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El largo regreso


No sabía a ciencia cierta por que cambió su nombre. Yo nací en la Hacienda y siempre escuché hablar de ella. Mi madre le llamaba la señora, no porque fuera la dueña, sino porque lo era: así de sencillo, decía. En un mundo embrutecido por la ignorancia del alma, de la mente o de ambas, siempre destacaba por la elegancia de sus pensamientos y de su estar ausente.

Desde bien pequeños, abrasados por el calor y por el elevado volumen de nuestras conversaciones y juegos corríamos como una ráfaga ardiente a la fuente para ser los primeros en beber y en mojar, con igual apremio, al resto. Pero siempre se imponía el silencio ................. de su caminar, apresurado, a nuestro lado. A veces nos miraba y sonreía. A veces.

Su nombre era Elena, como su madre, como su abuela y como su hermana mayor. El cura en su bautismo, borracho de vino de sangre y de cuba, confundido por el calor y el alcohol mal digerido llamó otra vez Elena a la nueva pecadora. No hubo quien le hiciera rectificar: así constó ante Dios y nadie era nadie para desdecirle. Así se las gastaban en todo el valle.

Por lo que ahora se debería tener unos 40 años. A nosotros, entonces, no nos parecía ni mayor, ni joven, ni vieja, solo fascinante. Tantas veces en boca de todos por sus idas y venidas tranformadas en leyendas que la convertían, tan pronto en una loca como en un alma libre.

Vagaba por la hacienda, dedicada al cuidado de sus caballos y a la lectura de poesía, una pasión cultivada desde pequeña. Nadie entendía esta embarazosa afición en una familia donde la expresión del sentimiento fue considerada como el paradigma de la ordinariez. Según cuenta mi madre, la edad atemperó un espíritu salvaje que a sus 20 años hizo secar las gargantas en unos cuantos kilómetros a la redonda, tantos como dieron de sí sus excesos nunca suficientemente aclamados o criticados.

Mi madre siempre la defendió. Siempre. Se refería a ella como la pobre señora. Y esto es sinónimo de sufrimiento injustamente soportado y vergonzosamente amordazado. Jamás supe por qué.

Mientras tanto la vida pasaba sosegada o frenética, es cuestión de opinión. El verano nos guste o no sucede a la primavera que a su debido tiempo acaba con el frío invierno. Así el trabajo, el amor, la diversión, el descanso se transforman en una incontrolable maraña de acontecimientos que se desdibujan y entremezclan hasta hacer de pasado presente y futuro una masa informe tan sólo capaz de ser medida por un calendario.

Por eso no recuerdo cuando sucedió la llegada de Teresa.

Yo estaba en el último año de carrera y volví a la Hacienda para realizar un estudio sobre fertilización agrícola, para el que me habían cedido 5 hectáreas, pero esta es otra historia que no viene al caso. Ella ya estaba allí, contratada para la gestión de las cuadras y ganado. No pasaba inadvertida.

Reía y hablaba con la misma vehemencia. Y también, cómo no, juraba y maldecía como el peor de sus peones en día de borrachera. Fuerte, extremadamente delgada, fibrosa y casi fea. Pero cuando montaba un caballo, su cuerpo se transformaba en un dibujo elegante erguido, sereno. Sólo entonces estaba en silencio, inexpresiva como en una danza iniciática, sin atisbo de ira, paz, sin sentimiento. Hasta yo sufría de un raro encantamiento cuando la veía: pantalón y camisa negros, guantes amarillos. Hubiese querido saber dibujar para haber dejado hablar a la mente a través de mis manos. Pero no me fue concedido ese don. Ni ese ni ningún otro que no tuviera que ver con la razón y el conocimiento. Por eso me sentía turbada.

Desmontaba y bebía una cerveza mientras salía de su trance. Luego volvía a ser ella. Un animal sin control que bebía la vida como sus cervezas: siempre pensaba que quedaban más en la caja.

Las reuniones eran cada vez más frecuentes en torno al picadero. La Señora, Teresa una decena de personas alrededor y yo. Ellas no paraban de hablar de los caballos, las ferias, potros y ventas sin mirarse. Teresa miraba duchar al caballo, la señora, como siempre al infinito. Yo a las dos.

- Luego ven a mi despacho y cerramos estos asuntos le decía a Teresa. Saludaba a todos con distante ternura y volvía a la casa donde continuaba con sus quehaceres.

Esa tarde necesité la autorización de la señora para trasladar un cercado a mis campos y entré en la casa. No recordaba haberlo hecho mas de 4 o 5 veces, pero pareció la primera. Los muebles, las alfombras pero sobre todo los cuadros. Una casa que hace comprender por qué ellos son ellos y nosotros no. No es el valor de lo que allí había sino su belleza y buen gusto lo que me hacía sentir fuera de lugar. Hay cierta gente que nos lleva la ventaja por lo que vió desde pequeños, el escenario en el que se desarrolló su infancia.

Allí estaban ellas. La señora sentada en la mesa del despacho. Teresa de pié tras ella, una mano en la mesa otra en el respaldo de la silla de Elena. Ambas mirando los mismos papeles. Y yo, como siempre mirando a las dos. Teresa se acerca para mirar más de cerca y en un gesto que parece costumbre pone su mano sobre la de Elena y la acaricia con los dedos mientras continúan hablando. Elena libera su mano, acaricia la cara de Teresa y mientras termina la frase sonríe y acomoda la mano en el cuello de Teresa.

Yo no puedo respirar.

Acaba la reunión Teresa jala del pelo a la Señora le besa con una dulzura aparentemente impropia y le dice: no te preocupes, yo me encargo. Se dirige con paso decidido hacia la puerta ¡hacia mi!

Yo estoy petrificada por lo que he visto, por lo que imagino y por la cara con la que me mira Teresa al abrir la puerta.

Tú quien eres.

Soy la ingeniero nueva. La hija de Cruz.

Ya, pero tendrás nombre

Si claro, Ana, me llamo Ana

La Señora sale del despacho y con esa tranquilidad de la gente acostumbrada dice. Si, estupendo Ana, me alegro que conozcas a Teresa. Puede ayudarte con el asunto del compostaje.

Ah!. Es el cerebrito. Sonríe abiertamente mientras lo dice. Voy al guadarnés, cuando termines me buscas.

Y sin más, como una exhalación continúa su camino.

Tras una breve reunión con la Señora de la que consigo permiso rápido y una conversación lenta sobre mi carrera, mi trabajo y mi familia, me dirijo al guadarnés. Las carcajadas sonoras me devuelve a la realidad de la hacienda y de mi infancia. Risas y conversaciones tan insustanciales como irrespetuosas.

Entro. Conozco a la mitad. Nadie se molesta en presentarme y yo por supuesto procuro no interrumpir la delirante e irrepetible historia de noches de alcohol y hembras. Teresa les escucha y ríe abiertamente, bebe pero no es como ellos aunque a ellos les fascine. Me ignora lo justo.

Cerebrito, ven a cenar a la casa y hablaremos, aquí es imposible. A las 9. Sé puntual.

Así me vi cenando por primera vez cenando en la casa para la que habíamos trabajado durante generaciones. La señora, estaba esperándome, magnífica, con las gafas en la frente mientras avivaba el fuego. En pocos minutos hablábamos de música barroca, poesía y pintura. Siempre había secretamente deseado haber nacido en una familia cultivada y sensible. Cuando llegó Teresa eclipsó la conversación y la atención de Elena. Poco a poco el ambiente cambió. Había algo de magnético en esa mujer. Esa atracción de las personas vitales. Distinto a las que tratan de disfrazarse con actividad. No era aprendido. Era la atracción que produce la propia vida.

De camino a casa no podía dejar de imaginarlas juntas. En la habitación. Elena entraría primero, se detendría probablemente a quitarse el reloj, la chaqueta. Teresa la abrazaría por detrás. Ella giraría su cara hacia ella y la besaría. O tal vez sería Elena la que quitaría con urgencia la camisa negra que conjuntaba tan bien con sus bucles negros. La que acariciaría sus brazos largos y musculosos con una pasión propia de la gente contenida. La arrojaría en la cama y le haría el amor con la paciencia de una mujer que seguro le duplicaba la edad.

No podía dejar de pensar qué palabras usaría para amarla. Que secreta desvergüenza retendría ese torrente de vitalidad. Cómo agotaría su aparente fragilidad para conseguir dar placer a ese cuerpo de acero. Como sería el orgasmo de esa mujer arrollado por los labios, las manos y el cuerpo de tanta feminidad.

Y sentía envidia. La roca y el aire. La calma y la tormenta, la mente y el cuerpo, la poesía y la prosa. No sabía quien era quien, pero ninguna era yo.

Una mañana busqué a Teresa y no estaba. Pregunté a los chicos.

No está

¿Se ha ido de viaje?

Ya volverá, dijeron sin más explicación.

Pasaban los días y seguía sin aparecer. Fui, finalmente a ver a Elena.

Necesito hablar con Teresa.

Ahora no es posible, dijo sin dejar de leer.

Lleva días fuera

Lo se

¿Le ha pasado algo?¿Se ha ido? Mientras me escuchaba vomitar una retahíla de preguntas pensaba que era impropio de mi.

Volverá. Me dijo mirándome fijamente a los ojos sin dureza, sin dudas, sin dolor.

Llegué a casa indignada, descompuesta. Era una respuesta infantil a un problema decididamente ajeno.

Qué pasa? Preguntó mi madre

Nada.

No lo parece.

Nunca fuimos muy dadas a hablar. Las cosas en mi casa se solucionaban solas, por el puro devenir de los días. Una mirada, acercarte el agua...esas cosas que evitan hablar de lo que realmente ocurre.

Las cosas no son siempre lo que parecen. No pretendas enjuiciar todo lo que sucede a tu alrededor. Siempre has tenido una tendencia a la rectitud que no te deja ver la realidad, al menos toda. Te contaré una historia.

Yo no sabía qué pasaba allí. Mi madre, cocinera de la casa, parecía haberse transformado en otro ser. Le cambió hasta la voz. Se sentó en la mesa y después de un fuerte suspiro comenzó a hablar. Despacio.

La Señora... nadie la conoce tan bien como yo. Todos hablan de ella, pero nadie sabe. Que es una mujer educada se nota. Pobre. No tuvo oportunidad. Sus padres sólo pensaban en el que dirán. Ella era un pájaro enjaulado, primero en si misma, después en su familia. Consiguió volar. Pobre. Los días de ausencia. Las noches de alcohol y lujuria en los lugares más sórdidos que puedas imaginar. Cuanta energía, cuando dolor convertido en borrachera. Cuantas veces tuve que traerla sin que nadie nos viera arrastrándola de lugares a los que, Dios me perdone, ni el propio Lucifer entraría. Así fue matando su alma. Y su cuerpo. Cuantas mañanas tuve que componerla para comparecer en una mesa con la dignidad que siempre le acompaña. No importaba la noche. A su familia no le importaba nada, sólo que estuviera sentada en una mesa a la misma hora de siempre, con los modales de siempre, como siempre.

Y sobrevivió a si misma. A su imparable energía. Se sujetó hasta no reconocerse. Hasta convertirse en lo que ya no distinguía. Hasta que ella llegó.

Nadie reconoce tan bien en otra persona lo que tuvo y no pudo ser. Nadie le devolvió tanto a cambio de nada. Se enamoró de ella como si tuviera que volver a quererse a sí misma. Lo que ella siempre quiso, lo que no pudo ser. Nadie le dio tanta alegría, tanto respeto, tanta protección. Teresa mataría por ella.

Lo dijo con tanta gravedad que pensé que había ocurrido.

Pero tanta vida no cabe en un solo mundo y cada tanto ella vuela. Como cada tanto el río desborda su cauce y atrapa lo siempre fue suyo. Nadie la comprende como ella. Por eso espera. Como el río retoma su caudal. Como la tierra se posa tras la riada.

Volverá. No puede ser de otra manera.

Se levantó como si tal cosa y siguió amasando como si yo ya no existiera, como si, de nuevo, no perteneciera a su mundo. Me fui. Empecé llorar. No se si por ellas, por mi, por mi madre...

Y volvió, como si tal cosa. Espléndida, sonriente, desplegando una actividad portentosa. Todo volvía a la normalidad.

Fui en su busca. Estaba en el despacho de Elena, todo parecía comenzar otra vez.

Ni un reproche. Ni una pregunta. Sólo sus manos acariciando las suyas. Elena se levantó por un libro. Teresa la retuvo. La besó.

¿Has ido lejos?

Mucho.

Elena acarició su pelo. Besó su ojos, su boca. Y comenzó a susurrar palabras a su oído. Palabras que, desde donde estaba, no podía oír ni imaginar. Palabras que deseaba conocer como el secreto del Santo Grial.

Desabrochó su camisa y mientras le miraba fijamente a los ojos acariciaba sus hombros, su torso moreno huesudo. En cada oquedad se detenía y la besaba, sin dejar de mirarle a los ojos. Sabía que era como amarse a sí misma. Quería verse gozar. La amaba hasta el límite de la renuncia. Eso pensaba. Y quería ser Teresa. Sentir cómo su boca lamía mis heridas, como sus manos limpiaban mi piel de otros caminos, cómo su olor terminaba con el olor de otros paisajes, otros cuerpos. Y mientras el mío reaccionaba sumiso a sus antojos mis manos desnudarían su cuerpo. Pero no era yo.

Teresa levantó su cara : te quiero.

Elena desnudó lentamente su piel clara, soltó su pelo. Teresa la contemplaba sin moverse, sólo su respiración la delataba. Quería disfrutar de cada segundo, retrasar lo inevitable. Elena la agarró por la cintura del pantalón y la hizo seguirle. Se contoneaba con feminidad, sin aspavientos. Para cuando llegaron al sofá ya había soltado su vaquero que cayó al suelo a la misma velocidad que ella golpeó contra el sofá.

Elena, me vuelves loca, sonreía Teresa, te quiero como nunca p..

Calla!. A lo mejor se te ha olvidado que prefiero que no hables. Si quisiera hablar contigo hubiera bajado a las cuadras. Y con una sonrisa pícara hundió su cabeza entre las piernas de Teresa.



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