Mientras su esposo visita una automotriz del centro de la ciudad, Martha lo deja un momento. En la esquina de la misma acera, entra al negocio de SEXY-LENCERÍA................. La tienda era nueva, muy amplia todavía con nada de clientes. Martha repasó los manquíes que mostraban sostenes de todos colores, bragas de muchas clases y bastantes uniformes de fantasía. Al fondo estaban los probadores.
Un sujeto de traje a cuadros, con buena loción y que fumaba pipa, yle dio una tarjeta que aclaraba Sexy-Lencería-Prendas Finas-Gerente.
-Buenas tardes -la saludó, muy correcto-, ¿podría ayudarme con un consejo? Soy el dueño de este negocio y estamos haciendo un estudio –explicó-. Necesitamos saber qué prendas prefieren nuestras visitantes. Tomamos su opinión como asesoría.
-Uh... dudo que pueda opinar... a mi esposo esto no le llama la atención.
-Hablamos de lo que le gusta a usted –dijo, como buen vendedor-. Con lo que usted se sienta cómoda y bella. ¿Me acompaña al mostrador?
Separados por el mostrador de vidrio, el dueño le tendió un sostén amarillo con bordes negros.
-Este brassiere casi no se ha vendido.
-Es por la fibra de la parte interior –dijo ella, revisándolo-, irrita la piel.
-Ve por qué necesitamos la opinión -comentó él-... vea este juguete erótico, lo tenemos en existencias.
Del mostrador sacó un largo consolador de látex cubierto de rugosidades, que abochornó algo a Martha, pero lo ocultó.
-Oh... ya veo...
-Agárrelo –se lo tendió.
-¿Que... lo agarre?
-Dígame cómo lo siente, no sé si traer más de éstos.
El dueño sostuvo el consolador mientras Martha lo palpó con los dedos, curiosa.
-Se siente como si fuera... es muy suave.
-¿Cómo si fuera qué?
-Como si fuera un miembro real –ella pasó las yemas por los pliegues que parecían venas-... ¿para qué son?
-Aumentan la sensación de frote dentro de la vagina, ¿sería placentero?
-Seguro... ¡pero guárdelo, que si viene mi esposo y me ve agarrando esto...!
-Bien, le mostraré lo ultimo que nos ha llegado –le acercó una caja-, es de seda auténtica de China, mírelo.
Martha abrió la caja y sacó un liguero oscuro. En la caja quedaba un sostén y un par de medias de seda, con unas bragas y un par de zapatos altos.
-Vaya... es un conjunto sexy –opinó Martha.
-¿Verdad que sí? Pruébeselo.
-Oh –exclamó ella viendo el liguero-... ¿aquí?
-En el probador –insistió cordialmente- me dice cómo le quedó.
-¡La ropa interior no se puede probar...!
-Como parte del estudio de mercado –aclaró él-, bonificamos a nuestras asesoras con un descuento en su primera compra, válido por seis meses. Además, lo que se pruebe, se lo lleva.
Martha miró la prenda, extendiéndola frente al dueño, que la veía con atención. El liguero era negro, con un borde blanco de encaje. Tenía cuatro picos de una malla sedosa y de ellas salían las ligas con broches. Las ligas colgaron, tintineando.
-No sé... qué diría mi marido...
-No lo va a saber, secreto profesional. Tenemos varios probadores, pase.
-Uff, tengo dudas... ni sé si son de mi talla....
-Lo son, la medí al verla, nunca me falla el ojo. Prúebeselos.
-Debe ser rápido... –Martha vio atrás- si mi marido se entera...
Martha entró al amplio cuarto rotulado PROBADORES y cerró la cortina de un reducido probador de tres paredes, una de ellas con un espejo mellado por los bordes y una larga banca enfrente.
Entrando sin hacer ruido, por un resquicio de la cortina, el dueño la espió desnudándse en el probador. Llegó cuando Martha se bajaba falda y pantaletas de espaldas a la cortina, con lo que el dueño observó sus redondas nalgas con una sonrisa.
Martha se abrió la blusa de costado y se miró los senos desnudos en el espejo, tomándolos con las manos y comprobando su firmeza, lo que arrancó una sonrisa al dueño.
Sin saberse espiada, Martha colgó su corta falda en el gancho y se subió las pantaletas negras de la caja, ajustándolas con movimientos de las caderas.
El dueño miró quien venía y siguió espiando. Sentándose en la banca, Martha se subió las medias por las largas piernas. Se puso los zapatos de charol negro y sin punta, que mostraban dos dedos de los pies.
Malicioso y con la respiración algo agitada, el dueño la miró de pie abrochándose el liguero en las caderas y girárselo, dejando dos ligas adelante y dos atrás. Martha jaló las medias hacia arriba de sus piernas, cerrando en sus bordes, los broches de las ligas.
La erección del dueño recrudeció cuando Martha, de costado, se miró el pubis y se lo tocó con dos dedos. Las bragas tenían por truco una abertura en la vagina. Martha se pasó suavemente los dedos arriba y abajo. Se le escapó un suspiro.
Sacó el sostén de la caja y comprobando que no tenía bandas para los hombros, se lo colocó bajo la blusa y se lo abrochó por el frente.
El dueño entró al probador, llevando un gancho con un camisón.
-¡Oh...! -atónita, Martha volteó hacia él cerrándose la blusa- ¡Qué hace...!
-Vengo a comprobar cómo le queda la lencería.
-¡Salga, por favor...!
-No se preocupe, soy un comerciante profesional, déjeme verla.
-¡Me da pena que me vea así...!
-Olvide eso –se le acercó.
Al tomarla por los costados, la blusa se abrió y mostró el liguero con bordes blancos de donde se sujetaban las medias. El dueño le abrió la blusa, descubriendo un negro sostén de media copa. El encaje blanco le pasaba bajo los pechos, dejándola expuesta su blanca piel y buen tamaño, rematado por unos anchos y sonrosados pezones.
-Le queda súper, señora, me gustaría saber si...
Martha permitió que el dueño la palpara medio desnuda en el probador. Él tiró de las tensas ligas con ambas manos y recorrió el tejido de las medias. Cuando las manos de él llegaron más arriba, se abultaron con los pechos desnudos, a los que dio un masaje de movimientos circulares.
-El sostén es de junta-y-levanta -explicó él, sobándola.
-Sí... así se agarran mejor... es cierto...
El dueño tomó los pezones, dándoles un apretón. Martha cerró los ojos.
-Bien, señora -dijo, viendo los senos que jalaba-, el sostén ajusta bien.
Sus pezones endurecieron en los dedos del dueño, que los giró en sentidos opuestos ante los gemidos de Martha.
-¡Ohh...!
-Se le pusieron duros, señora, qué le está pasando.
-Nada... nada... -la agitada Martha apartaba la cabeza.
-Debemos comprobar si el sostén sigue abrochado con algo más fuerte.
-Sí... compruébelo...
Suspirando, el dueño metió la cara entre los robustos senos.
-Ohh... ohh... -Martha alzó los codos.
-Veamos así -el dueño puso la boca en un pecho de Martha, succionándolo.
-¡Ohh! -Martha hizo la cabeza hacia atrás.
-Chequemos los brochas de abajo –el dueño tomó las ligas, jalándolas mientras cambiaba la boca al otro seno erguido.
Martha miró por la cortina del probador y después al dueño, que le sorbía los pechos, ensalivándoselos.
-Compruebe el sostén... pruébelo, siga... me aprieta un poco, pero... está bien...
Habilidosamente, el dueño metió una mano entre las piernas con medias y ligas de Martha. Extendiendo el dedo medio, lo introdujo entre los cálidos labios de la vagina. Martha puso cara de desconcierto. El dueño tocó el clítoris y ella enrojeció y rebotó en la pared, exhalando un suspiro.
-Por esto venderé esta prenda, por esto –afirmó él, moviendo el dedo arriba y abajo y después masajeando el clítoris a los lados-. ¿Lo sientes?
-¡Ajá, sí...! ¡Ajá! –asintió ella separando las piernas y dejando que el dedo en su clítoris se moviera más libremente.
Cuando Martha se dio cuenta, estaba sentada en la banca. El duelo la tomaba por la cabeza y le restregaba la hinchada bragueta en la cara.
-Sienta cómo la pone... es lo que se busca con estas prendas.
-¡Mff! -aunque avergonzada, Martha se quedó ahí, sintiendo la dureza de la erección. “Uff... esto es enorme...”
-Debo ver cómo funciona todo.
-¡Está bien! -Martha asintió ruborizada- ¡Véalo!
Agarrándola de la cabeza con fuerza, pero no demasiado, el dueño le incrustó el miembro en la boca, haciéndola gemir.
-Mh... mh... -el miembro se hinchó más en la boca de Martha.
-Eso... prúebala... –sonrió.
-¡Mh! –gimió ella, succionándolo.
La tienda continuaba vacía. Todavía no llegaban las empleadas. En el probador, con la cabeza ladeada Martha presionaba la raíz de la erección con los labios, proporcionándole largas mamadas. “¡Mh! ¡Qué palote tiene este señor!”, se dijo.
-Eso.. así...
-¡Mff! –Martha se sacó el pene de la boca y volvió a metérselo- ¡Esto es penoso... mff!
El dueño se sentó en la banca. Martha lo siguió poniéndose de rodillas en el piso. En el probador, en lencería y en cuatro manos, Martha mamaba el miembro rápida y fuertemente.
-Así... cómo sientes que la pones...
-¡Mhh, durísima!
En el espejo, el dueño veía la cabellera de Martha agitándose y sus nalgas bajando por las ligas, que sujetaban las medias. Elásticas, las medias bajaban por las piernas con una costura a lo largo. Al notar que el dueño la veía en el espejo, Martha alzó más las nalgas, mostrándoselas con la línea de la tanga entre ellas.
-Ah, ah –se agarró de la banca, viéndola mamarle-... sabías... lo que quería... hacerte...
-Mjm! –suspiró animándolo- ¡Mjm!
Tomando al dueño de las piernas, Martha en sostén y liguero, mamaba el grueso mástil, moviendo la cabeza en círculos, con los ojos en blanco.
-¿Estás ahí? –preguntó una voz afuera de los probadores.
-... mh –suspiró ella-... es mi marido...
-¿Estás ahí dentro? –preguntó de nuevo.
-Mh... –sin responder, Martha miró al dueño, sorbiéndole el pene.
Su esposo repetía la pregunta, pero Martha continuaba succionando la erección, humedeciéndola con su saliva-
-Sigamos con el examen -el dueño la acostó en la banca, metiendo la cara entre las piernas de Martha.
-¡Sí, querido! –respondió ella alzando la voz- ¡Estoy probándome lencería!
Martha echó la cabeza atrás cuando el tipo le tocó el clitoris con la punta de la lengua.
-¿Cómo te queda? -preguntó su esposo
-¡Me queda... justo...!
-¿Te gusta?
-¡Sí, me –Martha abrió más las piernas cuando el tipo cambió el movimiento de la lengua, de lado a lado -... me está gustando!
-¿Mucho?
-¡Ohh, sí...! ¡No pensé que me gustara tanto...!
-Iré enfrente, veré los equipos de sonido.
-¡Ajá, sí, sigue, sigue...! –respondió Martha, pero fue al dueño.
El dueño movió la lengua más rápido y la tomó de los senos. Con eso, el orgasmo de Martha llegó repentinamente. Separó más las piernas, tensándose y agarrándose de la banca. En la lengua, su clítoris tuvo un espasmo. El dueño se detuvo y presionó con la punta. Martha gritó sacudida por los fuertes espasmos de su clítoris, gritando y moviendo las caderas.
-Ahh... qué cuerpo –sin perder tiempo, el dueño la penetró desfalleciente-... aahh...
Dándose cuenta de que él había perdido el control, Martha experimentó satisfacción. Con su pipa y su traje caro, era un tipo enloquecido por estarla penetrando y se dio a acicatearlo.
-Ahh... te queda súper... súper... ahh...
Con el miembro entrando y saliendo entre sus muslos abiertos, Martha sonrió cuando el dueño le apresó los senos haciéndolos hacia arriba.
-¡Mhh! –gimió ella- ¡Vendré más seguido a esta tienda! ¡Mhh!
-Oh, sí, oh, sí... te regalaré lo más sexy... ... aahh... aahh...
El dueño la tomó por las caderas, empujando tan fuerte que movía la banca. Los pechos de Martha saltaban oprimidos por el sostén, que los mantenía veticales.
-Ahh... ahh... me voy a venir –jadeó él-... me vas a hacer venir... me voy a correr... me voy a... me... voy... ah... ¡... aahh...!
El dueño de la tienda estiró la espalda, eyaculando a gritos en la vagina de Martha, que gritaba también. Sus senos apuntaban al techo bamboleándose
Cuando salían del probador, el dueño estaba mareado. Martha tomó el gancho donde colgaba el camisón rojo semitransparente, muy corto. Ya para salir del grupo de probadores, lo alzó.
-¡Oh...! ¡Faltó probarme éste!
Martha giró y se apretó contra el duelo, desbotonándose el sostén con una mano y sosteniendo el camisón con la otra.
-¡Mhh! ¡Vamos a ver cómo me entra ahora!
-... sí –jadeó el, lamiéndole el cuello-... póntelo, póntelo... ooh...
La ropa de Martha estaba desperdigada por el suelo hacia la puerta del probador, de donde salían gritos.
-¡Ohh, ooh! –gritaba ella- ¡El camisón te gustó más! ¡Ohh! ¡Me probaré otros!
-Me vuelves loco –jadeaba él-... me vuelves loco...