Cae el sol a plomo. El traqueteo de la cosechadora endurece mi polla. El trigal se extiende ante mí, dorado y crujiente, reseco, polvoriento, como un mar de oleaje amarillo.
La máquina traga las espigas, las ata y las deja alineadas como un ejército de soldados. ¡Soldados! La palabra mágica.
El sudor cae por mi espalda. Regueros húmedos que se cuelan bajo mi ropa e irrumpen en la regata formada por mis nalgas. Una gota, otra y otra. El ano se me abre como una flor regada por el rocío. Ese ano que hace muy poco tiempo estaba hanegado.............. por el esperma de mi padre. ¡Papá! Mi verga late ante su recuerdo. Mi esfínter palpita añorando el grosor de su polla. Padre, padre, padre...
Mi padre se ha marchado. Tras una temporada de estancia con nosotros volvió al ejército. Una temporada en la que yo he madurado, he florecido como una planta bien regada. Porque papá se ocupó, cada noche, de enchufarme la manguera y llenarme con sus humedades hasta lo más profundo de mi cuerpo.
Ahora estoy aquí, recolectando el trigo y ocupándome de la granja. Rumiando mi soledad y palpitando de deseo con los recuerdos. Estoy caliente, muy caliente. Tomo el volante con la mano izquierda, porque la derecha la necesito para acariciarme. Bajo el pantalón mis dedos se pierden rastreando por el vello púbico. El dedo corazón, empapado en mi misma sudor, lo hago deslizarse hacia dentro de mi agujero anal. Me estremezco de placer. Un hilo, todavía grasiento, sale de mi ano. Lo enrollo en el dedo y tiro hacia fuera. Sale la salchicha de mi almuerzo lentamente. Ese almuerzo que no comí, puesto que he preferido introducirme el embutido para recordar, todavía más, a mi padre.
Sumido en mis pensamientos no me doy cuenta de que el cielo se está encapotando. Donde hace unos minutos lucía un sol de justicia, ahora asoman una nubes algodonosas, grisáceas, negruzcas...El estruendo del trueno me sobresalta. Hago una maniobra estúpida, y la máquina queda atorada, renqueante, tosiendo como un viejo tuberculoso...Finalmente todo queda en silencio.
Agujas de lluvia se clavan en mi carne. Vuelvo en mí. Intento poner en marcha la cosechadora, pero es del todo imposible. El chaparrón se está convirtiendo en diluvio. Bajo de un brinco y me alejo hacia la carretera. No hay mucho camino hacia la granja, pero seguro que llegaré empapado.
Una moto resuena a lo lejos. Se acerca rápidamente y yo me giro con la intención de pedirle que me acerque hasta casa.
El motorista se detiene junto a mí. Casi sin mirarme a la cara me dice:
- ¡Vamos, sube chico!
Pero yo he quedado absorto mirando su rostro. Me resulta familiar, muy familiar. Casi diría que el motorista soy yo mismo, aunque con unos años más.
Me agrada el contacto de su espalda contra mi pecho. Arrimo mi pelvis contra él mientras arranca y sale zumbando carretera adelante. No me atrevo a sujetarme a su cintura, pero el motorista, volviendo un poco la cabeza hacia mí, grita para hacerse oir por encima del motor y el ruido de la lluvia:
- ¡Agárrate fuerte, que viene curva!
Obedezco al instante. Mis manos buscan el asidero de su carne. Se inclina la moto y nosotros con ella. Una de mis zarpas – sin saber cómo – está a la altura del corazón del desconocido, abarcando el pectoral y notando el pezón desnudo bajo la camisa entreabierta. La otra mano, siguiendo un instinto autónomo, reposa sobre el bajo vientre del hombre. Lo abrazo con firmeza. Noto fluir hacia él mi deseo reprimido. Su verga se despereza al calor de mi mano. Mi polla está prácticamente incrustada contra su rabadilla.
Apenas se ve la carretera tras la cortina de agua.
De repente la moto comienza a fallar con un petardeo. El motorista maldice y un horrísono trueno brama muy cercano. Tras la bruma, formada por el agua que cae y el vapor que emana de la tierra reseca, se intuye más que se ve la silueta de una construcción agrícola. Nos desviamos hacia allí. Los últimos metros los tenemos que correr llevando la moto del morro. La puerta cede al primer empujón. Es una construcción mediana, medio derruida, con grandes montones de heno y paja desperdigados por doquier.
Estamos empapados de agua y barro. Nos desnudamos sin pudor, secándonos con unos trapos que encontramos en el pajar. Miro por el rabillo el cuerpazo imponente del hombre. Debe llevarme doce o trece años, a lo sumo. Ha sacado una botella de un bolsillo de la moto, y me la ofrece tras echar él un largo trago.
Acepto. Bebo. Toso. Hago un gesto como si por mi garganta hubiese bajado fuego líquido. El joven golpea mi espalda con grandes manotazos. Ríe sin reservas y yo lo miro enrojecido, entre furibundo y avergonzado.
- ¡Has puesto la misma cara de tu madre! - dice sin dejar de reir.
- ¿De...mi madre? ¿Tú conociste a mi madre? ¿Sabes quién soy yo?
- Naturalmente. Tú eres el hijo de mi hermana. Yo soy tu tío.
- ¿Mi tío? Pero...¿yo tengo un tío por parte de madre?
- Puedo dar fe de ello. ¿Nunca te ha hablado tu padre de mí? -sin esperar mi obvia respuesta añade riendo- ¡El muy cabroncete!
- Pero...entonces ¿tú conoces a papá?
- ¡Vaya si le conozco! ¡Nos conocemos los dos ampliamente-más risas-incluso en el más estricto sentido bíblico!
Yo no enttiendo nada de nada, por lo tanto, tras beber otro largo trago, mi “tío”, me explica por encima-encima la historia de su vida que, a la postre, también es la mía.
- “ La familia de tu padre y la nuestra eran vecinas. Aquel verano de hace 18 años yo tendría ...a ver -mi tío hace gesto de meditar mientras cuenta con los dedos-sí, yo tendría unos doce años recién cumplidos. Tu madre, o sea: mi hermana, estaría bordeando los quince. Y tu padre acababa de estrenar los diecisiete. Diecisiete espléndidos años. El había estado en un internado bastante tiempo, por lo que prácticamente nos descubrimos aquél mismo verano el uno al otro. Antes yo era un simple niño, pero-de repente-la adolescencia me llenó a rebosar de ímpetus indefinibles.
Nos encantaba estar juntos. Correteábamos como si tuviésemos la misma edad, eludiendo la compañía de mi hermana (tu madre) porque solos los dos nos encontrábamos mucho mejor. Descubrimos un lugar, en el claro del bosque, y allí pasábamos las horas muertas. Hasta cierto día que...
A tu padre se le ocurrió que construyésemos una “casita” con ramas de árboles y hojarasca. Quedamos orgullosísimos del resultado y nos faltó tiempo para meternos dentro y estrenarla. Al amparo de aquellas endebles paredes, a tu padre se le ocurrió mostrarme la pija. Tenía un buen rabo, y, antes de darme cuenta ya se la estaba tocando. Me encantó la suavidad de la piel. Incliné mi rostro hacia aquel trozo de carne y lo olí. Después saqué tímidamente la lengua y le dí un pequeño lametón, y otro, y otro. El siguiente paso era comerla entera, y así lo hice, como si no hubiese hecho otra cosa en toda mi vida.
Tu padre respiraba fuerte y yo gozaba mamándole la polla. Finalmente desabrochó él mismo mis pantalones, sacó mi nabo y lo toquiteó un rato. Luego hizo que me tumbase panza abajo y con voz entrecortada por el deseo me informó que íbamos a jugar a otra cosa todavía mejor.
Comenzó a lamerme el culo y yo gemí de gusto. Escupió un salivazo en el centro de mi ojete y me embadurnó bien con los dedos. Otro salivazo y sus dedos se deslizaron en mi interior. Me crispé un momento, pero pronto acepté con gusto aquella intromisión dentro de mi carne. Cayó otro goterón de saliva sobre mi culo, y esta vez la restregó con la punta de su pene a medio parar. Empujó y me quejé. Se detuvo unos instantes hasta que yo, levantando levemente el trasero, le indiqué que podía seguir...
Ahora la tenía completamente dura. Me metía la mitad y paraba. La sacaba casi hasta el final, dejando solamente dentro el glande. Pronto sentí la necesidad de que me llenase completamente, por lo que, cuando él se retiraba, mi culo seguía a su polla, no permitiendo la falta de contacto hasta que tu padre me llenó a rebosar el intestino con su lefa.
Pasaron las semanas. Nuestros encuentros eran cada vez más fogosos. La calentura nos dominaba a ambos. Pronto pasamos a intercambiar los papeles, y, en la misma sesión de juegos, yo era enculado para pasar, a continuación, a ser el enculador de tu padre. Ambos nos descubrimos como versátiles, e igual gozábamos de activos como de pasivos. Y no nos saciábamos nunca.
Una tarde mi hermana nos siguió. Cuando estábamos en lo mejor, no recuerdo si yo clavaba a tu padre o viceversa, asomó su carita por la puerta del chozo. Quedamos agarrotados, temiendo que, al ser descubiertos, mi hermana se chivaría. Pero no ocurrió nada de eso. Simplemente, y con toda su cara dura, nos exigió tomar parte en nuestros “juegos”. Primero a regañadientes, y luego con auténtico placer, le hicimos sitio entre nosotros. Tu padre, mi amante, la desvirgó. Luego la tomé yo, mientras él la sodomizaba.
Inventamos mil y una posturas. Nos enroscábamos los tres como serpientes en un nido. Tu madre aprendió a mamar pollas, a ser tomada por ambos agujeros, a recibir caricias en el coño mientras tu padre y yo nos enculábamos con frenesí.
Todo acabó cuando quedó embarazada. Nunca supimos de quién, puesto que cualquiera de los dos muchachos podíamos ser el padre de la criatura que esperaba: o sea tú.
Ella, para no complicarnos la vida, no quiso decir nunca quién era el padre. Pero murió en el parto, y tu padre dió la cara y dijo que la criatura era de él. Lo demás es historia “.
Un silencio espeso cae en el interior del pajar. Estoy anonadado. ¿Es posible que yo pueda ser el fruto de la relación incestuosa de mi madre con su hermano? ¿O mi padre será el otro? ¿Ese otro con el que he estado follando todos estos meses?
Mi tío -y posible padre-cae en la somnolencia producto del alcohol ingerido. Su cuerpo desnudo, hermoso como una estatua de carne, me atrae irremisiblemente.
Bostezo largamente, pero mis ojos no pueden apartarse de su polla superlativa.
Algo caliente, algo pecaminoso, algo irresistible, hace que me acerque más y más hasta su cuerpo. Extiendo la mano, temblorosa, deseando tomar entre mis dedos la gruesa verga semi-erecta.
Y la sujeto, y la acaricio, y la palpo hasta que la erección ya no tiene marcha atrás. Mi propio nabo se eleva hacia el techo, mientras el aroma de sus sobacos inunda mis fosas nasales.
La suerte está echada. Sea quién sea, este macho pronto será mío en cuerpo y alma.
Despierta en ese momento el borrachuzo. Sujeta mi mano , se levanta arrodillándose ante mí, y tomando mi cabeza suavemente comienza a empujarla en dirección a su polla. Y yo cedo a la primera. Apenas noto el picor de la paja contra mi espalda. Su glande me apetece como el más sabroso manjar. El tupido vello negro de su púbis, sus muslos musculosos, su torso ancho y fibrado...
Engullo su polla hasta lo más profundo de mi garganta. Mis manos atenazan sus nalgas, atrayéndolo hacia mí en un abrazo enfebrecido.
Toma la iniciativa él, y me recuesta de espaldas sobre un cajón de madera. Con la cabeza ligeramente caida hacia atrás, espero con la boca abierta. Su falo folla mi boca mientras mis caderas se comban en el aire exhibiendo la poderosa arma de mi sexo.
Me corro abundantemente, prácticamente sin tocarme. Quedo traspuesto unos momentos, con todos los sentidos abotargados por el placer.
Pero mi tío (¿quizá mi padre?) no tiene compasión de mi cansancio. Vuelve a colocarme sobre el cajón, levanta mis muslos y enfila mi boca anal con su polla desconsiderada.
Entra la verga taladrando mi esfínter. Una sustancia caldosa, mezcla de saliva, grasa de embutido y jugos lúbricos, hace las veces de suavizante. Mi ano hambriento devora casi de forma caníbal el riquísimo chorizo que mi amado motorista introduce una y otra vez sin tregua ni descanso. Mi pie derecho está apoyado contra la pared de madera, bien elevado para ayudar en lo posible el enculamiento. Mis brazos penden desmadejados a ambos lados de mi cuerpo. Mi verga, en pie de guerra otra vez, parece un obelisco de mármol.
Mi tío eyacula como un potro salvaje. Luego, en un alarde de experto gastrónomo, busca en mi culito el sabor de su propia leche. Lame y deglute, come su semen aderezado con mis propios jugos. Y se relame.
Encabritado como animal en celo, su tremendo pollón exige una última descarga. Me levanta como a un muñeco pasando uno de sus brazos bajo mi muslo, a la par que con la otra mano atenaza una de mis tetillas. Elevo los brazos dejándome llevar. Su potente mástil penetra de un solo golpe el interior de mi vientre. Me siento desfallecer de gusto.
Hincado hasta sus huevos, el miembro viril hace su camino de ida y vuelta. Sin prisas pero sin pausas. En un increscendo vertiginoso que iguala al frotamiento delicioso de su mano masturbando mi verga. Siento que muero. Mi ojete es una flor de pétalos temblorosos. No puedo más. Siento que me derramo, que me derrito, que me liquo atenazado entre los brazos musculosos de este poderoso semental.
Brota la leche de su polla. Embutido en mi interior, el esperma gotea por los bordes de mi ano dilatado. Mi propio semen es despedido en potentes chorros que aspergian el suelo hasta varios metros de distancia.
Caemos derrumbados uno sobre el otro. Fuera del pajar la lluvia está amainando. Nuestros corazones retumban al unísono como haciendo eco de los lejanos truenos. La tormenta se aleja y nosotros nos fundimos en un fuerte abrazo. Las lenguas se buscan, los alientos se comparten, las respiraciones se acompasan...Mi último movimiento, antes de caer rendido de sueño, es sujetar con mi mano la polla morcillona de mi tío. O...¿es mi padre?
Quizás, todo es posible. Sangre de mi sangre en todo caso. Nada importa...en el pajar.