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Esperanza del Mar


Elena

La gran puerta electrónica de cristal ahumado que daba a la calle se abrió al paso de Elena. Una bocanada de aire frío le dio en el sereno rostro, alborotándole suavemente el cabello y produciéndole frío en el pecho. La joven detuvo sus pasos bajo la puerta de salida, ciñó el grueso abrigo beig oscuro de buen corte sobre su bien formado cuerpo, miro al cielo guiñando un ojo y torciendo la boca ante la luz fuerte pero gris que le vino de fuera. Estaba empezando a encapotarse, podía verse a las claras que pronto iba a llover, sin embargo, la luz del sol penetraba por entre las espesas nubes.

Los ojos de Elena se acostumbraron pronto a esa luz y se reflejó la melancolía profunda que habitaba en ellos desde hacía más de semana y media. Su boca grande y bien trazada confirmaba que aquella mujer tenía un dolor intenso que atenazaba su alma. Metió su mano fina y enguantada en el bolso negro mate de poliéster sacando un estuche de donde extrajo unas gafas muy modernas............... de cristales anchos y marrones, las colocó ante sus entristecidos y hermosos ojos, guardó el estuche en su bolso de salir y luego, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo, salió del portal girando a la izquierda. Poco a poco fue perdiéndose calle alborotada por los ruidos, los vehículos y la gente que circulaba.

Elena era una mujer de hoy, elegante, moderna y muy dinámica. Destacaba de ella sus ojos grandes, verdes claros y alegres dentro de un rostro ovalado. Presentaba una constitución normal, ni gruesa ni delgada, hombros normales, pechos medianos y altos, redondos y cimbreantes y ahora creciendo de un momento para otro a la vez que su talle. Comenzaba a perder algo de su estrechez debido a los dos meses largos de embarazo. Sus caderas redondas y sugestivas descansaban sobre unas piernas más bien largas, esbeltas y ágiles embutidas en medias con la tonalidad de su piel. Viéndola en conjunto, Elena era una mujer atractiva sin ser bella y los hombres se giran para verla pasar.

Caminaba rápido, con dirección fija pero sin prisa, sus manos siempre en los bolsillos del abrigo le permitían apoyarse en la base de ellos. Presentaba una mediana melena caoba al viento y el rostro aparecía serio, mirando al frente, único lugar de su persona que soportaba el frío que empezaba a hacer ese día. De pronto unas lágrimas surgieron de sus verdes ojos y las dejó rodar por las mejillas tersas. No lograba, por mucho que lo deseaba, quitarse de la mente la cara de aquel hombre que tanto había significado en su vida desde las Navidades pasadas. Un hombre, no se fijó quien, la rozó el hombro haciéndola retrasarse levemente en el paso al tiempo que le dijo algo a lo que no puso atención maldita, posiblemente un piropo o alguna grosera alegoría a la mujer. Sus recuerdos la llevaban a la víspera de las Navidades pasadas del 2006, cuando entró en el apartamento que compartía con su amiga de siempre y socia en el negocio que compartían.

Llegaba a casa desde la peluquería y Juani, con sus habituales prisas para todo, le dio la noticia de que Ernesto, su hermano, venía a pasar las Fiestas con ellas porque tenía que realizar unos estudios de no sabía qué.

-¿Por qué no me has dicho nada en toda la mañana, Juani? ¡Coño, mujer! ¡Siempre lo mismo! Eso se dice con antelación –Comentó Elena algo molesta por la visita.

-No lo sabía hasta hace poco más de una hora que me llamó por la radio de su barco y tú y yo acabamos de vernos ¿No? Me voy a bañar, tía, si llaman ahora, pues ya sabes, es Ernesto –Y marchó corriendo hacia el cuarto de baño, silbando alegremente, sin más explicaciones, alocada como siempre.

Y llegó Ernesto diez minutos después con una sonrisa en la boca que se amplió aún más cuando la vio. Alto, gallardo, vestido con el uniforme azul marino, sus galones dorados de Primer Oficial de la Marina Mercante española en las bocamangas de la guerrera y su gorra de Oficial bajo el brazo. Quedó impresionada cuando lo vio delante de ella. Habían sido novios años atrás estando los tres en el institutos. Le vino claro a la mente los besos intensos que él le robaba cuando estaban de espalda a los demás o frente a su taquilla, prodigándole caricias atrevidas, besos sensuales que arrobaban su rostro juvenil, teniéndola muy cerca nunca se estaba quieto. Luego, al terminar los estudios la vida los separó con cierta crueldad. Él se fue a estudiar a la Escuela Superior de la Marina Civil y Facultades Náuticas a Tenerife, durante cuatro años. Cruzaron cartas que seguían hablando de amor durante el primer año y algo parecido en los otros siguientes, luego, Ernesto se embarcó como alumno en prácticas para alcanzar el título de Tercer Oficial. Ya no volvió a saber de él y nunca supo porqué el marino cortó. A mediados de diciembre de cada año recibía una postal navideña desde cualquier puerto.

Se graduó en Ciencias Marina y nunca coincidieron cuando el volvía a tierra. Juani y ella explotaban un instituto de belleza en una céntrica calle de una ciudad costera y marítima importante de la península. Ahora, ante aquella simpatía desbordante, se volvían a ver y los viejos sentimientos juveniles afloraron nuevamente, como si todo hubiera ocurrido el día anterior. Las alegres Fiestas navideñas, que se presentaría un mes después, comenzaron para ella desde que él quedó encuadrado en el marco de la puerta de la calle. Y Elena quedó cautivada.

Ernesto, ya con las dos delante, habló por los codos. Contó historias y anécdotas graciosas de los países donde su buque recalaba chistes de todos los colores, adivinanzas. Recordaba alegremente los días de institutos y de las amistades sobre su trabajo como piloto y la pasión por viajar constantemente. Sus proyectos inmediatos eran alcanzar la categoría de capitán de la Mercante, por lo que se encontraba en tierra. Otra razón que alegó era el deseo de formar una familia con una mujer de su confianza. Y miró para ella.

Ernesto bailaba de mil maneras maravillosas. Ya de joven lo buscaban las discotecas y había sido, con mucho, un \"número uno\" en las pistas de éstas. Ganador de varios concursos de bailes modernos y -un \"ligón\" empedernido- le interrumpieron, a la vez, las dos.

-¡Hombre, tenía que bailar con una pareja femenina! ¿No? Hacíamos coreografías y todo eso –Decía el marino en su pobre defensa mientras ellas se reían alegremente, asintiendo con la cabeza al tiempo que se miraban significativamente.

Ernesto danzó con las dos y, cuando la sacaba a bailar, la tomándola entre sus brazos de una forma diferente, apretándola como solía hacerlo años atrás, Elena se estremecía y el hombre lo notaba. La enlazaba fuertemente por la cintura pegándola contra su cuerpo. Aquel amor de adolescentes fue convirtiéndose en interés de adultos en los días siguientes. Los dos se entregaron de lleno a dar cabida a unos sentimientos que se renovaban por momentos.

En esos días, en los que Ernesto se veía metido de lleno en las materias exigidas para el examen a capitán, Elena lo ayudaba en todos los momentos que podía. Pasaba a ordenador los apuntes que le daba mientras él se embebía en otras materias.

Cuando no se dedicaba al estudio en pleno la sorprendía tomándola entre sus brazos, acostándola en el suelo, sobre la mesa, sentados en el sofá del salón o donde la pillara, Ernesto besaba su boca y recorría con sus manos el estupendo cuerpo de Elena, queriendo desnudarla pero sin que ella le permitiera ir más allá como el hombre quería.

-¿Por qué, Elena? ¿Cuándo has sido tú tan estrecha?

-Marinerito, marinerito de agua salada, eres tú muy lanzao. Confórmate con lo que se te da. Al finalizar este mes te examinas para estar en las grandes alturas y, con la misma te vas en tu bonito barquito mar adentro como las otras veces y, si te vi no me acuerdo.

-Te quiero para esposa, deseo formar una familia contigo. Te lo he dicho delante de mi hermana ¿No es así?

-Déjame comprobarlo primero, si me lo demuestras pues ya sabes, vivo aquí –Y Elena hacía intentos profundos para zafarse de las garras de él que ya se había apoderado de su corazón. Pero eso no lo sabía todavía él a ciencia cierta, lo intuía, nada más.

Y el 26 de noviembre del 2005, un día frío, gris y algo lluvioso, Ernesto partió en avión para Santa Cruz de Tenerife. Iba bien preparado, seguro de sí mismo, tranquilo ante lo que se iba a enfrentar. Sólo estaba triste porque se separaba de ella, a la que siempre había querido sin saberlo hasta no hacía unos cuantos días atrás, le dijo sobre sus labios.

Las pruebas fueron intensas, duras y eliminatorias en cada una de las asignaturas a la que se presentaba. Todas fueron superadas con notas altas y medias. El conjunto de ellas le valieron, al final, el título de Capitán de la Marina Civil española. Dieciocho días después, con el nombramiento bajo el brazo regresó a la ciudad, junto a su hermana, junto a la mujer a la que tuvo presente en todas las horas de esos días que le ocuparon los duros exámenes.

La Navidad estaba a trece días vista. Ernesto y ella salían cogidos de las manos paseando felices por una ciudad volcada en las Fiestas, iluminada por sus miles y miles de bombillas decorativas que formaban cientos de figuras alegóricas a ella. Los importantes centros comerciales y tiendas de los alrededores mostraban bellísimos escaparates y alegres decoraciones con temas musicales modernos y villancicos como \"El campanillero\", \"Noche de Paz\", \"Dime niño\", \"Adeste Fideles\", \"Doce campanadas\", y un largo etc. que lograba un ambiente navideño perfecto, invitando a la gente que iba y venía a visitarles y comprar. Muchas veces se veía a la aglomeración cargando bolsas y paquetes con productos para festejar el más grande acontecimiento del año.

Las calles eran un hervidero de vehículos y algunos tronando sus bocinas, dejando escuchar, a través de sus aparatos de radio, los temas musicales del momento, esos jubilosos villancicos tradicionales, saludos espontáneos en medio de una vía transitada muy peculiar de la juventud, paradas en hileras en pasos de peatones para que el mogollón de gente cruzaran de un lado y del otro de las calles perdiéndose en los centros y locales comerciales. Para Ella, las Navidades eran épocas que la llenaba de vida e ilusión en espera del momento propicio de encontrar al hombre de su vida. Y ahora iba de la mano con él.

Otras veces salían los tres para comer fuera, fijándose en los escaparates, pensando los regalos que se iban a comprar para la última de las tres Fiestas: los Reyes. Otras, discutiendo el menú de la cena de ese día precioso que durante doce meses esperaban con ilusión.

Y llegó la noche de Navidad celebrándola entre copas y copas de champán, sidra, buen vino y comida abundante. La pasaron los tres juntos, sin amigos, hablando, bailando. Ernesto contando chistes en todos los colores de los que tenía una colección inagotable, escuchando música a todo trapo, imitando a cantantes del momento con buen oído y dejándose oír por los demás vecinos como si fuera él el único que viviera en la comunidad. La llegada del Año Nuevo no fue diferente a la Navidad, sólo que esa noche la pasaron en un cotillón donde la gente, vestida con trajes festeros, se tocaban los unos con los otros a golpe de serpentinas, cintas de colorines, matasuegras, gorros dorados o plateados multicolores de payasos, y bailes desenfrenados al ritmo de temas enfebrecidos de discotecas y acompañados de bebidas y tapeos a tutiplé.

Llegaron a casa con una Juani metida en un colocón que hacía época, medio zumbada y pidiendo irse a la cama sin despedirse de nadie, como así ocurrió. Ella y Ernesto quedaron solos en el salón. Él puso un CD de temas suaves y bajo para no molestar a su hermana. Ambos comenzaron a bailar solos en el salón de la casa, sin prisa, totalmente pegados, sintiendo sus propias emociones. El marino buscaba su boca besándola repetidas veces y ella le correspondía con la misma intensidad. Durante un rato estuvieron así, muy juntos, con caricias profundas, comiéndose a besos, compartiendo esa pasión que los embargaban. De pronto, Elena sintió que él le bajaba la cremallera del traje y la mano amada tocaba la piel de su espalda que empezaba a estremecerse como nunca.

El hombre la miró a los ojos enviándole un mensaje y ella, sonriendo, besó la boca masculina al tiempo que pronunciaba un -¡Sí!- emocionado y casi imperceptible. Ernesto la apretó más todavía y, con su lentitud en el bailar la fue llevando poco a poco hasta su habitación cerrando detrás de él la puerta. Fue la primera vez que hicieron el amor. Para Elena, el comienzo del 2006 fue un año que nunca olvidaría. Con estos recuerdos, no pudo contener un chorro de lágrimas.

El día ocho de enero del presente año Ernesto las dejaba después de los maravillosos días pasados.

-Me voy, pero mi base la tengo aquí y nos veremos dentro de cuarenta días –Decía Ernesto sobre su boca, acariciando su cuerpo desnudo, joven, lleno de vida y placer. Habían hecho el amor una vez más ¿Cuántas veces desde entonces? Ni se acordaba ya pero unas cuantas, gozando las Navidades pasada con ella, celebrándolas felices los tres.

Volvió a aparecer a finales de febrero, contento, con un proyecto que explicó estando los tres almorzando en la cocina del coquetón apartamento.

-Nos vamos a casar antes de final de año y quiero comprar una casa aquí. La adaptaremos a nuestro gusto y deseo tener hijos, no muchos, pero dos, al menos.

Elena paró un momento su caminar, sin quitarse el guante, limpió unas lágrimas que salían por entre las gafas y que no le permitían ver el camino. Deseaba no seguir recordando por nada del mundo, pero era superior a ella y, al reanudar nuevamente el camino, ya estaba pensando en todo lo que hicieron desde principio de años hasta que aquel maldito nauf…

-¡Aaaah, Dios mío! ¡Ernesto! ¿Dónde estás? –Se giraba violentamente sobre sus pasos, en un gesto que mostraba la desesperación expresada en voz alta- ¡Dios! ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué no apareces de una jodida vez de cualquier forma, y así yo…?

Ahora rompía a llorar sonoramente sin poderse contener, sin importarle que los demás la contemplaran tan afligida.

Entre marea y marea, compraron un piso amplio, coquetón y con una excelente panorámica de la ciudad y el puerto, en un complejo residencial de edificios modernos. En el siguiente viaje compraron los muebles una vez concluidas unas obras que realizaron en la vivienda. Cuando llegaron los muebles y contemplaron por primera vez la alcoba totalmente lista para ser usada, esa noche, ella y Ernesto no aparecieron por casa. Pero, Juani, al día siguiente, al verla aparecer por el instituto de belleza se convirtió en todo un personaje cómico y sardónico lleno de gestos eróticos que la hicieron sonrojarse y reír durante el día. Pocos días después de la nueva marcha del marino comenzó a tener los primeros síntomas de embarazo. No quiso comentárselo a su amiga querida hasta no hablar con su novio por radio.

Y Ernesto regresó una vez más, esta vez lleno de alegría por la noticia de saberse padre.

-Nos casaremos para las próximas Navidades, Elena. –Le confirmaba tomándola entre sus brazos con un regocijo incontrolado - Por esa fecha tendré cerca de tres meses de vacaciones y nos iremos por esos mundos de Dios, en viaje de luna de miel.

Y comenzaron a preparar la boda. Él quería que todos sus compañeros conocieran a la madre de su hijo y la llevó al buque factoría donde prestaba sus servicios como Primer Oficial, pregonando a los cuatro vientos su paternidad y ella, unas veces sofocada, otras contagiadas por la alegría estruendosa de Ernesto, se dejaba llevar de la mano de aquel marino en el que había depositó toda su confianza y amor.

Fue cuando dijo, que unos días antes de que partiera su buque de Mauritania al puerto base, se tenía que quedar en tierra para capitanear, por primera vez, un viejo barco de carga que la compañía había comprado para aprovechar los motores que eran nuevos. Desde allí, Ernesto comunicó que había visto la nave y que había tenido un mal presentimiento con respecto al viaje de regreso.

-Empezamos mal, cariño –le comentaba por radio con voz malhumorada- me han asignado una tripulación muy reducida: dos Oficiales de puente, uno con título de Primero y otro con mando de Tercero. Un Primer Oficial de máquina con dos especialistas, un radio auxiliar y los marineros de cubierta suficientes, además, mauritanos. No se puede viajar en esas condiciones, Elena, porque es todo un peligro. Pero, bueno, tan sólo es llevarlo hasta casa para aprovechar esos motores recién instalados, el resto al desguace y, por todo ello, me pagarán un extra sustancioso. Vaya lo uno por lo otro.

No hacía dos semanas atrás, se despertó un gran temporal en el Atlántico, a la altura de Cabo Blanco, que fue comentado por la prensa. No habían recibido noticias de Ernesto y, dos días después las llamaron desde la Consignataria de buques comunicándoles la mala noticia. Ernesto había desaparecido por un golpe de mar a consecuencia del tremendo oleaje. En esos momentos prestaba ayuda a una patera que se encontraron en su ruta. El buque estaba navegando en dirección a las islas Canarias con más de setenta subsaharianos a bordo pero sin su capitán.

Ernesto

-Capitán, Meteorología nos dice que estamos acercándonos a una fuerte tormenta a la altura de Cabo Blanco

-¿A qué distancia estamos de ella, Fornét?

-No más de una hora de navegación, Don Ernesto.

-¿Ha estimado alguna ruta alternativa de navegación por si es más fuerte de lo que esperamos? Este es un buque muy viejo. Volver no volveremos si no es necesario, Oficial. Esperemos hasta entonces. Entre tanto déme las coordenadas para registrarla

-Estas son… -El Oficial le extendía un pliego escrito con un rumbo aproximado.

No había pasado media hora cuando comenzaron a ver en el horizonte olas grandes que, por su efecto al morir sobre el agua, empezaban a bambolear al buque por la amura de babor

-Si señor –hablaba a viva voz Ernesto mientras miraba por los vinculares de infrarrojos. No se había movido del Puente- se está poniendo serio el asunto, Fornet. Llame al Segundo rápidamente –Se acercó al megáfono- ¡Atención Máquina, aquí el Capitán! Delante de nosotros tenemos una tormenta de cojones. Todos vamos a tener que amarrarnos los machos.

El mar estaba totalmente embravecido, como encorajinado y con olas de más de seis metros de altura presentándose delante de ellos amenazadoras. Los Truenos eran ensordecedores, la luz de los relámpagos permitían analizar el alcance de aquel fenómeno atmosférico y una cortina de lluvia no dejaba ver lo que se encontraba más allá. Había que navegar con la bitácora y el rastreador de fondos –Más malo imposible- Pensó Ernesto rascándose la nuca. Ese era el triste panorama que se estaba presentando ante la proa del carguero.

El espectáculo era dantesco, escalofriante. La tormenta comenzaba a ser insoportable a medida que la nave se acercaba a ella. A juicio del capitán, aquella furia marina podía ser atravesada con dificultad pero atravesada al fin aunque el buque empezara a moverse terroríficamente como si de un \"involca\" se tratara.

-¡Atención, Máquina, disminuya cinco nudos y atento! ¡Esperemos salir pronto de aquí y si es que esta chatarra es capaz de protegernos a todos!

El buque comenzó a ser zarandeado por el oleaje pero navegaba a buena velocidad, seguro de si mismo y, aunque el problema estribaba en mantener el rumbo siempre constante, el temor estaba ahí pero no preocupaba a su capitán. Media hora después empezaron los problemas serios.

-¡¡Patera a baboooor!! –Gritó el Tercer Oficial con desesperación- -¡¡Patera a babooor!! ¡¡138º Mistral, capitán!!

Ernesto miró hacia donde se le indicaba con el binicular infrarrojo. Vio un punto negro dando trompicones y bailando temerariamente entre el oleaje. Reguló con la ruedecilla la distancia que los separaban y, de pronto, al joven capitán le dio la impresión que la gorra saltaba de su cabeza al ponérsele los pelos de punta. Ante el vincular aparecía todo un espectáculo teñido en verde y con intensa luz, la luz de los relámpagos. Una barcaza senegalesa o mauritana navegaba cargada de personas en las que se las veían agitadas, seguramente gritando el pánico que las invadían.

-¡Dios! ¿Cómo es posible que las naciones del mundo no pongan cota a estas barbaries de gobiernos corruptos? ¿Y la ONU? ¿Dónde está esa maldita ONU? –Decía en voz alta-¡Timonel, pon esta chatarra ciento cuarenta grados al oeste! ¡Rápido!

Tardaron unos veinte minutos en estar a menos de un cuarto de milla del estribor de la barcaza. Ernesto no quería exponer aquellas vidas en más peligro todavía si los abordaba temerariamente con semejante temporal. Los gritos de los desesperados negros eran mayores que los ruidos de la tormenta en que se encontraban. El terror y la desesperación no les permitían ver la esperanza que daba el buque salvador y, decidieron ponerse todos de pie para ser visto, sin saberlo habían puesto en peligro la estabilidad de ésta. Unos tiros al frente se dejaron escuchar logrando, a medias, que el pasaje se mantuviera quieto. Algunos tripulantes cayeron al agua debido a los disparos, quedaron quietos, boca abajo, moviéndose al compás del oleaje.

Ernesto, micrófono en mano, se plantó rápidamente en la minilla de babor del puente, gritando por la megafonía. Pedía calma a los patrones del cayuco.

-¡Quedaros quieto amigos, por el amor de Dios¡ ¡No disparéis patrones berracos! ¡Vamos a recogeros y llevaros a tierra firme! ¡Quedaros quieto! ¡Bajad vuestras pistolas y dejadnos hacer a nosotros! –Volvió a entras en el puente con una rapidez asombrosa, dando ordenes al Jefe de Máquinas que parara de inmediato y comunicándose, acto seguido, con sus otros Oficiales

-Lanzad dos barcas nuestras de motor con marineros expertos en el manejo. Vamos a recoger a esos pobres diablos y subirlos a bordo. Esos putos patrones asesinos acabarán con ellos al no poderlos controlar.

Cinco minutos después las barcas, que antes estaban debidamente recogidas y tapadas en el castillo de babor, se encontraban dispuestas a prestar el servicio exigido. Pero la mar estaba muy brava, no permitía salvamentos ni que las barcas de auxilio pudieran acercarse hasta la patera.

Ahora el gran oleaje alcanzaba más de siete metros de altura atravesando al buque de lado a lado. Una de las lanchas motoras se estampó contra el tabique de la amura de babor sin perjuicio, pero indicando que no podían hacer nada por los náufragos.

-¡No podemos avanzar, señor! –Decía uno de los marineros de la barca estrellada- ¡Mucho oleaje y mucho viento! ¡Imposibl…!

No pudo continuar porque fue enmudecido y bañado literalmente por una ola que abarcó la mitad de la nave. Al chocar ésta se escoró 40º peligrosamente hacia los marineros de las balsas de salvamento.

-¡Salid de ahí, pronto! –Gritaba el Primer Oficial- ¡Don Ernesto, imposible el salvamento de esta forma! ¡Acerquémonos más a ellos, capitán! ¡Creo que es la mejor solución!

Por lo terrible de la situación, a Ernesto le costó acercarse a la barcaza negrera unos veinte minutos más. Entonces ocurrió que el viento y la tormenta se hicieron más fuere levantándose una tromba de agua tan grande en altura y extensión que llevó al cayuco con sus miembros hasta la popa del buque chocando con ella y logrando que saltaran por los aires parte de aquellos infelices que caían irremisiblemente a las aguas del mar, vivas por la rabia de la tormenta.

Ernesto, que había dirigido la operación de acercamiento de su barco a la barcaza, no resistió más aquella visión, paró la maniobra y salió del Puente bajando por las escalerillas que daba acceso al castillo donde estaba su gente. De pronto, sin que nadie lo esperara, a pesar de los fuertes focos encendidos y que alumbraban el escenario, una ola, de tamaño inconmensurable en altura y largura, apareció de repente frente a ellos arropando totalmente al barco que desapareció bajo un manto inmenso de agua negra a la vista de los náufragos que, desesperados, intentaban llegar a nado como podían a la gran lancha que estaba desmoronándose por momentos.

El cayuco se había alejado nuevamente de la nave levantándose otra vez con el pasaje que tuvo la suerte de volver a subir a éste. La acción de otra ola desgarradora los estampó horriblemente contra las mamparas de acero de la popa del viejo carguero. El encontronazo fue brutal y muchos de los que estaban a bordos dejaron de sufrir ya sin saber que lo hacían, causados por aquellos golpes de mar que parecía que nunca iban a acabar.

Un ruido infernar y aterrador se produjo cuando esta masa de agua se juntó con las otras en dirección a tierra. Toda la tripulación del buque se sacudía el terrible susto agarrándose como podían a los hierros y cabos de la nave. Todos a la vez, como un solo hombre, miraron hacia donde debía estar su capitán y ya no lo vieron. Había desaparecido literalmente de la escalerilla por donde bajaba para reunirse con ellos.

El Primer Oficial se colocó sus vinculares infrarrojos y comenzó a otear todo el campo acuoso que tenía delante. Los náufragos que quedaban sobre el agua se debatían furiosamente por llegar a asirse a los diferentes restos del cayuco destrozado que aparecían por doquier. Otros aparecían boca abajo, brazos en cruz y flotando sobre las aguas bravas llenas de espumas. Las potentes luces del castillo de babor permitían ver el dantesco escenario. Fornét, veterano en la navegación, se debatía por buscar a su capitán sin conseguirlo. El Tercer Oficial se acercó a él al tiempo que le oía decir con voz enronquecida por la emoción y el dolor.

-Nunca debió haber hecho lo que hizo. Él no lo podía hacer todo en el buque, era el capitán, el responsable de la tripulación y de su barco. Ha pagado caro ese arrebato loco y heroico de todo buen marino.

Pudieron rescatar a los que pedían angustiosamente ayuda y recoger a la mayoría de los que flotaban ya tranquilos sobre las aguas. Durante toda la noche y hasta bien avanzado el amanecer, en la que la tormenta comenzó a amainar, Fornét estuvo llamando a Ernesto por megafonía y a los pocos saharianos agotados que quedaban todavía en el mar. Nunca recibió contestación alguna por mucho que los potentes focos oteaban el lugar. Sobre las diez de la mañana, después de comunicar la tragedia a la Consignataria y a las autoridades navales senegalesas, El Primer Oficial, ahora como capitán en funciones, puso rumbo a la base.

Náufragos

-¿Estás bien, muchacho? –Preguntó el naufrago blanco con voz rota, miraba con gran interés a un hombre moreno, con tremendas quemaduras producidas por el fuerte sol y que estaba acostado sobre parte de la panza de aquel cayuco- Contesta, amigo.

El hombre de color apenas si contestó porque ya no podía, carecía de fuerzas físicas, la tremenda necesidad de agua dulce le había secado hasta el alma, el hambre, el frío y las penurias sufridas en los días anteriores estaban acabando ya con su vida.

-No me dejes, hombre, no me dejes, por lo que más quieras. Estoy igual que tú y eres lo único que tengo en estos momentos –Había angustia, pánico, terror puro en aquella voz quebrada que apenas si le permitía hablar- Verás, pronto saldremos de esta…

En la mente del hombre blanco aparecía la imagen agraciada de una joven que iba a ser la madre de su hijo, aquel hijo que, si Dios no remediaba, jamás conocería. Engarrotado a un madero desde hacía días tenía el rostro y los brazos cruelmente quemados por ese sol del Atlántico, se encontraba agotado, desfigurado por la hinchazón de los cinco días que llevaban en el agua, sin embargo, el hombre seguía empeñado en dar conversación al negro.

Ya no le quedaban poderíos ni para mantenerse agarrado al madero. En tres ocasiones anteriores tuvo que salir, como pudo, a salvar la vida de su compañero de infortunio porque, rendido como él, se dejaba deslizar de aquella quilla destrozada y caía al agua. Pero si volvía a ocurrir, ya no podría hacer nada por él. Cerrando los ojos ante aquel fuego de justicia pidió a Dios que lo acogiera en su Seno.

El tremendo oleaje que sacudió a su barco y lo tiró al mar hizo que se diera un fuerte golpe con uno de los botes de su barco y perdiera el conocimiento por muchas horas. Por ese motivo no pudo ver como su buque se marchaba sin él. El hombre moribundo de la quilla lo salvó manteniéndolo a flote, bajo una cuarta parte de la panza de la patera mientras la tormenta seguía arreciando con fuerza sobre todos ellos. El estar vivo se lo debía al sahariano e hizo por el moreno todo lo humanamente posible en los días siguientes. Ahora sabía que se quedaría solo muy pronto.

¿Por qué le daba la sensación de oír una pequeña sirena a su espalda? Eran ilusiones de su cerebro ya enfermo, mejor no mirar atrás como había hecho muchas veces en los días anteriores. No quería perder por nada del mundo las poquísimas esperanzas que le quedaban.

Pero aquella sirena seguía llegando a sus oídos cada vez más cerca. Miró a su compañero y lo vio, como hacía dos días atrás, tendido sobre el resto del cayuco, sordo a la realidad, dejando que se perdiera su ilusión por vivir.

De pronto oyó voces y entonces sí que creyó que la suerte empezaba a acordarse de ellos. Con un esfuerzo sobrenatural pudo desprender el brazo izquierdo del madero girándose con todo el dolor del mundo debido a las quemaduras. Aquello fue fatal para el Marino español, la suerte no le acompañó y el brazo derecho, agotado totalmente, cedió a su peso hundiéndolo en las profundidades de de las aguas. El desespero por no poder respirar le dio algo de vitalidad, pero ya era inútil porque los brazos no respondieron. Al rato percibió lasitud, una agradable tranquilidad, sintiéndose a gusto por estar bajo las aguas saladas y permitiéndole recordar, con una mueca siniestra en su boca, a su amada Elena.

Sin embargo, supo que alguien lo subía y lo llevaba hacia la superficie rescatándolo de la profundidad del Atlántico que parecía un pozo negro. Pero ya nada le importaba y se dejó llevar por aquel silencio acogedor que le proporcionaba la asfixia de tener los pulmones totalmente encharcados de agua.

Unos preciosos ojos negros

Ernesto despertó volviendo del más allá, con la boca seca, salada y llena de arena. Estaba boca abajo y el fuerte sol seguía dándole a raudales sobre su cabeza, espalda y piernas ¿Qué tenía en la cabeza que estaba medio cubierta? Sintió voces acaloradas y, como pudo, siguió el sonido de éstas.

Un hombre vestido elegantemente discutía con rotundidad con otros más miserables. El hombre del traje elegante señalaba en una dirección cerca de él y cuando lo miraba sin fijarse siquiera decía no enérgicamente con la cabeza. Parecía no querer saber nada de su persona y señalaba claramente los galones que ostentaba sus hombros. Un buen rato estuvieron así hasta que el hombre elegante se marchó sin despedirse. Aquellos miserables dirigieron sus pasos a la izquierda donde él estaba y vio como se llevaban arrastrando al compañero de infortunio. Supo, al momento, que cuando aquel desapareciera de su vista nunca más sabría de su amigo. A él lo dejaron allí, abandonado durante todo el día.

Quiso gritar mostrar que estaba vivo, pedir que lo sacaran de aquel sol terrible. No pudo articular palabra porque todo él era una auténtica piltrafa humana. Lloró amargamente su derrota y no supo cuando se quedó dormido o perdió el conocimiento.

Una suave brisa que tocaba su rostro lo despertó, abrió nuevamente los ojos y se topó con unas bonitas piernas de mujer de color muy cerca de él. Sentía su mano cálida que le acariciaba cálidamente el cabello y luego su rostro. Era casi de noche, el Sol estaba desapareciendo en el este y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, levantó su cabeza y miró.

Unos preciosos ojos negros de jovencita quinceañera lo contemplaba con una ternura divina. La muchacha derrochaba bondad por toda ella y él, ante aquel gesto de la joven, sonrió pensando que todavía el ser humano tenía piedad con sus semejantes. Fue lo último que pensó porque se sintió muy mal con el esfuerzo y nuevamente perdió el sentido.

Ernesto no lo supo nunca pero la jovencita estuvo allí un buen rato acompañándolo y pensando, luego, inclinándose aún más sobre él, besó el horrible rostro quemado del blanco, se levantó y desapareció todo lo rápida que sus pies desnudos le permitieron. Dos horas después, varios hombres uniformados aparecieron por aquel lugar de una playa de Cabo Blanco.

Una llamada del móvil

Elena ya no tenía ánimos de seguir recordando. Se paró de pronto y quedó mirando el paisaje marítimo que se extendía ante sus ojos. Ernesto estaba esfumado, no se sabía si muerto o desaparecido en las inmensas estepas del mar. La Consignataria informaba a Juani y a ella que todavía estaban buscándolo, que no perdieran las esperanzas

-Es lo último que se pierde ¿No cree? –Le dijo al portavoz

Era lo único que las mantenía firme, seguras de que Ernesto regresaría sano y salvo pronto a ellas. Nunca pudo pensar que su novio pudiera estar en otra dimensión más celestial que no fuera ésta.

El móvil de petaca sonó suavemente cuando estaba en lo más profundo de sus pensamientos. Le molestó la interrupción de la llamada y lo tomó con desgana. Era Juani y estaba muy alterada

-¡Elena, Elena, ven pronto, por favor! ¡Nos vamos tú y yo a Gran Canaria dentro de dos horas…! El Esperanza del Mar viene desde Cabo Blanco ¡Corre, corre, amiga mía!

Lloraba ahora con una emoción que todo en ella era un puro hipo.

-Cálmate, Juani, cálmate y empieza desde el principio ¡Anda! ¿Por qué tenemos que viajar a la isla de Gran Canaria? –Un dolor tremendo se apoderó de su corazón

-¡¡Ernesto, Ernesto, querida amiga mía!! –Fue lo único que pudo articular antes de entrar nuevamente en su histeria de hipos- ¡Está vivo, está vivo! ¿Te parece poco…?

El móvil se le cayó a Elena de las manos. No podía creer lo que estaba oyendo ¡Ernesto! Su Ernesto ¿Estaba donde dijo? Y, sin preocuparse del móvil tirado en el suelo, comenzó a correr hacia su apartamento con todas las fuerzas de la que era capaz. No estaba muy lejos el instituto de su domicilio, pero esta vez le pareció que se encontraba en el Polo Norte.

Esperanza del Mar

Elena, Juani y dos directivos de la compañía naviera viajaron a Gran Canaria en el avión reactor Falcon 900-B perteneciente a la Consignataria para altos jefes. La joven no había dejado de llorar de felicidad desde que recibió la noticia. Dos horas y cuarenta minutos duró el viaje y todo ese tiempo era lo que le duraba los hipos a la futura madre. Juani la arropaba y besaba pero, en un momento dado, simulando estar molesta, dijo

-¡Bueno, mujer, cállate ya! ¡Cálmate! Está vivo y vamos a recibirlo al pie del Esperanza del Mar, ¿No? Pues para el chorro de lágrima, te va a encontrar fea por el llanto.

Pero ni al aterrizar en el aeropuerto de Las Palmas de Gran Canaria, en Gando, ni cuando iba camino de la capital del mismo nombre, Elena dejó de mojar pañuelos y más pañuelos de clinex por la alegría tan grande que sentía. Era superior a sus ganas de calmarse, Juani, en cambio, estaba serena y muy puesta.

Cuando pasaban el vehículo por la Avenida Marítima, un barco, pintado de rojo y blando, entraba en la dársena con figura majestuosa. El chofer, mirando por el retrovisor, comentó a las dos mujeres y al resto de los pasajeros

-Señoras y señores, ese es el buque hospital donde viene el capitán Don Ernesto ¡Por fin van a verlos después de dos semanas de angustias y sufrimientos! ¡Qué precioso regalo de Navidad van a recibir todos! ¿No creen?

Y Elena rompió a llorar estruendosamente, a moco partido, se sonaba estrepitosamente y Juani, mirándola resignada, sentenció.

-¡Cállese, hombre, por el amor de Dios, o este vehículo se llenará de agua salada y nos ahogamos todos antes de llegar a destino!

Al pasar por una gran avenida, a la altura de los dos edificios del Corte Inglés, se oyó claramente el villancico \"Blanca Navidad\". Todos percibieron que los vellos se les ponían de puntas y que un amago de regocijo los ahogaba. Al fondo, con sus dos grandes puertas abiertas, se encontraba la Base Naval Militar, lugar del encuentro oficial. Aquellas puertas parecían brazos gigantes que los iban a recibir llenos de felicidad.

Media hora después, en el muelle A-20, el buque-hospital comenzaba su maniobra de atraque. Para Elena, el ver cómo la proa se acercaba peligrosamente al muelle, la hizo retroceder con cierto miedo. El barco quedó parado a más de diez metros del muelle y comenzó a acercar su popa hasta el mismo muelle, lentamente, todo el buque, moviéndose de costado, quedaba atracado y los cabos de proa y otro de popa eran arrastrado por tres hombres que los depositaran en los distintos anclajes.

Rápidamente la pasarela de la nave apareció y un gran portalón se abrió. El contramaestre daba paso a dos hombres vestidos de blanco que porteaban una camilla con un hombre vendado y acostado en ella que saludaba tímidamente. Al mismo tiempo, como si fuera un himno a la alegría para el encuentro, por la impresionante megafonía del buque-hospital, se dejó escuchar el \"Aleluya del Mesías\" de Georg Friedrich Haendel.

Fue Elena quien reconoció en el enfermo a Ernesto que quería hacerse notar y, señalándolo, queriendo que su voz saliera de la garganta con normalidad, empezó a gritar al tiempo que saltaba con los pies juntos como si fuera una bailarina profesional.

-¡¡Es Ernesto, es Ernesto, es Ernest…!! –No pudo más y sus piernas comenzaron a moverse con una velocidad tremenda corriendo hacia la pasarela.

-¡¡Ernesto!! ¡¡Ernesto!! ¡¡Ernestoooo!!

Juani no daba crédito a lo que veía y toda la entereza que mostró en todo momento se derrumbó abiertamente dando paso a la emoción que la embargó finalmente.

Mientras, el aria que salía por aquella megafonía seguía su conocidísima y magistral letanía de ¡Aleluya, aleluya, aleluya….!



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