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Javier y Jero


Javier se despertó mareado aquel domingo. Estaba en su cama, desnudo, y la resaca estaba haciendo mella en su cuerpo. Las sábanas estaban revueltas y le daba la sensación de que su lengua también, pastosa y árida, dentro de su boca, liada, incapaz de pronunciar palabra.

Se incorporó y la cabeza le dio vueltas. ¿Acaso había bebido tanto la noche anterior? La noche anterior… al recordarla, su cabeza giró mil veces y tuvo que echarse de nuevo para soportar la impresión. ¿Qué había ocurrido la noche anterior? Lo recordaba todo, pero a flashes, las..............  pollas de Jorge y Jero en su boca, él disfrutando con ellas, él disfrutando mientras enculaba a su amigo… lo recordaba todo. Pero ¿qué habían hecho?

Se incorporó de golpe de nuevo con los ojos saliéndose de sus órbitas y tuvo que respirar un par de veces lentamente para recuperar el aliento. Se había metido la polla de su mejor amigo y de su vecino en la boca. Joder, uno no se despertaba con esos recuerdos todos los días.

No supo qué pensar. O sea, sí que lo sabía. Pero eran demasiadas cosas, así que no pudo evitar alargar la mano a la mesilla de noche, alcanzar un cigarrillo y encenderlo. Comenzó a pensar en cómo había ocurrido todo, en el juego de póker, en el alcohol, en Jorge sujetándose el paquete y bromeando… y entonces se miró a la entrepierna y descubrió que estaba empalmado. Una erección de caballo. Echó el humo lentamente y decidió levantarse. Seguramente un café bien cargado le aclararía las ideas.

Se puso el batín de seda. No se lo abrochó, total, vivía solo. Y se hizo el café. Se sentó en el sofá y comenzó a bebérselo lentamente mientras le daba vueltas la cabeza. Tan metido estaba en sus pensamientos que no escuchó que llamaban a la puerta. Así que se levantó tal cual estaba, con el batín desabrochado y sin nada más con que cubrirse y abrió.

Era Jero.

—Ho… hola —dijo tímidamente sin poder evitar mirarle a la polla que, morcillona, se balanceaba bajo el batín de raso negro—. Ve-venía porque…

Javier se dio cuenta de que llevaba el batín desabrochado y sonrojándose, se dio la vuelta y se lo abrochó.

—Hola, Jero. Pasa. ¿Necesitas algo?

Jero entró dentro. Realmente no sabía exactamente por qué había ido a casa de Javier aquella mañana pero había tenido la necesidad de hacerlo. De hablar con él para, bueno, para aclarar lo que había ocurrido la noche anterior, que él no era marica ni nada de eso y, en fin, además se había dejado olvidados los calzoncillos.

—Bueno, Javi, pues… pues… —dio un par de pasos hacia delante y los vio, sobre el sofá—. Me había dejado… esto.

Los levantó y se los enseñó. Javier se rascó la cabeza algo nervioso y le dio una taza de café. Tenían que aclarar lo que había ocurrido y ese momento era tan bueno como cualquier otro.

—Toma. ¿Quieres un café?

—Ya me lo estás dando —rió Jero con los calzoncillos guardados en el bolsillo del vaquero, sobresaliendo un poco—. Así que no puedo rechazarlo.

Se sentó en el sofá y encendió un cigarrillo. Le ofreció otro a Javier, que lo cogió y lo encendió con avidez, nervioso como estaba.

—Bueno, yo… —empezó a decir—. Yo quería que habláramos…

—De lo de ayer, ¿no?

—Exacto.

—Yo creo que hay poco que decir —le cortó Javier—. Sucedió y punto, estábamos borrachos. No creo que haya que darle mayor importancia, ¿no?

Jero sonrió relajado ante la actitud de Javier. En realidad, Javier le estaba mintiendo. Sí que tenía importancia, por lo menos para él, que ahora que había llegado Jero, recordaba lo bien que se había sentido dándole por culo y lo sabrosa que era su polla y estaba empezando a salivar y a sentir un calor que ya conocía y que, hasta la noche anterior, solo sentía cuando su mujer estaba cerca enfundada en el salto de cama y quería guerra.

—Tienes razón —sentenció su vecino mientras arqueaba una ceja—. Pero…

A Javier le confundió la manera en que Jero había arqueado aquella ceja mientras sorbía de la taza de café. Se fijó en su cara. Estaba algo moreno. Su cabello era castaño y sus cejas también. Había una especie de lunar en el extremo de una de ellas y cuando se fijó bien, se dio cuenta de que no era un lunar sino un pequeño agujero. Seguramente, Jero hubiera llevado un piercing allí en sus años adolescentes. Javier se imaginó cómo sería Jero de adolescente y se relamió inconscientemente. Se lo imaginó afeitándose su barba castaña por primera vez delante del espejo, recién salido de la ducha con una toalla alrededor y todo su cuerpo todavía húmedo. Se lo imaginó comprobando cómo le aparecía el vello sobre el pecho y empezaba a cubrírselo. También se lo imaginó follando por primera vez, con los típicos nervios pero al mismo tiempo con la misma pasión y potencia masculina que había demostrado la noche anterior mientras le besaba.

Tuvo que tomar aire porque se acababa de dar cuenta de que había estado sin respirar durante unos segundos, los segundos exactos en que se había imaginado a Jero haciendo todas aquellas cosas. Le volvió a mirar. Esta vez a la boca. Jero tenía los labios carnosos y rosados y recordaba aún su textura suave sobre su boca. Recordaba cómo su barba de varios días, aquella mañana mucho más oscura, le picaba pero le gustaba al mismo tiempo y no pudo evitar suspirar. Tuvo que apartar la mirada de aquella boca que le llamaba por su nombre. Agitó la cabeza y se dio cuenta de que, efectivamente, le estaba llamando por su nombre ya que Jero lo estaba pronunciando.

—… Pero, Javier, no sé…

—¿Qué no sabes, Jero?

—Que si tiene tan poca importancia no sé por qué te has empalmado mientras me mirabas.

Javier se miró. Su polla se escapaba por el batín y no pudo hacer nada por ocultarla, porque al ser de raso, su polla siempre acababa deslizándose por entre la tela. Así que se levantó de golpe y se dio la vuelta avergonzado. Joder. ¿Por qué le estaba pasando eso? ¿Por qué se sentía tan raro? ¿Por qué sentía deseos de volver a ver a Jero desnudo?

Se dio la vuelta, porque una explicación tenía que darle y se fijó. Jero sostenía la taza de café y le miraba a él. Llevaba puesta una camiseta gris de manga corta, con aquel cuello de pico que hacía que sobresalieran unos pocos vellos de su pecho, y tan ajustada que podían intuirse los músculos debajo. También llevaba el pantalón del pijama (al fin y al cabo, vivían puerta con puerta), el típico pantalón a rayas blancas y azules. Pero lo que verdaderamente le llamó la atención fue lo que había debajo. Un bulto que pugnaba por salir a flote.

Se hizo el silencio entre los dos, que cruzaron las miradas y no las evitaron, hasta que Javier volvió a hablar.

—Tú también, Jero.

Jero hizo el mismo gesto que había hecho Javier segundos antes y trató de cubrirse con las manos, sonrojándose mientras tanto.

—Es que, joder, tío. Me estabas mirando… así. Y, joder, cualquiera lo habría hecho al recibir una mirada de esas teniendo en mente lo que pasó anoche.

Javier se sintió de pronto más relajado al ver que Jero había tenido la misma reacción y se volvió a sentar a su lado. Le miró, realmente Jero parecía avergonzado. No supo por qué, pero le dio una oleada de paternalismo al verle así, tan indefenso y confundido, al fin y al cabo, él era unos años mayor que él, se suponía que era más maduro. Así que le puso la mano sobre el hombro y Jero levantó la cabeza para mirarle. Javier le sonreía.

—Lo de anoche fue brutal, ¿eh?

—Sí… —Jero le sonrió—. Fue raro.

—Mucho.

—Y esta mañana también me siento raro.

—¿Tú también?

—No sé, macho, yo no soy gay pero…

—…pero te empalmas al recordarlo. Lo sé. Lo he visto.

—Eres un cabrón.

Jero le dio un puño suave en el hombro a su vecino en respuesta por la broma. Javier se rió, así que Jero se envalentonó y fue a darle otro puño, con tan mala suerte que Javier ya estaba preparado y pudo zafarse de él al instante, agarrándole el puño que iba dirigido a él con la mano y haciendo que Jero cayera sobre él por el impulso y ambos acabaran echados sobre el sofá el uno encima del otro.

Al sentirse sobre Javier, Jero no pudo evitar sonrojarse. Sentía su aliento con olor a café en su cara y la tenía muy cerca. Estaban mirándose, él ahora estaba conteniendo la respiración porque sentía que si respiraba…

—A la mierda —dijo antes de lanzarse sobre él para besarle.

Abrió la boca, no controlaba lo que hacía. Abrió la boca y succionó dentro de la suya los labios de Javier, que sorprendido, no pudo hacer nada para remediarlo. Jero sentía los pelos de la barba de Javier en su interior y aquello hacía que la polla bajo los pantalones del pijama se le fuera poniendo cada vez más dura. No le importaba. Si aquello le excitaba, tenía que descubrir por qué aunque se estuviera aprovechando de Javier. Movió la lengua. Los labios de Javier todavía estaban dentro de su boca, así que Jero se abrió paso con su lengua para entrar dentro de la suya. Necesitaba saborearle de nuevo. Era como si se hubiera enganchado a aquel sabor tan masculino y tan diferente al sabor de Nuria. Ni mejor ni peor. Solo diferente. Y, quizá, por diferente, en ese momento más excitante.

Javier se dejó hacer. Aflojó la presión de sus labios y sintió la lengua de Jero entrar dentro de su boca al mismo tiempo que su vecino, casi con agresividad, le desabrochaba el batín y comenzaba a acariciarle el cuerpo desnudo como si lo necesitara urgentemente.

Mientras le besaba y se removía sobre su cuerpo, haciendo que su polla desnuda rozara con la polla empalmada debajo del pantalón de él, las manos de Jero recorrían casi apretando, todo el contorno de su pecho, retirando con fuerza el batín que lo cubría y que por su tela de raso, se resistía a quedarse donde Jero le ordenaba. Porque era eso, así era como lo estaba viviendo Javier, Jero era el que mandaba. Y eso era diferente a lo que había vivido antes, todo un machito acostumbrado a tirarse a las tías más buenas los fines de semana y a hacer que hicieran lo que él quisiera y a llevar el control y a hacer que se corrieran cuando él lo dijera. Su mujer se lo decía, nunca la dejaba a ella tomar la iniciativa. Y, sin embargo, ahí estaba, debajo de un chico al que le sacaba varios años y que le estaba haciendo vibrar como hacía tiempo que no vibraba.

La mano de Jero llegó hasta su polla y comenzó a toqueteársela, retirándole el prepucio, dejando el capullo sensible al aire y rozándoselo contra la palma de su mano, lo que hizo que Javier tuviera que gemir dentro de la boca de Jero y que tuviera que separarse de la impresión. Siguió gimiendo cuando lo hizo y sintió que se le había desgarrado la garganta cuando tuvo que tomar aire y abrió los ojos y vio que Jero le miraba con los ojos de un animal mientras un hilo de baba unía sus bocas.

Jero sacó la lengua y se relamió para metérselo en la boca.

Se estuvieron mirando unos segundos. Con un brillo pícaro en ambas miradas. Respiraban fuertemente, casi roncos. Pero no se movían. Jero estaba sobre él, con las manos sobre el pecho desnudo, y él se sentía como si acabaran de pelearse en medio de un ring de boxeo o algo parecido y él hubiera perdido.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó a Jero susurrando con la respiración todavía entrecortada y sin dejar de mirarle.

—Que estamos comprobando si lo que pasó ayer también pasa hoy.

—¿Para qué?

—Porque esta puta ciudad es un aburrimiento.

—Me parece una razón adecuada —le respondió Javier sonriéndole y haciendo que sus hoyuelos resaltaran bajo su barba, algo más espesa que el día anterior.

Continuaron mirándose. No sabían qué hacer. Era como si ninguno de los dos quisiera tomar la iniciativa ahora que, de alguna manera, habían abierto las puertas a aquellas nuevas sensaciones.

—Bueno, ¿qué pasa, Jero? ¿Te has vuelto tímido de repente?

—Qué más quisieras —le respondió antes de incorporarse y quitarse la camiseta del pijama y lanzarla al suelo.

Jero alzó las manos y Javier comenzó a acariciarle el pecho suavemente. Quería disfrutarlo, aquella mañana no estaba borracho y podían hacerlo de manera mucho más placentera que el día anterior, aunque pensaba que no iban a durar mucho con aquel ritmo tan lento. Los hombres no follaban así. Follaban como animales y eso era lo que él quería hacer. Quería follar a Jero como un animal sediento de sexo.

Jero tenía el pecho duro. Aunque era cierto que sus pectorales, a pesar de estar formado, eran una almohada sobre la que a Javier no le importaría apoyar la cabeza alguna noche y sentir el calor que desprendían y el vello rozándole la cara mientras él, en medio de la noche, sacaba la lengua para saborear sus pezones.

Su vecino cerró los ojos al sentir las manos de Javier acariciar su torso y se dejó hacer. Le gustó que lo hiciera, que confiara en él y se dejara llevar. Siguió acariciando su cuerpo. Tenía también el estómago duro y cubierto de vello. El caminillo de hormigas castaño le subía desde la cinturilla del pantalón y se extendía desde el ombligo hasta el pecho. Siguió subiendo sus manos de nuevo hasta el pecho y le acarició los pezones con los pulgares hasta que se endurecieron. Jero entonces levantó los brazos y los cruzó detrás de la nuca para estirarse. Entonces después aspiró el olor de sus axilas cubiertas también de vello y se lamió una de ellas.

—Huelo a macho, tío —dijo entre risas.

—No me importa —respondió Javier.

Para ratificar sus palabras Javier se incorporó, dejando a Jero subido sobre sus piernas a horcajadas. El batín de raso negro se deslizaba por su piel y le encantaba sentirlo. Le dio un suave beso en los labios y después volvió a levantarle uno de los brazos. Jero se rió como un niño pequeño al que le hacen cosquillas.

Entonces Javier hundió su cara en la axila velluda de Jero y aspiró con fuerza. Olía a sudor, era un olor intenso y ácido que demostraba que después de la noche anterior, Jero no se había duchado. No le importó. Le gustaba aquel olor, así que sacó la lengua y comenzó a lamerle la axila como haría con un helado. Nunca había lamido una axila Ni siquiera la de su mujer. Sentir tanto vello en su lengua le excitó de nuevo, así como sentir cómo Jero respiraba cada vez más fuerte a cada lametón.

Porque Jero no podía evitar que le recorriera un escalofrío por la espalda cada vez que Javier le pasaba la lengua por la axila. Por eso le sujetó por la cabeza y la apretó con fuerza contra su brazo, para que no se soltara. Se rió mientras tanto y después le empujó con fuerza de nuevo para tumbarlo en el sofá.

Cuando Javier estuvo echado de nuevo sobre el sofá, Jero se puso en pie y se agarró su paquete abultado bajo los pantalones.

—Pídeme que me los quite.

—Quítatelos —le pidió Javier echado en el sofá, con las manos cruzadas tras la nuca, mirándole expectante, empalmado y todavía con el batín entreabierto.

—Otra vez, Javi —le dijo Jero apretándose el paquete con más fuerza, lo que hizo que al pronunciar el nombre de su vecino, la palabra terminara en un gemido—. ¿Cómo se piden las cosas?

—Quítatelo, cabrón.

—¿Cómo se piden las cosas?

—No te lo voy a pedir por favor —dijo Javier sonriendo de nuevo y frunciendo los labios seductor al terminar la frase—. Te lo voy a ordenar: Quítate el pantalón, hijo de puta, si no quieres que te lo arranque con los dientes.

—Adelante.

Javier arqueó una ceja algo confuso y mostró una sonrisa a medias. ¿Eso era lo que quería Jero? Pues bien. No se había considerado un macho hasta ese momento, para nada. Los verdaderos hombres hacían ese tipo de cosas y más.

Se incorporó y se lanzó a morder la cinturilla del pantalón acompañando sus movimientos con un gruñido que despertó las carcajadas de Jero, que se impulsaba hacia delante como follándose al aire, haciendo que su polla rebotara empalmada bajo el pantalón y dificultando la tarea de Javier, que debido a sus movimientos, era incapaz de alcanzar el pantalón. Pero lo hizo. Agarró la cinturilla del pantalón del pijama con los dientes y justo antes de tirar hacia abajo, miró a Jero desde su posición. Sus miradas se cruzaron y notó que Jero se sonrojaba mientras él le miraba. Sí, exactamente, quería que se sonrojara, que se sintiera inferior a él, todo un hombre de treinta y seis años contra un efebo de tan solo veintiséis.

Por eso tiró hacia abajo con todas sus fuerzas gruñendo de nuevo e hizo que Jero gimiera cuando notó que el pantalón empujaba su polla hacia abajo haciéndola rebotar una vez que se vio libre. Jero perdió el equilibrio, le temblaron las piernas sobre aquel sofá de cuero y a punto estuvo de caerse de nuevo sobre Javier. Sin embargo, se apoyó contra la pared y recuperó la compostura. Tenía los pantalones definitivamente bajados hasta los tobillos y Javier le miraba relamiéndose. Sabía lo que iba a hacer a continuación.

—Te dije que si no te los bajabas, te los arrancaba yo.

—Lo has hecho muy bien —le dijo Jero mientras le miraba, apoyado con una mano contra la pared y sujetándose la polla con la otra mientras tiraba del prepucio para dejar libre el capullo y expulsar unas cuantas gotas de precum.

—Gracias. También se hacer muy bien otras cosas que aprendí a noche —Javier sacó la lengua e invitó a Jero a que dejara caer aquellas gotas sobre ella—. ¿Quiere usted probarlas?

—Lo estoy deseando, caballero.

Javier sonrió y alcanzó la polla de Jero que, galantemente, hizo una inclinación de cabeza mientras separaba sus manos y las colocaba de nuevo cruzadas tras la nuca, dispuesto a disfrutar de lo que iba a hacerle su vecino. Javier entonces sujetó la polla de Jero suavemente. Le habría gustado comenzar a mamársela como un animal, pero le gustaba aquel juego que habían iniciado de caballerosidad y galantería, así que comenzó a pajeársela con suavidad, haciendo que su prepucio se moviera arriba y abajo muy lentamente. A Javier le habían circuncidado de pequeño, esta era la primera vez que veía de cerca una polla con prepucio y le daba mucha curiosidad, aparte de sentir que su olor (mucho más concentrado que el que había en la suya) y la forma que tenía aquel trozo de piel rosada de moverse, le estaban excitando. Le habría gustado no ser circuncidado y probar en sus propias carnes una paja hecha con prepucio.

Sin embargo, un gemido de Jero le despertó de sus pensamientos. No se había dado cuenta, pero mientras pensaba, acostumbrado como estaba a hacérselas a sí mismo, había aumentado el ritmo de sus caricias y Jero tenía los ojos apretados, la boca abierta y había vuelto a apoyar la mano contra la pared porque le habían vuelto a temblar las piernas.

—No me seas marica y no me digas que vas a correrte, Jero. Aun queda mucho que quiero probar contigo.

Por toda respuesta, Jero soltó un gruñido. Por eso Javier dejó de masajearle y se puso a su vez de pie en el sofá de cuero negro. Empujó a Jero contra la pared. Nunca imaginó al comprarlo que acabaría follando con un tío (o con dos, como la noche anterior) sobre él. Se colocó delante de Jero, polla contra polla. Jero abrió los ojos y le recorrió el canalillo con el dedo índice. A Javier aquel gesto le despertó escalofríos.

Todavía llevaba el batín de raso puesto, así que, sin dejar de mirar a su vecino, se deshizo de la cinta con la que lo ataba y se la pasó por el cuello como si fuera una corbata. Empezó a tirar de ambos extremos, primero uno, luego el otro, después otra vez el primero, para cosquillearle. El raso se deslizaba por la piel de Jero mientras ambos movían sus caderas para masajearse las pollas la una contra la otra. Entonces Javier tiró de uno de los extremos de la cinta y, sonriendo, cogió ambas pollas con aquella mano tan grande que perfectamente podía casi abarcar ambas y con la otra, las ató. La cinta de raso hizo que ambas estuvieran unidas.

—Tienes muy buenas ideas —le dijo Jero.

Javier sonrió satisfecho y comenzó a pajear ambas pollas al mismo tiempo haciendo que los dos exhalaran un gemido. Jero entonces, unió una mano a la de Javier y entrelazaron los dedos, haciendo que sus dos pollas quedaran cubiertas por ambas manos moviéndose hacia arriba y hacia abajo.

—Tú también tienes muy buenas ideas —le respondió Javier.

Estuvieron pajeándose mutuamente con las manos entrelazadas durante unos minutos, a un ritmo pausado, lento, placentero, pero al mismo tiempo intenso. Ambos se ayudaban de las caderas para darse placer y no dejaban de mirarse a los ojos y a las bocas mientras ronroneaban palabras ininteligibles. Pero, en un momento dado, Javier se inclinó hacia delante y soltando sus pollas, con ambas manos cogió a Jero de la cara y empujándole de nuevo contra la pared, le besó. Esta vez no fue un beso lento y tranquilo. Fue un beso sediento, apasionado, el beso de un hombre.

Sus dientes chocaron mientras Javier le empujaba y Jero sintió que se quedaba sin respiración porque le había cogido por sorpresa. Apretándole la cara, Javier se abrió paso con la lengua dentro de la boca de Jero y, a pesar de que el día anterior la misma persona le había dado por culo, no fue hasta este momento cuando Jero sintió que era un hombre quien le estaba haciendo todo aquello. Con la fuerza con la que lo estaba haciendo, Jero se golpeaba la cabeza contra la pared pero no le importaba. A duras penas abrió los ojos y vio que el batín de raso se le había resbalado de uno de los brazos y aparecía uno de los bíceps de Javier hinchados, llenos de fuerza, con aquella vena que les recorría vibrando intensa. Jero cerró los ojos extasiado ante aquella visión y se dejó hacer por Javier, que le besaba apasionadamente, lamiéndole los labios, mordiéndoselos, chupándole la lengua, mordiéndosela levemente también mientras le tenía agarrado de la cabeza, con aquellas palmas inmensa cubriéndole por completo las mejillas.

—Fóllame, Javier —dijo Jero en medio del beso, casi susurrando sin aliento—. Fóllame, por favor.

Javier sonrió de nuevo y Jero comprobó que el rubor le volvía a subir por su cara, se sentía casi amenazado por aquel tío que era más grande que él en tamaño y en edad, pero al mismo tiempo se sentía seguro, porque ese mismo tío tenía hoyuelos, una sonrisa realmente sincera y unos ojos azules que brillaban divertidos cada vez que se reía. Como ahora. Pero eso no evitó que ante la carcajada divertida de Javier, Jero volviera a sonrojarse. Nunca le había pasado. Joder. Antes de a Nuria se había follado a muchas tías, incluso a tías mayores que él, y siempre se había sentido superior, llevando la voz cantante. Sin embargo, ahora quería que las cosas fueran así y que Javier le follara. Ya habría tiempo después de meter su propia polla en cualquier agujero húmedo y caliente.

—Como quieras —le dijo Javier mientras se limpiaba con el dorso de la mano la boca llena de saliva—. A cuatro patas, venga.

Jero obedeció excitado y se puso a cuatro patas sobre el sofá. En aquella postura, Javier parecía mucho más grande.

Javier le miró al culo, estaba abierto. Para él, Jero estaba lo suficientemente excitado como para estar abierto solo para él, pero tenía que hidratarlo. Así que se metió el dedo índice en la boca, después el corazón. Jero le miraba desde su postura, mientras se acariciaba la polla. Por último, se metió el dedo anular, el dedo donde llevaba la alianza dorada de matrimonio. Y después se agachó. Uno a uno, sin decirle nada, fue metiéndole aquellos dedos para comprobar que cabían. Jero gemía cada vez que uno de ellos iba ocupando espacio dentro de su cuerpo. A Javier le gustaba que Jero gimiera, que ya no tuvieran que cruzar más palabras.

Por eso se puso en pie de nuevo y empezó a hacer que el batín se deslizara por su cuerpo para quitárselo.

—No lo hagas —le pidió Jero—. Quiero que me folles con el batín puesto. Me gustas con él.

Javier sonrió de la misma manera con la que un padre le concede un capricho a su hijo pequeño y asintió mientras se colocaba el batín de nuevo sobre los hombros. Se arrodilló detrás de Jero y se mordió el labio inferior de la expectación. Le dio después un cachete en el culo.

—¿Estás preparado?

Jero asintió y Javier supo que tenía las puertas de su culo abiertas. Por eso se sujetó la polla con una mano y mientras la otra la apoyaba al final de la espalda de Jero fue penetrándole lentamente mientras le hacía gemir. Le hacía daño, sí. Anoche quizá no lo hubiera sentido ninguno de lo borrachos que estaban, pero aquella mañana era diferente. Aquella mañana era real.

Un gemido más intenso que los demás le hizo saber que había llegado al límite, que había traspasado todas las barreras y que su polla estaba completamente dentro. El pensamiento hizo que le vibrara y que solo sintiera deseos de comenzar a embestirle. Ahí fue cuando dejó de pensar.

Empezó primero con un vaivén lento mientras sujetaba con ambas manos a Jero de las caderas, ambos gimiendo acompasadamente mientras Javier empujaba. Jero había girado el cuello y le miraba, la mano derecha extendida para acariciarle a duras penas el pecho mientras le estaba follando. A Javier le gustaba que Jero estuviera haciendo tal esfuerzo para acariciarle, así que se inclinó un poco. Le gustaba sentir la mano de Jero sobre su cuerpo mientras se lo follaba.

Por eso no se lo pensó dos veces y comenzó a empujar cada vez con más fuerza, cada vez con más intensidad. Con la mano derecha, tomó la polla de su vecino y comenzó a pajeársela al mismo ritmo con que le estaba follando el culo. Le encantaba hacerlo. Sentir su culo, ver cómo la cara de Jero mostraba al mismo tiempo el placer y el dolor que él mismo le estaba proporcionando. Empujó. Empujó de nuevo, con más fuerza, con más intensidad, más rápido, más rápido, tan rápido que perdió la cuenta de las veces que llevaba empujando hasta que Jero arqueó la espalda y sintió la humedad de su leche mojar la mano con la que le estaba pajeando. Sentir aquella lefa sobre su mano fue suficiente para que él también arqueara la espalda, le recorriera un escalofrío intenso por todo el cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de su polla y comenzara a correrse dentro del culo de Jero, haciendo que ambos gimieran como animales y que casi perdieran la conciencia.

Quedaron quietos en la misma postura durante unos segundos, respirando entrecortadamente, recuperándose. Después, Javier se separó de Jero cuidadosamente sacándole su polla del culo y se puso en pie. Jero se colocó de nuevo sentado sobre el sofá y le sonrió mientras recuperaba la respiración.

—Te has corrido en el sofá de cuero que me costó una pasta, macho —le dijo Javier mientras se rascaba la cabeza. La polla brillante colgándole de la entrepierna, relajándose pero aún gruesa, morcillona.

—No te preocupes —Jero le guiñó un ojo y le sonrió—. Yo lo limpio.

Jero se puso de rodillas sobre el suelo y comenzó a lamer su propia lefa blanca, que resaltaba sobre el cuero negro del sofá. Cuando la hubo quitado, se levantó y le mostró la punta de la lengua a Javier.

—Ahora quieres que te limpie yo, ¿no? —le respondió Javier con una sonrisa que terminó en carcajada—. Bien, los invitados mandan.

Así que se acercó a él y le abrazó. Le sostuvo con fuerza entre sus brazos y pudo sentir la temperatura de su piel a través del raso del batín que aún llevaba puesto. Le abrazó con fuerza. Las manos acariciándole la espalda, subiendo hasta su cabeza, enredándose cariñosamente entre su pelo y le besó. Se fundieron en un beso con sabor a lefa y, cuando se separaron, ambos se relamieron al mismo tiempo, lo que hizo que volvieran a estallar en carcajadas.

Javier respiró profundamente y se echó sobre el sofá. Estaba agotado.

—Necesito un cigarro. No hay nada como fumarse un cigarro después de follar.

Alargó la mano hacia la mesita de café, cogió el paquete de Camel y se encendió uno. Inspiró de él con fuerza, con los ojos cerrados. Jero no podía dejar de mirar aquel cuerpo que ahora estaba relajado sobre el sofá y, sin poder evitarlo, se echó sobre él. Puso su cabeza sobre el pecho formado de Javier y se lo besó. Javier abrió los ojos sorprendido mientras exhalaba el humo.

Con ternura, le puso el cigarrillo entre los labios a Jero.

—Toma, te lo has ganado.

Jero le dio una calada y exhaló el humo hacia el pecho de Javier.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —le preguntó mientras enredaba sus dedos en el vello del pecho de su vecino.

—No tengo ni idea, pero esto no tiene por qué cambiar nuestras vidas, ¿no?

Jero incorporó la cabeza y le miró. Javier sonreía.

—Supongo que no. Como mucho, lo que hará será aderezarlas. Nos hacía falta diversión en este pueblucho.

—Exacto.

Entonces, le quitó el cigarrillo que aún llevaba en los labios y volvió a darle una calada. Javier no tenía ni idea de qué era lo que estaba pasando pero la verdad era que no le importaba. A pesar de follarse a Jero, seguía queriendo a su mujer. Había muchas razones por las que follarse a otras personas, a otras mujeres, a otros hombres. No le importaba cuáles. Lo que realmente importaba era que les hiciera sentir bien. Después exhaló el humo hacia el techo y miró a Jero. Tenía los ojos cerrados y respiraba tranquilamente. Hacía un poco de frío, así que colocó el batín para que les cubriera a ambos. No tardó mucho tiempo en quedarse él también dormido, desnudo, solo con aquel batín y cuerpo desnudo de Jero cubriéndole.



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Relato cuyo autor real es DarienJulian, y que ha sido publicado en Todorelatos el 28 de abril y que Sexofotos ha copiado de allí sin permiso, como todos los relatos que ha subido a esta página. Entre ellos, algunos míos.
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