Un gran estruendo me despertó, a la vez que fui arrojado al suelo desde mi litera. El agua entraba en gran cantidad a la vez que el casco se inclinaba hacia estribor. Elisa cayó a mi lado.
-Salgamos de aquí. Hemos tocado fondo, -grité.
Subimos como pudimos por la pequeña escalera. La nave había tocado con la quilla el fondo de arena y las olas nos arrojaban contra la costa. No había rastro de Miguel, el marido de Elisa. Nos lanzamos al agua para alcanzar la orilla. Gritamos con todas nuestras fuerzas, intentando localizar a nuestro compañero de travesía en la negrura de la noche hasta que caímos rendidos y decidimos descansar hasta que llegase la luz del día. Al amanecer, vimos mi velero de 15 metros destrozado en la playa, pero no logramos encontrar a Miguel. Saqué del navío siniestrado todo lo que podía ser de ayuda. La radio............. estaba averiada ya hacia dos días, así que en cuanto pude, exploré la zona donde habíamos naufragado. Pronto me di cuenta que era una pequeña isla, sin rastro de presencia humana. Maldije a Miguel, pues era él el encargado de la nave aquella noche. Supuse que se habría emborrachado y que habría caído al mar. Del resto se encargó el mar. Me arrepentí de admitir a aquella pareja, Miguel y Elisa, en mi viaje.
Los había conocido en el club náutico y cuando se enteraron de mi propósito me pidieron ir conmigo. Lo reconozco, los admití por que ella es terriblemente bella, pues él es un patán irremediable. Con las cañas de pescar que rescaté de la nave y algún animal que cazaba, comenzamos a sobrevivir en aquella desolada isla. Yo me preparé mentalmente a pasar una larga temporada en aquel lugar, esperando a que alguien nos rescatase, mientras ella únicamente se lamentaba de la pérdida de su marido, sin preocuparse de nuestra supervivencia. Yo conseguía la comida, cocinaba, hacia fuego, traía agua y encontré un lugar cómodo para establecernos, mientras ella permanecía indolente e inactiva. Eso me irritó. En la cuarta noche que estábamos allí, con una de las botellas de vino de las que Miguel trajo a la nave, me emborraché, llevado por la desesperación de la situación. Eso y la belleza de Elisa me condujeron a intentar hacer el amor con ella. Esta se negó, pero el alcohol me nublaba la razón e comencé a forzarla. Ella cogió una piedra y me golpeó en la cabeza, produciéndome una herida. Al ver la sangre cayendo sobre mi rostro, me enfurecí. Tomé una de las cuerdas de la nave y la até a las ramas de un árbol. La desnude. En medio de sus gritos, cogí una vara, le quite las hojas de esta y la azote. Los varazos marcaron su hermoso culo y su espalda. Sin desatarla, la besé. Mordió mis labios y yo la abofeteé. Acaricié sus pechos, toqué groseramente todo su cuerpo sin privarme de nada, en medio de sus lloros y suplicas y al final, la penetré. Después del orgasmo me deje caer en el suelo y me dormí.
Por la mañana, al despertarme, vi lo que había hecho. Su cuerpo marcado por los azotes me lleno de vergüenza. La había dejado atada así, incómodamente, en el árbol y aun permanecía dormida. La desaté y se despertó entonces. Me insulto por lo que había hecho. Le pedí disculpas y avergonzado, partí en búsqueda de alimentos.
Horas después, regresé con provisiones. Aun seguía avergonzado por mi crimen, pero también volvió a brotar en mí la irritación al observar su inactividad. Le pedí disculpas de nuevo y le dije que me ayudase a preparar la comida. La deje un rato sola de nuevo, para traer agua potable y al regresar, comprobé furioso que no había hecho nada. Llevado por la ira, cogí de nuevo la vara y la azote otra vez. Mientras lo hacia, me di cuenta que yo, al hacerlo, estaba disfrutando y eso me lleno de preocupación.
A mitad de la noche, me desperté. Ella había decidido huir. Salí de inmediato tras ella. Era una inepta y si no daba con ella, pronto perecería. La encontré una hora después, andando en círculos. La lujuria me dominó de nuevo. La até y la conduje hasta nuestro campamento. La arrojé al suelo así atada y la usé como la noche anterior. Besé todo su cuerpo. Disfruté de sus pechos y de su ano. La penetré por ahí y por su coño para correrme finalmente en su boca. Agotado, me dormí junto a ella. Al despertarme, vi con fastidio que había conseguido desatarse. Había huido de nuevo. Volvía a ir en su búsqueda otra vez. La capturé de pronto y tras azotarla en el mismo sitio donde la encontré, regresamos. En vista de que las cuerdas eran poco fiables, con material que traje del barco, le coloqué una cadena corta a modo de collar en su cuello y se la cerré con un candado. Con otra mas larga, la encadené a un árbol. Me fui a pescar de nuevo.
Al regresar al campamento, le quité la cadena que la ataba al árbol, pero no la del cuello y le dije:
-Escucha bien. Yo soy quien manda aquí. Te castigaré cuando sea necesario y te usare cuando me plazca.
Le di el pescado conseguido.
-Cocínalo, -ordené.
Se mantuvo quieta, desobedeciéndome. Cogi de nuevo la vara y la azote duramente. Entre lloros me obedeció La abandoné para ir a por agua y cuando regresé, estaba todo preparado para comer.
Aquella noche no la usé, pero la encadené de nuevo, por seguridad suya, para que no huyese de nuevo y por la mía, para no ser agredido cuando dormía.
Al día siguiente, tras comer, la agarré por la cadena de su cuello. Me senté apoyando mi espalda en un árbol y la coloqué de rodillas entre mis piernas. Metí mi pene en su boca. Pronto me corrí. Até sus manos después tras su espalda y la tumbé en la arena. Me puse a gatas y comencé a lamer su coño. Había decidido darle un pequeño regalo e hice que se corriese. Al anochecer, volví a encadenarla.
Los días trascurrieron. Ella había asumido su papel. Era una esclava que cocinaba la comida que su amo conseguía y satisfacía mis deseos sexuales. Reconozco que la azote alguna vez, solo por que me apetecía hacerlo y las cadenas siguieron en su cuerpo, por que me gustaba verla así. Estaba desnuda todo el día, solo con la cadena del cuello y la usaba en cuanto me apetecía. A veces me daba la sensación de que le gustaba esa situación. Yo le decía que la mantenía así, en cautividad, por su bien. Pero ella me miraba con desprecio.
Al segundo mes de estar en aquella isla, una mañana, decidí poseerla de nuevo. A la sombra de una palmera, junto a la orilla del mar, la coloqué a gatas y comencé a penetrar su ano mientras le daba ligeros azotes con mi mano derecha. Con la izquierda la agarraba por la cadena. Cuando estaba cerca del orgasmo, me pareció ver algo. Eso no me impidió correrme, pero cuando lo hice, saque mi miembro y me puse en pie.
-Continua, por favor. Haz que me corra, -suplicó mientras yo oteaba el horizonte.
-Por favor, no me dejes así, -volvió a decir, -déjame que llegue.
Pero yo había perdido el interés en ella. Un barco se acercaba en nuestra dirección.
Horas después, en una de las cabinas de este, acompañados por Miguel, tomábamos algo caliente.
-Caí al agua en un golpe de mar, -dijo este. -Tuve suerte y un barco me rescató. Nos ha costado dos meses dar con vosotros, pero por fin vimos el casco del barco en la orilla.
Cuando quedamos solos unos minutos Elisa y yo, le dije:
-Me van a meter en la cárcel cuando les digas lo que te he hecho.
Aun llevaba la cadena en el cuello con el candado. Yo había perdido la llave de este.
-No diré nada, si me prometes una cosa
-¿Que quieres que te prometa?, -contesté un poco mas tranquilo.
- Quiero que cuando regresemos a casa, sigamos esto. Me ha gustado ser tu esclava.
La besé. Estaba enamorado de ella, a pesar de su estupidez. Solo servia para eso, pero me era ya algo imprescindible. Cuando volvió Miguel, Elisa le dijo que lo abandonaba y que ahora viviría conmigo.