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El mayordomo


El cambio de sabor que notó en su lengua le hizo pensar que quizás ella se había corrido. Escuchó que sus gemidos se ralentizaban y alzó su rostro. Sus manos, al acariciar los pechos, confirmaron que a ella le había llegado ya el orgasmo, al sentir que su cuerpo se relajaba. Las piernas que habían apretado su cabeza mientras él lamía su coño se abrieron.

-¿Desea algo mas la Señora?, -preguntó.

-No. Puedes retirarte, -contestó la mujer.

Él recogió su ropa, colocada ordenadamente en una silla y se dispuso a abandonar la habitación. Ella tapó su cuerpo............. con la sabana, dándole la espalda mientras él abría la puerta de la habitación para salir.

-¡Espera!, -dijo ella secamente.

-¿Si, Señora?

-Me habías pedido que mañana te diese el día libre…

-Si, Señora.

-No puede ser. Mañana tienes trabajo extra.

-Como desee la Señora.

-Vete a tu cuarto. Estoy muy cansada.

Él salió de la habitación cerrando la puerta suavemente. Se introdujo en su pequeño y austero cuarto y se acostó en su cama. Preparó el despertador y apagó la luz. Desnudo y excitado, tocó su pene y empezó a masturbarse.

-¡No! A la Señora no le gusta que lo haga, -pensó.

Dejó de tocarse y bastante rato después, consiguió dormirse.

A la mañana siguiente, despertó a su señora. Le preparó el desayuno. La duchó y después la vistió. Cuando ella se disponía a salir en dirección al trabajo, le dijo:

-Debes ir a las doce al aeropuerto. Tienes que recoger a mi sobrina Cristina.

-Si, Señora.

Él limpió la casa, se puso su traje y cogió el coche. A la hora indicada, en la puerta de llegadas, esperó con un cartel en el que ponía Señorita Cristina a la sobrina de la señora.

Unos minutos después, una chica apareció y sonriente se acercó a él.

-Creo que esa soy yo, -dijo. -¿Dónde esta mi tía?

-Trabajando, Señorita.

Él, aplicadamente, cogio las maletas de la chica y la condujo al coche. En pocos minutos se hallaban en dirección a la casa.

-¿Eres su novio o algo así? ¿Un amigo?, -preguntó ella, aburrida por el silencio de él.

-No Señorita. Soy su criado.

-¿Su criado? ¡Vaya con la tía Carmen!

Llegaron por fin a la residencia. Él le mostró su habitación y siguió con las tareas de la casa. Al atardecer, llegó la señora a la casa. Las dos mujeres se fueron de compras, cenando fuera. Al anochecer, se dispusieron a acostarse. La muchacha, nerviosa por los acontecimientos del día, no podía dormir. Mientras lo intentaba, escuchó pasos. Sigilosamente abrió la puerta de su habitación y vio como el criado de su tía se introducía en el dormitorio de esta. Se acercó y escuchó como la mujer gemía. Ella regresó a su habitación y al rato, vio como él sirviente salía de la de su tía, desnudo. Su pene estaba enormemente erecto. La muchacha se excito terriblemente. Se acostó, pensando en aquel hombre. Su mano se introdujo entre los labios de su sexo encontrando el clítoris. A los pocos minutos, se corrió y por fin se durmió.

A la mañana siguiente, desayunaron juntas. Ella ordenó al mayordomo que le mostrase la ciudad a la muchacha... La intención de la Señora era que esta descansase unos días y que después entrase a trabajar en el negocio de ella. La chica no dejo de pensar durante todo el día de los servicios del criado a su tía. Al llegar a casa, se cambió de ropa. Eligió ropa que favorecían especialmente sus encantos. Él, entregado a las labores domesticas, la ignoró. Eso la enfadó, pues se creía irresistible. Cuando al atardecer llego su tía, la muchacha criticó duramente la labor del criado. La señora riñó severamente al mayordomo y este le pidió disculpas, diciéndole que no volvería a ocurrir. Cuando todos se acostaron, la muchacha, al escuchar que el mayordomo regresaba al cuarto de su tía, salió aun balcón que daba también a esta. Desde ahí podía verlos sin ser descubierta. Vio, excitada, como la señora azotaba al criado con una correa. Sin duda, pensó la chica, era por causa de lo que le había dicho a su tía. Después, el hombre se colocó a gatas entre las piernas de la mujer, tumbada en la cama hacia arriba y lamió su coño hasta que esta se corrió. Entonces el hombre abandonó la habitación de su señora. Al dirigirse a su cuarto, sorprendió a la muchacha en el balcón.

Serio, no le dijo nada y tras mirarla a los ojos, se metió en su cuarto. La muchacha se acostó en su cama y recordando lo que había presenciado, se masturbó de nuevo.

Al día siguiente, el mayordomo les sirvió el desayuno y posteriormente la señora partió al trabajo. Al rato, la chica llamó desde uno de los cuartos de baño al sirviente. Este acudió presto.

-Prepárame un baño, -ordenó la muchacha.

-Si, Señorita.

El sirviente empezó a llenar la bañera, comprobando que la temperatura era la adecuada.

-Desnúdame, -ordenó la chica de nuevo.

El sirviente obedeció, quitando las prendas de la bella chica con extrema suavidad. Cuando ella estaba totalmente desnuda, lo besó, tocando con su mano derecha el bulto de su pene. Estaba duro como una piedra.

-Vamos, hazme lo mismo que le haces a mi tía, le mandó.

-Lo siento, Señorita. No puedo hacerlo.

El mayordomo abandono apresuradamente el cuarto de baño. Eso enfadó terriblemente a la chica.

Al atardecer, cuando llegó su tía, la muchacha acusó al sirviente de desobedecerle y pretender abusar sexualmente de ella.

-¿Es eso cierto?, -preguntó la señora.

El mayordomo miró avergonzado al suelo, sin decir palabra.

-Coge tus cosas y abandona mi casa, -ordenó la mujer.

-Como ordene la Señora, -dijo el sirviente.

En pocos minutos partió. En la puerta de la calle, suplico a la señora que le permitiese seguir a su servicio, pero la dueña de la casa se mostró inflexible y por fin él partió.

Las dos mujeres se acostaron pronto. La muchacha se sintió culpable, pues no esperaba que sucediese eso. Lloró al sentirse malvada y no pudo borrarla imagen del sirviente en su mente.

Al día siguiente, entristecidas las dos mujeres, intercambiaron pocas palabras. La muchacha pasó todo el día pensando en lo ocurrido y llegó a una decisión. Cundo su tía regresó, le contó la verdad. Esta, al escuchar la confesión, sin decirle nada, cogio el teléfono, marcando el número del móvil del mayordomo.

-Si, Señora, -contestó este.

-Ven de inmediato. Te perdono.

-Gracias, Señora.

Media hora después, regresó el sirviente.

-Voy aplicar un castigo, -dijo la Señora al verlo entrar en la casa. –Trae el cinturón de los azotes.

Unos minutos después, el criado lo trajo. Él comenzó a quitarse la ropa.

-No voy a castigarte a ti, -dijo la señora.

Miró a su sobrina, ordenándole:

-Desnúdate, Cristina. Eres tú quien merece el castigo.

La muchacha asustada, obedeció. Cuando ninguna prenda cubría su cuerpo, el mayordomo le hizo apoyar sus pechos sobre la fría mesa del salón. Su tía comenzó a azotarla duramente. El mayordomo miró excitado la escena, mientras la chica gemía de dolor. Finalmente, la señora condujo a la chica a otra habitación distinta a la que había sido suya hasta ahora. Era un pequeño cuarto, con una cama, una silla y un armario.

-Este es tu nuevo cuarto. El cuarto de la criada, dijo la señora, abriendo el armario. En él había solo un uniforme de doncella.

-Mañana empezaras a trabajar. Levántate pronto y obedece en todo al mayordomo.

-Si, Señora, -contestó la muchacha.

-Bien. Acuéstate ya.

La dueña de la casa la dejo en su cuarto y seguida del sirviente, se introdujo en su habitación.

Al rato, el sirviente salio de esta, totalmente desnudo de nuevo.

La chica desde su nuevo cuarto, le dijo:

-Perdona.

El mayordomo sonrió y ambos entraron en el cuarto de este. Se acostaron en la pequeña cama. Él la puso de rodillas entre sus piernas.

-¿Te lo permite la Señora?, -preguntó sonriente la chica.

-Hoy si, -contestó este metiendo su pene en la boca de la nueva doncella. Ella lo cogio con sus dos manos provocándole un potente orgasmo. Después, él la tumbó en la cama y lamió su coño hasta que esta se retorció de placer y se corrió.

Por la mañana, la doncella despertó a la señora. Había sido una larga noche para todos. La pareja de sirvientes hicieron las labores de la casa con disciplina, deseando que llegase de nuevo su Señora. Ella decidiría quien acudiría esa noche a su habitación, quizás, quien sabe, los dos criados a la vez



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