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Enfermera Corazon


Yo había llegado hace poco tiempo a esa oficina. La estaba compartiendo con un abogado y un doctor. Estaba ubicada en el primer piso de un edificio céntrico de la ciudad. Al lado de nosotros funcionaba una clínica dental. Mi ubicación en la oficina era estratégica al fondo con mirada hacía la puerta………………………………… Detrás mío la oficina privada del doctor, que en realidad no era médico sino parasicólogo. Lo bueno de mi ubicación era que podía ver el ir y venir de las personas, pero especialmente de las enfermeras de la clínica. Había una en particular que llamaba mi atención, que pasaba siempre mirándome e insinuándoseme con el bamboleo de sus caderas.

Era una trigueña alta como de unos 20 años, con senos bien pronunciados y una sensual mirada que devoraba braguetas. Mas de una vez la pille mirándome de reojo mientras limpiaba los vitrales de la puerta principal de ingreso a la clínica. Usaba el uniforme blanco clásico de las enfermeras, con una falda bastante subida que dejaba ver unos muslos portentosos y brillosos como si despidieran chispas de deseo. Realmente tenía unas piernas hermosas que dejaban adivinar su buena estructura física.

Bastaron unos pocos días para que hiciera amistad con ella. Me dijo que se llamaba Lucrecia. Era un bonito nombre para una mujer. Pensé en Lucrecia de Borja y en toda la historia de lujuria que encerraba ese nombre. Yo afinaba mi arpón, sabía que pronto lo usaría por lo que sin mayores aspavientos la invité a quedarse en mi oficina después de su salida del sábado pasadas las 15h00. No puso objeción.

A esa hora del fin de semana reinaba un sepulcral silencio en el pasillo del piso 1 y ya todos los de mi oficina habían salido, así que gozaríamos de la complicidad de las circunstancia para nuestro primer encuentro. Tal como acordamos salió pasada las 15h00 y en vez de bajar el edificio se quedó en las escaleras y tan pronto pudo regresó y entró en mi oficina. Lo siguiente fue cerrarla y pasar directamente a la oficina del parasicólogo, que dicho de paso era la mas lujosa con una bella alfombra y un gran escritorio que podía usarse como cama si uno lo deseará.

Eres una mujer muy bonita y sensual, dije, tratando de agradarle. Ya lo se. Me lo dicen siempre, espeto. Si, pero además eres joven y lo mas importante es que te gusta hacer amigos, replique. Solo con aquellos, que parecen respetar, dijo, ubicando una de sus posaderas sobre la base del escritorio, de tal manera que su falda se subió un poco mas dejando ver la parte superior de sus piernas y casi la línea frontal de su calzón. Eso fue mas que suficiente e intuí que era el momento de empezar a calentar. Rodee su cintura y trate de alcanzar su labios para besarla, pero era un poco mas alta que mi por lo que solo alcance sus pechos, que se me ofrecían como dos hermosas palomas morenas en balanza hinchándose de agitación.

Bajó la cabeza y me ofreció sus labios como un primer gran regalo y un sello tácito de lo bien encaminada que iba nuestra relación. Era muy virtuosa besando, por lo que intercambiamos nuestros primeros jugos bucales en un largo beso de remolino que nos puso muy cachondos a los dos. Mientras tanto adelante mis manos para explorar por en medio de sus piernas, buscando su gruta. Era muy afortunada en tener una panocha grande, solo tuve que tantear un poco para darme cuenta de lo bien grande que la tenía. Use mi dedo mayor y el índice para halar el festón de su interior hacía la mitad de su raja, de tal manera que me permitiera tocar sus labios vaginales y alcanzar su clítoris.

Fue en ese momento que prefirió bajar su posadera del escritorio y facilitarme la exploración de su vagina. Sentía el palpitar de sus labios vaginales entre los cristales de las células de mis dedos. Sabía que estaba sintiéndose en el purgatorio del deseo. Quería que pasáramos al infierno y que el fuego de nuestros cuerpos nos devore. Había logrado introducir en su gruta mi dedo mayor y hurgaba entre las paredes de su vagina yendo y viniendo encorvándolo de vez en cuando mi dedo lograba que se empinará y apretará sus muslos.

Debemos ponernos cómodos, dije. Claro lo haré, dijo, invitándome a desabrochar el cierre de su blusa de enfermera. Pronto estuvo como la Eva mitocondrial, totalmente desnuda. Era una mujer bella. Una verdadera hembra para el combate sexual. Un bello monte de Venus triangulaba la cima de su vientre y dejaba ver el centro de su ombligo muy bien formado. Las caderas eran anchas sin ser desmesuradas y sus largas piernas parecían dos palmeras de playa listas a enfrentar el tifón de la tarde. Yo no me desvestía y ya estaba acariciándome el cacho. Muy sensualmente desabrochó los botones de mi camisa y el cinturón de mi pantalón. Quedamos desnudos uno frente al otro. Me miró fijamente a los ojos como diciéndome hazlo ahora.

La contemple por unos segundos y la tumbe sobre la alfombra. Primero devoraría su panocha en una suculenta succión de su clítoris. Luego me encargaría de sus pezones, que se le habían puesto durísimos. La temperatura de su piel había subido, se la sentía afiebrada, realmente estaba arrecha. Hice un 69 para que gozará mi pene en su boca mientras yo mordía y lamía su vagina. Empezó a chuparlo suavemente. Se notaba a leguas que no era una aprendiz. Me mamó hasta las bolas.

Hice lo mismo con su panocha. Labio a labio fui lamiéndola y mordisqueando su clítoris. Sentía que se venía en una ola de orgasmos múltiples. Yo también estaba a punto de inundar con mi semen su boca. No dejes de hacerlo me dijo. Sigue, sigue sin parar. Yo lamía a rabiar su vagina. Tenía mojada toda mi cara con sus fluidos. Así estuvimos hasta que nos vinimos cada uno por su lado. Ella saboreo el dulce néctar de mi semen y pasó su lengua hasta no dejar ningún rastro de semen en mi glande. Hice los misma con su chepa peluda.

Solo descansamos unos momentos y empezamos el verdadero ajetreo. Su gruta seguía mojada y resbalosa. Le hundí primero uno de mis dedos y con los otros acaricie y explore el huequito de su culo. Suspiro como cogiendo respiración y su vientre temblaba en la búsqueda de una buena penetrada. La tenia tendida en la alfombra. Yo estaba recostado a su lado acariciando su panocha con una de mis manos y con la otra restregaba sus senos. Ella se volteo y empinó el trasero, quería que la penetrará en esa posición. Me recosté sobre su espalda abriendo un poco sus piernas. Podía sentir su raja resbalosa con la cabeza de mi pene.

La fui penetrando lentamente. Me movía poco, quería disfrutar la entrada a su gruta. Era lo bastante apretada para hacerme sentir el verdadero placer de una gruta no muy explorada. Después aceleré el ritmo. Una y otra vez estuve entrando. Besaba su cuello y espalda y trataba de acariciar sus senos y pezones. Después pause un momento y la vire con cara al cielo. Podía desde esa posición besar sus labios y sentir sus pechos. Volví a penetrarla. Ah que bien culeas dijo. Dame, dame mas.

Quiero me penetres toda, todita. Toma mi putita le dije, embistiéndola con mayor fuerza. Alce sus piernas y las descanse sobre mis hombros. La tenía patas al hombro penetrándola. Duro, duro, así, así. Me ensañe en su vagina, quería traspasarla. Sentía que mi verga le llegaba hasta el ombligo. Sus uñas estaban sobre mis espaldas anclando su disfrute. Mis rodillas se estaban lastimando con la alfombra, pero parecía no sentir el dolor.

Todo lo que quería era hacerla sentir mi pedazo de verga y lo estaba logrando. Los músculos de su vientre y de su pelvis se contarían, apretando mis 20 centímetros de verga calluda y gruesa. Volví a ponerla en posición misionero. Esta vez me entrelazo con sus largas piernas en un abrazo atenazador y me hundía contra ella. Estaba dándole duro, pero quería mas. Seguí penetrándola, bamboleándome de un lado a otro de manera rítmica de un lado hacía otro y de adentro hacía fuera hasta que sentí que me venía como en tsunami. Ella igualmente me dijo, lo vamos a hacer juntos, esto era realmente lo me esperaba.

La volví a bombear hasta que sentí que salto el primer chiguete, después saltaron uno, dos mas. Ella no me soltaba del abrazo de sus piernas y seguía moviéndose lentamente. Estaba disfrutando hasta el último momento del buen momento que le estaba dando mi verga. Cuando nos dimos cuenta eran mas de las 18h00.

Habíamos estado mas que un buen rato, un largo rato disfrutándonos. Eso solo sería el comienzo de una larga relación de amantes que duró dos años. En otra ocasión les contaré mas de nuestros encuentros en la oficina. Siempre fueron una largas cogidas en que terminábamos hechos añicos, sin fuerzas, pero complacidos. Lucrecia era una hembra, a quien realmente valía la pena darle una buena culiada.



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