Aburrido, jugueteo con mi cadena. Llevo casi cuarenta y ocho horas aquí, encadenado a esta cama. Podría decirse que no estoy muy contento. Desde que ella me puso aquí, solo la he visto cuando me traía algo para comer. Esta cadena me permite llegar hasta el baño que hay junto a esta habitación y poco más. Sentado ahora en el suelo, noto el frío de este en mis nalgas. Y pienso que no tardara mucho, pues por la oscuridad que veo ahora por la ventana debe ser ya tarde. No me equivoco. Se abre la puerta y ella entra. Lleva en sus manos las llaves. Me pongo de pie, sin recitar el habitual "a tus pies, mi ama" que forma............ parte de nuestro juego. Ella lo nota y sin decir palabra abre el candado de mi collar.
-¿Es la hora de irme, no?, -pregunto con in disimulada irritación.
-Si, -contesta lacónicamente.
-No ha sido muy divertido el fin de semana, -comento con supuesta ironía.
-¿Qué esperabas?, ¿Qué te echase flores?
-No, pero por lo menos podías haber hecho algo conmigo. Además, podría haber pasado, no se, un incendio y yo aquí encadenado solo.
Ella comenzó a reír a carcajadas.
-¿Piensas que te he abandonado aquí? No he salido de esta casa ni un solo segundo.
-Entonces, ¿Por qué no me has usado? ¿Me has ignorado así, sin más, solo por castigarme?
-Motivos tengo. Te has masturbado, teniéndolo prohibido. Ni siquiera has ocultado bien las gotas de tu asqueroso semen. Pero no te he tenido así para castigarte.
-No, entonces, ¿Por qué?
-Porque eres mío y hago lo que quiero contigo. Si me apetece, te dejo ahí y ya esta.
-Quizás deberías pensar un poco en mí.
-Quizás deberías recordar que eres mi esclavo.
-Empiezo a cuestionarlo.
-¿Tienes dudas? Piénsalo bien esta semana. Si sigues teniéndolas, no regreses aquí el próximo viernes. Si lo tienes claro, aquí te esperare.
Me vestí. Me acerqué para darle un beso de despedida. Ella lo rechazó, diciéndome:
-Largo de aquí. Vete. Piénsalo bien. No me molestes esta semana. Nada de llamadas ni de emails. El viernes sabré tu decisión.
Aun enfadado salí de su casa. La semana se me hizo larguísima y pesada. Los pensamientos sobre lo ocurrido me apesumbraron, pero el viernes tenía mi decisión tomada. Acudí a la hora de siempre. Toqué el timbre de su puerta y ella abrió. Una enorme sonrisa cubría su rostro.
-Vaya, has vuelto, -dijo, llena de satisfacción.
-Si, mi ama. Lo siento, perdóname.
-Pasa.
Entré en el salón de la casa. Había un hombre tomando una copa, sentado en el sofá. Una gran sorpresa en su rostro delataba que no sabía nada de mí. Ella le dijo entonces:
-Te presento a mi esclavo. Perdona unos segundos, tengo que ocuparme de él.
Sentí una gran vergüenza, pero ella me cogió por un brazo y me llevó a la misma habitación de la semana pasada.
-Desnúdate, -me ordenó.
Lo hice. Cogió entonces el collar con la cadena de la cama y me lo puso, cerrando el candado. Sin decir nada más, salió de la habitación.
Pasó el tiempo. No se, media hora, una, dos. Por fin ella volvió. Me coloque de rodillas.
-A tus pies, mi ama.
-Veo que lo has asumido.
-Si, mí ama. Tú eres mi dueña y puedes hacer conmigo lo que quieras.
Entonces salió de la habitación. Dejó la puerta de esta abierta, de forma que escuché como despedía a aquel hombre. De forma poco educada, arrojándolo literalmente de su casa. Luego volvió.
-Ya me he deshecho de ese cafre.
-Gracias, mi ama.
-Debes saber que lo había traído solo para humillarte, pero es tan entupido que no lo he podido aguantar un segundo más. Ponte de pie.
La obedecí. Cogío entonces las esposas y me las colocó con las manos tras la espalda.
-Me alegro de que hayas decidido regresar, pero mereces un gran castigo.
-Si, mi ama, lo siento mucho.
Tomo entonces una mordaza y me la colocó en la boca.
-Y ahora vas a sufrir. Los castigos son para eso, no para que tú lo pases bien.
Sacó entonces una vela de unos de los cajones de una mesita. La encendió.
-Ya sé que no te gusta esto, ni las agujas ni los excrementos sólidos, pero necesitas un gran castigo.
Entonces tomo de ese mismo cajón un antifaz de cuero. Me lo puso. Con él no veía nada. La situación, a pesar del miedo que me daba la vela, me excitaba y mi pene estaba intensamente erecto. Note entonces como ella lo agarraba, estirándolo.
-Se que esto no te gusta nada, pero eres mío y hago lo que quiero contigo. Voy a dejar caer un buen número de gotas en tu entupida polla, para que aprendas.
El miedo se cebo en mí. Mis manos se agitaban llevadas por el instinto, intentando llegar a mi pene para protegerlo. De repente note caer las gotas en él. El miedo era total en mi mente, pero, de repente, note que no me quemaba. No sentía ese dolor que recordaba. Me quitó entonces el antifaz. Vi entonces que solo había dejado caer en mi pene agua.
-Hay que tonto eres, -dijo riendo a carcajadas.
Entonces me colocó de rodillas, apoyando mi pecho en la cama. Cogio el cinturón de mis pantalones y me azotó veinte veces en cada nalga. Después, tomó la vela y untándolo de lubricante, la introdujo en mi ano.
-Espero que esta vez te corras con esto, pues va a ser la única forma de que lo hagas.
La meto y la saco repetidas veces, incansablemente, intentando lograr que yo alcanzase el orgasmo, pero al fin desistió.
-Mira que eres malo. Me has decepcionado de nuevo.
Entonces se quito las bragas, sentó en la cama, me quitó la mordaza y agarrando mi cabeza, la acerco a su sexo.
-Lame, esclavo. Haz por lo menos lo único que sabes hacer bien.
Entonces me esmeré en hacerlo. Lame con intensidad, con brío. El olor de su coño me volvió loco y eso hizo que buscase su placer con más fervor. Note como vibraba, escuché como gemía. De repente, estirando de mis cabellos, separó mi rostro de su sexo y me dio un par de sonoras bofetadas. De nuevo me apretó en su coño y yo seguí lamiendo intensamente. Note como aumentaban sus flujos y sus gemidos y por fin, manchando mi cara, se corrió. Se dejo caer relajada en la cama, diciendo.
-Desde luego lo haces bien. Me encanta como me comes el coño.
Unos segundos después, se levanto de la cama.
-Creo que te voy a dar un pequeño premio.
Se puso tras mi espalda y el cinturón cayó entonces en mi espalda. Después, se puso de rodillas. Al notar sus pechos tocando mi espalda, mi excitación fue mayor aun. Entonces susurró en mi oído derecho:
-Voy ha hacerte una paja, esclavo mío. Disfrútala bien, pues no vas a correrte con tu polla en mucho tiempo.
Entonces tomo mi pene y comenzó a excitarlo. En pocos minutos me corrí.
-Límpialo bien, con tu lengua.
Entonces salió de la habitación. Estaba dispuesto a esperar todo el tiempo que quisiera mi ama.