Lo que viví al lado de Susana y del hijo de ésta fue increíble. Tiemblo sólo de contarlo.............................. Tal cómo les dije en mi relato anterior, jamás se me había pasado por la cabeza tener sexo en una misma cama y al mismo tiempo con una mujer y con su hijo. Sin embargo con Susana y Federico se dieron así las cosas. Yo ya había tenido una experiencia anterior con un chico de catorce años pero esto rebasaba todos los límites.
Susana provenía de una familia muy pobre y a los trece años quedó embarazada. No pudo definir quien era el padre de Federico debido a la gran cantidad de hombres con la que salía. Apenas fue a la escuela y a los doce años empezó a trabajar cómo doméstica.
No era demasiado linda. Se trataba de una mujer de veintisiete años de baja estatura. Era delgada aunque tenía unas tetas bastante grandes pero algo caídas. Usaba el pelo corto apenas llegando a los hombros. Sus labios eran finos y sus ojos, siempre entornados, color café. A Federico ya lo he descripto.
Después de haberlo hecho por primera vez con ambos Susana me preguntó qué me había parecido y le respondí que aún no lo podía creer. Y a mi vez le pregunté si ella y su hijo habían quedado satisfechos. Me lo dijo por lo claro: \"A mi me encanta la verga y a él también\".
Al otro día volví a esa casa. La noche anterior tuve sexo con Laura, la chica con quien convivía, pero en mi mente estaban los cuerpos de Susana y Federico.
No bien pasé la entrada empecé a besar a Susana desenfrenadamente y sin pedirle permiso le saqué el buso deportivo que tenía puesto. Ella misma se quitó el jean y nos fuimos a la cama.
Mientras tanto Federico seguía mirando televisión en su cuarto con la cortina totalmente corrida. No me animaba a decirle que quería que estuviera con nosotros. Pero ella adivinó mis intenciones y lo llamó. Al llegar nos contempló por unos segundos con las manos a la cintura. Susana y yo estábamos desnudos y ella me tomaba a la verga.
\"¿Querés?\", le preguntó al tiempo que agitaba suavemente mi miembro hacia arriba y hacia abajo.
El chico, que no solía hablar demasiado, brindó una sonrisa cómplice, se sacó la ropa y se metió a la cama de mi lado. Quedé en el medio de los dos.
Susana se trepó sobre él y empezó a besarlo en la boca tal cómo si fuese su amante. Observé que la verga del adolescente crecía de golpe hasta cobrar una buena dimensión. Federico, con las manos apoyando la nuca, se dejaba hacer todo lo que le hacía y ponía carita de placer.
El beso de la madre comenzó a bajar y se concentró en las tetillas de su chico que le pedía que saliera ya que le hacía cosquillas. Continuó el descenso hasta llegas al miembro el que chupó de una manera increíble.
Yo veía todo eso y a pesar de que era la segunda vez que compartía la intimidad de aquélla familia todavía me costaba creer que ese tipo de cosas pudiesen pasar. Pero pasaban y yo estaba allí para protagonizarlas.
Al mismo tiempo ambos dejaron de hacer lo que hacían y empezaron a chuparme la verga a dúo. Cada pocos minutos paraban corriendo mi miembro hacia un costado y se besaban entre ellos. Yo sentía que estaba a punto de acabar pero no podía saber en cual de las dos bocas iba a ser.
Al final fue Susana quien se llevó el premio y ocurrió algo inesperado para mí.
Una vez que ella había recepcionado todo mi semen en su boca se acercó a diez centímetros de la boca de su hijo y se lo pasó por completo.
Mi esperma caía sobre la lengua del chico aunque algunas gotas pegaban en su labio inferior y se iban hasta su mentón.
Minutos más tarde penetré al joven en tanto la madre de aquél volvió a chuparle la verga. Como no podía suceder de otra forma también penetré a Susana mientras Federico me chupaba las bolas.
Todo servía. Todo estaba bien. Todo valía.
Se colocaron ambos en la posición del perrito mientras les daba un poco a cada uno. Volvieron a hacerme el sexo oral. Volví a coger a Federico.
Y cuando me preguntaron si me dejaría penetrar por el chico no dudé en responder que sí. Le chupé la verga durante unos minutos y después me la metió.
Al momento de eyacular creí que no pararía más. Tal vez el furor de su adolescencia lo llevó a lanzar un río de leche.
Me encantó. Las horas pasaban y no podía salir de allí. Parábamos unos minutos y volvíamos a la carga.
Estaba varias horas por día con ellos. Nunca jamás, ninguno de los dos, me pidió dinero por tener sexo. Al irme deseaba que el tiempo transcurriera rápido para volver.