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En el pajar 3


Estoy en la cama semidesnudo. Apenas cubro mi cuerpo con el minúsculo slip blanco que suelo ponerme cuando estoy muy caliente. Y ahora lo estoy, vaya si lo estoy.

Mi mente está poblada de recuerdos. Recuerdos que mi cuerpo añora cada segundo. Y quiero plasmarlos en algún sitio. Quiero que alguien pueda leer, algún día, todo lo que estoy viviendo, disfrutando, sufriendo y gozando en esta etapa de................. mi vida.

Mi cabeza es un revoltijo de imágenes cachondas. Escribo, y mi polla rebosa de precum con cada recuerdo. El aroma de mi propio semen me enerva. Esperma, sudor y orines que han dejado apelmazado el fino tejido. Cierro los ojos y rememoro aquellos placeres pasados.

¡Han ocurrido tantas cosas en estos últimos meses! La muerte del abuelo, el conocimiento de mi padre (en todos los sentidos), mi desvirgamiento en el pajar...Luego su vuelta al ejército. Los largos meses de trabajo haciendo doblete entre el instituto y la granja...La visita del otro gran desconocido: mi tío materno (¿o es realmente mi padre?). Nuestro apareamiento en...(no podía ser en otro sitio) el pajar.

¡Qué triste quedé! ¡Qué vacío sentí psiquica y fisicamente cuando me dejaron después de haberme hecho probar las mieles de sus vergas!. Tenía unas ganas enormes de ser penetrado, de ser atravesado por cualquiera de sus cipotes. Y tanto les eché en falta, que cierto día me ocurrió una anécdota que quiero dejar escrita en este cuaderno.

\"Cierto día, camino del instituto, sentí unas fortísimas ganas de que me enculasen. Notaba un picor, una desazón en el ano, que no se calmaba por mucho que restregase mis dedos por encima de la tela de los jeans. Como siempre, llegué al colegio un rato antes que el resto de los alumnos.Las aulas estaban rodeadas por un extenso jardín, con varios rincones de tupida vegetación por los que solía pasear en los recreos. Allí me dirigí con un solo objetivo: autosatisfacerme antes de entrar en las clases. Busqué con la mirada algo que me sirviese, y tuve la suerte de ver una gran rama desgajada de uno de los árboles- seguramente caida durante la tormenta de la noche anterior- y de la que sobresalía hacia arriba otra rama más pequeña...que me hizo sonreir ladinamente. Rápidamente saqué un cortaplumas que llevo siempre conmigo, y, poniendo en práctica lo aprendido en la clase de trabajos manuales, comencé a tallar la madera con destreza. Tras cortar lo que sobraba de largo y desbastar lo que excedía de ancho, pronto emergió ante mis ojos un enorme vergajo con las medidas -muy aproximadas – del pene de mi padre. Chupé y babeé aquella hermosura hasta dejarla chorreante de saliva. Luego, desabrochándome y bajándome en un pis-pas el pantalón vaquero, me despatarré (sin ni siquiera quitarme el slip) sobre la punta de aquel inmenso nabo de madera. Con la presión de mi cuerpo pronto se rasgó la tela de mi ropa interior, penetrando -de golpe- hasta lo más profundo de mis intestinos el falo recién tallado. Sin poderme contener voceé de gusto. Quise masturbarme mientras, flexionando las piernas, subía y bajaba de aquella excitante cucaña. Sin embargo no pude llegar hasta tanto, porque al levantar la vista hacia el cielo, pude ver -haciéndome señas- al Director del Centro que me llamaba desde la ventana de su despacho.

Temí lo peor. Arreglé mis ropas lo mejor que pude y salí con el corazón en un puño hasta el despacho del \"Barbitas\". Sin embargo, mis temores eran infundados. Se mostró muy comprensivo tras conseguir que yo le explicase lo irresistible de mi furor anal. Y, tanta empatía sintió conmigo, que durante la siguiente media hora me demostró con creces que tenía un talento especial para tratar a los alumnos.

Antes de nada, puesto que de agradecidos es ser bien nacidos, me arrodillé ante él para tomar entre mis manos lo que me mostraba emergiendo de su abierta bragueta. Cerré los ojos e imaginé que estaba succionando la polla de mi padre. Poco después, empelotados los dos, sacó de un cajón un artilugio en forma de huevo alargado, y que, si la vista no me fallaba, debía de servir para lo que mi culito ardiente estaba deseando durante toda la mañana.

¡Cómo gocé al sentirme penetrado por aquél delicioso aparato! Mi esfinter se abrió como una flor para dejar paso, sin ningún obstáculo, aquella maravilla de látex. De verme gozar, él estaba con la polla dura como una piedra, cimbreante a pocos centímetros de mis nalgas. Me enculó primero con el dildo, llevándome a los límites del orgasmo, para después, cuando ya estaba a punto de caramelo, cambiar lo artificial por lo natural, y, apoyándome de espaldas sobre el sofá de su despacho, me metió su ariete de carne hasta los mismos hígados.

Una sonrisa beatífica se adueñó de mis labios. El Director era un purito semental de carnes prietas y músculos marcados, que sabía manejar (y muy bien manejado, por cierto) el cetro de su poder. Al colocar mi tobillo derecho sobre su hombro, y sujetar mi tobillo izquierdo con su mano derecha, podía abrirme a su antojo, dejando mi ano expuesto para los embates incesantes de su vergajo. Gocé hasta casi decir ¡basta!, y todavía me temblaban las piernas cuando lo acuné entre mis brazos y le devolví el favor enculándolo con el artilugio de látex. Mis jugos internos, que todavía embadurnaban el huevo, hicieron las veces de lubricante, con lo que el grosísimo consolador entró en su interior como Pedro por su casa.

El pene de mi Director parecía que iba a explotar. Las venas se le marcaban, el glande había cobrado un color violáceo, y un tenue temblor lo agitaba de arriba abajo mientras él, solamente, se sujetaba la base de la polla. Arrecié en las arremetidas de mi mano empujando el consolador.El esfinter se abría como una gran boca que tragaba el huevo y daba la impresión de que también podía tragarse hasta mi mano. De repente, con un gran gemido, el Director comenzó a chorrear semen como si fuese petróleo saliendo en surtidor de una torre petrolífera. Según salía el esperma, yo se lo restregaba por todo el vientre llegando hasta los pezones, y allí se lo mamaba como si fuese leche de la madre a la que nunca llegué a conocer.

Apenas tuvimos tiempo para nada más, porque las clases ya hacía rato que habían comenzado. Sin embargo tuvo la deferencia de contarme que se había aficionado a los muchachitos desde que habían adoptado, su esposa y él, a un niñito ruso. Por lo que se ve, lo conoció en un circo ambulante que pasó por la ciudad, y en la que el muchachito, previo pago, ejercía su \"función\" bajo una de las carpas.

El buen hombre se había enviciado a los favores del nene saltimbanqui, llegando a negociar con el abuelo del muchacho su adopción. Desde entonces, la vida sexual del Director había disfrutado de una calidad inmejorable, puesto que el niño (más espabilado que piojo pobre) se había quedado inmediatamente con la copla de los gustos de su nuevo \"papi\".

Las sesiones familiares, cuando la mamá no estaba en casa, consistían en juegos de todas clases: desde encular al hijo mientras este miraba la TV a cuatro patas, o, por el contrario, dejándose el papá encadenar y , con los ojos vendados, sentir como el muchachito le metía por la puerta trasera sus apreciables centímetros de virilidad.

Dejamos la conversación en aquel punto y yo corrí hacia mi aula, mientras el Director -seguramente caliente de nuevo por nuestra conversación- llamaba por teléfono a uno de los profesores para que le enviase, urgentemente, uno de los muchachitos \"malos\" recientemente incorporados al colegio, para reconvenirle de forma oportuna.\"

Dejo el bolígrafo para poder acariciarme el cuerpo. Bajo el calzoncillo rezuman los líquidos pegajosos que babean de mi verga. Quiero masturbarme, pero prefiero esperar hasta que acabe mi tarea.

Ahora mi memoria vuela a unas semanas antes de la marcha de papá. La estancia, los dos solos, en aquella cabaña junto a la playa. Las sesiones interminables de sexo que nos hacían quedar derrengados.

\"Recuerdo los primeros momentos. Cada día redescubríamos nuestros cuerpos, admirándonos mutuamente, como si no hiciese apenas unas horas desde nuestra última enculada.

Y luego, tras lanzarnos el uno sobre el otro, hambrientos de carne y de cariño, rodábamos por el suelo enzarzados en una lucha sin cuartel, lamiendo, besando, acariciando, penetrando y abriéndonos para ser penetrados, hasta quedar jadeantes, uno junto al otro, goteantes de semen nuestras vergas y batiendo en el pecho nuestros corazones.

Y nos hicimos confidencias sobre experiencias propias y ajenas. Papá me habló de su desvirgamiento, años ha, por cierto profesor de Historia al que su madre había contratado para darle clases particulares. Me excitó detallándome las batallas que mantuvo con él, revolcándose sobre el lecho conyugal de mis abuelos, mientras su madre salía de compras. Sus ojos brillaban, todavía, de deseo, al recordar a aquel hombre maduro, de sienes plateadas y cuerpo bien conservado, que supo darle caña al adolescente que suspendía Historia, pero que aprobaba con nota alta sus enseñanzas sobre como ser enculado por una gruesa verga\".

Y ahora me detengo porque ya no puedo más. Arrojo el bolígrafo contra la colcha y me saco el calzoncillo en dos tirones. Una de mis manos aferra mi falo, mientras la otra, haciendo un gurruño la tela, la lleva hacia mi rostro. Noto la humedad reciente y los olores resecos de otros días. Vagas vaharadas me recuerdan, inclusive, el aroma de la polla de mi padre. Cierro los ojos y me veo a mí mismo, apenas cubierto por aquel mismo slip, restregando mi bajo vientre contra el sexo de papá. Ambas vergas apenas separadas por un milímetro de tela. Notando la calentura propia y ajena, como dos espadachines frotando sus armas antes del ataque definitivo.

No hace falta que ensalive mi mano. El precum brota en oleadas de placer líquido, y yo lo restriego desde la punta hasta la base de mi pene. Incluso sigo hacia abajo e inserto dos dedos, transformados en clavija, en el enchufe de mi ano. Alto voltaje recorre mi cuerpo. Dejo el slip tapando mi rostro para poder usar la mano en menesteres más perentorios. Los dedos lubricados acarician y relajan el esfínter, haciendo sitio pacientemente para un tercer dedo. Mi otra mano frota el palo de mi verga con movimientos frenéticos, casi como un cavernícola tratando de prender el fuego. Y mi esperma brota finalmente en chorros ardientes que se estrellan contra mi pecho. Aparto la tela que cubre mi rostro, y, convertido en gourmet, deleito mis papilas saboreando las gotas de cálido semen que rebaño de mi torso y llevo hasta la boca con los dedos perfumados con mi propio olor.

Mis miembros se relajan. Una dulce somnolencia invade mi cuerpo. Morfeo me acuna entre sus brazos, y yo, como el pequeño mamoncete que todavía soy, chupo mi pulgar buscando-tras los restos de mi esperma-el añorado recuerdo del sabor de la leche paterna.



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