Hacía tiempo que Roberto Assad no veía a su archienemiga Caro. No sólo extrañaba su sensual presencia femenina, sino también las peleas eróticas en las que desahogaban la tensión sexual que entre los dos había. Su relación era de esas en las que el hombre y la mujer no podían vivir juntos, pero tampoco separados. Por eso la echaba tanto de menos, porque no podía vivir sin recibir esa carga de ira que ella desataba sobre él cuando le golpeaba sus preciadas bolas. Roberto sabía que Caro no sólo conseguía derrotarlo golpeándole las........... sino que las manifestaciones de dolor de él eran las feromonas masculinas que la dejaban hipnotizada y al alcance del superfalo de él. Cuando ella escuchaba los lamentos de él, sus gemidos de dolor, su cuerpo se estremecía y se rendía a la poca fuerza que a él le quedaba. Su cremosa lubricación despertaba las ansias del guerrero de acero que habitaba en la entrepierna del actor, quien hacía suya a su enemiga con tan sólo invadir su cavidad femenina y torturarla con embestidas dignas de un toro salvaje, de las cuales ella trataba de liberarse apretando sus carnosos labios vaginales, con la intención de castigar al largo y grueso invasor, sin saber que precisamente eso lo hacía más largo y potente, más dueño de ella, hasta que la inundaba con el néctar vigoroso que la hacía perderse en brazos del semental musculoso de bolas poderosas.
Sí, Roberto extrañaba sus intensos encuentros. Incluso había recorrido por las noches las oscuras calles de la ciudad, esperando encontrarla a punto de cometer un delito. No había galería de arte que no hubiera dejado de visitar, pues sabía que a Caro le gustaba robar obras famosas. Mas su búsqueda era infructuosa. Caro, simplemente, había desaparecido.
En su departamento, Roberto se sentía más solo que nunca, y trató de consolarse con el servicio social que haría el día siguiente, en la escuela para jovencitas, donde lo había invitado la directora para que hablara a las alumnas veinteañeras sobre la necesidad de darse a respetar frente a los hombres. Se sintió bien de poder aportar algo a las chicas, aunque la única que anhelaba no se encontraría al dia siguiente.
Luego de ducharse, Roberto eligió su mejor traje para ir a la escuela: una pieza completa de neopreno Yamamoto Ultra-stretch, un material parecido al de los trajes de surf, que le ajustaba perfectamente a sus músculos y le daba la elasticidad necesaria para realizar movimientos ágiles. De color azul rey con discretas bandas negras, el traje le hacía ver más varonil y fuerte que de costumbre, así como también le destacaba su área genital por una curiosa canasta que no le pegaba las bolas al cuerpo, sino que las elevaba, haciéndolas ver más protuberantes. Roberto pensó que más de una chica se emocionaría, pero que también eso le podría acarrear una llamada de atención de la directora, así que decidió ajustar un poco su traje para que compactara esa área llamativa.
Al llegar a la escuela, la misma directora lo recibió. Una profesora de casi 35 años, con aire de mujer cosmopolita, atractiva, segura de sí misma, de cabellera larga y pelirroja, con rasgos felinos que llamaron fuertemente la atención del sensual actor. Ella no se dejó intimidar por la imponente presencia del atractivo hombre que caminaba a su lado. Y no le dirigió la palabra más de lo necesario, lo que le extrañó a él, que pensaba que la bienvenida sería más cordial.
Lo que más le extrañó fue que la reunión con la chicas fuera en el gimnasio, donde un grupo de unas diez chicas de poco más de 20 años lo esperaba con ansia. Todas ellas medían más de 1.70 m, y tenían cuerpos que para cualquiera serían un delirio, pero no para Roberto, quien se contenía para dar una imagen correcta y sana de los actores. Lo que notó de inmediato es que a más de una jovencita se le dilataron las pupilas al verlo y que otras más no quitaban la mirada de sus fuertes piernas y, sobre todo, de su entrepierna. Él sabía que las chicas no se fijan en las entrepiernas de los hombres, pero en su caso estaba equivocado, pues el mal disimulado paquete de Roberto era como miel para abejas.
La directora ordenó silencio y orden y procedió a presentar al también streeper, quien tomó la palabra y comenzó a hablar sobre la dignidad de las mujeres y la importancia de que éstas mantengan un continuo respeto frente a los hombres. Roberto notó que varias bostezaban y que otras no le prestaban atención. Eso le extrañó, pues la directora le había asegurado que las chicas estaban ansiosas por escuchar a su actor favorito. Estaba pensando cómo atraer su atención, cuando una de las chicas, a través de cuya blusa se podían ver sus senos, pues no llevaba brasier, le pidió que les enseñara a defenderse de los abusivos y de los violadores. Eso le hizo sentirse reanimado, y, acto seguido, les pidió que formaran un círculo. Solicitó a una voluntaria y le indicó cómo debía defenderse ante el ataque de él. La atlética chica morena siguió las instrucciones al pie de la letra y golpeó a Roberto sin que éste sintiera dolor, gracias a su súper resistencia.
Después, otra chica logró derribarlo con una patada en el pecho. Luego, les enseñó varias llaves sencillas que podía aplicar a sus contrincantes en caso de un ataque. Ellas aprendían con una facilidad sorprendente, y eso lo hizo sentirse orgulloso de poder ayudarlas. De hecho, hasta se le olvidó la inicial excitación que había sentido cuando las vio reunidas.
Cuando llegó el turno de una chica rubia, las cosas cambiaron. Ella le preguntó que cuáles eran los puntos débiles de los hombres con los cuales podían vencerlos con más facilidad. Con cierta ingenuidad, Roberto le respondió que el estómago, el cuello y las espinillas. Ella insistió en que debía haber otros puntos que hicieran vulnerables a los hombres, y él, sin entender la doble intención de la chica, le explicó que la entrepierna de los varones era un punto de mucha vulnerabilidad. Entonces, todas las manos se levantaron con una misma intención: solicitar a Roberto una prueba de esa debilidad.
La directora paró en seco la petición. Les dijo enfáticamente a las chicas que no todos los hombres podían soportar ese tipo de golpes, y que podían llegar a lastimar a Roberto, quien después no podría cumplir con sus tareas artísticas. Ellas replicaron, pero fueron silenciadas por la mirada fulminante de la directora.
Roberto replicó amablemente que si eso era lo que ellas querían, pues que él estaba abierto a permitir que experimentaran la sensación de golpear el punto más débil de un hombre. Al fin y al cabo, pensó para sí mismo, las suaves patadas de esas débiles chicas no podrían causarle ningún daño a sus bolas de acero.
La directora aceptó a regañadientes, y las chicas se formaron emocionadas para pasar a patear la entrepierna de Roberto, quien mejor les sugirió que pasaran de una en una, para que las demás vieran cómo se hacía, y luego pudieran hacerlo con sus violadores o atacantes. Eso sí, el excitante y felino actor les recomendó que sólo patearan la entrepierna de los malosos, no de cualquier chico, mucho menos de sus novios, pues podrían llegar a molestarse. Ellas lo prometieron con falsa seriedad.
La primera chica parecía anoréxica, así que, pensó Roberto, su patada sería casi como una caricia. Ella, tímidamente, estiró su pierna hacia atrás y la proyectó con debilidad hacia las bolas del actor, pero no golpeó sus genitales, sino tan sólo su perineo. Él la corrigió indicándole cómo soltar su pierna con fuerza, pero al segundo intento tampoco logró dar en su objetivo.
Una chica un poco más corpulenta hizo el mismo movimiento que la anterior, y logró golpear con cierta fuerza las bolas del musculoso streeper, pero éste no sintió más que si una pluma lo hubiera rozado. Ah, pensó en su agresiva Caro, quien sabía golpear con la fuerza justa para provocarle una dolora erección que le comprimía más sus bolas dentro del traje.
En eso estaba pensando cuando tocó el turno a una chica que parecía oriental. Él se rió por lo bajo al creer que la pobre chica de delgadas piernas ni siquiera podría alcanzar las rodillas de él. Pero dejó de verla con ternura cuando el delicado pie de la chica se hundió con una fuerza casi sobre humana en sus bolas. En un acto reflejo, se llevó las manos a su entrepierna y se protegió sus testículos de otro tremendo ataque. Las chicas celebraron la victoria de la oriental y la festejaban como si de una heroína se tratara.
La directora le preguntó si estaba bien y si deseaba suspender la reunión. Él respiró hondo y le aseguró que no pasaba nada, que era un pequeño accidente. La directora le hizo la observación de que faltaban siete chicas por pasar, y que si él no creía aguantar, pues que cancelara el evento. Más repuesto y sacando el pecho con orgullo, Roberto afirmó que así faltaran 30 chicas, él seguiría en pie, pues su fuerza se lo permitía. Las chicas lo aplaudieron y enviaron a la siguiente victimaria.
Esta joven tenía las caderas anchas y los muslos fuertes, y pidió permiso al superhombre de golpearlo con el empeine, cosa que él, gustoso, aceptó. Creyó que el dolor no volvería a repetirse cuando el empeine de la chica le aplastó con dureza su testículo derecho, lo que le hizo quedarse sin respiración y con un fuerte dolor de estómago. Mantuvo sus manos pegadas a la cintura, como los modelos suelen posar para verse más varoniles, y respiró hondo para soportar el dolor. Las chicas no vitorearon tanto a la golpeadora, porque parecía que esperaban una mayor manifestación de sufrimiento de parte de él.
La chica que lo había derribado de una patada en el pecho le pidió que fingiera que la atacaría por la espalda. Él se acercó sigilosamente a ella y le inmovilizó los brazos, pero la pierna de ella fue más rápida al doblarse hacia atrás y hacia arriba y al aplastar las bolas de acero de Roberto como si fueran naranjas. Esta vez él se hincó con las manos en el paquete, porque sintió un dolor intenso que no le permitió mantenerse en pie. Así, hincado como estaba, no pudo ver que una chica se acercaba corriendo hacia él para estrellarle su pequeño pie en sus adoloridas bolas. Roberto no cayó al piso, pero sí se agachó emitiendo unos gemidos que complacían los desvelados deseos sádicos de las chicas.
Una chica le jaló el pelo por la espalda y lo hizo caer boca arriba. Otras dos aprovecharon la confusión de él para sujetar, elevar y abrir sus piernas, y así prepararle el terreno a una joven trigüeña que no le dio uno, sino tres pisotones que él sintió como si de un yunque se tratara. En medio del dolor, dos chicas le atraparon con fuerza sus musculosos brazos y entre las cuatro lo condujeron a uno de los tubos puestos para la red de voleybol. Era como si cargaran una almohada, porque su atlético cuerpo varonil no les causaba problema. Al llegar, otra chica le plantó cara y le dijo que esa iba por ella; él iba a replicar cuando las cuatro colegialas hicieron que las bolas de él entraran en contacto con el duro y frío tubo, lo que le hizo apretar con fuerza sus dientes y sus ojos, pues su cara traslucía lo que sus mallugados testículos sentían. En medio de su confusión, Roberto no entendía cómo esas inocentes chicas se estaban aprovechando de su punto débil y cómo habían descubierto la manera de golpearlo dolorosamente, porque no cualquier golpe afectaba al sexy actor. No supo cuántos segundos pasaron desde su último golpe, cuando las chicas lo repitieron con más fuerza dos veces más. Lo dejaron caer como si de un costal se tratara y él pudo por unos instantes sobar su torturado par de nueces quebradas.
Poco después, varias de las chicas lo levantaron y lo ataron con las piernas y los brazos abiertos a los dos postes de voleybol. Él apenas podía levantar la cabeza, pero lo hizo lo suficiente para contemplar con temor que la última chica se acercaba botando con fuerza un balón de basquetbol. Cuando estuvo a metro y medio de él, ella le sonrió con malicia y botó el balón de tal manera que rebotara en su heroica entrepierna. Al sentir que el balón descargaba su furia contra sus preciadas bolas, Roberto gritó como sólo lo puede hacer quien se sabe derrotado. Pero la tortura no terminaba ahí. La chica del balón invitó a sus amigas a repetir la experiencia, por lo que Roberto tuvo que aguantar nueve balonazos más, lo que definitivamente le extenuó las pocas fuerzas que le quedaban.
Como pudo, balbuceó a la directora que detuviera el juego, que no soportaba más. Estaba sudando y se sentía agotado y adolorido, asi que esperó que la sensatez de la directora calmara a las malvadas alumnas.
La directora se acercó lentamente, como midiendo los pasos. Ella podía contemplar al atlético modelo atado, débil, vencido por diez chicas traviesas que sólo querían aprender a defenderse. Se acercó a él y le preguntó si no la reconocía. Él levantó la cabeza como pudo y con asombro distinguió los felinos ojos que en otras ocasiones lo habían hipnotizado. Dudoso, no supo si se trataba de la misma persona o de otra, pero ella le aclaró todo cuando le dijo que era Caro, disfrazada de directora para tenderle una trampa en la cual él cayó como un tonto.
Con irritación, él le pidió que le explicara todo, y ella rió antes de aclararle que aprovechó las vacaciones del colegio para infiltrarse en él como directora, que antes había reunido a las mejores jóvenes cintas negras de artes marciales, dispuestas a derrotar a un musculoso hombre con sus habilidades físicas. Y le aseguró que la función aún no terminaba. Que dejarlo débil era el comienzo. Y que aún faltaba la hora de la cosecha del preciado néctar del varonil actor.
Roberto no tuvo tiempo de reaccionar, pues tres chicas lo tiraron al piso y le sujetaron sus brazos. Otras dos le abrían sus piernas y las inmovilizaban con fuertes cuerdas. La más corpulenta se acercó a él con una navaja en la mano y él se esperó lo peor. Pero se sintió un poco aliviado cuando ella sólo rompió con su instrumento la zona genital de su traje.
Otra joven, atractiva y sensual como las demás, introdujo su delicada mano a los genitales de Roberto y acarició con ternura sus grandes bolas, que agradecieron el detalle provocándole una erección descomunal. Otra joven, para asegurar que el asta bandera del musculoso actor se mantuviera erguida, lamió con su experta lengua el húmedo miembro y provocó que éste se alzara dos centímetros más. Luego, todas se formaron en una fila, de la más baja a la más alta. Roberto creyó que le patearían las bolas, o lo que quedaba de ellas, pero no esperaba que, una a una, las chicas se sentaran en su poderoso miembro para exprimir de leche las bolas que antes habían castigado. Unas le hacían el amor con lentitud, pero otras, sádicas, le apretaban con sus labios vaginales su cetro de poder y le obligaban a eyacular con más rapidez. Cada una de ellas no recibió la ansiada leche en sus entrañas, sino que se retiraban justo en el momento de la expulsión, mientras que otra recibía el néctar en un frasco alargado y curvo.
A la quinta eyaculación, Roberto sentía que su miembro no daba para más. La malvada Caro ordenaba a sus chicas que lo estimularan enseñándole sus senos, pasándoselos por la cara o acercándole sus pezones erectos a la boca. En un momento dado, Roberto desafió a Caro a que ella se encargara de él, pero ella sabía que cualquier contacto con esa piel varonil de fuego, la haría caer, y su perfecto plan fracasaría.
Sin recibir respuesta de ella, Roberto trató de resistirse sin lograrlo a una chica que le acercó sus labios vaginales a su boca y le obligó a lamerlos. La lengua de Roberto obedeció la orden y recorrió las carnosas cavidades de la chica que gemía con las travesuras de la lengua del modelo.
Repuesto, las chicas arremetieron nuevamente contra Roberto y consiguieron hacerlo eyacular tres veces más. Pero la novena y la décima chicas no pudieron hacer que el superfalo del actor se levantara. Estaba enrojecido, casi morado y totalmente abatido, como su atractivo dueño. Caro moría de ganas de ser ella quien recibiera las arremetidas del semental herido, pero se contuvo pensando que en su guarida vería el video de la tortura cuantas veces quisiera.
Caro recibió de manos de una chica el frasco con la hirviente leche de Roberto. Se lo encargó a otra y les pidió que la dejaran sola con el atlético modelo.
Lo pudo contemplar como un niño golpeado, como un tierno chico que recibe la paliza de su vida. Aunque no tenía moretones ni marcas de violencia, sus bolas eran testigos de la dura contienda que habían librado ese día. Compadecida de él, Caro se quitó su pequeña tanga de encaje y se sentó encima de Roberto. Comenzó a provocar el contacto de su vagina con la de su vencido pene, y pudo sentir con satisfacción, tras menos de un minuto, que el caprichoso mástil pedía más, así que no pudo resistirse y se rindió ante las exigencias del humillado miembro. Roberto sintió renacer un poco su fuerza y la aprovechó para deslizar suavemente su falo en las entrañas de Caro, quien agradecía con gemidos quedos y profundos. Para disculparse con las bolas de él, Caro las alcanzó con una mano y les brindó un cadencioso masaje reparador. Parecía que en el interior de las superbolas todo se activaba, porque comenzaban a hincharse del líquido masculino y soltaban sus primeras descargas en las paredes uterinas de Caro. Ella podía sentir los chorros que la inundaban, y Roberto hizo gala de una tímida petulancia al asegurarle que eso no era todo, que apenas se trataba de líquido preseminal. Ella abrió los ojos sorprendida, porque sabía que le esperaba una cantidad de leche viril como nunca la había sentido. Roberto le preguntó si estaba lista, y Caro respondió con un grito que anunciaba su inminente orgasmo, al tiempo que Roberto, el actor otrora vencido, ahora derrotaba a su enemiga lanzándole a sus entrañas arrebatadores disparos de néctar viril. Los gritos de su éxtasis se fundieron, en tanto Roberto arqueaba la espalda con una tensión tal, que parecía que el orgasmo nunca acabaría. Caro sintió dos orgasmos seguidos cuya tensión soltó clavando con fuerza sus uñas en los fuertes pectorales de Roberto.
Los dos cayeron rendidos, sin que se pudiera distinguir quién había derrotado a quien, sin que lograran comprender cómo dos grandes enemigos podían fundir sus cuerpos como amantes y darse mutuamente un placer ensoñador, el mismo que Roberto comenzó a extrañar en cuanto despertó solitario en el oscuro gimnasio del colegio.