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En el balcon (2 - en el armario)


¡Nene, ven al balcón, que ya vienen! - la voz de papá me llega tranquila, como si ambos hubiésemos firmado un armisticio y la azotaina de aquella misma tarde no hubiese tenido lugar. Pero, yo, todavía tengo las nalgas en carne viva, y los churretes dejados por las lágrimas en mis mejillas aún están ahí, recordándome el mal rato que he tenido que pasar.

No puedo entender a este padre que tengo. Tan sumamente serio mientras...........  leía mis notas del colegio, tan severo en sus amonestaciones tildándome de vago, tan duro en el castigo infligido, y, ahora, me llama con esa voz serena, viril, tan...paternal y cariñosa, como si nada hubiese ocurrido. Pues...¡no, no y no!. Yo ya no le quiero. El recordar la humillación de estar recostado sobre sus rodillas, con mis ancas al aire, aguantando los palmetazos dados con sus manos tan fuertes...me subleva. El dolor es lo de menos. Incluso, creo, he sentido un cierto gustirrinín al sentir su piel ardiente sobre la mía, las caricias entre golpe y golpe, los masajes de sus dedos entreabriendo mis cachetes...Por no hablar de la erección que me ha venido de golpe, indisimulable, y que se ha frotado con el enorme bulto que ostentaba papá en su bragueta. Incluso he notado las caricias de papá en mi verga y en mis testículos...antes de seguir con la azotaina.

- Neneeeeeeeeeeee -esta vez la llamada es un poco más perentoria, pero quiero (necesito) tensar la cuerda un poco más. No puedo ceder así como así mi prerrogativa de adolescente humillado. El ha cumplido con su papel de “pater familias”, de verdugo que tiene que cumplir con su misión educadora pero, yo, el hijo, el sumiso cordero que ha sido llevado al sacrificio por un simple desliz de cuatro suspensos...¡tengo que utilizar esta situación, hacerme la víctima y que él asuma que se ha pasado siete pueblos al pegarme tan brutal azotaina!.

- No quiero ver nada. ¡Déjame en paz! -antes de contestar he sorbido un par de lágrimas entreveradas con mocos, a la vez que un hipido ha dejado constancia de que seguía muy, muy, disgustado.

- Si tengo que repetírtelo otra vez...te lo diré de otra forma.¡Ven aquí inmediatamente!- esta vez el sonido de la voz, aunque tranquilo, tiene ciertas aristas duras que no me gustan nada. Quizá es que me he pasado de rosca. Tendré que plegar velas y jugar mis cartas de otra forma.

- Vale. Voy.

El balcón es muy pequeño, aunque está en un sitio privilegiado. En el suelo hay unas cuantas macetas rebosantes de geranios y clavellineras, que se desparraman colgando entre los barrotes de hierro forjado. Sujeta de la baranda, una de las mejores colchas de seda de la abuela ha sido colocada como lujoso adorno , compitiendo con el tapiz cutre (palabras de mi madre) que siempre cuelga la vecina de enfrente.

Papá se hace a un lado para dejar que me coloque delante de él. Todavía me hago el remiso, pero -una de cal y otra de arena- su mano me revuelve el flequillo firmando definitivamente la paz entre nosotros.

Bajo el balcón ya están pasando las dos filas de mujeres, endomingadas, con velas en las manos. A lo lejos se oyen los redobles de la banda de cornetas y tambores que acompañan la procesión. Por la esquina ya aparece la imagen de la Virgen llevada a hombros por los muchachos del pueblo que están haciendo la milicia. Delante, con sus altas peinetas de carey y sus negras mantillas de blonda enmarcando los rostros bien maquillados, caminan peripuestas y orgullosas las Damas Negras de la Virgen. Como siempre, desde que la abuela murió, es mamá la que preside la comitiva. Mis dos hermanas mayores, como si fuesen su guardia de corps, la siguen intentando no trastabillar con los altos tacones de aguja a los que no están acostumbradas.

Tras de mí, pegado a mí, noto el cuerpo de papá, su respiración, su calor, su olor. Ha apoyado ambas manos sobre la baranda del balcón, circundando mi cuerpo, cobijándome, protegiéndome, rozándome...

Su aliento me gusta. Huele a loción para después del afeitado, pero, también, a café, a brandy, a tabaco de puro. De ese puro que se fuma solamente los días de mucha fiesta. Su traje, oscuro, huele ligeramente a naftalina. Mi occipucio llega hasta la altura de su boca, y es algo que le deja sorprendido. El año pasado, tal día como hoy, mi cabeza no pasaba de sus clavículas. Mamá tiene razón: he dado un estirón tremendo en estos últimos meses.

Los labios de papá se posan sobre mi pelo. Llevo una camisa muy liviana, y , al apretarse más contra mí, noto la dureza de sus pezones aplastándose contra mis paletillas. Mi culo, respingón y dolorido, también nota el grosor de su paquete. Cierro los ojos y recuerdo el verano, nuestros juegos en el chalet de los abuelos...Mi escondite dentro del armario y todo lo que ocurría allí, en la oscuridad más absoluta.

- ¡Tetee! ¡Teteeee! - es mi hermana pequeña la que me está llamando desde abajo. Ella todavía no tiene edad de ir con las Damas Negras, así que tiene que conformarse -muy a su pesar -con participar en la procesión como una más, con su vela de cera virgen y su velo de muselina.

- ¿Qué quieres, boba? - para contestar he tenido que agacharme, casi en cuclillas entre las piernas de papá, para apartar los flecos de la colcha que dificultan mi visión y poder ver la boca de la pequeñaja que hace gestos con los labios, con mucho énfasis, informándome de alguna gilipollez de la suyas.

Una beata vestida de forma severa amonesta a mi hermana, que tiene que volver a la fila mientras me indica con señas que (sea lo que sea ) ya me lo contará más tarde. Intento hacer el amago de levantarme, pero las manos de papá se posan en mis hombros impidiéndomelo. Quiere que siga allí, en cuclillas, oculto por la colcha y con las flores multicolores embriagándome con su olor. Un poco sorprendido (aunque, la verdad sea dicha: no demasiado) miro hacia arriba intentando mirar el rostro de papá. Lo que me encuentro, recortado sobre el fondo oscuro del cielo estrellado, es su rico vergajo que acaba de sacar de su bragueta mientras yo estaba cuchicheando con mi hermana.

De cintura para arriba, mi padre aparece ante todo el que lo esté viendo como el perfecto hombre, orgulloso esposo y padre, que mira y admira a su mujer y a sus hijas presidiendo la comitiva procesional. De cintura para abajo, bien oculto a las miradas indiscretas por el balcón recoleto, me ofrece su virilidad para que haga con ella lo que me apetezca. Y lo hago.

Con el primer lametón noto un sabor extraño, poco conocido, y , sin embargo, bastante similar a algo que ronda mi memoria. Vuelvo a probar. Chupo y chasqueo la lengua. Veamos...Mmmmm. ¡Ya lo tengo! ¡Es parecido a los efluvios que emanaban de las bragas de mamá! Tengo una percepción prodigiosa en cuanto a los olores/sabores. Y ese sabor es idéntico (cada vez estoy más seguro) al de las braguitas de encaje que saqué del cesto de la ropa. Todavía me pongo erecto al recordar el gran pajote que me hice mientras las olía, alterándolas con unos calzoncillos de papá.

Abro las mandíbulas al máximo. Papi me encaja toda su verga hasta la garganta. Comienza a follármela intentando no descomponer la figura. Levanto una mano y le abarco las velludas pelotas. Mi padre se desabrocha totalmente el pantalón, que cae sobre sus zapatos, dejando los muslos fuertes totalmente desnudos. Me gusta mucho acariciar sus nalgas mientras se la mamo. El redoble de los tambores está cada vez más cerca. Hasta nosotros llegan los olores de la cera derretida, de las macetas cargadas de flores, de los perfumes femeninos, de los cigarros que se fuman -indolentes-los hombres que están mirando pasar la procesión de mujeres.

- Ve más despacio...que me corro- papá ruega mientras intenta detener el ímpetu de mi mamada pero no le hago caso. Chupo su polla de una forma intensa, a la par que, maquiavélicamente, introduzco dos dedos mojados en saliva entre las nalgas paternas, traspasando su esfinter y colándome en su interior sin que él pueda impedírmelo.

Papá me folla la boca, pero yo estoy follándome su culo con dos de mis dedos. Su glande choca contra mi campanilla, pero aguanto y aguanto. Papá comienza a gemir, y tiene la suerte de que, en ese instante, desde un balcón vecino, una señora gorda comienza a lanzar gorgoritos y ayes en dirección a la Virgen que se acerca (la acercan) rodeada de farolillos encendidos que tiemblan a cada paso con tintineo de campanillas de cristal. Imagino a mamá mirando hacia nuestro balcón. Pienso en el apuro morboso de mi padre, teniendo que aguantar el tipo y poniendo cara de póker mientras su hijo le hace una soberbia mamada.

Aprovechando las loas a la Virgen que mi gruesa vecina está ultimando, tomo venganza de papá dándole unos fuertes azotes en las nalgas desnudas, a la vez que meto lo más hondo que puedo mis dedos en su recto y absorbo con todas mis fuerzas su falo encabritado. Acaba mi vecina su cántico, y, de inmediato, una lluvia de pétalos de rosa caen sobre la Virgen desde los balcones circundantes. Papá se corre en mi garganta con espasmos de moribundo, y yo trago parte de su lefa a grandes sorbos, intentando no atragantarme con el espeso líquido seminal, mientras- rápido como un rayo- recojo un canastillo que tengo a mi lado, me pongo en pie y arrojo el contenido de pétalos sobre la imagen...mientras sonrío a mami (que ya estaba con el ceño fruncido al no verme aparecer con mi carga floral), limpiándome, a la vez, el esperma paterno que rebosa mi boca.

Suena el timbre de la puerta. Papá sale a abrir, mientras se ajusta el cinturón y mete la camisa por la cinturilla de los pantalones. Oigo que habla con otro hombre. A los pocos segundos sale al balcón mi cuñado Juan, el novio jugador de baloncesto de mi hermana mayor.

- ¿Ya han pasado? -su voz suena un tanto apesadumbrada, como si temiese las complicaciones posteriores por no haber estado cuando debía y donde debía.

- Si.

- ¡Mala pata! ¡Tu hermana se pondrá como un basilisco!

- Te equivocas -me mofo- no “se pondrá”: mi hermana “es” un basilisco.

- ¡Ja, ja, ja! ¡Qué bien la conoces!

Claro. Recuerda que es mi hermana.

- Bueno...y ahora...¿qué queda?

- Pues la procesión ya debe estar llegando a la puerta de la iglesia, así que pronto tirarán el castillo de fuegos artificiales.

En ese preciso instante, como si hubiesen estado esperando mis palabras, las luces de la calle comienzan a apagarse. Los viandantes aprietan el paso para llegar a la plazoleta del templo parroquial, mientras que, los privilegiados que tenemos la suerte de poder estar en un balcón, podremos ver el espectáculo de fuegos de artificio sin movernos de donde estamos.

Pronto la oscuridad es total. Incluso la luna, que hace unos minutos lucía esplendorosa, oculta el rostro tras una nube. Papá trastea a lo lejos, por la cocina, seguramente preparándose una cafetera y fumándose un cigarro. A él no le gustan las tracas, ni los zambombazos de la pólvora al estallar, porque tiene un oído un tanto flojo y le molesta el ruido tan fuerte.

Mi pituitaria detecta un olor fuerte, que abarca varios registros: desde sudor a hombre joven, pasando por efluvios seminales caldeados con orín. En una palabra :mi cuñado huele a rayos.

¡Coño, Juan, hueles a perros muertos! -me río mientras hago el gesto de pinzarme la nariz.

- ¡Jopé! ¡Es que ni me ha dado tiempo a ducharme después del partido! He venido a toda pastilla, para ver si llegaba a tiempo de ver a tu hermana pasar con la procesión...pero, ¡ni por esas!.

- ¡Menuda te espera, cuando la fiera corrupia se te tire a la cara! Y...de lo “otro”, ya verás tú...¡estarás un mes pasando la mano por la pared!

- ¡Calla, calla, y no me lo recuerdes! ¡Menuda es ella! ¡Tendré que matarme a pajas yo solito, porque lo que es tu hermanita...!

- Bueno...si te sirve el hermanito...

¡Ejem! -Juan carraspea mientras una lúbrica sonrisa aparece en sus labios -tú...¿quieres?

- Yo, por mi cuñado preferido -hago la pelotilla con todo descaro- lo que haga falta.

- Esto... (mira hacia dentro de la vivienda intentando descubrir a su suegro) ¿tu padre no sale al balcón?

- No. No le gustan los ruidos.

De repente, en la negrura de la noche, restalla la luz de un cohete seguido de una explosión seca. Los más rezagados corren por la calle. Un bebé comienza a llorar.

- Ya va a comenzar el castillo. Ven aquí, Juan, que lo verás mejor.

- Tienes razón. Desde aquí lo veré todo...y tú lo notarás mejor ¿verdad cuñadito?

- Pues sí. Ya lo estoy notando.

Lo estoy notando. Vaya que lo estoy notando. La pija de mi cuñado es la cosa más grande (en cuestiones de pollas) que haya podido ver en mi vida. Desde luego que mi hermanita no estará descontenta. Por lo menos en lo que se refiere a tamaño. Mi cuñado restriega su paquete contra mi trasero, a la vez que me da un pellizco en una de mis nalgas haciéndome ver las estrellas.

- ¡Ay! ¡Ten cuidadín, Juan, que mi padre me ha dado una zurra esta tarde y tengo el culo hecho unos zorros!

- ¡Vaya! ¡Pobrecito! Anda...y déjame que te de un masaje.

Las manazas de Juan son como palas de albañil. Colocándome una a cada lado de los cachetes de las nalgas, me los cubre totalmente. Se acuclilla tras de mí, abre la rendija de mi trasero y se amorra contra él mientras dice con voz queda:

- Saca un poco el culete hacia atrás, que te voy a hacer un trabajito de lengua.

El muy cabroncete sabe lo que me gusta. Ya se lo dije el verano pasado, mientras jugábamos al escondite dentro del armario, y, por lo que se ve, no se le olvidó.

- ¡Coñiiiiooooo, Juanito, y que maravilla de lengua tienes!

- Eso mismo me dice tu hermana. Pues espera a que te trabaje con la polla, y verás lo que es bueno.

- ¡Uffff! ¡Eso ya son palabras mayores! ¡Todavía recuerdo la primera vez que me la metiste! ¡Y eso que acababa de follarme papá y lo tenía dilatado!

¿Cómo dices? ¿Tu padre...qué?

¡Gulps! Nada, nada -he recordado que papá me tiene prohibido hablar de “nuestras cosas”- que me estás dando tanto gusto que ya desvarío.

Juan se levanta y comienza a bajarse los pantalones del chándal hasta las corvas. Yo desabrocho mis vaqueros azules y los bajo de un tirón arrastrando con ellos los calzoncillos en los que amarillea la cara de Bart Simpson. Mi cuñado respira afanosamente tras de mí. Mete una de sus rodillas entre mis muslos indicándome que los abra, a la par que me dice por lo bajini que incline el torso hacia delante y que saque el culete hacia atrás. Sus manos -fuertes, inmensas- me sujetan de las caderas, mientras la punta de su nabo comienza a trastear por donde mi espalda pierde su casto nombre.

En el cielo estalla un abanico de colores. La pólvora dibuja palmeras multicolores que se derriten en el aire y caen formando chispas sobre los tejados de las casas. Juan espera el momento apropiado con su glande apoyado en el centro de mi agujerito. Sube hacia el espacio una llamarada de color naranja haciendo un tirabuzón que revienta con un gran estruendo llenando el firmamento de luz y color. Aprovecha, entonces, mi cuñado el estallido, para empujar con todas sus fuerzas y clavarme su barra de hierro hasta las entrañas. Mi alarido se confunde con las “¡¡Aaeeeesssss!!” u “¡Oooooeeeesssss!” que lanza el público admirado por la belleza del espectáculo. Juan me come la oreja, me agarra por las huesudas caderas y me aplasta contra los barrotes del balcón , follándome salvajemente, encalabrinado por el morbo que le produce la situación tan peculiar.

¡Cabritoooo! ¡ Y como me gustassss mariconcito míoooooo!

- ¡Si, si, siiiiiiiiiiiii! ¡Fóllameeee bien, hijo de putaaaaa! ¡Clávame hasta los hígados ese cipotón que tienes!

- ¡Pues toma, tomaaaa y tomaaaaaaaaaaaaaa!

- ¡Agggggggggggg! ¡Me estás matando, pollón de burro!

- ¿Quieres que pare?

- ¡Y una mierdaaa! ¡Cómo la saques ahora te mato, capullo! ¡Sigueeeeeeeeeee!

Y mientras mi ojete aguanta los envites bárbaros de mi futuro hermano político, mi mano derecha pajea sin descanso mi polla enardecida. En el cielo, la luz que producen los fuegos de artificios están iluminando demasiado el balcón, por lo que, para evitar que nos vean, Juan me toma en volandas, y , sin sacar su vergajo de mi reducto anal, da un par de pasos hacia atrás para que quedemos medio ocultos por las cortinas interiores.

Nos corremos a la vez. En la calle resuena el último cohete, el que indica que la fiesta terminó. Yo estoy sujetando con una mano la cortina de brocado verde, intentando-infructuosamente- apartarla de la trayectoria de mi esperma. Caen sobre ella espesos churretones, mientras de mi culito -rebosante- brota como una fuente la leche inacabable de mi cuñado .

Juan, con su erecta barra todavía en mi interior, hace que doble la cabeza hacia él para comerme la boca con pasión . Desde el final del pasillo se oye la voz de papá que pregunta:

- ¿Ya ha terminado todo?

- ¡Si, papá!. Ya hemos terminado!

Y sonrío a mi cuñado, mientras subo mis pantalones y comienzo a andar, despatarrado, pasillo adelante.



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