Sobre la silla descansaba el vestido negro y las medias. Un poco más allá los tacones habían caído anárquicos, uno de pie, el otro de lado, sobre la moqueta beige.
Estaba exhausta, todo el día de aquí para allá en busca del maldito paño con el que forrar las sillas, a juego con la decoración del saloncito.
Entraron sin que los oyera. Me había quedado dormida en el sofá de cuero marrón sobre el que extendí antes la mantita de la que......... me apropié furtivamente en aquel vuelo transoceánico. Odio la sensación de la piel pegada al cuero por efecto del sudor.
Mi marido y su amigo no quisieron despertarme y se acomodaron unos metros más allá en la mesa en la que solemos comer.
Charlaron largo tiempo.
Mi semidesnudez no pasó desapercibida a los ojos del invitado, que se había sentado de forma intencionada para verme y que a cada rato, entretenía su mirada en mis carnes blancas reposadas sobre la fina mantita y apenas cubiertas por el tanga verde oliva y el sujetador a juego.
El susurro de la conversación que mantenían desveló mi letargo y con los ojos entrecerrados puede verlos en la penumbra del rincón donde charlaban. La mirada del amigo de mi esposo y la mía se cruzaron un brevísimo instante en el que sentí toda la lujuria contenida, todo el deseo a punto de desbordar.
El que mi esposo hubiese consentido que me observase tendida y sin ropa, era toda una declaración de intenciones.
En voz baja solté una invitación ladina y traicionera.
-¿Nadie me va a dar un masajito en los pies? Los tengo destrozados.
Sabía que nuestro invitado era un experto en el arte del masaje shiatsu. Se lo había oído mil veces en nuestras anteriores citas. Siempre se refería a su habilidad con los dedos, a lo relajante de la presión adecuada en el sitio adecuado.
Él no se hizo rogar. Le vi desprenderse del jersey y remangarse cuidadosamente la camisa. Le oí preguntarle a mi marido si tenía algún aceite apropiado y desenroscar el taponcito del envase. Le sentí sentarse en el extremo del sofá recogiendo mis pies y la mantita y posarlos obre sus piernas.
Mi marido se acomodó en uno de los sillones orejeros, como rey sobre trono, dispuesto a disfrutar de su largamente anhelada fantasía. ¡Cuántas veces me había insinuado que deseaba verme en los brazos de otro!
Yo sabía que el elegido para tal hazaña estaba sentado a mis pies y con ellos en sus manos. Sabía que mi marido lo había hablado con él y sabía que aquel era el día elegido.
Mi esposo es transparente, no sabe ocultar sus intenciones y en sus indirectas lo dice todo, el muy tontorrón.
El minúsculo tanguita verde y transparente era totalmente incapaz de ocultar las serpenteantes líneas de mi cortadita, tan solo la tornaba más atractiva en la transparencia del fino tejido.
Supe que a la vez que sus dedos se clavaban en mis doloridos músculos, sus ojos lo hacían en aquel triangulo roto en dos en la gloriosa mitad.
Me pidió que me girase. Obediente y sumisa quedé boca abajo.
El masaje se prolongó en la planta de los pies agradecidos. No tardé en sentir subir su mano y alojarse entre mis muslos buscando la fina tira de tela que ocultaban las redondeces traseras.
¡Me resultaba tan excitante saber que mi esposo lo contemplaba todo!
Abrí definitivamente las piernas y deje la granada madura y abierta, ofrecida sin ambages.
El aceite de masaje contribuyó y los dedos me tomaron serenos y pausados. Primero entre los labios expeditos, después el menor de los agujeros.
Gemí, casi cantando la felicidad de aquella mano golosa. Gemí y gemí, entre suspiros erizados y preñados de placer y anhelo.
Su cuerpo vino a posarse sobre el mío. Su dureza a cobijárseme dentro.
Le sentí cada envestida y cada golpeo. Le gocé cada susurro y cada beso en mi cuello.
Miré a mi esposo. Nos estaba viendo.
Jugó a retirarse para volverse a dentro. Jugó a ir despacito y a correr más tarde en acelerones frenéticos. Y yo con él en la carrera y con él en el juego. Exacerbando con mis quejidos de niña mala, de zorrita malcriada.
Me sentía la meretriz de aquel hombre y la ilusión del otro.
Su calor me explotó dentro y aún después el siguió con su juego.