Cuando una historia es real, produce pudor contarla. Soy gay y me muevo en el ambiente, pero pocas veces he contado cómo fue mi primera experiencia, puesto que cuando la cuentas en directo sin la capa del anonimato resulta algo sórdida. Especialmente cuando tus amigos del ambiente te relatan sus primeras experiencias con hombres estupendos o chicos de su edad, o incluso profesores… En general gente de gran atractivo.
Pero mi primera relación no fue así. Fue algo sórdida y sucia. Justo después de que sucediera sentí un asco terrible y me prometí cambiar mis inclinaciones y buscar una chica.............. (¡qué iluso!). Pero ahora cuando ya he aceptado mi identidad me gusta recordarla, y tras tanto sexo con chicos medianamente atractivos, cuidados y demás, incluso me gustaría repetirla, aunque aquello fu tan casual que no creo que se vuelva a dar una circunstancia así. Y tampoco sé si ahora me tiraría a la piscina de aquel modo.
Ya hace bastantes años: acababa d cumplir los 16 y era terriblemente tímido como nos suele suceder a muchos adolescentes gay. Mi experiencia sexual se reducía a mi paja casi diaria con fotos publicitarias de hombres con el torso desnudo (ya que nunca me había atrevido a comprar una revista pornográfica y desde luego no había internet entonces.
Era verano y teníamos un perro al que teníamos que sacar a pasear dos veces al día. Habíamos vuelto de pasar el día en el campo y mientras mis padres recogían los restos del picnic, me toco a mí sacar a Lula a las 11 y media de la noche. La llevaba a unos jardincillos que había cerca de la casa. Mi piso estaba en una urbanización con pocas viviendas y la calle solía estar muy solitaria. Me senté en un banco para fumar un cigarrillo furtivo, ya que todavía me tenían prohibido fumar. Hacía muchísimo calor y la única persona que estaba en la calle era un barrendero que barría cerca del banco. Me miraba continuamente y empecé a sentir cierto desasosiego. De repente se acercó a mí y me pidió un cigarrillo. Saqué uno de mi bolsillo y se lo ofrecí. Me dijo si podía sentarse en el banco y le dije que por supuesto. Empezó a hablar:
"Con este calor no hay quien trabaje"
"Me lo imagino"
"tienes un perro muy bonito"
"Gracias"
Él seguía fumando con los ojos cerrados y yo pensaba en la manera de marcharme sin parecer grosero, ya que el olor acre a basura acentuado por el calor me molestaba bastante. Miré de reojo y le vi sentado con su mono naranja con la cremallera bajada hasta el ombligo dejando asomar un pecho bastante velludo. Era un hombre grande, bastante más alto que yo y muy robusto, aunque nada gordo. Creo que tendría unos 40 años aunque de aquella me pareció mayor; no era guapo, pero tampoco feo: rostro cuadrado, nariz pronunciada, mandíbula muy marcada con gran hoyuelo, grandes entradas en la frente y barba muy cerrada de unos días. Sudaba en abundancia por todas partes; el mono estaba muy manchado por las axilas y el sudor corría por su cuello robusto. Puso su mano sobre su pierna cerca de su ingle lo que me llevo la vista a su paquete: la postura en la que estaba sentado hacía que se abultara el pantalón y la costura se metía entre sus testículos marcando dos grandes bultos. Me sorprendí pensando que no debía llevar calzoncillo y empecé a notar una ligera excitación. Subí la mirada rápidamente y me quedé mirando su torso semi descubierto: aunque no estaba musculado de gimnasio, sus mamas se marcaban claramente y se dejaban entrever sus músculos abdominales ligeramente marcados. De repente abrió los ojos y yo aparté la mirada bruscamente. Yo ya tenía una erección de caballo y quería marchar de allí como fuera. Me volví a mirarle y me sonreía.
"Tengo que irme" dije yo
"Y yo tengo que volver a la faena. Gracias por el cigarro"
Yo no me atrevía a levantarme primero porque con mi short playero se me notaba la erección.
"Da pereza meterse en casa con este calor, ¿verdad?"
"Sí"
"Tu amigo se ha puesto contento"
Yo miré a Lula, mi perro, y como le ví muy tranquilo me volví interrogante hacia el extraño.
"No me refiero al perro" me dijo haciendo una señal con la cabeza hacia mi paquete. Me puse colorado y muy nerviosos y la erección desapareció inmediatamente.
"Tengo que irme" repetí y me levanté como un rayo. Pero no había andado tres pasos cuando oí:
"Te dejas algo". Me volví y vi la correa del perro en el banco; volví por ella y al cogerla se trabó entre los travesaños del banco. Como yo tiraba y no era capaz de sacarla por arriba, el barrendero se arrodilló justo a mis pies, metió la cabeza por debajo del banco y la sacó por allí. Al salir y antes de darme la correa puso su enorme mano sobre mi paquete y comenzó a apretar suavemente. Tuve una erección instantánea; él alzó la vista:
"Puedes marcharte si quieres" dijo sin quitar la mano de mi polla. Yo no me moví paralizado por una mezcla de excitación y miedo intenso. No dejaba de acariciarme y la manó que quedaba libre la introdujo por la parte de atrás de mi short comenzando a magrear mis nalgas. Estaba excitadísimo:
"No me hagas nada, por favor"
"no te haré nada que tu no quieras, pero déjame tocarte"
Mi polla empezaba a chorrear liquidillo y me parecía que iba a correrme de un momento a otro. Lentamente me fue bajando el short y mi verga y mis huevos quedaron al descubierto. "Parece que vas a correrte ya. Espera un poco". Se levantó y bajó la cremallera de su mono hasta que dejó su polla completamente tiesa y sus huevos al aire. Eran enormes lo mismo que su polla, no muy larga, pero sí terriblemente gruesa. Estaba sin circuncidar y su piel cubría el glande entero. Me dejé quitar la camiseta y comenzó a chuparme los pezones, mientras sentía su polla caliente contra mi vientre. Entonces llevó mi cara dulcemente contra su pecho sudoroso y sucio y yo comencé a besar su torso torpemente mientras sus pelos se metían en mis labios y mi nariz. Ya no podía más y él lo debió notar porque se arrodilló agarró mi verga con su manaza sucia de basura y la metió en su boca hasta el fondo. Me corrí casi inmediatamente con un placer inmenso como nunca había sentido en mis masturbaciones. El chupaba insaciable hasta la última gota de mi semen. Cuando mi polla empezó a amorcillarse, la sacó de su boca y escupió en el suelo los restos de mi leche. Después se pasó la mano por los labios y yo hice gesto de subirme el short. Él entonces me dijo:
"Espera por favor. Sólo déjame tocarte" me sentó en le banco; el se sentó a mi lado, me pasó un brazo por le hombro y empezó a acariciar mi pecho, mi barriga, mi polla fláccida y mis huevos, mientras con la otra mano se pajeaba intensamente. Yo le miraba extasiado y me di cuenta de que mi polla estaba otra vez dura como un pedernal. Allí en sus enormes brazos me sentía increíblemente pequeño y mi pollita de púber era como un tubito al lado de aquel mandoble, aunque era casi igual de larga; mis huevos parecían de codorniz al lado de aquellos testículos como huevos de pavo. Al notar mi erección me dijo:
"Quieres que te la chupe otra vez?"
"Sí" No podía resistirme.
"Pero ahora te toca a ti antes" Me abalancé sobre su polla e intenté meterla en mi boca pero empecé a sentir grandes arcadas.
"tranquilo" me dijo y sujetándome la cabeza la introdujo en mi boca con suavidad. La boca casi no me daba de sí y seguía sintiendo arcadas pero el calor de su miembro en mi lengua me excitaba sobremanera. Cuando sentí que me ahogaba intenté apartarme y el aflojó la presión de su mano en mi cabeza.
"Si no eres capaza de aguantar chúpame sólo la punta" Y eso hice. Le chupaba la punta y metía mi lengua entre el resto de prepucio que quedaba por encima del glande. A la vez le magreaba los huevos, estando como estaba yo fascinado por aquellas bolas peludas. Al poco se corrió jadeando salvajemente; como yo aparté la boca bruscamente su semen emergía por encima de su puño y resbalaba cayendo sobre mi cara manchándome ojos, nariz y labios. Cuando terminó me limpió la cara con la manga de su mono y volvió a meter mi polla en su boca. La chupaba hasta la base lamiendo con su lengua la punta de mi mimbro. Mi excitación era tal que me doblaba el cuerpo, y aunque era la segunda vez, tampoco tardé mucho en correrme. Mi polla botaba súper excitada golpeándose contra el velo de su paladar. Exprimió con sus labios hasta la última gota de mi jugo. Se levantó, abrió la boca, recogió con los dedos el semen que quedaba en su lengua, me lo enseñó mientras decía: "esta es la sabrosa fuente de la vida" y se limpió su mano contra el vello de su barriga. Volvió a mojarse los dedos en su lengua y se los pasó por su polla y por sus huevos. Después se subió la cremallera del mono sin dejar de sonreír. Yo entonces me vestí apresuradamente, me acordé entonces de mi perro que estaba sentado mirándonos con curiosidad. Le cogí y dije tontamente: "tengo que irme". Él se rió y dijo "adiós, y gracias". Me di la vuelta y en la esquina de mi casa no pude evitar vomitar. Nunca más le volví a ver.