La cabeza de su rival. Así estuvimos hasta que llegó la policía, llevaron a mi sobrina al hospital y a Silvia a comisaría donde presenté denuncia por allanamiento de morada, daños...
Los siguientes pasos fueron historias de abogados y médicos, propuestas de acuerdos para evitar el juicio, o, para que, si este se celebraba, la condena de Silvia fuese mínima. La familia de Silvia era riquísima y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para evitar que ella fuera a la cárcel. Yo lo dejé todo en manos de mi abogado después de haberle explicado todos los hechos y, sobre todo, los de aquella tarde, a continuación fui al hospital, estaba angustiado, que diría mi ............ primo cuando se enterase de la historia, cómo le justificaría que había permitido que mi casa fuera un ring, qué cuentas me pediría cuando supiera lo del brazo de su hija.
Porque a Eva la habían metido de urgencias en el quirófano, y la intervención no debía ser trivial a juzgar por el tiempo que estuvieron con ella. Mi sobrina estuvo tres días en el hospital, hasta que los médicos comprobaron que todo iba bien y la evolución del brazo era la deseable después volvió a mi casa. Nada más entrar le pedí que llamara a los padres como hacía todas las semanas, ella preguntó si debía decirles lo de su brazo y yo le contesté que hiciera como quisiera, que siempre podía decir que se había caído por la calle...
No se lo dijo y cuando colgó le comenté, intentando ponerme serio, que para evitar futuros problemas, lo de usar la casa como ring de lucha se había terminado, ella se echo a reír y me pidió en tono mimoso: “tráeme las zapatillas rosa, por favor” así lo hice, unos segundos después yo estaba sobre sus rodillas, recibiendo zapatillazo tras zapatillazo, intentando razonar con la naturaleza vencedora, que a veces me decía: “sigo siendo el ama, y no tolerare que te insubordines”, y me caía una terrible tanda de golpes. “¿Y que dirá tu padre?, por favor, no me pegues más”, le respondí yo que estaba, con la situación en que me había metido asustado y en ese momento además dolorido. “No te preocupes”, matizó ella, “algo he aprendido, mientras esté aquí solo lucharé con gente poco peligrosa como tu”
Solté un suspiro de alivio, realmente era muy poco lo que yo podía hacer para defenderme, estaba en sus manos y haría lo que ella quisiera, supliqué otra vez y mi sobrina tras asegurarse de mi absoluta sumisión, dejó de pegarme, comento en tono burlón: “llevo demasiados días sin que nadie me haga un buen repaso de lengua” y al oír sus palabras, me arrodillé entre sus muslos y procedí a cumplir sus órdenes, su sexo sabía bien, y en cualquier caso dado que podía hacer conmigo lo que quisiera, incluso usando solo una mano, lo que acababa de mandarme era de lo menos malo. Pero como estaba enfadada, ella no me hizo sexo a mi, se limitó a disfrutar de mi lamida y, encima, me prohibió masturbarme
Todo lo que quedó de aquel curso, Eva fue bastante cruel conmigo, salvo algún que otro día en que salió a relucir la golfa que llevaba dentro. Hubo días en que me prohibió eyacular sin su permiso y si lo hacía y ella se daba cuenta me sometía como castigo a sesiones de asfixia que podían durar horas con su trasero comiéndose mi cara hubo días en que me dejó atado durante horas solo en casa, a veces en posición forzada con dos o tres almohadas bajo mi espalda que al fin terminaban por hacerme un daño horrible. A veces me ataba las manos a la espalda después hacía lo mismo con mis pies y, a continuación, forzaba mi cuerpo hasta que las manos y pies quedaban juntos, los unía y con una cuerda tiraba para arriba, yo quedaba apoyado sobre la barriga, arqueado hacia atrás, amordazado, gimiendo sin comer, beber ni poder ir al baño, sin poder cambiar de posición, sintiendo un dolor como si mis músculos se desgarraran hubo días en que me apaleó como si yo fuera un saco de boxeador y otros en que me sometió a tratamientos muy dolorosos y humillantes, a veces con unas pinzas tomó la mala costumbre de no usar papel higiénico para limpiar su gordo culo y usar mi lengua con esas finalidades pero, por suerte para mi, al acabar el curso no volvió a Madrid y yo suspiré feliz, su brazo volvió a funcionar perfectamente, el dinero de la indemnización me lo regalo casi todo, porque no sabía como se lo iba a explicar a su padre y yo me prometí que no volvería a ser imprudente... Volví a serlo, pero eso es otra historia de la que ya hablaremos.