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En el pajar


Otra vez el olor de orines me pegó en la cara. Desinfectante, meados, y algo más.

Allá en el fondo, en el último urinario, oculto en la semipenumbra de un rincón sin bombilla, descubrí un hombre en uniforme. Un soldado alto, de anchas espaldas y pantalones muy ceñidos a las nalgas que se antojaban duras como el granito.

Titubeé, con mi mochila de escolar a la espalda, antes de acercarme. El oloroso recinto estaba vacío, a excepción del soldado y yo, con lo que no tenía coartada para ponerme a su lado. El corazón.......... tamborileaba dentro de mi pecho. El peculiar hormigueo atenazaba mis ingles. Hice de tripas corazón y dí dos, tres pasos hacia el fondo. Me coloqué al lado del soldado mientras urgaba por mi bragueta. Mi polla, ya morcillona, soltó un chorro de orín que repiqueteó sobre la loza blanca. El soldado también estaba soltando su carga húmeda con latigazos entrecortados. Me moría de ganas por mirarle el nabo, pero no me atrevía. Siempre ocurría lo mismo: me lanzaba, me cortaba...Nunca quería dar el primer paso, porque temía recibir algún sopapo, algún insulto que me amargase el día.

Pero aquél era un soldado ¡un soldado!. Mi gran fantasía desde siempre. Y no sabía porqué.

Con el rabillo del ojo miré la polla del hombre. No, miento. La polla no: el pollón. Allí había carne para dar y vender. Pero...¿qué era aquello que brillaba en la punta? Si, justo alrededor del glande. ¿Un piercing? No uno, sino varios. Seis piercings que rodeaban, que perforaban la piel del prepucio, coronando de bolitas de acero el cetro del poder. Noté un estremecimiento en la rabadilla. Imaginar que lamía aquél portento, chupar la carne y el acero...Mmmmmmm.

Sin darme cuenta comencé a acariciarme el pene. Dentro y fuera. La piel deslizándose suave, tapando y mostrando el extremo de mi verga. Y sin dejar de mirar la polla superlativa del soldado. En esos instantes estaba agitándola, dejando caer las últimas gotas de orín antes de guardarla en la bragueta. Pero mi mirada era demasiado descarada, y , por fín, estalló:

- ¿Qué miras, chaval? ¿No has visto nunca una polla...?

- “Tan grande no” -quise decirle- Pero callé cuando me espetó casi sin mirarme:

- ...¿O es que eres ... marica?

Quedé frío. Frío y con la cara ardiendo de vergüenza. Con los ojos llenos de lágrimas, casi sin abrocharme, salí de estampida de allí. A resbalones con mis zapatillas de deporte sobre el suelo mojado de orines y algo más. La mochila llena de libros pesando sobre mis espaldas, y una congoja muy grande atenazando mi garganta.

Me senté en un banco de madera esperando tranquilizarme. Allí, en la estación de autobuses, todo era un ir y venir de gentes presurosas. Tres soldados aparecieron con sus grandes mochilas, las dejaron junto a mí, tras comprobar de un vistazo que era alguien de fiar, y entraron dándose gorrazos unos a otros en los lavabos de caballeros. Justo en la puerta tropezaron con el militar que me había insultado. Le saludaron los tres a la vez (debía de tener algún grado más que ellos) y se apresuraron a darle fuego cuando él se lo pidió. Bajé la mirada por temor a encontrarme con sus ojos. Me cubrí el rostro con las manos cuando ví que se dirigía hacia donde yo estaba pero pasó junto a mí sin detenerse. Me atreví a mirar cuando ya estaba varios pasos más allá. Las nalgas, prietas, ceñidas por el pantalón caqui. El pelo de la nuca totalmente al cero, las espaldas, anchas y musculosas, casi reventando la chaqueta del uniforme en la parte de los hombros.

Suspiré mientras tragaba una última lágrima. Aparecieron los tres soldados, todavía riéndose, mientras abrochaban sus braguetas. Les observé con poco disimulo. Les notaba algo. Una especie de hambre atrasada cuando deslizaron sus miradas por mi cuerpo adolescente. A ellos si que les miré a la cara, a los ojos. Eran muy jóvenes. Casi de mi misma edad. Uno de ellos se tocó la entrepierna, me guiñó un ojo e hizo un gesto hacia la puerta de los lavabos. Volvío sobre sus pasos y yo le seguí. Pronto tenía su polla en mi boca. Se la comí con ansia indisimulada. El estrecho cubículo del retrete todavía quedó más pequeño cuando apareció otro de los soldados, ya con la pija sacada. Alterné las mamadas. Desde la puerta, el tercer joven acariciaba su polla. Los otros hicieron amago de apartarse un poco para dejarle espacio. Aquello ya parecía el camarote de los Hermanos Marx. Pero el último no quería mamada, sino enculada. Así lo dijo, con todas las letras. Temblé de miedo y de deseo. Jamás me habían follado. Mamadas...muchas pero dar el culo...era otra cosa.

Salí como pude. En mi boca se mezclaba el semen de los dos soldados. El otro había cumplido su promesa, y se había conformado con meterla entre mis dos muslos, muy juntos, frotándose en mi carne hasta que eyaculó a grandes chorros. Notaba mis pelotas chorreantes. El esperma goteaba por la cara interna de mis muslos, deslizándose hasta mis pantorrillas bajo el chandal.

Yo no había llegado a correrme, aunque había estado pensando en el pollón adornado de acero, en el culo soberbio del militar insultón.

Llegué a casa casi de noche. Había perdido el autobús y tuve que esperar otra hora antes de subir al siguiente. Mi abuela me esperaba en la puerta. La pobre ya chocheaba. Sobre todo después de que muriese mi abuelo hacía seis meses.

- Tienes visita. Ha llegado alguien -me susurró muy misteriosa, casi riendo como una chiquilla.

- ¿Para mí? Una visita ¿para mí?

¿Quién podría querer verme? Mi vida había sido, era y seguiría siendo un total aburrimiento. Siempre con mis abuelos paternos. Sin padre, ni madre, ni perrito que me ladrase. Hijo de una pareja excesivamente joven, en la que, para más inri, mi madre había muerto al nacer yo. Y mi padre, el eterno rebelde, había salido de estampida tras una monumental bronca con mi abuelo, olvidándome tras de sí. ¿Cuántos años hacía de aquello? Un montón. Nunca habíamos vuelto a saber de él. Ahora yo vivía solo con mi abuela (algo majara) añorando a mi abuelo y viendo como la granja familiar se deterioraba a marchas forzadas.

- Es...¡tu padre! -palmoteó alegre.

- ¿Mi padre? Pero...¿no había...? ¿no había muerto?

- ¡Qué va, cariño! Eso era una forma de hablar del abuelo. Estaba muy disgustado con él, y...

No pudo decirme más, porque en aquel momento se abrió la puerta del cuarto de baño y apareció alguien. Alguien semidesnudo, apenas cubierto con una minúscula toalla, y cuyo cuerpo era un canto a la belleza masculina. Tan moreno como yo rubio.

La abuela – cosa extraña en ella – tuvo el detalle de desaparecer. Nos dejó solos. Padre e hijo, desconocidos el uno para el otro, mirándose de hito en hito. Tenía los ojos grises, y un brillo extraño tililaba en su mirada. Mis ojos no podían apartarse de su cuerpo. Su monumental cuerpo, en la que todos y cada uno de sus músculos estaban trabajados como esculpidos a cincel. Tragué saliva.

- ¿Pppp..apá?

- Hijo ¡qué mayor estás!

Dimos unos pasos hasta estar casi pegados el uno al otro. Su piel emanaba aroma a macho, a jabón, a hermosura. Levantó los brazos ofreciéndome su pecho. Me abalancé sobre él y me apretó en un abrazo de oso. Hundí mi cara en su sobaco, mojé sus tetillas de lágrimas y mocos. El pasó su mano por mi pelo rubio. Besó mi cuello y también aspiró mi olor. Eramos como animales que se quieren reconocer olfativamente. Noté como se deslizaba la toalla hasta sus pies. Instintivamente me agaché para recogerla, para ofrecérsela y que cubriese sus partes pudendas. El se rió de una forma roca, viril:

- No te preocupes. Estoy acostumbrado a estar en pelotas ante otros hombres...

Pero quedó en silencio, cortado, mirando mi rostro absorto. Mi rostro alucinado al ver, a un palmo escaso, una gran vergota, venosa y espectacular, en cuya punta brillaban seis bolitas de acero.

Y mis ojos subieron hasta su rostro. Y su mirada quedó fija en la mía, mientras sus labios musitaban el principio de una frase:

- ¡Eras tú! ¡Eras tú, el..., el...!

No quise oirle terminar. Con un gemido me levanté y corrí hacia el baño. Cerré con pestillo, apoyé mi espalda en la puerta y fuí deslizándome hacia abajo hasta quedar sentado en el suelo. Junto a mí, desparramada, estaba la ropa de mi padre. Un uniforme militar con galones en las mangas.

Papá se quedó en la granja. Había pedido excedencia en el ejército. Por lo menos hasta que quedasen arreglados los asuntos familiares: mi abuela, yo, y la granja.

Hablábamos muy poco. Yo casi nada. El, algún que otro monosílabo.

Mi lugar favorito para estar, para esconderme, era el pajar de la granja. Allí tenía mis fantasías. Soñaba que mamaba pollas de soldados. Soñaba que abrazaba y me poseían militares de cierta graduación. Pero mis pajas eran insatisfactorias, porque al final, justo a la que iba a eyacular, desaparecía la gran polla acerada de mi mente, y , en su lugar, aparecía la boca de mi padre insultándome:

¡Maricón! ¡Eres maricón!

Y en vez de esperma, eran lágrimas lo que mojaban mis manos.

Pero llegó el tiempo de la cosecha. Hacía un calor de mil demonios. El sudor corría por nuestros cuerpos contínuamente. Papá solía llevar un mono azul, sin nada debajo, y unas botas de goma verdes. Yo un minúsculo pantalón de cuando era más pequeño.

Yo le miraba a él. El me miraba a mí. Su torso me volvía loco de deseo. Sus nalgas, bajo el mono, sugerían placeres imposibles para mí. Y la bragueta tan abultada...

Llegó un momento que yo siempre iba con la polla dura. Algunas veces, incluso, me percataba tarde de que un testículo me asomaba por el pernil corto del pantaloncito. Y papá callaba, aunque se arreglaba el paquete con disimulo.

Yo quería vengarme ¿no me había dicho que era maricón? Pues me comportaría como un maricón. Y le haría que le saliesen las canas verdes. Porque si el estaba bueno, yo no lo estaba menos. A mis 18 años recién cumplidos la sexualidad me salía hasta por las orejas. Y él, con 38, no era menos que yo.

Cierto día, cuando el sol ya declinaba, pusimos punto final a la labor. Papá, con el mono desabrochado, se limpiaba un poco antes de entrar en la casa. Yo me senté en el borde de la alberca, bien patiabierto. Sabía que lo estaba mostrando todo. Y jugué con él. Con su deseo. Pero su reacción volvió a amargarme:

- ¿Qué quieres...putito? -su voz era ronca. ¿Ésto? Su mano grande abarcó la polla que se marcaba bajo la tela liviana del mono.

Reaccioné como un niño. La frase me sonó a insulto y no pude contenerme:

- ¡Eres...asqueroso! ¡Te odio, papá!

Un relámpago de rabia cruzó por su rostro. En un pispás me encontré inclinado sobre sus muslos, mientras con sus zarpas bajaba mis pantalones hasta las corvas.

- ¡Zas! - sonó el primer palmetazo sobre mis nalgas desnudas.

- ¡Zas, zas, zas! -los golpes caían sintomáticos mientras yo me mordía la lengua, los labios, para no soltar ni un gemido.

- ¡Toma, mal educado! ¡Toma niño malo! - sus palmas eras callosas, eran como piedras que caían sobre las almohadas de mis ancas sin apenas vello.

Y ocurrió el milagro de la resurrección de la carne. Mi polla, que había quedado flaccida durante unos instantes, recobró su empuje conforme los azotes iban increscendo. Todo mi aparato genital estaba rozando el paquete de papá, y, poco a poco, noté que mi dureza chocaba y se frotaba contra otra dureza todavía mayor.

La respiración de papá era cada vez más agitada. Lo que al principio eran resoplidos de rabia, ahora se habían transformado en suspiros de excitación. Quizá abochornado por la reacción de su verga, dejó de azotarme durante unos segundos, aflojando la presa de su mano sobre mi espalda. Aproveché para zafarme como un animal que quiere huir.

Di un brinco y salí corriendo hacia el pajar. No quise oir las voces que me daba papá. Las lágrimas corrían por mi rostro sucio de sudor y polvo. Comencé a subir la escalera de madera. Allí estaría a salvo de todo. En mi reducto, en mi castillo...

Casi en los últimos peldaños unas manazas atenzaron mi cuerpo.

Quedé con medio cuerpo derrumbado sobre las tablas, mientras el otro medio quedaba a merced de mi padre. Sus manos arañaron mis muslos al bajarme el pantalón corto. Quedé alucinado (aunque seguía protestando) al notar como separaba mis glúteos...y acercaba su rostro hasta que su lengua tomó contacto con mi ano. Aquello era imposible. Una alucinación. Sudábamos como cerdos. El calor casi hacía humear nuestras pieles. Y su lengua recorría la raja de mi culo, mojando toda la regata hasta conseguir que mi esfinter quedase lubrificado y chorreante.

Papá terminó de desnudarse en la misma escalera. Aproveché para escaquearme y trepar los últimos peldaños. Pero él, como un rayo, subió tras de mí, y, haciéndome una llave, me derrumbó sobre un enorme saco de grano, a la vez que él caía sobre mí buscando ávidamente mi boca.

Mordió mis labios, abrazó mi cuerpo sin dejar de acariciar mis tetillas. Yo estaba despatarrado, con su cuerpo frotándose contra el mío. Polla con polla, testículos contra testículos...

No quise ceder. Todavía estaba tragándome las lágrimas. Todavía estaba demasiado dolorido por sus palabras y sus azotes. Cerré la boca, apreté los dientes. Sus manos se volvieron livianas sobre mi cuerpo. Su lengua empujó con suavidad entre mis labios, lamiéndolos hasta conseguir que yo cediese y entreabrise la boca para recibirle.

Introdujo su lengua en mi cavidad bucal. Noté el sabor a tabaco, noté la tibia saliva, noté la excitación en cada uno de sus movimientos: lengua contra lengua, enlazadas como serpientes. Succionó y succioné. Mezclamos salivas y deseos. Nos besamos largamente, allí sobre el saco de grano. Mis nalgas, al rojo vivo, protestaron por el roce contra la aspereza del yute. Sobre mi vientre, su enorme verga se deslizaba impregnada con nuestros sudores.

Una delicia insospechada. Un morbo incontenible. Un deseo más allá de toda lógica y moral.

Consiguió ponerme a cuatro patas. Escupió sobre su mano y embadurnó mi trasero. Mi trasero virgen. Así se lo dije en voz baja. Y él me soltó un escueto:

- Mejor : ¡así te desvirgaré yo, que para eso soy tu padre!

- Despacito, papá.

- No te preocupes. Me he tirado a muchos chavalines de tu edad. Unos vírgenes, y otros no tanto.

- Pero...¡es que tienes la polla muy gorda! No me harás daño ¿verdad?

- ¿Daño? Bue....quizás un poco – admitió – pero luego te compensará el gusto.

- Pues vale – y procuré relajarme mientras su dedo iba haciendo marcha.

Mi polla palpitaba durísima. La llevaba pegada al vientre, latiéndome al unísono con el esfinter. El dedo de papá ya entraba suavemente, sin apenas encontrar resistencia. Juntó otro dedo al primero, volviendo a escupir sobre ellos. Entró la falange, la falangita y la falangeta. Por partida doble.

Mi ano echaba fuego. El ¡chup, chup! , enloquecedor, había conseguido excitarme más allá de todo lo que yo había vivido hasta entonces.

Sin dejar de acariciarme la entrada del ano, papá se arrimó contra mí. Noté su vientre velludo, duro como una tabla de lavar, frotándose contra mis nalgas. Noté la dureza suavísima de su verga de burro, y, de repente...

- ¡¡Aggggggg, papá!! ¡Duele!

- ¡Shsssssssss! Espera, hijito. Debes acostumbrarte. Luego verás que gustazo.

- ¡Lo dudoooooooo! ¡Qué dolor!

- No te preocupes. Pasará. Te lo digo por experiencia...

- ¿Por experiencia? ¿Tú...?

- Si nene, si. Yo he dado y me han dado. Muchísimas veces.

- Entonces, tu insulto...

- No era un insulto. Tengo una forma peculiar de bromear. Pero ahora calla.

Y callé. Porque ahora mi esfínter estaba totalmente relajado, y mi intestino se dilataba a cada segundo, aceptando sin protestas la introducción de aquella enormidad.

- Veo que estás preparado, hijo.

- Parece que sí, papiiiiiiiii.

- Pues ...¡allá va!

Y de un envite me metió toda su impedimenta hasta que sus huevos chocaron contra mis nalgas. Con todo dentro, papá se detuvo unos instantes y encendió un cigarrillo.

Con la mirada perdida, aguantando los embates de mi padre, comencé a gozar de verdad.

Papá acabó de fumarse el cigarro. Lo aplastó contra el suelo, y, agarrándome de las caderas comenzó un furibundo meti-saca que nos llevó a ambos a tocar el cielo con las manos.

Encharcó mi culito con su primera descarga de esperma. Luego, con toda parsimonia, encendió otro cigarro y me aplastó contra el suelo, siguiendo con su enculada un largo rato hasta que yo me sentí reventar de gusto por dentro.

Y ahora nos corrimos ambos. En el silencioso pajar solamente se oían nuestros resoplidos, nuestros gemidos de placer.

Papá musitó obscenidades en mis oidos. Palabras que hicieron que me corriese otra vez, sin que él hubiese llegado a sacar la polla de mis intestinos.

- ¡Putita! ¡Ricura! ¡Te voy a follar hasta dejarte el culo como un bebedor de patos!.

- ¡Si papá, sí! ¡Quiero que seas mi macho, mi amante, mi follamigo!

Lo seré, hijito, lo seré. No te quepa la menor duda.

Y lo cumplió. ¡Vaya si lo cumplió!



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