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Jeni y Rosa


Después de mis desventuras con Eva, decidí que tenía que dar un giro radical a mi vida, con el dinero de la indemnización, que mi sobrina me había dejado casi en su totalidad, y algunos ahorros que tenía, me compré una casa en A, una de las ciudades que rodean Madrid. No vendí, porque no me hizo falta, mi pequeño apartamento del centro de la ciudad, en aquel momento todavía no se había producido la subida salvaje del precio de los pisos. Aunque había decidido ser prudente y no pensaba tener más problemas creí que podía ser útil vivir fuera de Madrid y tener el otro piso por lo que pudiese caer. Además tomé la decisión de apuntarme a un gimnasio en.................. mi nueva ciudad, próximo a mi casa, no para convertirme en un atleta, la naturaleza no me ayuda, solo para no ser tan frágil, para no estar tan inerme.

Había cambiado también de instituto, me había transferido a un instituto de A que aunque estaba relativamente lejos de mi casa, la nueva, en la que vivía era de fácil acceso usando una vía rápida que circunvalaba la ciudad, así tardaba entre cinco y diez minutos en llegar al trabajo y otros tantos en el retorno por otra parte la ciudad era fea, pero agradable y el instituto muy bueno, con unos alumnos educados, simpáticos e interesados en lo que se les explicaba, nada que ver con lo que dice la televisión, bien es cierto que aún no habían comenzado las lanzadas de los políticos contra la educación y todavía se podía hablar de calidad de la enseñanza sin sonrojarse.

En ese instituto estudiaba Jennifer, una muchacha de mi estatura con el cuerpo esbelto, el pecho bien dibujado, el cabello de color claro, los ojos verdes, la sonrisa pícara y simpática, ella y su amiga Rosa, una morenita también muy salerosa, fueron mis alumnas en 3º de BUP y COU. Me llevaba bien con ellas hasta que observé, con un cierto miedo, que me tiraban los tejos descaradamente y en concreto lo hacía Jeni. Un día pensé que era imprescindible romper cualquier posible malentendido y abiertamente pregunté a la muchacha que quería y ella me contestó que retozar conmigo.

La verdad es que era una preciosidad, pero no tenía 18 años y era alumna mía, se lo hice saber y le dije que teníamos que esperar a que se cumplieran las dos condiciones, a ella no le hizo gracia, pero como era inteligente lo comprendió y se resignó, dejó de tirarme los tejos, al menos en público. Yo pensaba que en el plazo de tiempo que faltaba hasta que se cumplieran las dos condiciones, encontraría algún mozo más acorde con su edad y me dediqué a intentar picotear con mis compañeras de profesión con pobres resultados.

Pero el plazo se cumplió y un día vinieron a verme Rosa y Jeni a la salida de clase, me pidieron que las invitara a comer y lo hice. Durante la comida me contaron que se habían matriculado en la universidad y como les iban de momento los estudios, en un momento dado les pregunté qué querían de mi y contestaron que ya tenían 18 años y ya no eran alumnas mías, que querían jugar conmigo. En vano les dije que se buscaran un muchacho de su edad, me dijeron que los chicos de su edad eran tontos finalmente me propusieron un juego, pelear ellas dos contra mí, todos desnudos, quien ganara podría hacer lo que quisiera sexualmente con el vencido. Les contesté que estaban muy canijas y les podía hacer daño no se dejaron, me dijeron que si tenía miedo lo dijera y se iban.

Acepté, la verdad es que desde que estaba en el gimnasio había ganado fuerza y ellas eran muy esbeltas, pensé que no tendría ninguna dificultad para vencerles y poder disfrutar de dos preciosidades como aquellas. Quedamos que vendrían a mi casa de Madrid el sábado a las diez de la mañana, negociamos que la pelea sería sin puñetazos, ni nada que pudiera dejar marcas permanentes, se trataba simplemente a dominar a la otra parte, quién se rindiera ya no podía seguir peleando, esto lo propuse yo pensando que si una se rendía la otra no sería rival para mí.

Dicho y hecho, se presentaron puntuales el sábado fijado, comencé por invitarlas a desayunar, después estuvimos un rato hablando y, finalmente, pasamos al dormitorio, nos desvestimos y subimos a aquella misma cama que había visto tantas derrotas mías bajo las carnes abundantes de Eva. Casi silbé de admiración cuando las vi desnudas, tenían dos cuerpos preciosos, que al lado del mío, destacaban hasta la humillación me quedé absorto en la contemplación de aquellas maravillas, Rosa me preguntó que me pasaba y se lo contesté abiertamente, les dije que me ponían como un toro y prefería hacer un trío con ellas a pelear porque no quería que nos hiciéramos daño, sobre todo yo a ellas. La propia Rosa me llamó cagao y aseguró que tenía miedo por que ellas habían buscado en Internet trucos para vencerme en la pelea y además habían aprendido otras cosas para torturarme después de mi derrota y obligarme a suplicar clemencia, aseguró Rosa que salvo que me rindiera o abandonara antes de empezar, suplicaría: no me dejaba una salida honrosa.

Tal y como yo había pensado tardé muy poco en dominarlas, tenía el cuello de una prensado por mi brazo derecho, el de Rosa por el brazo izquierdo, así las estaba ahogando y debilitando, decidí que en esa posición tampoco podía tenerlas mucho tiempo, y que tenía que hacer rendirse a una de ellas, observé que de las dos la más fuerte física, o al menos mentalmente, era Rosa, que intentaba hacerme cosquillas para que la soltara sin éxito (no tengo cosquillas) así pues había que hacer rendirse a Jeni que no oponía ninguna resistencia y después ya me deleitaría abusando de la morenita apreté y, tal y como yo había previsto Jeni se rindió.

Lo que yo no había previsto es que, cuando la solté, no salió de debajo de mi rodando, se puso a cuatro patas y al hacerlo así yo, para que pudiera salir, tuve que ir subiendo mi brazo, con él mi cuerpo, y en un momento dado, para no desequilibrarme, abrí las piernas, la mano con la que Rosa me hacía cosquillas inútilmente, había ido resbalando y, en el momento en que yo separé los muslos, se metió entre ellos y agarró mis pelotas. Apretó muy fuerte, muy fuerte, para que la cosa quedara clara, yo solté un gemido de angustia. Ella muy tranquila ordenó: \"suelta, inmediatamente, mi cuello\". Ni por un instante pasó por mi cabeza la posibilidad de desobedecer, pero por si acaso ella pegó otro apretón a sus prisioneros un poco más fuerte. En cuanto obedecí, sin soltar los rehenes, me mandó poner la almohada bajo mi cara y se sentó sobre mi nuca, colocando las piernas de modo que yo no pudiese girar la cabeza o sea: mi nariz y mi boca estaban contra la almohada y al estar sentada en mi nuca aplastaba mi cara contra la almohada con sus 53 kilos de peso, asfixiándome entonces llegó la pregunta que desde hacía unos instantes esperaba: \"¿Te rindes?\"

No pude contestar, bien lo sabía ella, había arqueado su espalda hacia atrás para hacer más presión e impedirme respirar, entonces…

Continuara



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