Inicio | Favoritos | Contacto
 
Recuperar Contraseña REGISTRARSE



Ranking de Autores
sexofotos España
27 -4
lexo1 Ecuador
2 0
kleber-11 Ecuador
1 0
walter-bs-as Argentina
0 0
eduardorak Argentina
0 0



Amor-Filial Masturbacion Confesiones Dominacion Fantasias Gays Hetero Intercambios Lesbicos No-Consentido Orgias Sadomaso Maduras Cibersexo Voyeur

El Jinete de Salamanca


SALAMANCA. 23 años atrás.

El Jinete sintió su nariz contra la lona. Tenía los ojos entornados, y al tratar de abrirlos, notó la presión sobre el párpado izquierdo. No se dio cuenta de la presencia de aquella mancha de un rojo oscuro y tenebroso, hasta que no venció la resistencia de aquel párpado, y la realidad le golpeó igual que lo había hecho su contrincante. Con dureza.

Era la primera vez que sentía el dolor y el amargo sabor de su propia sangre. La vista apenas le alcanzaba para vislumbrar las luces que le rodeaban, pero los sonidos eran nítidos............... y perfectamente audibles. La cuenta atrás había comenzado. Diez segundos separaban la victoria de la derrota, el triunfo de la humillación, el aplauso del abucheo. Diez segundos que pasaban más despacio de lo que nadie en el mundo alcanzaría jamás a imaginar.

Siempre le habían dicho que ese tiempo era la eternidad, pero nunca lo había creido. Su entrenador, sus compañeros veteranos, todos. De ahí que su mayor temor, hasta aquel mismo instante, la pesadilla que había acompañado todas sus largas noches de incertidumbre y desasosiego, siempre era la misma: su rostro a dos centímetros de la lona blanca y dura, mientras un \"diez\" martilleaba en su cabeza, como la losa que cubre el féretro de un difunto.

Diez segundos que pasaban más rápido de lo que nadie le había explicado nunca. El contrincante, inerte el público, eufórico la esquina del cuadrilátero, en ebullición. De repente, el sonido de una campana aguda, una mano asiendo tu brazo, levantándolo con inesperada energía, y el sabor del triunfo, de la victoria, de la gloria...

Acababa de nacer El Jinete de Salamanca.

Le molestaba que la luz del Sol se filtrara a través de las rendijas de aquella vieja persiana de tiras metálicas, que mantenía su sucio despacho completamente alienado del mundo real. Ya que no se podía permitir unas ventanas y unas puertas completamente insonorizadas, debía conformarse con que la insoportable claridad de la mañana, los descarnados rayos de aquel mortal enemigo, se mantuvieran retenidos tras las oxidadas y ennegrecidas tiras de metal. De lo contrario, tendría que plantearse la posibilidad de comprar unas cortinas.

Amadeo se incomodó al oír aquella algarabía. \"¿Pero quién demonios se atreve a montar ese escándalo?\", gruñó entre dientes, dejando caer un pie al suelo.

El pie golpeó el cristal marrón de una botella, y el escaso líquido que ésta contenía, se derramó sobre la sucia alfombra. Pocacosa enseguida se acercó a olisquear. \"Nada nuevo\", debió pensar, antes de volver con desgana a la toalla arrugada que le servía de cama desde hacía unas semanas. \"Joder...\", protestó Amadeo cuando sintió el húmedo contacto en la planta de su pie. Los gritos provenían del interior del gimnasio.

No recordaba cuándo había decidido que las ocho de la mañana era la hora adecuada para abrir un gimnasio, ni quién le había convencido para aceptar esa hora de apertura. Ricardo decía que la mayoría de los chicos tenían que ir a trabajar, o a estudiar, y que necesitaban confiar en que disponían de aquel lugar para desahogar su rabia, antes de enfrentarse a sus monótonas e impuestas actividades diarias.

Amadeo caminó hacia aquella ventana, sin el temor de que los rayos del Sol le derritieran, esquivando diversos objetos lanzados a voluntad, o simplemente caídos y no recogidos. Ropa, botellas, papeles, pequeñas bolas de plástico con las que Pocacosa alegraba su existencia... Amadeo pateaba lo que se interponía en su camino, nunca daba rodeos, ni se molestaba en recolocar las cosas, o buscarles una ubicación.

Mijail era un ruso, corredor de apuestas, que le había hecho ganar mucho dinero en el pasado. Pero ahora, el dinero ni siquiera era dinero para Amadeo. Había cambiado de nombre, y carecía de importancia para él. Tener muchas pesetas, en el pasado fue un sueño. Pero, ¿quién quería tener muchos euros? Incluso odiaba pronunciar esa palabra. \"Euro\" conducía con demasiada facilidad a \"Europa\", y El Jinete de Salamanca ya había conquistado Europa en otros tiempos. Ahora le aborrecía Europa.

-Ricardo es buena persona... -le dijo Amadeo al ruso.

-Ricardo me quiere robar -Mijail marcaba las erres con un simpático sonido al que Amadeo aún no se había acostumbrado más de veinte años oyéndole hablar, y su acento seguía arrancándole una sonrisa. Casi nada hacía sonreír a Amadeo. Mijail, y Pocacosa peleándose con el cordón de sus zapatos. Aparte de eso, su expresión de eterna desidia apenas variaba.

Amadeo empujó hacia abajo la tira metálica con el dedo índice, viendo enseguida la figura de Mijail por detrás, alejándose de las escaleras que conducían hasta su despacho. Cuando pasó junto a Ricardo, le dijo algo, y su socio sonrió. \"Asunto solucionado\", pensó Amadeo con una ligera satisfacción. No le gustaban los euros, pero a las personas que le rodeaban, sí. El dinero sólo le servía a Amadeo para que la gente no se peleara, para aliviar las tensiones que se creaban a su alrededor. Bueno, también le servía para comprar a Pocacosa la escasa comida que éste le reclamaba, y para llenar su pequeño frigorífico con sus auténticas amigas de cristal. El malentendido entre el ruso y su socio Ricardo se había solucionado sin problemas, y Amadeo sentía que ya podía volver a dejarse caer sobre el desmadejado colchón que le hacía de cama. Pero antes de retirarse de la ventana, su vista se fijó en algo. Más bien, en alguien.

Un muchacho estaba entrando por la puerta del gimnasio, con cara de haberse perdido, cruzándose con un Mijail que ignoró su intención de preguntarle algo. Amadeo observó a aquel chico. No le reconoció. No le había visto nunca antes por su gimnasio. Claro que tampoco solía hacer acto de presencia en él, antes del mediodía. Le observó con curiosidad. Era aún un crío.

Sus facciones denotaban claramente la inexperiencia en un rostro aún sin curtir sin golpear, ni por la vida, ni por los adversarios. Amadeo había visto muchas caras bonitas como aquella perdiendo su perfección y su aparente belleza juvenil, siempre a base de puñetazos dolorosos y sangrantes. Él mismo había partido muchas narices esculpidas con maestría, había torcido tabiques nasales y también reventado cejas, abierto brechas en ojos y labios, y había incluso llevado a gente a la UCI. Y nunca había sentido compasión por ninguna de las personas que se le pusieron delante sobre un ring, pisando la misma lona blanca de la que él se creía amo y señor.

Dejó deslizar su dedo por la tira metálica grasienta, hasta que la imagen de aquel joven quedó al otro lado del único mundo que ahora le importaba: su soledad.

Amadeo oyó la puerta golpear, y supo que Ricardo ya estaba en la calle. Aquella noche no había bebido apenas. Sólo cinco o seis botellines. Por ninguna razón especial. O quizá sí. Puede que no quisiera olvidar que quería hacer algo antes de acostarse. Bajó las escaleras en la penumbra, tratando de no caer. Caminó hasta una sala del gimnasio que Ricardo utilizaba como oficina.

Como si se creyera todo un profesional de la Administración, las tenía colocadas en orden alfabético, por apellidos. Amadeo nunca miraba aquellas fichas, y a Ricardo le hubiera extrañado mucho verle haciéndolo. De ahí todo aquel misterio, como si estuviera entrando a hurtadillas en un lugar que no le pertenecía. Las repasó una a una, buscando los nombres que las encabezaban. Multitud de nombres que no le decían nada, que no le aportaban nada le resultaba indiferente lo que Ricardo hiciera con esos chicos. Un Francisco. Francisco Jimenez, 24 años. Fecha de inscripición: 16 de marzo. Más de cinco meses no era él. Siguió recorriendo cada papel, con los ojos cansados por la escasa luz de aquella lámpara vieja. El último. La última ficha era la que buscaba. La primera si hubiera empezado por detrás. Fran Velasco. Ni siquiera era Francisco el nombre con el que el muchacho se dio a conocer. Debía creer que Fran sonaba más duro. Dejó el resto sobre el escritorio, y se apoyó en él, moviendo la estructura de la lámpara con la intención de dirigir el foco de luz al punto adecuado para poder leer más cómodamente.

Fran Velasco, nacido hacía casi diecisiete años, un quince de octubre. Amadeo no supo ubicar exactamente la calle en la que vivía el muchacho, pero debía ser en una de esas nuevas zonas residenciales que habían expandido la ciudad de Salamanca en los últimos años. Gente de buena posición. \"Un niño de papá\", pensó Amadeo. Lo que menos esperaba, era que aquella información concordara con el mismo chico que había visto aquel mediodía en el supermercado, trabajando de reponedor.

Y aún quedaba otro detalle de aquella ficha, uno más concreto, que dejó sin habla a Amadeo. La última pregunta (ridículamente inventada por Ricardo) de un pequeño cuestionario, decía: -¿Qué te ha llevado a elegir este gimnasio?

La respuesta de Fran Velasco era clara y directa: -La posibilidad de conocer al Jinete.

El muchacho tenía cierto problema con sus piernas. Parecía que en cualquier momento se le fueran a enredar, haciéndole caer. Amadeo se había dado cuenta desde el primer instante, pero confiaba en que Ricardo también lo notara, e hiciera algo al respecto. Ahora se preguntaba si no estaría su socio perdiendo facultades. Era de cajón. Si el muchacho no controlaba sus piernas... El equilibrio era fundamental, la perfecta composición del cuerpo podía evitar que te hicieran caer con un golpe de lo más simple. El muchacho tenía buena cintura, pero necesitaba trabajar sus piernas.

Amadeo sintió a Pocacosa ronroneando entre sus pies, y decidió prestarle algo de atención. Ya se había acostumbrado el gato al nuevo horario, y su dueño no le volvería a pillar durmiendo sobre la cama, aunque despertara desde hacía un par de semanas, cuando el Sol apenas entraba en la habitación.

-Sigue siendo torpe con las piernas -dijo Amadeo, abriendo el frigorífico y buscando en su interior el botellín más frío que encontró.

-Lo sé, pero le cuesta hacerse con ellas -Ricardo ni siquiera estaba sentado aquella noche tenía intención de irse pronto-. Y mira que le insisto...

-No lo suficiente, parece -empujó la portezuela de la nevera con inusitada fuerza.

-Vamos, Jinete, ¿cuándo piensas hacer tu \'aparición estelar\'? Estoy más que cansado ya de verte a este lado del cristal... Sobretodo, cuando sé que te mueres de ganas por bajar.

-Creo que no te pago lo suficiente -Amadeo sonrió, pero muy levemente-. Tu labor psicoanalítica no tiene precio.

-Él sabe que vas a bajar. Yo también lo sé, y tú sabes que sólo es cuestión de tiempo que lo hagas. ¿La espera es por tu orgullo?

-Confío en tu capacidad para conseguir que sus piernas dejen de parecer débiles espárragos. Además, le tengo cierta manía a ese muchacho. No creo que pudiéramos trabajar juntos.

-Mírale... Ya ni siquiera el gato se toma en serio tus palabras -Pocacosa estaba boca arriba, agitando su cuerpo contra la toalla arrugada, tratando de rascarse.

-Pocacosa nunca me ha tomado en serio. Y tú tampoco. Siempre tengo la sensación de que soy el último monigote en este circo -Amadeo ya se había dejado caer sobre el colchón desmadejado de la cama, bebiendo la segunda cerveza de la noche.

-Y lo eres porque tú lo has querido así, Jinete.

-Ese muchacho tiene fuego en los puños.

-Tiene tu misma mirada.

-Más fortaleza de la que aparenta.

-Nunca será un peso pesado, Jinete, y necesita mucha disciplina. Nadie sabe más de eso que tú, ¿verdad? -ahora Ricardo había recostado su trasero en una mesa que se suponía escritorio, pero era en realidad un depositario de todo lo que no caía al suelo.

-Mañana -dijo Amadeo-. En cuanto llegue.

-¿Le vas a dar tu discurso de bienvenida? -el hombre sonrió, con cierta satisfacción parecía orgulloso-. Más te vale ensayarlo, porque lo tienes tan apolillado como ese asqueroso y sucio colchón en el que duermes.

-Podría tumbarte de un puñetazo si quisiera. Aunque hubiera bebido quince cervezas, seguiría siendo más fuerte y más ágil que tú.

-Estoy deseando verte de nuevo ahí abajo, Amadeo. No te imaginas la ilusión que me hace, contemplarte otra vez con unos guantes en tus puños.

-No te animes, compañero, que sólo quiero tener una conversación con el muchacho.

Ricardo sonrió, y Amadeo decidió entonces que ya no bebería ninguna cerveza más aquella noche.

El muchacho se apartó bruscamente, quedando la mano de Amadeo colgando en el aire.

-¿Era necesario esto? -dijo Fran, mientras se tocaba el labio con dos dedos.

-Lo siento -respondió Amadeo, aunque más por cumplir, que por sentirlo realmente-. Pero ¿qué quieres que te diga, chico? Esto es boxeo. Si creías que íbamos a jugar a las chapas, te has confundido de gimnasio.

-Vete a la mierda -rugió el joven, notablemente contrariado.

Fran se fue a sentar sobre un potro bajo que había cerca de la puerta del despacho de Ricardo. Esa zona estaba escasamente iluminada. Amadeo sólo había dejado un fluorescente encendido, el que iluminaba el cuadrilátero que presidía el local.

-Ya te he dicho que lo siento... -repitió el Jinete, que seguía sin sentirlo-. ¿Acaso crees que cualquier cabrón con el que te subas a un ring, te va a pedir disculpas después de romperte la cara? -parecía tan enfadado como el chico.

Amadeo llegó hasta Fran y le vio allí de espaldas, con la cabeza gacha, aún tocándose la herida sangrante del labio. Sólo entonces empezó a sentirlo de veras. No por haberle golpeado, algo a lo que el chico se tenía que ir acostumbrando, si no por haberlo hecho a traición y motivado por algo personal.

Hacía ya tres semanas que habían comenzado con los entrenamientos privados, con el gimnasio ya cerrado y ellos dos solos, frente a frente. En todo ese tiempo habían mantenido múltiples combates dialécticos, una motivación extra que parecía funcionar para los dos, y ya Fran se había soltado hasta el punto de empezar a tutearle. Pero aquella noche había cruzado una barrera que Amadeo creyó inoportuna.

El chico se había pasado de la raya, y el Jinete se lo había cobrado con dos puñetazos directos a su cuerpo. Veloces, inesperados, dos golpes para los que Fran no estaba preparado. Uno le había rajado el labio. El otro se había estrellado en su estómago. Los dos le habían dejado noqueado.

-Lo siento... -repitió una vez más Amadeo, mientras su mano volvía a flotar casi involuntariamente en el aire, en dirección a la cabeza del chico.

Le acarició el cabello sudado con el mismo cariño que ponía en sus caricias a Pocacosa. El mismo afecto sincero. Esta vez Fran no se apartó bruscamente. Fue Amadeo quien decidió separarse y entrar en el despacho de Ricardo. De allí recogió un gran maletín blanco, que hacía las veces de botiquín, y con él volvió a salir. Fran seguía con la cabeza gacha. Parecía más decepcionado que enfurecido, y Amadeo sabía que tenía motivos para ello.

-Déjame que te vea eso -inquirió el hombre, llevando una mano hasta la barbilla de Fran.

-Sólo es una puta herida... -gruñó el joven-. No creo que me vaya a morir por esto.

Amadeo ya tenía una gasa húmeda en la otra mano. Con sumo cuidado fue limpiando el pequeño reguero de sangre que caía bajo el labio, en el cuello, en el pecho del chico. Fran tenía el cuerpo caliente. Sus pulmones se inflaban aún con agitación bajo aquellos pectorales que empezaban a adquirir cierta presencia imponente. Amadeo deslizó la gasa húmeda por el escaso vello, limpiando el rojo oscuro de la sangre. Seguía levantando la cara de Fran con una mano en su barbilla, y los ojos del chaval estaban clavados en los de su entrenador.

-Parece que me estés operando a corazón abierto. No es el pecho lo que me duele... -dijo Fran, con algo parecido a una sonrisa.

Amadeo le miró, y de repente se sintió un tanto ridículo.

-Estás manchado de sangre. Sólo trato de limpiarla.

-Lo sé.

-Es lo mínimo que puedo hacer, después de partirte el labio.

-Te lo agradezco, pero tienes razón -dijo Fran-. No puedo comportarme como un crío.

-Es que \'eres\' un crío -matizó Amadeo-. Ni siquiera tienes dieciocho años. No hace falta que te comportes como un hombre.

-No te creo -Fran cogió la mano de Amadeo-. No creo para nada que me veas como a un crío -levantó la mano del hombre, y la puso entre medio de los dos-. Y no deberías ser tan rácano con las gasas.

Aquella había perdido por completo el color blanco con el que se creó, y ahora tenía una tonalidad oscura, casi negra. Amadeo notó de nuevo esas palpitaciones. Su pecho no se llegaba a inflar tanto como el de Fran, pero las pulsaciones, esa leve sensación de bombeo acelerado, estaban cada vez más presentes en su vida. Las tenía presentes al despertar por las mañanas, cuando sus primeros pensamientos iban dedicados a la noche anterior, al entrenamiento del último día. También cuando le veía entrar en el gimnasio, con su mochila al hombro y la mirada casi extraviada. Fran levantaba la cabeza y le veía al otro lado de la persiana metálica, observándole sin esconderse.

Pero esas palpitaciones llegaban a un punto álgido por las tardes, cuando Fran volvía después de un anodino día en el supermercado y le veía deseoso de descargar adrenalina. Entonces el corazón de Amadeo bombeaba incansable, insuflándole una vida de la que se había privado hacía muchos años. ¿Era el boxeo, o era Fran? Tal vez fuera un poco todo junto, mezclado, como una coctelera de dinamita difícil de manejar sin correr riesgos.

Amadeo apartó la mano. Dejó la gasa sucia sobre el potro, junto a Fran, y tomó otra del paquete que había en el botiquín. Era consciente de que la mirada del chico estaba clavada en su rostro la sentía como una cuchilla de afeitar ya gastada, haciéndole diminutos cortecillos que no le dolerían hasta lavarse la cara con agua fría.

-Claro que te veo como a un crío. A lo mejor pretendes que te mire como a un futuro campeón del mundo... -rechistó, sin levantar la voz-. Ojalá me dieras motivos para ello.

-Eso. Hazte ahora el tipo duro.

-No tengo que fingirlo, chico -se volvió hacia Fran con la nueva gasa en la mano-. La vida me ha hecho un tipo duro.

Fran elevó directamente la cabeza, mirando hacia el fluorescente apagado que había sobre ellos. Al darle la luz de frente, la cara de Amadeo brillaba. Su mirada era como dos luciérnagas capaces de iluminar un rincón de la noche. De nuevo esas palpitaciones, mientras seguía acariciando el pecho de Fran con la tela suave de la gasa.

Ya no había restos de sangre medio seca. El pecho estaba limpio, pero Amadeo siguió recorriendo la zona con lentitud, como si quisiera hacer brillar el escaso vello. Fran seguía con la cabeza inclinada hacia arriba aunque sus ojos estaban ahora entornados, semi cerrados. Sabía que su pecho estaba limpio, pero aún así seguía notando la suave caricia de la gasa en él. Entonces fue bajando la cabeza, hasta encontrarse con las dos luciérnagas, que dirigían sus focos de luz un poco más abajo. Los siguió. Los encontró. Estaban en las manos de Amadeo, sobre su abdomen.

-Siento haberte golpeado -dijo el hombre en un susurro.

-Y yo siento haberte cabreado.

Fran llevó sus manos hasta el borde posterior del potro, inclinando ligeramente su cuerpo hacia atrás. Amadeo notó ese leve movimiento en el abdomen contraído del chico, que volvía a mirarle a los ojos. ¿Qué estaba pasando? ¿Porqué no retenía aquel impulso, aún a sabiendas de que el muchacho era consciente de lo que sucedía? La mirada de Fran evidenciaba que no se sentía en absoluto incómodo.

Amadeo apartó las manos, primero la que seguía portando la gasa después la otra.

-Ya no te sangra el labio -dijo en voz baja, tratando de no romper aquel momento de intimidad.

-Aún lo noto caliente.

-Te escocerá toda la noche -le avisó-. ¿Qué tal el estómago?

-También lo noto caliente, pero ya no me duele como antes.

Amadeo trató de recobrar la compostura, recordar el motivo por el que estaban ahí los dos, reparar el instante de fervor evaluando los daños.

-Creo que hemos acabado por hoy -dijo con firmeza, como un viejo profesor que se quita las gafas y se frota los ojos para dar a entender que las clases han concluido.

-¿No vamos a seguir? -preguntó Fran, echando de nuevo el cuerpo hacia adelante colocando las manos sobre sus piernas-. Hace falta mucho más que esto para dejarme kao, Jinete.

Continuará...



Para votar y poner comentarios de los relatos debes estar registrado


Registrate Aqui!
Páginas amigas
Jovencitas Indecentes
Muy Zorritas
Jovencitas Naturales
Relatos Eroticos
Contactos Gratis
Jovencitas Putas
Putitas Calientes
Fotos Porno Gratis
Tangas Y Culos
Tangas De Pita

Top relatos
El colega de mi hermano 4 nacho y Jose

Mari Carmen una madre muy ardiente

Joven pero no tonta

Mia 3

Ya eramos amigas ahora seremos compadres

Intercambio mexicano

Le baje las bragas a mama

De hijo a amante

Deje de ser santa para convertirme en puta

Pajeando a Mama en el cine

Más webs amigas
Fotos De Sexo
Sexo En España
Sin Sujetador
Jovencitas Follando


Añade tu Web


Porno GratisTetonasFull sexo gratis*Sexo y Porno*Sexo gratis xxxmaduras gratisJuegos gratis
*Debut Gay*porno gratischicas desnudasPelículas pornoRelatos Heterogaleharoldlatinas cachonda
Movies HotguarrasSexo con putasgays modelosJovenes desnudasporno gratisApuntar Web
Copyright © RelatosEroticos.biz | Inicio | Contacto | Registro | Enviar relato | Información Legal