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El comienzo


Nunca me imaginé que un chico de catorce años podría hacerme cambiar tanto de opinión...................... Lo que les voy a contar es algo que tal vez le pasó a muchos pero a mi me sigue pareciendo increible. Y digo increible porque cuando sucedió yo tenía treinta años y la persona de quién hablaré catorce.

Jamás me había imaginado que podría llegar a tener sexo con un varón. Pero así fue.

Ocurrió hace años y la experiencia continúa vívida en mi memoria.

En aquéllos días vivía en pareja con una muchacha algo mayor que yo. Se llamaba Silvia. Tengo que decir, nobleza obliga, que estaba divina y, por sobre todas las cosas era bien puta. Ella me mantenía. Trabajaba cuidando a un anciano, padre y abuelo de una familia rica, y ganaba muy bien. Y para mejor el viejo era un pervertido que le pagaba por dejarse tocar o por quitarse la ropa y hasta por hacerle algún jueguito. Me contaba que el \"abuelo\" le decía \"dale m´hijita, mostrame esos pechitos\" y no bien se lo decía echaba mano al cajón de la mesita de luz y sacaba un billete. Al principio ella lo tuvo a raya pero poco a poco le fue haciendo los gustos. Y entre lo que ganaba de sueldo y las \"propinas\" que el viejo le daba por las \"extras\" Silvia se llevaba muy buen dinero todos los meses.

Yo la pasaba fenomenal. Era lo que se dice un bacán.

Podía ir al gimnasio todos los días y siempre tenía plata en el bolsillo para mis antojos. Confieso qué, más de una vez, la engañé con diversas mujeres.

Durante varias horas del día estaba en el apartamento sin otra cosa que hacer que mirar televisión.

Pero muy seguido recibía una visita bastante especial. Se trataba de un primo de Silvia que tenía catorce años y que era, ya a esa altura, un gay consumado.

Se llamaba Javier y, según supe a través de ella, siempre había sido así y desde muy niño le habían observado diversas actitudes homosexuales.

También se decía que a los doce había tenido relaciones con un vecino de dieciocho.

Era de mediana estatura y bien delgado. Tenía la piel muy blanca y su boca era amplia con labios rosados y dientes blancos y parejos. Cualquiera se daba cuenta de que era bien afeminado.

Javier, al principio, era insoportable. Llegaba al apartamento a las horas en las que me encontraba solo y empezaba a llevarme la carga. Intentaba saludarme con un beso en los labios, cosa que yo rechazaba de plano, se bajaba el pantalón y me mostraba la cola, si yo iba al baño quería ir detrás mío y me preguntaba \"¿querés que te lleve la verga a mear?\" con la intención que yo me dejara acompañar tomado del miembro hasta el inodoro. Siempre me decía \"¿Cuándo me vas a dejar chupártela?\" y también \"El día que pruebes vas a querer cogerme siempre?\"

No había día que no viniera y que no tuviera que sacármelo de encima. Varias veces pensé en darle un puñetazo pero no quise meterme en líos porque no sabía cómo él podría reaccionar.

Silvia sabía lo que pasaba y la situación le causaba gracia además estaba absolutamente segura que yo jamás tendría nada con Javier.

Pero fue tanto lo que aquél insistió, fue tanto lo que me provocó que una tarde, no sé por qué motivo, le dije que había llegado la hora de probar.

Contrariamente a lo que yo esperaba Javier no saltó de alegría sino que simplemente me dijo que estaba convencido que el momento iba a llegar.

Estábamos sentados en un sillón del living y me quedó mirando. No recuerdo que gesto hice pero me dio a entender que no tenía nada de qué preocuparme ya que él tenía experiencia.

Al principio me sentí desarmado. No solía intimidarme ante el sexo cuando se trataba de mujeres y esa situación que se me presentaba era bien distinta.

Lentamente me desabroché el pantalón y saqué mi verga al exterior. Javier se acercó lentamente y la tomó con mucha suavidad por los nervios, que confieso los tuve, estaba algo floja.

Sin dejar de mirarme a los ojos se inclinó muy lentamente y comenzó a darme unos besos muy suaves. Tuve ganas de salir corriendo pero me quedé. Cerré los ojos, como si quisiera negarme lo que hacía, pero cuando quise acordar mi miembro estaba duro como un garrote. Los besos muy tiernos de Javier pasaron a ser una serie de chupadas profundas con las que me proporcionaba un placer enorme.

A esa altura aún yo no sabía qué era exactamente lo que estaba haciendo y me dejé llevar.

Sentí que estaba a punto de acabar y Javier, que lo supo antes que yo, profundizó sus movimientos hasta hacerme soltar un rio de esperma en su boca que lo hizo gemir como si fuera él quien alcanzaba el orgasmo.

Me dejó temblando.

\"¿Te gustó?\" Me preguntó.

\"Sí\" le contesté. Y le dije: \"sacate la ropa que te quiero coger\". Así lo hizo, al tiempo que también yo me desvestía, y nos dirigimos al cuarto.

Al llegar a la cama me acosté boca arriba y Javier con desenfrenada pasión empezó a besarme por todas partes. Estuve a punto de rechazar el beso en la boca pero cuando sentí el contacto me quedé quieto.

¡Qué bien besaba! Parecía una mujer y hasta mejor.

Siguió por mi cuello aunque no se detuvo demasiado allí. Pasó rápido por mi pecho y por mi vientre hasta que llegó otra vez a mis genitales. Otra vez comenzó a chuparme la verga y entre mamada y mamanda me decía \"Me gustó demasiado\".

Pero ésta vez no me dejó llegar al orgasmo. Se levantó y se sentó sobre mí de tal forma que mi pene quedó todo adentro de su cola. Ni me imaginaba que un hombre podía hacer eso.

p align=justify Y así comenzó a movierse de tal manera que me sacó otra erupción de semen.

Tuve que reconocer que estuvo bárbaro. Y hasta le dije que quería repetirlo para lo cuál él se puso a las órdenes.

Pero los días siguientes no vino al apartamento lo que me extrañó. Volvió una semana más tarde y ante mi mirada de asombro me dijo que sabía muy bien que había estado esperándolo.

Me resultaba increible que un chico de apenas catorce años tuviera tanta experiencia no solo sexual sino en el trato con adultos.

Esa segunda vez nos fuimos directo a la cama y repetimos, casi sin variantes, el procedimiento de la semana anterior.

Javier comenzó a venir todos los días. A las tres de la tarde sonaba el timbre y yo ya estaba listo para meterme en la cama con él. Me decía que le encantaba hacerlo conmigo y reconocí que me gustaba hacerlo con él.

E inclusive, más allá de las acabadas en la boca y de los orgasmos en su culo tierno y sin vello alguno, tengo que decir que me encantaba besarlo. Esa cara de niño, esa melenita rubia peinada al medio y sobre todo esa boca con gusto a frutilla de su infaltable chicle me llevaban a besarlo desenfrendadamente como si fuera una chica recién conquistada. Me tiraba desnudo en la cama apoyado en el respaldo y él, apoyando su cadera sobre mi vientre, se dejaba besar hasta que yo quisiera.

Hubo tardes que pasé casi media hora aferrándolo de la cintura y commiéndole esa boca hermosa.

Él estaba fascinado con mi verga y me la chupaba de todas las formas posibles. Empezaba lamiendo mis testículos para luego subir con besos muy leves. Volvía abajo y me succionaba las bolas con un poco más de fuerza y volvía a escalar con besos algo más sentidos. Bajaba nuevamente y me chupaba las bolas con ritmo medio pero durante dos o tres minutos y de nuevo emprendía la marcha hacia la cumbre con más fuerza y, ahora sí, no paraba hasta alcanzar el glande y comenzar a rodearlo con la lengua y a mamarlo con todas sus ganas hasta conseguir que le diera todo el esperma que aprovechaba hasta la última gota.

El tiempo pasó y cada tarde era una locura.

Muy de a poco empecé a experimentar otras sensaciones con Javier.

Muchas veces, cuándo me movía, al cambiar de posición, él, sin querer, me tocaba con su verga que era más chica que la mía pero se la veía bien dura

Entonces de a poquito empecé primero con una leve caricia, luego con un beso corto. Cuando quise acordar le estaba chupando la verga de la misma forma que él me lo hacía a mi.

Y un buen día le pedí que me penetrara.

Lo hizo y me gustó. A partir de allí la relación fue completa. Silvia, su prima que era mi pareja, no supo nunca del asunto y un día nos comunicó que le había salido un trabajo en España y que se iba para allá.

Me dijo que podía seguir viviendo en el apartamento.

Javier y yo empezamos a vivir juntos.

Otro día les cuento cómo seguimos.



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