tarde de domingo se sentó a mi lado una mujer, de al menos 45 años de edad y yo solo tenía 20.

El cine era realmente asqueroso y olía fuertemente a “criolina”, que trataba de tapar en algo el olor a sudor, semen y líquidos genitales femeninos de las mujeres que llevaban los parroquianos a ver ese tipo de películas.

Como decía, se sentó a mi lado esta mujer, cosa que ya de por sí era raro, llevaba puesto un vestido de casa, que era de unas dos más grande que ella, y tenía puestas unas...............  sandalias tipo abad, que deslucían totalmente su presencia de mujer pero en realidad no tenía ganas de enamorar a ninguna hembra, sino que, con la exhibición de la pantalla, solo tenía ganas de tirar y la señora a mí lado, era una buena oportunidad, así que empecé a sobar disimuladamente las piernas de mi compañera de asiento, a lo que ella, no hizo caso alguno luego metí mis manos entre sus entre piernas, que tampoco llamó su atención y por el contrario, la animaron para abrir discretamente las piernas seguí subiendo hasta llegar a sus calzones que ya se sentían mojados, y escuchaba la transpiración de la vieja que deseosa de más me invitaba a seguir manoseándola crucé mi brazo por sobre su hombro y pasé mi manos por sus tetas, que ciertamente, no eran las de una mujer que cuidara mucho de su persona pero como dije, con el espectáculo que veía en la pantalla, estaba arrecho y quería culear. Sin darme cuenta, llegó el final de la película y se encendieron las luces ella y yo nos acomodamos, abrazados como pareja, sin saber quienes éramos. Llegó la segunda exhibición y a la mitad, luego de cruzar algunas palabras directas, como:

- ¿Mijita, quieres ir a tirar? -cuya respuesta fue un rápido

– Sí, te espero fuera del cine, y me llevas, ok?.

A la edad que tenía y con las hormonas todo alborotadas, el tiempo parecía detenerse cuando ella me dijo que sí la señora salió antes que yo, cuando aún estaba metiéndole la verga, no se quien, a no se que puta en la pantalla. Esperé unos minutos mientras la vi salir de la sala de cines y posteriormente, como delincuente me levanté tras de ella que caminaba despacio unos tres metros delante mío su andar era raro, pues parecía que llevara cirios en las manos al verme que efectivamente venía tras ella, disminuyó el paso al llegar a la esquina, detuvo un taxi y me esperó para irnos a un motelucho, del que ya no recuerdo el nombre pensé para mis adentros, a la final se trata de una puta que fue a cazar cliente al cine y estoy pagando la novatada, por lo que tendré problemas. Pero en realidad y como dije antes, no estaba para filósofo, si no que quería, como dice nuestro pueblo acá en el “caliente Guayaquil”, “remojar el perico”.

Llegamos al motel ese y ella se bajó con su andar lento y de cortejo fúnebre, sacó su cartera y pagó la carrera nos acercamos a la ventanilla de ese motel y ella pasó casi inadvertida, dio el valor y ni me tomaron en cuenta subimos a la “suite” asignada, una habitación mal oliente y con un catre con colchón forrado de plástico y con sábanas para disimular. Recién dentro de la habitación vi bien a Lillian era una señora de cerca de 40 años, al menos eso parecía, de piel blanca y maltratada por el sol, de figura gastada por la vida delgada con figura perdida en su pasado muy mal vestida, lucía un traje de casa de dos tallas más que ella, el vestido era de una sola pieza con cierre único por detrás con exceso de chapa en las mejillas, lápiz labial pronunciado en un rojo escandaloso usaba unas sandalias muy feas que afeaban aún más sus mal tratados uñas de los pies la vieja puta ésta, no quiso averiguar bien mi nombre, sino que, me insinuó que le abriera el vestido y le desbrochara el sostén que dejaba ver unas tetas ya algo caídas o muy manoseadas por la vida usaba unos calzones de aquellos que cubrían hasta el ombligo a las mujeres, (o sea como los de mi abuelita). El maquillaje de su rostro, en lugar de ayudarle, la hacía ver como una puta retirada.

Lillian, ya desnuda, me empezó a desvestir, cosa que era algo sencillo, ya que como joven de aquella época, solo usaba el jean, sin calzoncillo interior y andaba en t’schirt tomo mi verga entre sus labios y empezó a succionárla, para terminar de ponerla lo más erecta de lo que ya estaba trataba de no actuar con desesperación, con el ánimo de no asustarla pues si hasta ahora me estaba resultando gratis el culeo, quería que otra vez se repitiera, y seguir descargándole semen, que es lo que los jóvenes queremos a esa edad o sea sin mirar a quien, como, ni en donde ya que no nos importa el placer ajeno, si no el placer propio.

Lillian me invitó, abriendo las patas, a que le metiera la verga, algo que con todas las hormonas enloquecidas por el sexo, hice sin averiguar, ni preguntar empecé mi labor de futuro “culeador”, dándole verga durante al menos tres horas por donde hueco tuviese en el cuerpo en realidad, si se hubiera tratado de una mujer normal, al darle tanta verga como le di aquella tarde y noche, hubiera gritado pidiendo ayuda, pues me comporté como todo un maníaco sexual. La hice relinchar por la chucha, y le encantó, la verga se la sacaba goteando leche, que ella se tomaba entera luego en cuatro le metí la verga por el culo hasta que me rogaba que ya me detuviera y si había leche que mamar, ella se encargaba de limpiarme el pene así estuvimos de mete y saca por el culo de serrucho con ella en todas las poses yo ni me fijaba en ella, solo quería saciar mis deseos de darle verga. Puedo decirles que Lillian terminó muy satisfecha conmigo, pero no acabó, una sola vez, cosa que no me llamó la atención de inmediato, ya que no me importaba que ella lo hiciera, solo quería tirar y seguir tirando. Me dio su número de teléfono para que, con algo de astucia, le avisara cuando quisiera ir a culear otra vez.

No tardé mucho en llamarle, me hice pasar por otra persona, con otro nombre que ella me dio para saber que era yo pasé por ella y nos fuimos a otro motelucho de la localidad y nuevamente la misma historia le daba verga hasta el cansancio terminaba mi faena sudando, (ya parecía camello y sin paga) le metía no solo la verga mientras le rompía el ano, le metía hasta la mano entera en la chucha y no lo voy a negar, también le metí la mano dentro del ano, y Lillian, como si por allí cupiera un buque, ni lo sentía. En todo caso, ella estaba complacida conmigo, aún que no tuviera orgasmos, y a mi no me importaba, pues ella pagaba todo el culeo así que, cada vez que nos veíamos, ella quería que le diera más y más y más verga y como me encanta ese ejercicio de dar verga, yo la complacía al extremo.

Soy muy preguntón, y averigüé donde un amigo que era estudiante de medicina, lo que le podía estar sucediendo a esta mujer, a la que le daba, le daba y le daba verga, y ella ni sudaba, mientras que yo, “terminaba en calidad de mueble fino, o sea, bien acabado” y éste me dijo, que probablemente, se trataba de una “ninfomana” yo no entendía ni papa, así que tuve que recurrir a una enciclopedia médica que me aclaró, más o menos el panorama de esta manera me di cuenta que se trataba de una mujer enferma y a la que nunca iba a saciar, su apetito sexual, pues mientras más verga le diera, más verga querría ella.

Y claro, como era pendejo solo por saber si esto era cierto y sin llegar a preguntas directas, una de las noches que salí con Lillian, y que como era costumbre, como tantas otra veces estuvimos tirando casi hasta la inconciencia cuando ya estábamos listos para irnos del motelucho, ya bañados y vestidos, mientras ella terminaba de arreglarse, si a lo que se hacía, podía llamarse hacerlo me sentí aún, con fuerza suficiente, para luego de habérmela tirado por todos los huecos, al menos unas cuatro veces por hoyo, propuse, meter la verga una vez más Lillian, ni corta ni perezosa, se quitó la ropa otra vez, le faltó tiempo para ponerse en la pose que quisiera con tal de seguir culeando, se bajó los calzones y me agarró de la verga para mamármela, y que estuviera suficientemente dura para ella recibir y disfrutarla completita la muy puta siempre deseaba toda la fuerza de mi pene en su vagina, culo, boca o donde fuera, con tal de tener mi verga dentro de ella así que empecé nuevamente a darle verga por la chucha, que Lillian la tenía de “aduana de buques”, y claro, la tenía como cuando llegamos, o sea, bañada en leche de hembra yo con la fuerza de la juventud, le metí la verga y terminé otra vez Luego de descansar unos quince minutos, Lillian se echó sobre mi verga, después del mame de rigor, abrió las patas en cuatro mostrándome el culo, para que se lo rompiera de nuevo en realidad ya le había roto el culo cuatro veces aquella noche, pero Lillian, ni lo sentía, no era como con mi “marinovia”, que apenas le metía la verga por el ano, empezaba a llorar hasta que le iba pasando el dolor y le tomaba el gusto a que me la estuviera culeando por el contrario, esta puta vieja, parecía como tener el culo hecho de “caucho bruto” le metía la verga y ella como si no lo sintiera, eso sí, le encantaba que le diera verga era su placer más grande tener mí pene en su caliente chucha o en su monstruoso culo, por que debo decir que tenía un culo, que imagino de joven, habría satisfecho a toda la tropa de policías de tránsito, taxistas y colectiveros de Guayaquil, todos al mismo tiempo dentro de ella.

Mientras le estaba rompiendo el ano, por primera vez, desde que me la estaba montando, me asusté en lo sonso que es uno de muchacho, pensé que le había roto el culo de verdad, aún que sabía que por ahí, pasaba un camión de la cementera,… y cargado es que le estaba manando sangre y como es lógico, me asusté así que, paré el “mete y saca”, y se lo dije a Lillian, que ni se había dado cuenta, cuando por fin limpiamos la sangre que había en su ano y sobre mi pene, resultó que era mi pene el que estaba lascado de tanta verga dada me asusté de verdad y ella me dijo

- “Tranquilo mijito, no es la primera vez que ocurre, tendrás que ir donde el médico que te enviará algún tipo de ungüento para que se restaure la piel de tu linda verga, y vas a tener que descansar de culearme, cuando estés bien, me vuelves a llamar y seguimos culeando”.

Era algo extraordinario esta puta, ni se inmutaba, ni se asustaba sabiendo que me había herido, era como si siempre le hubiera sucedido lo mismo con otros de sus culeones.

Al siguiente día, fui donde un médico de confianza que me recetó, una crema antibiótica y una restauradora de piel, y me dijo, “que necesitaba descansar, pues la piel de mi pene, tardaría al menos dos semanas, más o menos en restaurarse y alcanzar la elasticidad necesaria par tirar” pero yo ni mear podía bien, no podía ni tocarme, me dolía cualquier cosa con la verga y lo más triste es que no podía decirle nada a nadie en casa pero ese no era mi mayor problema, el peor era mi marinovia, quien con justicia, me reclamaba su ración de verga cada vez que salíamos y tenía que hacerme el cojudo inventando ¡cada cosa!,… que ni yo me creía.

Seguí la prescripción del Dr. y necio, como buen púber, a los quince días llamaba otra vez a Lillian tirarme a la puta esta, se me estaba haciendo adicción. En cuanto la llamé, la puta, presurosa atendió mi llamado y estaba lista par que le diera más verga al llegar al motel, no le interesó si me había curado bien o mal, solo quería y con locura, que le metiera el pene y le diera verga hasta cansarme, claro que ahora me medí un poco más y comencé a averiguar algo sobre la vida de ella le pregunté y me dijo, que a ella por su deseo constante e insatisfecho de verga, hasta la habían metido al “Lorenzo Ponce” (Hospital Psiquiátrico de Guayaquil) su madre, que aún vivía, había sufrido, desde que ella era señorita, con este irrefrenable deseo de tener una verga dentro que le calmara sus ansias de culear su familia lo sabía y cuando ella se casó, pues pensaron que con el matrimonio se le pasaría creyeron que con marido en casa, se habría tranquilizado, pero resultó que la única hija que tenía de esa única unión, ni ella sabía de quien era el pobre del marido, terminó siendo un cachudo y ella no le había dicho nada, si no hasta que la hija, evidenció, no tener prójimo con el padre que la había reconocido como propia por lo que éste, empezó a averiguarle a Lillian, con amenazas de muerte, así que tuvo que confesarle la verdad, que ahora me contaba a mí.

Merced a los tratamientos estúpidos y retrógrados que existían por aquellos años en psiquiatría, Lillian en serio que parecía “ida”, desde su manera de caminar, la manera de moverse y hasta la forma cansina de hablar de ella no descarté entonces, con el poco conocimiento que tenía sobre esta enfermedad, luego de haber consultado y leído, que de seguro en el Hospital Psiquiátrico, la hubieran sometido a electrochoques pero esto, claro, era una bestialidad de parte de los Drs. Claro que ella me aseguró, que tomaba los medicamentos que le enviaban para el diario, pero estos solo conseguía mantenerla sedada.

Durante muchos meses, seguí destrozándole el culo a Lillian, quien solo hallaba placer y descanso, cuando un hombre la poseía y le metía la verga hasta hacerla gritar de dolor y placer, placer que casi nunca alcanzaba, pero eso era algo perentorio, razón por la que, cuando llegaba a casa, tenía sus propios juegos y juguetes, para, a media noche, pegarse sus masturbaditas metiéndose cuando “tuco” hallara en casa, ya que le habían confiscado, madre e hija, cualquier juguete sexual que pudiera tener par auto satisfacción esto sin descontar los filos de las paredes, ni de los postes de las calles y no se cuantas cosas más que ya no recuerdo, y que ella me confesó pero de todos, el tirar con verga humana, sentir el calor del cuerpo de un hombre montándola, la verga dentro de ella, era lo único que la calmaba dándole esa satisfacción especial que no conseguía con los juguetes.

Cierta vez, de casualidad, mientras esperaba que ella bajara de su casa, vi también a una muchacha, más o menos de mi edad, que tenía, el aire que Lillian debió tener cuando joven era de tez blanca, de mediana estatura, cabellos negros ondulados y de rostro dulce en realidad, muy hermosa y bien distribuida de hermosos senos, lindo culo, redondo y alzadito, y unas piernas fabulosas salía presurosa a verse con el enamorado que la esperaba en el auto, bajó de casa de Lillian ¡como me hubiera encantado darle verga a esta muchacha!, que efectivamente, resultó ser hija de ella.

Luego de muchas sesiones de culeo, le dije que ya me estaba montando a su hija, y que estaba riquísima claro que no era cierto, pero ella, en su mundo apagado y solo habitado por su deseo sexual incontrolable, lo tomó tan en serio que me insultó, y poco faltó para que me agrediera físicamente esto hizo que Lillian y yo, no volviéramos a tener contacto de ninguna naturaleza.

Luego de veinte años, he vuelto a verla, claro más vieja que antes, o sea una anciana, y con la misma parada de “deseo que me metas la verga” que tenía cuando la conocí me acerqué donde ella, pensando que no me reconocería pero ¡Que errado estaba!, me reconoció de inmediato, y al preguntarle, por cortesía, “como estaba”, mirándome a los ojos y diciendo mi nombre solo me dijo,

- Si te acercas a mi hija, te mato.

Ciertamente el sexo es muy rico, pero a esta mujer, el sexo, la enloqueció.

LEXO

Espero les haya gustado mi relato, que es, cien por ciento real agradeceré sus comentarios a fidesestprobitas@hotmail.com, su amigo Lexo.



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